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16 ago. 2017

  • 16.8.17
Siempre que sopla viento del norte, mi casa se llena de marineros náufragos que nunca fueron encontrados. Estos espíritus se sientan en los pies de mi cama junto a una gaviota difunta, y a un taxista que se ahorcó porque le embargaron su vivienda. El hombre se mató al no poder pagar la hipoteca que llevaba amortizando hace más de diez años. Solo le quedaban tres años para pagar su casa. Pero eso el banco no quiso saberlo.



Los más viejos de este pueblo de mar, donde vivo, cuentan que los muertos vienen buscando calor en las casas. Dicen que echándoles sal huyen de su propio olor, porque la sal acentúa el hedor de sus cuerpos putrefactos.

No estoy seguro de eso ya que rebozo a estos náufragos en sal y no consigo nada. Ellos siguen sin moverse, mirando a ninguna parte y acechando mis sueños.

Hace poco me contaron que en un pequeño concejo de Lugo una familia se había rebelado contra la presencia de sus muertos. Parecía que con unos rezos, un poco de vinagre en las puertas, y algo de nuez moscada en las ventanas podrían echarlos unas horas.

Como no he conseguido ahuyentarlos, a mis muertos les riego de aguardiente para hacerles la vida más llevadera. Me estoy acostumbrando a ellos y también los quiero un poco.

Al principio venían solamente los martes, pero desde que se unieron al grupo 25 emigrantes africanos ahogados en la costa de Canarias, la cosa está cambiando y ahora también se presentan los jueves. El taxista va por libre. Ése viene todos los días y me pide perdón. Creo que me confunde con el hijo que abandonó al suicidarse.

Los marineros no hablan mucho. Cada martes, 25 africanos ahogados me miran con cara de asustados porque no saben dónde están. Eso es lo más escalofriante de morirse: no saber a dónde vas.

Al lado está la gaviota que tampoco habla. Los marineros hacen algunos gestos desesperados. Gesticulan las manos y mueven los labios. Es como si alguien les hubiera bajado la voz, como a una tele sin volumen.

Los primeros días me molestaba un poco esta escena tan deprimente de muertos sordomudos, y de trabajadores del taxi arrepentidos. No me gustaba compartir mis noches de insomnio con tanta gente desconocida.

Al final me he tenido que acostumbrar a la fuerza. Tanto es así, que ya ni los echo en cuenta. Vamos que casi ni los veo. Me tengo que fijar mucho para percibir que todavía siguen ahí. Solo reparo en ellos los jueves, cuando están más ausentes.

Se sientan todos a los pies de mi cama, y me observan sin hablar. Me miran mucho rato, con esa serenidad que da la muerte cuando quiere llevarte consigo.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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