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2 may. 2017

  • 2.5.17
Mathias Enard (1972, Niort, Francia) publica en España Brújula, novela con la que obtuvo el pasado año el Premio Goncourt y que ahora aparece en las librerías traducida al castellano por Robert Juan-Cantavella. Un libro sorprendente, muy bien escrito, que no solo es una historia de amor, sino también, y sobre todo, una declaración de amor a Oriente Próximo.



En momentos tan duros, como los que atraviesa Europa, y más concretamente Francia, como consecuencia de los atentados perpetrados por el Daesh, sorprende la edición de un libro que va más allá del fanatismo y de la violencia y que muestra que la fascinación por Oriente sigue patente en Occidente pese a tanto dolor.

El libro es una obra soberbia de documentación sobre Oriente Próximo, también es un retrato íntimo de las ciudades que el autor conoció, y más que todo de buena literatura. Un libro muy diferente a Sumisión, que también obtuvo el Premio Goncourt.

Enard mantiene que a Huellebecq no le interesa el Islam real, sino aquel otro con el que “puede montar esta caricatura, esta sátira, de lo que es Francia”. A él le duele sobre todo Siria, donde dejó amigos, donde se enamoró, sonde vivió y escribió. Y es contundente en sus aseveraciones: “La guerra de Siria es la mayor catástrofe que ha conocido el mundo árabe en su historia”. 500.000 muertos, millones de desplazados. Advierte incluso que este panorama es algo que el planeta no ha conocido desde la Segunda Guerra Mundial.

Se desenvuelve en un español correcto. Cuando habla, baja la mirada hacia un punto indefinido de la mesa. No es grueso, pero sí compacto, fibroso. Su piel es blanca y sus pómulos rosáceos. Tiene una calvicie incipiente que amplía una frente expuesta a cualquier vendaval.

Es un hombre sereno, educado, con fe en un futuro que no adivina a descifrar cómo seremos capaces de recomponer. Piensa que el Daesh desaparecerá, como lo hizo Al Qaeda, pero alguien vendrá desafortunadamente a ocupar ese vacío. Entiende que un joven francés de 16 o 20 años, ante una vida sin horizontes, se sienta atraído por la yihad, pero no alcanza a comprender a los suicidas.

Nació en Niort, un pueblo donde lo más exótico que se alzaba sobre la tierra era un restaurante chino. Esa imagen le motivó a viajar e irse lejos. Cursó estudios de persa y árabe, viajó por Oriente Próximo y después se estableció en Barcelona, donde vive.

Es autor de las novelas La perfección del tiro (2004), El manual del perfecto terrorista (2007), Zona (2008) o Calle de ladrones (2013). En 2012 publicó una novela breve, El alcohol y la nostalgia, su novela preferida, un bellísimo relato que fue la adaptación más o menos fiel de una ficción radiofónica de cien minutos de duración escrita en el Transiberiano entre Moscú y Novosibirsk, y emitida por France Culture en julio de 2010.

A este paso, si su literatura no adelgaza ese potencial devastador que hace de sus libros algo diferente y maravilloso, pronto la Academia sueca comenzará a decodificar la belleza transitable y personal de sus páginas.

—Novela, memorias, libro de viajes, dietario sentimental, pero ‘Brújula’ es sobre todo una historia de amor y una declaración de amor a Oriente Próximo.

—Es una novela de amor. Una historia de amor entre un hombre y una mujer y, luego, a lo mejor, de forma metafórica, es una declaración de amor a Oriente Próximo y al planeta tierra, pero la historia se centra en una historia de amor muy concreta.

—En una noche de insomnio, su personaje, el musicólogo Franz Ritter, evoca vivencias de Estambul, Alepo, Palmira, Damasco o Teherán. Ciudades que usted conoce. ¿Cuánto de alter ego hay en su personaje?

—La vida de Franz no tiene nada que ver con la mía, pero yo le dejo a Franz recuerdos míos, que son precisamente recuerdos de viajes, de ciudades, donde yo viví o pasé mucho tiempo, como Estambul, Damasco, Alepo, Teherán, Palmira, pero no es nada autobiográfica en el sentido de que yo no tengo la misma personalidad que Franz Ritter. Para nada.

—En el panorama literario francés, es usted un escritor a contracorriente, defensor del diálogo entre culturas, con una visión donde brota el exotismo y la sabiduría y echa a un lado el fanatismo y la violencia.

—Sí. Yo creo que es muy importante, precisamente ahora, ver más allá del fanatismo y la violencia. El problema de nuestros medios de comunicación ahora es que casi solo dejan ver esto: violencia y fanatismo. Cuando la realidad del mundo árabe y el mundo musulmán es otra, es la diversidad, precisamente, y de la cultura.

—Contradictoriamente, en un momento tan difícil y convulso para Francia por la amenaza terrorista, viene usted y gana el premio Goncourt 2015. Pese a las duras críticas que ha llevado a cabo contra los políticos franceses.

—Que me diesen el premio Goncourt es muy interesante porque así vemos que hay gente que cree que hay también otra visión, que todo es posible. Y yo creo que eso es muy importante.

—Dice que la novela es una forma de ir más allá de lo inmediato. ¿‘Brújula’ ayudará a borrar tanto dolor como han dejado los atentados terroristas en su país?

—No. Yo creo que el dolor de los atentados es algo distinto, pero la literatura tiene un fin que es, precisamente, más allá del placer estético, la posibilidad de tener una mirada mucho más ancha y mucho más diversa, de que va más allá, precisamente, del dolor.

—Los atentados han provocado rechazo y miedo al Islam pero a la vez las imágenes fascinantes de Oriente siguen funcionando.

—Sí, sí. Yo creo que eso es muy contradictorio, pero que es real. A la vez, hay el miedo, una visión así como muy reducida de lo que es la realidad, de la diversidad del mundo árabe, pero también sigue esa fascinación que viene de muy atrás. La gente quiere viajar, quiere conocer, sueña todavía con estas cosas de ‘Las mil y una noches’. Ese es un sueño que sigue potente y este sueño tenemos que utilizarlo de alguna manera para fomentar relaciones mucho más a partes iguales y más armoniosas.

—Su novela prácticamente ha llegado a las librerías a la par que ‘Sumisión’ de Huellebecq, también Premio Goncourt, que muestra la parte fanática del Islam. Pero usted asegura que su compatriota utiliza el Islam para dibujar una caricatura de Francia. Es decir, utiliza el Islam como burla.

—Sí, sí, sí. Yo estoy seguro de eso. A Huellebecq, el islam real no le interesa mucho pero a través del islam puede montar esta caricatura, esta sátira, de lo que es Francia.

—Violencia, atentados en Europa, guerra civil en Siria. Podríamos seguir. ¿Podremos algún día curar estas heridas?

—Yo espero que sí. Lo que pasa es que ahora la guerra en Siria es la mayor catástrofe que ha conocido el mundo árabe en su historia. Son 500.000 muertos, millones de desplazados. Es algo que el planeta no ha visto desde la Segunda Guerra Mundial. Y eso va a cambiar muchas cosas también, porque eso es una herida muy honda, es todo un país destrozado y, más allá de este país, es también una región ya muy castigada, en Líbano, en Palestina.

Porque además en su corazón la región está económicamente destrozada. Eso va a tener consecuencias muy graves. Y yo creo que por eso es muy importante actuar en Siria y ayudar a los sirios y al país a recomponerse. Es vital para nosotros también.

—A mí me da la impresión de que a usted Siria le duele particularmente.

—Sí. El drama me toca muy de cerca, porque yo viví muchos años en Siria. Conozco a mucha gente. Y viví ahí, me enamoré ahí, aprendí mucho en Siria. Y ver la destrucción del país, la violencia más cruda, el exilio para mis amigos. No, no. Es terrible. Terrible.

—Después de los atentados de París, Hollande habló de guerra. Francia está en guerra. Hablando de retórica, ¿la guerra también está en el lenguaje?

—Es un gran error. No se tendría que hablar de guerra con el terrorismo, porque da la sensación de que, si dices el país está en guerra, es que ya hay un enemigo. Pero, claro, el terrorista no es ningún ejército. Y diciendo que Francia está en guerra, significa que hay una guerra interior. Y que, claro, hay un enemigo interior también. Porque una guerra supone un enemigo. ¿Y dónde está el enemigo? Pues es muy fácil hacer la asociación terrorista-musulmán, y sería la gente musulmana el enemigo. Y eso es sumamente peligroso, porque es precisamente el plan del Estado Islámico: dividir a la sociedad francesa.

—El 'burkini' es producto que proviene de Australia, está bastante globalizado y es una prenda de lujo que no tiene nada que ver con el Islam. Dice usted que es una forma muy 'fashion' de vestirse para ir a la playa. ¿Entonces por qué prohibir esa prenda?

—Eso es ridículo. Ahí precisamente vemos los efectos secundarios de esta guerra. Primero, porque no existe. Ejemplos de burkini ha habido uno o dos (ríe) en Francia. Pero que un alcalde de una ciudad costera puede decidir si en la playa puedes llevar esto o no, es puro racismo. No tiene nada que ver con la protección de la gente. No, no. Es la explicación de alguien racista. Y esto es muy grave en una sociedad donde en teoría hay libertad del espacio público como en Francia.

—Esta frase es suya: “Lo que es difícil para los políticos franceses es encontrar un discurso que no favorezca a la extrema derecha”. ¿Tan difícil lo tenemos?

—Sí, porque, como la extrema derecha juega sobre todo con el miedo, y como los políticos en el poder tienen falta de coraje, coraje que ha tenido por ejemplo Ángela Merkel, pues lo dejan todo en manos de la extrema derecha. Ellos, por ejemplo, dicen es que Francia va a acoger 30.000 refugiados sirios. Pues de repente la extrema derecha dice, ah, pero entre ellos puede haber terroristas. Ellos no han sido capaces construir un discurso que sea propio. Es un poco la dificultad que tienen ahora en Francia.

—El Daesh sabe dar una esperanza escatológica a los jóvenes franceses que han dejado de creer en la felicidad que les podría proporcionar la sociedad del bienestar. ¿Esto es el comienzo del fin?

—No sé. Daesh desaparecerá, igual que Al Qaeda ha desaparecido, y habrá otra cosa en su lugar. Pero lo que me interesa es ver cómo un joven francés de entre 16 y 20 años puede sentirse apasionado por la yihad y por ir a luchar a Siria. Para entender eso, se puede volver a, por ejemplo, los testimonios de la gente que se iba, a un bando o a otro, desde toda Europa a combatir en España, por ejemplo.

Leyendo a Orwell se entiende muy bien cómo uno desde el norte de Inglaterra, que en la época era muy lejos, porque ahora todo está muy cerca, pero en la época lo que se sabía de España, desde allí en Inglaterra, eran tres o cuatro cosas. No había imágenes. Y era un sueño, un sueño ideológico primero, marxista en la época, o fascista, y también un sueño de vida. Y la lucha, la aventura, las armas, también son algo que siempre han gustado a los jóvenes, sobre todo al final de la adolescencia.

Es un poco lo que está pasando en las afueras de París, que los jóvenes que no saben muy bien qué hacer con sus vidas, eso les da de repente algún sentido, alguna posibilidad de aventura, de hacer algo con sus vidas.

—Dice que, si tuviera 17 o 18 años, crecido con los héroes del Islam y si se estuviera aburriendo en París, no sabe si le interesarían este tipo de aventuras.

—Sí, sí. Exacto. Igual que Hemingway. Yo creo que hay momentos en que uno se deja llevar por el sentido de la aventura y la idea de vivir aventuras peligrosas, de vivir una vida extrema. Luego, lo que más me cuesta entender es el lado suicida. El que vuelve de Siria para suicidarse matando a gente en un atentado en París, en Bélgica o donde sea. Eso me cuesta más entenderlo. Todavía no he conseguido entender el porqué de eso.

—Anna Erelle, en su libro ‘En la piel de una yihadista’, se infiltró a través de las redes en el corazón del Daesh, y contó cómo alistaban a jóvenes y cómo es allí sus vidas. Desde luego, según sus testimonios, no es ningún paraíso.

—Eso, seguro. Alguien que deja la capital de Daesh en Siria, se da cuenta de que son piratas y no gente con ideales. No. Son piratas y nada más.

—Lo que se dio en llamar la primavera árabe más se asemeja a un otoño acabado. Usted lo describe como un paisaje muy triste.

—Ahora, sí. Pero quién sabe. La verdad es que si miramos los países árabes, ahora es un momento triste. Aparte de Túnez y Marruecos, en alguna medida todos están en la dictadura peor de cuando empezaron la revuelta. Pero yo confío en que esto va a cambiar, porque el pueblo ha visto que el dictador puede ser derrotado y eso se queda en la mente.

—Vive en Barcelona y está a favor de un referéndum en Cataluña.

—Yo creo que el referéndum es necesario para acabar con el tema, que dé el resultado que tenga que dar, pero que se haga de una vez.

—¿Le sorprendió el resultado del Brexit?

—Sí y no. No me sorprendió porque al final Londres, la capital, votó mayoritariamente a favor de quedarse en Europa, y los pueblos votaron mayoritariamente a favor de la salida. No, no me sorprendió.

—Su libro es de una prosa muy cuidada. ¿Una novela es sobre todo el lenguaje?

—No es nada más que lenguaje al final. Son palabras.

—Creció en un pueblecito del oeste de Francia, Niort, donde lo más exótico que había, dice usted, era un restaurante chino. ¿Por eso soñaba con el paraíso exótico de Oriente?

—Supongo que sí. Porque precisamente no había nada exótico en esa ciudad, pude yo soñar con viajar e irme lejos.

—Habla el dialecto de Líbano y Siria perfectamente. Le costaría residir en un lugar sin entender el idioma.

—Hombre, supongo yo que acabaría aprendiéndolo. Para mí es muy importante, porque tengo curiosidad de entender cómo la gente piensa, cómo la gente lee, qué dice el periódico.

—Su protagonista está bajo los efectos del insomnio y del opio. El opio es una droga muy literaria.

—Sí, de hecho en el libro es su lado más literario, simbólico e histórico, que no el opio real.

—En Francia y en España la situación es muy diferente actualmente. En España, dice usted, durante años, Al Ándalus sirvió al nacionalismo español para definirse. ¿En qué sentido?

—Sí, es verdad que había esta diferencia de Al Ándalus como parte española y los bereberes como la gente de fuera. Al Ándalus hasta el año mil y pico era lo español, el espíritu español, y luego la invasión de los bereberes. Lo cual es una forma muy hábil de ver la Historia.

—Ama la música, la palabra, el arte. Y escribe en su libro: “La música es un hermoso regalo contra la imperfección del mundo y la decadencia del cuerpo”. ¿En eso andamos?

—Sí. Bueno, todo el arte es un poco esto. No solo la música, también la literatura es esto, un instante de ir más allá de nuestro tiempo, que es muy limitado, mirar un poco el mundo entero desde el principio de los tiempos.

—‘El alcohol y la nostalgia’ es un libro muy especial para usted.

—Sí, sí. Es una novela muy especial porque la escribí en tren entre Moscú y Siberia. Y, claro, el hecho de estar escribiendo cada día en un vagón de tren con el paisaje desfilando fue una experiencia muy bonita.

—¿Qué se siente cuando se escribe una novela tan bella como ‘Brújula’?

—Yo creo que siempre intentamos escribir cosas bellas. Luego son los lectores quienes al final deciden si lo has conseguido o no.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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