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2 ago. 2017

  • 2.8.17
Me llamo Sofía Panero Peraza y soy puta. Mi alias es "Cristina" porque es un nombre muy familiar. Me hago llamar "Cristina" porque inspira confianza. Mis compañeras suelen excusarse; dicen que se dedican a esto por necesidad. Sin embargo, a mí me encanta hacer el amor con todos, disfrutar de las caricias de manos desconocidas, y de amores descarnados.



Lo del dinero es algo secundario. Aunque lo de fornicar como una salvaje está muy bien, a mí lo que me gusta es amar. Una mujer no puede follar sino ama. Aunque sea solo un ratito o hasta el amanecer. Amo a todos los hombres. A los casados, a los solteros, a los viudos... Incluso a los que fueron hombres y ya no lo son.

Me gusta hacerlo con todo tipo de señores, ya sean jóvenes, maduros o viejos. Con los más mayores me siento especial. Es enriquecedor estar con un hombre que haya vivido más de sesenta años. Los viejos tienen muchas historias que contarme y, mientras entramos en faena, me entretienen con sus batallas.

Hace tiempo me acosté con un veterano combatiente de la guerra civil española. Era irlandés y pasaba por aquí de vacaciones. Me dijo que había luchado en las Brigadas Internacionales contra Franco. Jamás olvidaré a ese soldado.

Aunque las putas tenemos fama de ser muy putas, generalmente somos más leales que mucha gente que anda por ahí mirándonos mal. Conozco a más de un banquero protagonista del papel cuché que se vendería más fácilmente que yo.

Ciertas personas ligadas al poder andan siempre criticándome porque me acuesto con varios hombres a distintas horas del día. Esa gente que no me ve con buenos ojos son los que después le comen la polla al becerro de oro. Son dirigentes de una sociedad de millones de pobres y cuatro ricos.

Ya te he dicho anteriormente que soy una zorra. Soy una ramera con mucha dignidad y yo elijo a mi chulo. Los que están en los ministerios y los que estarán después, son los mismos. Obedecen a un único proxeneta: el dinero.

Son mercaderes que se venden al mejor postor y que nos ofrecen ilusiones falsas y promesas huecas en épocas de elecciones. Y nosotros, tan idiotas, los creemos y seguimos viviendo en esta inmensa pobreza sofisticada, encadenados a las deudas que generan las televisiones de plasma y los móviles de última generación. Yo no me vendo por cuatro monedas, yo me ofrezco por un abrazo o una sonrisa...

—¿Y por qué me cuentas a mí esta historia con tanta solemnidad? Es que no es normal que te presentes como si no me conocieras de nada, Cristina.

—Llevas razón, Gonzalo. A veces suelo tratarte con cierta ceremonia para afirmar mi dignidad. Te hablo con tanto protocolo para que hoy me dejes hablar a mí.

—Como prefieras, Cristina. Habla, yo te escucho y, después, lo escribo y se lo cuento a los demás.

—¿A quién se lo vas a contar?

—A los que están leyendo este texto. A todos los que leen mis cuentos.

—¿Cuentos?

—Sí, cuentos, como dice el profesor Aureliano Sáinz. Yo escribo relatos cortos o cuentos, como tú quieras definirlo.

—Entonces, si esto es un cuento ¿yo no existo? ¿No estoy aquí en este momento?

—Sí que estás, pero de otra manera.

—Ya, pero... ¿Soy o no soy de carne y hueso?

—Pues no, Cristina. Eres solo letras y palabras. Eres la pura grafía que construye un cuento.

—¿Entonces solo soy un grupo de vocablos estructurados a tu voluntad?

—Sí, aunque tengo que reconocer que cada vez que escribo un relato, soy el primer sorprendido de ver a los personajes tan vivos como tú. Por ejemplo, yo no sabía que tú me ibas a salir tan roja...

—¿Ni siquiera soy una puta?

—Más bien eres una gran ramera con conciencia social. Eres una buena chica, Cristina. Pero no existes. Tu supervivencia se ajustará al rato que duren estas palabras. Tu vida, amiga mía, es una invención. Es mi ficción. Y ya me está cansando tu personaje.

—Pero ¿qué te has creído, hijo de mala madre? ¿Crees que eres Dios? ¿Quién eres tú?

—Cristina, la realidad no existe. Todo se reduce a una historia inventada. Pertenecemos a una fábula que nadie ha escrito. Y no te quejes, porque eres una privilegiada que ha conseguido entablar un diálogo con el escritor, con el Creador. Nada es verdad, todo es una farsa.

—¿Qué has hecho, Gonzalo? ¡Mírate, pedazo de cabrón! ¡Mira tu mano homicida! ¡Te sangran las letras! ¡Saca del bolsillo tu alma afilada y entrégamela! Esas manos no son las de un escritor. Son las de un asesino de palabras vendido al poder económico, con un cuchillo manchado con gotas de metáforas de color rojo... ¡Déjame vivir, por favor!

—Lo siento mucho, Cristina. A los que hablan demasiado, se les suele poner un punto.

—¿De qué punto me hablas, maricón?

—Cristina, me refiero al punto final de este cuento.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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