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Juan Eladio Palmis | La lengua y la raza

Como gente que soy del sur, no tengo menos que esbozar en ocasiones una sonrisa cuando veo el empecinamiento de gentes norteñas y de ambos laterales cardinales peninsulares ofuscados en pregonar con pasión una idea incorrecta de que la lengua común implica también una raza común, un destino común. Y la mera casualidad de nacer en un territorio determinado ya otorga un abolengo, por lo general, siempre positivo.



Los sureños sabemos que el hecho de que una persona hable andaluz, o hable árabe, no basta para que sea semita, porque la cultura sureña nos ha demostrado con toda claridad y evidencia que la lengua latina hablada, por poner un ejemplo, la han estado usando y hablando en común gente tan dispar como lo pueda ser un celta, un eslavo, un germano, un galo y todo un etcétera de pueblos que, según el catálogo de razas editado por los que les interesa el siempre rentable, para los poderosos y los incultos de manual, asunto racial, son totalmente diferentes.

En ocasiones anteriores personalmente hemos manifestado la realidad, nada de ciencia de ficción, que nuestros antepasados no son el resultado de una sola y triunfante cadena genética, sino que modernamente sabemos que nosotros, todos los Homos, rubios o morenos, gordos o flacos, somos descendientes directos y concretos de la cadena que hemos denominado como Homo Sapiens, que se unió, no en la noche de los tiempos como se suele escribir, sino en la hermosa luz del tiempo que nos precedió hace miles y miles de años, con el Homo Neandertal. Y de la unión de ambas cadenas genéticas evolutivas por necesidad de adaptación, nacimos todos para ser carne inerte en los partidos políticos, que nos roban y nos burrean a su entero capricho.

Lenguas llamadas semíticas las hablamos y la hablaron gentes de Persia, españoles, arios, turcos, indios, y muchos más, y no podemos afirmar que si nos metieran a todos juntos en un estadio de fútbol a ver un partido, íbamos a cantar los mismos himnos y a aplaudir al unísono cuando un equipo metiera un gol.

Con pasión, especialmente cuando servidor ha estado por el extranjero, al otro lado de las fronteras con cuchillas opus patrias, siempre he solido decir que el sur, Andalucía, la tierra que a mi gusto y entender mejor le sienta la luz del día, ha sido desde siempre el lugar que ha dado y sigue dando la mayor cantidad y calidad de filósofos, no solo porque en su seno nació Abentofail, Avenzoar, Avempace, y otros muchos, inmediatos todos precursores del famoso Averroes, sino porque podría nombrar algunos actuales que conozco que están vivos y coleando por esas tierras de verdadera pluralidad superada, donde, desde el origen conocido, todos los pueblos que arribaron por allí se sintieron como si acabaran de llegar desde el salón de sus casas a la cocina.

Y, cosas de la vida, entre las tonterías paralelas que conllevó los años del franquismo, tuvieron asiento unas modas en las que el hermoso y agraciado acento andaluz, estuvo desdeñado, como ninguneado, en regiones españolas empeñadas, empecinadas, en la incultura de publicitar que la lengua común hace raza, cuando, como bien decía el formidable cubano-español José Martí, las razas solo se organizan en los renglones de las librerías imperiales.

La historia escrita que se pudo salvar de la chamusquina eclesial que tanto dolor de siempre me ha causado en virtud de mi pasión por la Historia, nos está indicando con toda claridad y simpleza, sin rubor, como un adelanto sublime a la pluralidad, que las familias árabes que se afincaron en España, podían, muchas de ellas, presumir de abolengo árabe, pero se sentían muy a gusto y muy cómodas usando como lengua doméstica y popular el Romance Español, que, como muy poco, hasta el siglo XII y muchos años posteriores, se habló juntamente con el poco árabe que fue la lengua oficial del Califato de Córdoba y las Coras Taifales, mientras la latina fue la lengua común que unificó a la gente en lo que respecta a la comunicación. Aunque ya se encargaron las religiones en sembrar sus abismos separadores de gentes, hablando de infieles o no, hablando de razas: de guapos y feos, con el mismo cazurrismo que se mantiene hasta el presente.

Escribiendo así, diciendo cosas así, está claro que nunca nadie me va a proponer para un premio literario, porque encima canto mal tirando a muy mal cuando me ducho, y no lo hago en gringo. Y de siempre he considerado como un posicionamiento de lado de rambla, el querer mantener que porque uno al chaleco lo llame chalequet, y a la rambla ramblé, ya tiene mejor color y es más guapo que los que nos gustaría entendernos de otra manera diferente y que el Esperanto, ese idioma universal al que le dedicó muchos años de su vida el oftalmólogo polaco Zamenhof por los años de 1870, de no ser por la soberbia imperial gringa y las clases de latín de los curas, hubiera con su aplicación calmado muchas fiebres nacionalistas por el mero hecho equivocado de los que piensan de que una misma lengua es sinónimo de una misma raza, cuando ninguna de las dos cosas son puramente genuinas y las dos cosas, los dos conceptos, raza y lengua, son mulatas al completo.

Y si no me dan ningún premio, que no me lo den. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS
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