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4 dic. 2016

  • 4.12.16
Sin lugar a dudas, Albert Einstein es el científico más famoso de los últimos tiempos. Su imagen de sabio con pelo blanco revuelto y amplio bigote se ha difundido por todos los rincones del planeta. Quizás la de Stephen Hawking, también eminente físico, pegado a su silla de ruedas y a su ordenador que le posibilita poder dar instrucciones de un cerebro que no se vio afectado por la esclerosis que empezó a sufrir de joven, tenga la misma relevancia que la del primero.



Si de Einstein se hicieron muy populares su teoría de la relatividad general y la ecuación que relacionaba la energía y la materia, de Hawking se ha divulgado su predicción de los agujeros negros, lo que implicaba nuevas aportaciones al conocimiento del universo.

Aparte de las contribuciones que los grandes científicos han realizado al campo del saber humano, y sabiendo que sus significados y repercusiones más profundas solo están al alcance de los especialistas, siempre se ha tenido interés en conocer sus creencias u opiniones en cuestiones relacionadas con la religión.

Hemos de tener en cuenta que la ciencia se mueve por parámetros distintos a las creencias religiosas. Mientras que la primera se guía por la razón y solo admite como cierto o fiable aquello que es empíricamente comprobable; en el ámbito de las creencias entran aquellas afirmaciones que no son necesarias demostrar y que satisfacen los sentimientos humanos, de modo que la subjetividad juega un papel primordial no solo en los aspectos morales, sino también en el ámbito ontológico, es decir, en la comprensión del ser humano, de la naturaleza y del universo.

Antes de exponer algunas de las ideas de este genio de la física, quisiera apuntar que la mayoría de los autores que he ido trayendo a esta sección habría que ubicarlos en el campo del pensamiento y de la filosofía. En esta ocasión acudo al ámbito de las ciencias tomando como punto de partida un científico de la talla de Albert Einstein para presentar un conjunto de citas suyas que tienen relación con sus convicciones personales.

Puesto que Einstein no publicó ninguna obra sobre esta cuestión, sino que sus ideas y creencias se hayan dispersas en cartas, declaraciones o artículos, me he remitido a la última obra del escritor y periodista Christopher Hitchens en la que recogía el pensamiento de distintos autores que abordaban el fenómeno de la religión y las creencias desde distintas perspectivas.

De igual modo, para avanzar, me apoyo en el magnífico libro Einstein, el gozo de pensar, de la física francesa Françoise Balibar, ya que explica con inusitada claridad los principales postulados acerca del principio de la relatividad y de la teoría de la relatividad general.



Quisiera comenzar este breve recorrido por las convicciones de Albert Einstein con el fragmento de una carta que, escrita el 4 de abril de 1949, dirigió a otro gran físico, el danés Niels Bohr (Premio Nobel de Física), y en la que decía:

“Querido Bohr, le agradezco de todo corazón el trabajo que tan amistosamente se ha tomado en tan insignificante ocasión (se refería a su septuagésimo cumpleaños). En cualquier caso, esta es una ocasión que no depende de la cuestión crucial de saber si Dios juega o no a los dados, y si debemos limitarnos a una realidad accesible a la descripción que de él pueda dar la física”.

La expresión de Albert Einstein “Dios no juega a los dados”, que aparece algo modificada en la carta dirigida a Niels Bohr, y que en algunas ocasiones había empleado, fue tomada por algunos creyentes como la manifestación de que el genio alemán, a su modo, también lo era.

No se molestaron en saber que era una locución metafórica que él usaba para cuestionar la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre que los jóvenes físicos, encabezados por Werner Heisenberg, defendían y en los que se afirmaba que es imposible medir simultáneamente la posición y el movimiento de una partícula subatómica. Lo cierto es que los postulados de Heisenberg no encajaban con los de su teoría general de la relatividad, por lo que acudía a esta metáfora para cuestionar la mecánica cuántica.

Tras haber utilizado esa expresión, y ante las múltiples interpretaciones que se hacían de ella, no se cansó en aclarar que él no creía en un Dios personal.

Veamos, pues, algunas de sus explicaciones, comenzando por las declaraciones que fueron recogidas y publicadas por Helen Dukas y Banesh Hoffman en su libro Albert Einstein, the Human Side:

“Era mentira, por supuesto, lo que leyó sobre mis convicciones religiosas, una mentira que se repite sistemáticamente. Yo no creo en un Dios personal; es algo que no he negado nunca, sino que lo he expresado claramente. Si dentro de mí hay algo que se pueda llamar religioso es la admiración ilimitada a la estructura del mundo en la medida en que puede revelarla la ciencia”.

Al poco tiempo de haberle escrito la carta citada a Niels Bohr, aclara otra vez su posición a M. Berkowitz en una misiva que le dirige, el 25 de octubre de 1950, y en la que le dice:

“Mi postura sobre Dios es la del agnóstico. Estoy convencido de que una conciencia muy intensa de la importancia primordial de los principios morales para la mejora y el ennoblecimiento de la vida no necesita la idea de un legislador, y menos de un legislador que se basa en la idea de recompensas y castigos”.

También en el libro referido de Dukas y Hoffman insiste en su rechazo a la idea de un poder divino que premia y castiga a los seres que hubiera creado:

“Me resulta inconcebible un Dios que recompensa y castiga a sus criaturas, o que tiene una voluntad como la que percibimos nosotros en nuestro interior. Otra cosa que no entiendo es que un individuo sobreviva a su muerte física; ni lo entiendo ni me gustaría, porque este tipo de ideas son para los miedos y el egoísmo absurdo de los espíritus débiles. A mí me basta con el misterio de la eternidad en la vida, y el presentimiento de la maravillosa estructura de la realidad, junto al sincero empeño por entender una parte, por ínfima que sea, de la razón que se manifiesta en la naturaleza”.

En sus últimos años de su vida, Albert Einstein publicó en la revista Science, Philosophy and Religion un texto de tres páginas titulado Out of My Later Years en el que, a partir de sus reflexiones, explica la razón de las creencias religiosas de los seres humanos:

“Durante el período juvenil de la evolución espiritual de la humanidad, la fantasía humana creó dioses a imagen del propio hombre, dioses que supuestamente determinaban el mundo de los fenómenos o, en todo caso, influían en él a través de los actos de su voluntad. El hombre intentaba ganarse su favor mediante la magia y la oración. La idea de Dios en las religiones que se enseñan actualmente es una sublimación de aquel concepto antiguo de los dioses. Su carácter antropomórfico se observa, por ejemplo, en el hecho de que los hombres apelen rezando a un Ser Divino, y rueguen por el cumplimiento de sus deseos”.



Recordemos que Albert Einstein había nacido el 14 de marzo de 1879 en la ciudad alemana de Ulm. Sus padres, Hermann y Pauline, eran judíos laicos, es decir, que no se sentían identificados con ninguna de las ramas del judaísmo religioso.

Puesto que una vida de 76 años, ya que falleció en 1955 en la ciudad de Princeton, una vez que se había nacionalizado estadounidense después de haberlo hecho como suizo, daría lugar a una extensa y apasionante obra.

Sin embargo, quisiera apuntar una frase que Françoise Balibar destaca en su libro que he citado y que me llamó la atención. Se refiere a la expresión de un profesor de la escuela en la que estudiaba en su niñez y que delante de sus compañeros le soltó: “Altera usted, con su sola presencia, el respeto que la clase siente por mí”. Es de suponer que el pequeño Albert no era el modélico estudiante que asentía a todo lo que se le decía en la clase y que tenía la mala costumbre de pensar por su cuenta.

Continuando con sus creencias, conviene conocer cuáles eran los principios éticos o morales que defendía desde sus posiciones agnósticas.

En una carta dirigida en 1953 a un pastor baptista que le interrogaba sobre sus principios éticos, ya que no entendía que pudiera existir una moral si no hay un ser superior que premie o castigue los actos humanos, le respondió:

“Yo no creo en la inmortalidad del individuo, y considero que la ética es un asunto exclusivamente humano, sin ninguna autoridad sobrenatural detrás”.

Para completar el contenido de la escueta frase anterior, acudimos de nuevo al libro de Dukas y Hoffman en el que podemos leer:

“La labor más importante del ser humano es buscar la moralidad en sus actos. Es de lo que depende nuestro equilibrio interno, y nuestra propia existencia. La moralidad en nuestros actos es lo que puede conferir belleza y dignidad a la vida. Quizás la principal tarea de la educación sea convertirlo en una fuerza vital, e inscribirlo claramente en las conciencias. Hay que evitar que los cimientos de la moral dependan de algún mito o estén ligados a alguna autoridad, debido al riesgo de que las dudas sobre el mito o la legitimidad de la moral pongan en peligro los cimientos del buen juicio o de la acción correcta”.

Uno de los dilemas que se le plantean al ser humano cuando contempla y reflexiona sobre la naturaleza y el universo es si existe un sentido o finalidad en los mismos que pudiera darle una explicación a su propia existencia. Sobre este punto, nos dice lo siguiente:

“Nunca he atribuido a la naturaleza un sentido o un objetivo, ni nada que pudiera entenderse como antropomórfico. Lo que veo en la naturaleza es una magnífica estructura que solo podemos entender de manera imperfecta, y que a una persona que piense debe llenarla de un sentimiento de humildad. Se trata de un sentimiento auténticamente religioso, que nada tiene que ver con el misticismo”.

Para cerrar, y ante el temor en ciertos sectores que genera el conocimiento que nos proporcionan la razón y los avances de la investigación científica, vienen bien estas palabras suyas, publicadas en la revista Science, Philosophy and Religion, y que sintetizan el horizonte ético en el que, según Einstein, se moverá el ser humano en el futuro:

“Cuanto más avanza la evolución espiritual de la humanidad, más seguro estoy de que el camino de la verdadera religiosidad no pasa por el miedo a la vida, el miedo a la muerte y la fe ciega, sino por la búsqueda del conocimiento racional”.

AURELIANO SÁINZ

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