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26 feb. 2017

  • 26.2.17
Decía el gran psiquiatra Carlos Castilla del Pino, en su libro póstumo de aforismos, que “Competir con uno mismo, nunca con los demás”. También, “Competir con alguien es una forma (soterrada) de envidia hacia él: querer ser más que el otro, o sea, dejar de ser menos que él”. Además, “Ser más que otro es imposible: nadie comienza siendo igual al que se desea superar. O sea, cada cual es el que es, y puede ser mejor, eso sí, pero sólo respecto al que era antes”.



Sabios consejos para los que habitamos un mundo en el que la competencia y la envidia parecen pilares fundamentales de una sociedad que a través de los mensajes publicitarios nos presiona para que nos creamos que somos “maravillosos”; claro está, yendo a comprar el producto que se anuncia, pues si no lo hacemos estaremos dentro del grupo de los mediocres y los fracasados.

Sobre esto que hablo, ya vimos hace un par de semanas En la consulta de psiquiatra, artículo en el que construía la metáfora de un ser desquiciado porque no era capaz de superar la envidia y el complejo que le creaba el que “no podía permitirse el nuevo modelo de Opel Astra”.

Y es que las necesidades ficticias y las falsas obligaciones o presiones psicológicas para gastar innecesariamente, generadas por las habituales campañas publicitarias para cualquiera de las generaciones (pues tanto niños como jóvenes o adultos deben consumir compulsivamente), son tan fuertes que en algunos casos conducen a adicciones difíciles de superar.

Entonces, nada mejor para cierta publicidad que destapar y potenciar, más o menos explícitamente, la envidia y la competitividad para que estos perniciosos sentimientos tan extendidos -tal como nos avisa Castilla del Pino- afloren en una población bastante desconcertada ante la pérdida de valores en los que antaño se creía, aunque que le queda la pulsión del consumo como un supuesto valor firme que permanecerá con el paso del tiempo.

Lo que apunto, añadido a los artículos que he publicado a lo largo del tiempo sobre la publicidad, puede inducir a la creencia que estoy cargado de prejuicios sobre ella.

No, en absoluto. De siempre me ha gustado el diseño gráfico y la publicidad inteligente y bien hecha, pues lograr anuncios con estas características son verdaderos logros de la imaginación y la creatividad. Es más, mi campo de trabajo docente está completamente relacionado con el mundo de las imágenes y, para mí, es un enorme placer ver imágenes bien construidas.

Acerca de esto último, podemos llegar a creer que las cualidades descritas son privativas de las grandes agencias publicitarias a través de las cuales se anuncian las corporaciones y empresas más potentes, ya que pueden invertir importantes sumas de dinero en sus campañas.

Esto suele ser un error, como podemos comprobarlo en los horrendos spots promovidos por la marca Opel para volver a potenciar su modelo Astra.

Posiblemente, muchos de los que me estén leyendo hayan visto por televisión la continuidad de la pequeña historia de ese repelente niño rubio de ojos azules que, con aires de superioridad, interrogaba al vecino del chalé colindante, dado que quería saber si “podía permitirse el rediseñado Opel Astra”. En el nuevo spot, que suponía la continuación del precedente, ese niño, en esta ocasión, era interrogado por sus amigos con “qué era lo que tenía su padre”, a lo que les contestaba que “su papá tenía wifi”.

Para que veamos que son verdaderamente insufribles los personajes que la multinacional automovilística alemana nos presenta en sus campañas con el fin de que se difundan en los distintos países en los que se vende la marca Opel, viene bien que pasamos a ver otro de los anuncios que financió durante el año pasado.



Vamos a ver… ¿Hay una familia más pedante, cursi y ridícula que la que se nos muestra en este corto? ¿Hay una parejita más panoli que la formada por esa chica que parece sacada de un arcón decimonónico lleno de naftalina y ese ‘mimado’ jovencito (según su futuro suegro) que la pretende y que encandila a sus futuros “papás” con su cochecito?

Aunque parezca mentira, hay gentes, no solo en Alemania donde se rodó el corto, sino en otros países de la periferia a las que les gusta estos insufribles personajes, ya que para algunos son modelos en los que mirarse o familias ideales de las que les gustaría formar parte.

Pero no todo va a ser campañas publicitarias en las que se fomenten la envidia, la competitividad, el perpetuo el narcisismo o el deseo de pertenencia a la supuesta “élite social”. También, como apunté anteriormente, hay casos en los que la imaginación, la creatividad o el sentido del humor son las claves para la promoción publicitaria.

Es lo que he encontrado en el primer corto que me fue enviado por un amigo que me lo remitió tras haber leído En la consulta del psiquiatra. Y nada mejor que trasladarse a Argentina, país alejado de las potencias económicas, para encontrar todo un derroche de creatividad en esa pequeña película en la que la madre lleva a su hijo al psicólogo para que se lo “arregle”. Veámosla…



¿A quién se le podía ocurrir que un taller de reparaciones de vehículos pudiera promocionarse publicitariamente con un relato basado en la visita que hace una madre acompañada de su hijo a un psicólogo para que el chico llegara a ser ingeniero como su padre? Efectivamente, a una agencia publicitaria radicada en Argentina.

No quiero extenderme mucho, pues el corto es verdaderamente genial, una pequeña maravilla digna del enorme talento humorístico de Les Luthiers, es decir, argentinos riéndose de sí mismos, ya que Argentina, curiosamente, es el país por excelencia de los psicoanalistas, donde se encuentra el mayor número de ellos por metro cuadrado que en cualquier otro lugar del mundo.

Algún día nos explicarán las razones, tan extendidas en este entrañable país, por esta afición a acudir a la consulta para bucear en el yo, el ello y el superyó. De momento, ya saben reírse de sí mismos, cualidad impagable que bien podría extenderse por otros lares.

AURELIANO SÁINZ

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