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30 may. 2017

  • 30.5.17
Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) publica Patria, su novela más extensa –646 páginas– y más ambiciosa. Y tal vez su mejor obra, donde recrea de frente el problema de la convivencia en el País Vasco después de tres décadas de terrorismo de ETA. Reconoce que este esfuerzo no le ha supuesto oler de nuevo el dolor, sino que más bien contiene un ingrediente aliviador.



Después de Los peces de la amargura y Los años lentos se adentra de nuevo en el mundo del terrorismo, pero no con más compromiso, sino con más madurez. Aunque reconoce que Patria está escrita “con una ambición de totalidad”, al mismo tiempo que contiene una estructura como de puzle y es un trabajo que reproduce los usos lingüísticos y el habla de la zona vasca.

La novela, a fin de cuentas, narra la subjetividad del sufrimiento, cómo el dolor se adentra sin medida en algunos de sus personajes, en el corazón de la sociedad vasca. En sus páginas también tienen cabida las torturas en comisarías y cuartelillos, la dispersión de presos de la banda terrorista o los curas que compartieron las barbaridades y la doctrina de ETA y aquellos otros que fueron amenazados por la misma organización.

Y, sobre todo, su autor aspira a contar, desde una perspectiva humana, por qué pasó lo que pasó y cómo ha vivido la sociedad vasca durante este periodo de tiempo. Él se expresa así cuando habla de temas pendientes: “Queda por construir la convivencia. Esa es la gran tarea de la sociedad vasca”.

Siempre viste de negro. Hoy su camisa luce diminutas flores blancas sobre un fondo negro. Los vaqueros y las deportivas también son negros. Las gafas, de pasta, negras. La mirada, serena. La calva, in crescendo. Es de ánimo sosegado. No se enciende, incluso cuando se adentra en aspectos de su pasado que le duelen.

Es de una oratoria convincente. Sus palabras, medidas y correctas, sin dar pie al malentendido o a cualquier sentimiento indomable. Dice que ahora no hay atentados, pero reconoce también que algunos presos vuelven investidos en homenajes, rodeados de pancartas y parapetados de bandas de música.

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, desde 1985 reside en Alemania. Entre sus novelas, cabe destacar Fuegos con limón (1996), El trompetista del Utopía (2003), Viaje con Clara por Alemania (2010) o Ávidas pretensiones.

—Hablar de terrorismo y de víctimas de ETA es hablar de dolor. ¿Se sufre escribiendo un libro como este que parte de tu vida?

—Yo diría que se ha sufrido antes. Que en un libro de estos, en el que se trata fundamentalmente del dolor real que han sufrido otras personas, no se aborda de una manera artificial. Yo podría escribir sobre la Edad Media o podría escribir sobre la hípica. Allí hay un ingrediente emocional muy fuerte que me lleva a abordar temas relacionados con el terrorismo, terrorismo que fundamentalmente ocurrió en mi tierra natal.

Es un fenómeno que me ha acompañado desde la infancia, con el que me he visto confrontado de una manera muy cercana. Ha muerto gente que yo he conocido. Entonces, no se puede decir que yo viniera fríamente a escribir al respecto. Ahora bien, el trabajo en sí no es exactamente doloroso sino tal vez incluso aliviador, en el sentido de que uno consigue sacar de dentro y trasladarlo a textos creativos parte de este dolor interno del que hablo. Como otros lloran para liberar, para exteriorizar, para aliviarse de depresión, de dolor interno. Hay un ingrediente incluso liberador. Y si uno nota además que el trabajo es significativo para otros, que es apreciado y valorado también humanamente, entonces la sensación es más bien grata.

—No es la primera vez que tocas el tema del terrorismo. Ya lo hiciste en ‘Los peces de la amargura’ y más recientemente en ‘Los años lentos’. Pero es ahora, con ‘Patria’, cuando has optado por tratar el tema de frente, no sé si con más compromiso.

—No. El compromiso era el mismo. Yo diría no con más compromiso, sino con mayor madurez. Creo que en mis libros anteriores, lo veo ahora, han sido aproximaciones a Patria. Los peces de la amargura, que reúne diez cuentos, son en realidad diez casos, diez aproximaciones. Patria, en cambio, es toda una estructura novelesca grande, que recoge vidas privadas de nueve protagonistas, a los que se presta una sostenida atención. Por tanto, cada uno de ellos merece un número considerable de páginas.

Y el hecho de que todo esto esté armonizado en una estructura novelesca requería un trabajo que no se puede improvisar, para el cual yo tenía que haber hecho tentativas previas que quizás sean esos libros anteriores que también abordaban el tema.

Este libro está concebido con una ambición de totalidad. Yo preví, desde el principio, que si escribía historias de nueve personajes interrelacionados, pertenecientes a dos familias, al final daría un dibujo general o, en tal caso, complejo, de la sociedad vasca de las últimas tres décadas.

—Sabes que este libro tendrá una repercusión no solo literaria, sino también social.

—Confieso que estoy asombrado de la enorme repercusión que está teniendo el libro. Y ya antes de publicarse corrió la voz, despertó un enorme interés en los medios de comunicación, y antes de que el libro llegase a las librerías, yo ya estaba concediendo entrevistas. En el sentido positivo, se nos ha ido de las manos a todos.

El libro está en las listas de libros más vendidos, lo cual no es habitual en mí. Yo he sido más bien un autor que tenía un círculo de lectores fieles. A mí me leían entre 3.000 y 5.000 personas fijas. Yo creo que eran siempre los mismos. Pero nunca me había enfrentado con una repercusión tan grande y, de momento, tan positiva.

—Esta tal vez sea tu obra más ambiciosa. Y no me refiero ya al tema, sino sobre todo a las estructura y al tratamiento del lenguaje, a la fase puramente creativa.

—Estoy de acuerdo con esa apreciación o espero que no pase inadvertido el trabajo literario. Un crítico me dijo recientemente que el libro, por motivos de contenido, llamaría primeramente la atención por los asuntos sociales, por el especial tratamiento del dolor generado por el terrorismo, pero me pronosticó que, una vez pasada esta fase inicial, el lector con instinto literario repararía en el trabajo estético que sostiene la historia del libro.

El libro está hecho con una gran artesanía. Otra cosa es que no se aprecie. Hay todo un trabajo lingüístico detrás para, por ejemplo, reproducir los usos lingüísticos y el habla de la zona vasca. Hay una estructura como de puzle. Es decir, la historia no está contada de una manera lineal sino que el protagonismo está repartido entre nueve que además intervienen como narradores. En fin, son minucias técnicas que el amante de la literatura probablemente no dejará pasar inadvertido.

—Eres partidario de que se cree un espacio de la memoria. ¿Es ese el método más eficaz contra la injusticia y la barbarie?

—Yo creo que es el único método posible. Es decir, no podemos pretender que los jóvenes que no vivieron la realidad social vasca de las décadas pasadas detengan la historia, paren el tiempo y se dediquen a reflexionar sobre atentados, amenazas y sobre todo lo que nos ha pasado en el País Vasco y en otras partes de España también.

Entonces, lo que yo postulo es que haya un lugar para la memoria, un lugar poblado de toda clase de testimonios visuales y escritos, un lugar al que el ciudadano curioso pueda acudir para informarse o para obtener respuesta a algunas preguntas que se formule o para comprender no solamente qué pasó.

Esta pregunta de cómo se vivió el terrorismo es principalmente la materia con la que se hacen las ficciones, mostrando cómo repercute en personajes concretos el hecho social. Esa es nuestra tarea. Contar la subjetividad del sufrimiento, llegar donde no llegan los otros textos, los ensayos o la historia.

El novelista le presta una mirada, como si le pusiera unas gafas, para que mire una realidad desde una perspectiva determinada y luego el lector sacará sus consecuencias y tendrá una idea mucho más inmediata de lo que ocurrió que si leyera informaciones en revistas o en periódicos.

—Has dicho en varias ocasiones que no te gusta mirar con un solo ojo, que prefieres escribir la historia total. Así que en el libro también tienen cabida las torturas en comisarías y cuartelillos o la dispersión de presos de ETA en prisiones fuera del País Vasco.

—Exacto. Es una metáfora. Si yo miro la realidad con un ojo, no la abarcaré en su totalidad. Y yo quería abarcarla, porque pienso que no puede haber víctimas si no hay agresores. Y viceversa. Un agresor tampoco lo es toda la vida. Puede que en un contexto sea agresor y en otro sea víctima. Eso también se ha dado.

Yo quiero comprender, desde la perspectiva humana, por qué ha pasado y cómo se ha vivido. En mi novela se muestra toda la paleta. En comportamientos incluso referidos a un mismo personaje se ve una evolución personal. Asistimos a sus contradicciones, a sus incertidumbres. Cambian, evolucionan a lo largo de la novela. Y he puesto mucho empeño en no pintar una realidad en blanco y negro, sino mostrándola en todos los posibles matices.

—No acusas a la Iglesia. Ya lo dijiste también cuando publicaste ‘Los años lentos’. Pero sí a algunos curas, de compartir las barbaridades de ETA, de alistar a jóvenes en sus filas.

—Bueno, el cura de mi novela cumple una función bastante innoble. Es una figura que ha estado inspirada en otras que ha habido realmente. Lo que no puedo aceptar es que se extrapole y llegar a la conclusión falsa de que toda la Iglesia ha actuado como este cura de mi novela. Porque además, como sabemos, eso está probado, ha habido curas amenazados por ETA. Por eso no podemos generalizar y echar la culpa a toda la Iglesia, pero ha habido curas que han estado mucho más cerca de los verdugos que de las víctimas.

—Aunque ahora hay paz en el País Vasco, todavía quedan facturas pendientes. Por ejemplo, el arrepentimiento. ¿Lo ve posible?

—El arrepentimiento, como el perdón, me parece que son de naturaleza privada, personal. Yo no creo que sería sincera una petición de perdón con fotógrafos y periodistas delante. Creo que el asunto solo se puede resolver entre el ofensor y el ofendido, entre el agresor y la víctima, y que no debería instrumentalizarse políticamente.

—Y sobre el acercamiento de los presos o decretar una amnistía a estos.

—Hay que distinguir entre una amnistía gratuita, considerando que todavía hay muchas heridas abiertas que provocaría que el asesino de algunas familias viviera en la misma calle, me parece muy delicado. Y además, ETA sigue existiendo y sigue teniendo las armas. Entonces, una amnistía será un regalo muy envenenado.

Otra cosa es el acercamiento de los presos. No veo por qué no se pueden humanizar las normas, pensando sobre todo en las familias que visitan a los presos. No estoy en contra de un razonable acercamiento de presos a los hogares de sus familias.

—Hay una tercera factura pendiente, y es la literaria. En tu caso, este libro es el tercer paso que das. Pero se ha escrito muy poca literatura al respecto. Cuando curiosamente hay algo de cine, incluso algo de cómic.

—La literatura es tal vez la manifestación testimonial más lenta, quizás haya razones. Yo creo que los escritores no podemos permitirnos la ligereza, la frivolidad, la superficialidad. Tenemos que llegar al corazón del ser humano. Esto requiere reflexión, hay que encontrar el tono adecuado. No somos como el periodista que tiene que ir a todo correr a recoger la actualidad. Entonces, se van produciendo aportaciones.

Hay que distinguir entre escribir y publicar. No descartamos la posibilidad de que haya algún escritor que haya hecho alguna obra pero no la haya difundido. Y tampoco tenemos prisa. El escritor no está atado a la actualidad.

—Leyendo tu libro, parece inconcebible que, hace solo unos años, fuera posible la persecución y aislamiento de algunos vecinos por no compartir los principios de ETA. Esa descripción de la vida cotidiana que aporta tu novela.

—Exacto. La vida cotidiana, la vivencia privada, es la materia prima del novelista. Esto ha sido así. Sobre todo en los pueblos ha sido terrible. Digo en los pueblos porque los vecinos se conocen todos. Entonces, es prácticamente imposible dar un paso, soltar un grito, expresar una opinión, sin que los demás no se enteren. Así, el grupo de poder del pueblo lo tiene muy fácil para dominar, controlar, a cada uno de los vecinos.

Todos sabemos que allí donde se ejerce la violencia, donde impera el terror, es normal que se generen comportamientos de supervivencia. ¿Qué quiere decir esto? Que si uno vive en un pueblo pequeño y coloca en el balcón la pancarta adecuada, la bandera dominante, tiene un salvoconducto y puede vivir tranquilo.

En cambio en una ciudad es más fácil encontrar adeptos, encontrar refugios y, de hecho, mi novela habla de dos familias que tenían una relación afectiva muy estrecha y luego se rompe por causa del terrorismo. Y estas dos familias viven en un pueblo, que no se nombra, por razones prácticas.

—Dice uno de tus personajes, en el sepelio del Txato, que en el País Vasco a los muertos no se les entierra, sino que se les esconde.

—Esta frase es terrible. Es lo que hemos tenido. Pensemos en la tumba de Gregorio Ordóñez, que fue repetidamente atacada, que no bastó con asesinar al concejal de San Sebastián sino que con posterioridad su tumba fue atacada, pintarrajeada. Es lo que hemos tenido. Es el odio. El odio que no se conforma con el asesinato sino que continúa ejerciéndose contra las familias, contra la memoria del difunto.

Esto se dice en mi novela pero no procede de la imaginación pura del autor, sino que está inspirado en tantos episodios que han ocurrido. De hecho, las víctimas lo cuentan. El ataúd iba por las calles vacías, las ventanas cerradas. La sensación de soledad, como la describen a menudo las víctimas, era espesa, dolorosa. Aparte de perder un familiar, uno quedaba como apestado.

—Las mujeres protagonistas de tu novela son fuertes. ¿En aquello que se dice de que el País Vasco es un matriarcado hay mucho de verdad?

—Para responder, vuelvo la mirada a las mujeres con las que he convivido, madre, vecinas, hermana, primas, y no escasea el tipo de mujer como el que predomina en mi novela. El tipo de mujer de fuerte carácter que, frente a la timidez o pasividad del varón, tiene la potestad de la palabra, habla más rápido y ejerce la gobernanza del hogar.



Pero, cuidado, porque tan pronto como ponen un pie en la calle, ese poder se diluye y caen sobre ellas las convenciones religiosas y sociales que no son privativas del País Vasco. Pero si repaso un poco mi biografía, veo que está muy poblada de mujeres con mucho temperamento, decididas, resueltas. Y, desde luego, las mujeres de mi novela son fundamentales. Las retiramos y se cae la novela completamente. Los varones parece como si fueran satélites alrededor de ellas.

—“Aunque no hayan matado a mi padre, como si lo hubieran matado”. ¿Tan generalizado, prolongado y hondo es el dolor que quedó?

—Bueno, yo me expreso desde la empatía. Tengo una base cristiana, yo que soy descreído, que me ha dejado criterio moral que todavía practico, que es el de la compasión, en el sentido auténtico de la palabra, el de sentir cercanía, solidaridad, con aquel que sufre. Yo me doy cuenta que en cualquier conflicto o en cualquier enfrentamiento, incluso deportivo, tengo una simpatía inmediata por el más débil.

—¿La población vasca ha sido cobarde, ha compartido los objetivos de ETA o el miedo la obligó a mirar hacia otro lado?

—Los historiadores nos han dado una serie de razones. En realidad, se trataba de imponer un objetivo a costa de la voluntad popular, objetivo que perseguía derribar nuestro estado de derecho para imponer un proyecto determinado que la sociedad vasca no compartía en su mayoría. Se ha intentado imponer con la violencia.

La violencia, en realidad, consiste en eliminar a los impuros. Entonces, se trata de que en un tablero queden las piezas blancas, lo que se hace es eliminar las negras. ¿Cómo? Matándolas, diciéndoles que se vayan, silenciándolas. Eso es lo que hemos tenido, con el aplauso de muchos ciudadanos. Eso está demostrado.

—200.000 vascos viven fuera de su tierra. Se fueron huyendo del terror. ¿Es posible el retorno?

—Creo que eso es algo personal. Lo que no hay ahora son atentados y, por lo visto, tampoco extorsión, que es una de las cuestiones por la que muchos ciudadanos se tuvieron que ir. Ahora, es difícil, cuando uno se va y echa raíces en otro lugar y monta su negocio en otro sitio, y además uno ya se ha metido en edades un poco elevadas, no es tan fácil volver y quizás coincidir en la calle con la persona que lo insultó, que le amenazó. En principio, lo que no hay es violencia. Y ese impedimento no existe.

—Todavía se producen homenajes a presos de ETA liberados, se les recibe con música, se les halaga en ceremonias. ¿Hasta cuándo?

—No sé. Pero eso existe. De hecho, se habla del olvido. Pero cada vez que se habla del olvido, es el olvido de las víctimas. Que deberían callarse, porque queremos vivir en paz, queremos pasar página, necesitamos un nuevo horizonte, pero al mismo tiempo salen presos y no es raro que le hagan un homenaje con música, con pancartas. O sea, esto reabre heridas, naturalmente. Reactualiza tantas atrocidades como ha habido y demuestra que las razones que llevaron a muchos a ejercer la violencia siguen vigentes, no han sido desactivadas ideológicamente. Queda por construir la convivencia. Esa es la gran tarea de la sociedad vasca.

—Has estado estos días en el País Vasco. ¿Qué ha cambiado desde que ETA abandonó las armas?

—Hay un detalle que lo revela todo. Y es que las paredes de mi ciudad están limpias, sin pintadas. Eso es muy significativo.

—Has declarado también que pudiste haber sido de ETA. A la luz de lo acontecido, ¿te fue fácil vivir al margen de la violencia?

—Pero no he vivido al margen de la violencia. Quiero decir que, por solidaridad, también me ha afectado la violencia. El adoctrinamiento no funcionó en mí. Probablemente, los libros, la cultura, me salvaron de caer en el pozo. Me abrieron la mente a otras realidades, a otros idiomas, a otras posibilidades vitales.

—Titulas tu novela ‘Patria’, aunque consideras que el nacionalismo es muy peligroso. ¿Era el título más rotundo para una historia que todavía sangra?

—Sí. Creo que sí. Es el espacio físico. Para otros, es un espacio sacralizado, en el que se mueven todos mis personajes. Todos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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