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10 feb. 2017

  • 10.2.17
No pretendo ofender con estas líneas, que no obstante pueden ser molestas para alguien. A cada uno de nosotros, aunque sea por pura exaltación desmesurada de lo nuestro –“chauvinismo” es el término que usa la RAE–, defendemos nuestros preciosos pueblos, blancos de cal en otros tiempos, porque son bonitos, limpios y, sobre todo, acogedores. Paso a explicarme.



Anécdota curiosa que me llama poderosamente la atención. Hace unos días me topo en la acera de una calle, a la puerta de un negocio, con la frase "¡Peligro! Ha pasado un cerdo con un perro" inscrita en un triángulo de circulación. Me detengo y termino de ver, a la par que entender, de qué va el tema. Supongo que no hay que ser muy inteligentes para intuir de qué avisa dicha señal de tráfico. Previene de la presencia de una gran torta de mierda de perro en una calle bastante transitada.

Esta frase tan escueta puede parecernos ramplona e incluso grosera pero es parte de una situación real en nuestras calles. Es muy habitual encontrarnos con dicho pastel en las aceras. ¿Recoger la mierda del perro que paseo por la calle? ¿Por qué? El perro caga donde le viene en gana. Frase que suele oírse cuando alguien recrimina dicha situación.

¿Cómo atajar el problema? Muchas son las quejas que oímos y pocos los remedios en referencia a este asunto. Educación ciudadana. La afirmación es lo mismo que decir: ¿quién le pone el cascabel al gato? Comentario con sordina: perros, gatos y cascabel se llevan mal.

Había una asignatura en ese manido, manoseado y denostado sistema de educación, en el que han proliferado leyes y leyes que han pasado por nuestra escuela con más pena que gloria, que se llamaba Educación para la Ciudadanía. Claro, que alguien puede que esté dibujando una socarrona sonrisa pensando que los perros no van a la escuela. Es una lástima, porque son bastante inteligentes.

No me gustan los gatos. Aun añoro aquel gorrión domesticado que me piaba al oído lo que había hecho en su escapada y, por confiado, se lo merendó un maldito gato negro. Añoranzas infantiles. Pero los pongo de ejemplo entendible por la mayoría. Ellos son de los pocos animales que después de “hacer sus necesidades” (lindo eufemismo) tratan de enterrarlas.

Los perros son muy bonitos. Algunos ejemplares, hasta son muy caros. Ellos saben –han aprendido– que cuando los sacan de casa, a unas horas determinadas, es para “mear, cagar y pasear”. Levantan la patita y mean en el dintel de una casa, en la rueda de un coche o en el alcorque de un árbol. Posteriormente, sueltan el pastel donde les aprieta la necesidad.

Hay muchas personas, tanto jóvenes como mayores, que recogen la caca (eufemismo) y suelen tirarla a la papelera o a un contenedor. ¡Chapó! Hay otra parte de paseadores y paseadoras de canes que hacen la vista gorda para no percatarse del pastel. Y allí queda la prueba del delito a la espera de un despistado zapato.

Si cívicamente, insisto, alguien se atreve a decir algo, te soltarán un contundente "¡métete en tus asuntos!". Otros te diran que "si te molesta, lo recojas tú". Otros argumentarán que "para eso está el servicio de limpieza del pueblo", servicio que pagamos entre todos con nuestros impuestos (nunca mejor dicho lo de “in-puestos”).

Y “la tortilla” se queda en la acera a la espera de que pase algún despistado. Si “pisar mierda” (malsonante) da suerte, según el decir popular, deberíamos ser un colectivo muy afortunado en loterías y juegos de azar. Es bonito tener animales de compañía (mascotas). Pero los susodichos animales, en este caso perros, conllevan obligaciones. Sacarlos a que estiren las patas, a que hagan sus necesidades y ser responsables de ellos es algo básico.

Los problemas derivados de esta desidia cívica son muchos, molestos y tediosos; en algún caso, son hasta peligrosos. Me explico. Vivo en un barrio bien poblado y en las cercanías de un ambulatorio de especialidades médicas. La afluencia de personas es abundante. Muchas son mayores; otras tienen determinados problemas médicos. La frecuencia con la que suelen “pisar mierda” ya pueden figurársela.

El caso más lamentable es cuando, por los aledaños del citado centro transitan personas ciegas que, rastreando con su bastón, intentan detectar obstáculos. Necesariamente pisan “mierda” porque el amo o ama (debería decir amigo) del precioso animal “ha cagado” en mitad de la calle. Si alguien se da cuenta avisa a tiempo; caso contrario, le acaba de tocar la lotería al invidente, amén de poder caerse. Y por desgracia, algún incidente de esta naturaleza se ha dado.

¿Solución al problema? Desde luego no es competencia de barrenderos; tampoco se corregiría multando (aunque en algunos ayuntamientos se ha intentado esta medida), porque sería necesario un ejército de municipales para poder sancionar a los incívicos amos del can. El perro es un animal bastante inteligente, pero aun no sabe recoger los excrementos. Alguien podrá pensar que al ritmo que vamos, todo se andará...

La primera parte pasa porque los dueños tomen conciencia del tema. La segunda posibilidad pudiera estar en poner sanciones tan altas que cundiera el miedo entre los “marranos” (coloquial), propietarios y propietarias. ¿Incívicos vecinos?

En algunas ciudades y en zona ajardinada se han construido cercados llenos de tierra para que el perro arrastre sus patas a la espera de defecar. También se han colocado, estratégicamente, cajas con bolsas y guantes de plástico, pero desaparecen o son destruidas. La razón de tales desmanes es que como somos tan “cívicos”, no nos gusta que nos lo echen a la cara.

Gracias por mantener tu pueblo limpio… Las calles limpias de un pueblo son el reflejo de sus vecinos y el celo de sus autoridades. Pero no olvidemos que no es más limpio quien más barre sino quien menos “enmierda”. O sea, quien menos ensucia.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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