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17 dic. 2016

  • 17.12.16
He descubierto que estoy constantemente tomando decisiones y no soy consciente de ello. Cuando mi jefa me dice algo hiriente, soy yo la que decide seguir rumiando lo que me ha dicho y continuar haciéndome daño a mí misma; o puedo elegir no aceptar su ira e insatisfacción, que son las que le hacen hablar así, y rebotar ese regalo envenenado a su dueña.



He elegido tantísimas veces desde mi inconsciencia... Los humanos seguimos un camino lleno de mil encrucijadas y cada una nos lleva a un sitio distinto. No creo en el determinismo, aunque sí intuyo que cada camino elegido tiene su propio fin.

Cuando voy en el metro veo a esos adolescentes que ríen por todo y que ven la vida como una línea infinita y pienso que ellos ya han empezado a elegir, aunque sean totalmente ajenos a este hecho. Ciencias o letras; esta asignatura o la otra. Y con 18 años, redoble de tambor: ¿qué carrera estudio? ¿Voy a la universidad? ¿Me alisto en el Ejército? ¿Me preparo unas oposiciones? ¿Busco trabajo? Yo creo que es el momento de la gran decisión, que en la mayoría de los casos va a condicionar toda una existencia.

Es verdad que todos los días uno puede cambiar el rumbo, pero no es tan fácil cuando hay una estructura sólida que te retiene: un compromiso, hijos, padres enfermos... Cuando los veo reírse me dan ganas de gritarles: "Pensad a largo plazo; imaginaos en el futuro, no ahora. ¿Queréis tener un trabajo en el campo o trabajar sentados ante un ordenador?".

No creo que la felicidad se esconda detrás de una fórmula secreta, ni siquiera en la de la Coca-cola. Tampoco aquí se puede hablar de mejor o peor. Un chico que siempre ha querido ser mecánico de coches no será feliz en una oficina de la planta trigésima de un edificio; y a la chica que ha nacido para volar, la silla inmóvil de un despacho la va a asfixiar.

Deberían darnos herramientas desde pequeños para que nos conozcamos, para que sepamos de qué material estamos hechos y en qué entornos debemos vivir para ser más auténticos y felices. Y, de este modo, sembrar alegría alrededor.

Hay mucha gente insatisfecha. Mucha. Demasiada. Atada a un torno que ha de mover cada día por inercia, sin ganas, sin ilusión. Pero, ¿quién es el valiente que salta al vacío de la incertidumbre? ¿Cómo salir de la zona que los psicólogos llaman de confort, pero no porque sea confortable? Voy en el metro. No quiero gritar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

DEPORTES - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL

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