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18 sept. 2017

  • 18.9.17
Este podría ser el título de un relato de ciencia ficción, en el que una máquina dotada de sistemas informáticos que le confieren un complejo automatismo, permitiéndole conducirse prácticamente consciente cual sofisticado robot con inteligencia artificial, decide destruirse después de llevar una prolongada y estrecha relación, al principio científica y progresivamente obsesiva, con el planeta más hermoso y fascinante del Sistema Solar.



Saturno había sido el objeto de su misión y, durante años, estuvo escarbando en sus misterios y profanando su intimidad hasta el extremo de generar en la máquina algo para lo que no había sido programada: un interés parecido al afecto.

Por eso, cuando se agotaron sus fuentes de energía y se quedó sin fuerzas ni para orientar las antenas, en vez de perderse, sin rumbo ni control, en los confines del Universo, la sonda decidió morir, en un acto supremo de amor, penetrando para desintegrarse en la densa atmósfera opaca del planeta al que llegó a conocer más y mejor que nadie, incluso más que los propios científicos que la construyeron y enviaron allí. Decidió suicidarse en el regazo de brumas de Saturno.

Pero esta historia no es ficción, sino real. La sonda Cassini, lanzada en 1997 y que llevaba trece años explorando el enorme Saturno, sus anillos y lunas, completó su misión estrellándose contra el planeta para que el roce con su atmósfera, durante la caída, la desintegrara completamente e impidiera, de esta forma, que nada, ningún componente suyo con algún rastro orgánico (microbios, etc.), pudiera contaminar aquella parte del espacio en que podrían darse condiciones para la vida.

Porque, en efecto, la misión Cassini-Huygens, un proyecto elaborado entre la NASA y la Agencia Espacial Europea, ha podido demostrar, con sus experimentos y observaciones, que es posible la vida, al menos en sus rudimentos moleculares y microscópicos, en otros lugares del Sistema Solar, además de la Tierra.

A tal efecto, en el año 2005, el módulo europeo Huygens, que formaba parte de Cassini, lograba ser el primer artificio humano en alunizar sobre la luna de otro planeta y descubrir, mientras lo sobrevolaba, montañas poderosas y superficies líquidas, como océanos y lagos, llenas de metano.

Era la luna Titán que junto a Encélado, a la que se dirigió Cassini para descubrir fumarolas que brotaban de géiseres, fueron los satélites de Saturno que la misión Cassini pudo estudiar con cierto detalle gracias a las más de 290 órbitas descritas alrededor del planeta y los 162 sobrevuelos a sus lunas. Una tarea formidable que ha deparado más de 450.000 imágenes y un total de 635 GB de datos que los científicos tardarán años en analizar.

Pero lo triste de este relato no es el “suicidio” de una nave que ha estado 20 años sobreviviendo en las extremas condiciones del espacio para proporcionarnos un ingente conocimiento nuevo sobre Saturno y sus lunas, sino que una misión semejante, por su envergadura científica y complejidad técnica, no está siquiera prevista en el programa de exploración espacial inmediato, cuando se supone que la tecnología es infinitamente superior y más eficaz que la que en los años ochenta y noventa posibilitó el éxito de la misión Cassini-Huygens.

Es por ello que, entre la tacañería para la investigación y la imaginación que hay que echar a todo proyecto, me inclino por pensar que Cassini fue consciente al preferir el suicidio, inmolarse en coherencia con su misión, a vagar eternamente por el Universo y llevar la estulticia humana, capaz de rescatar bancos y negar recursos a la ciencia, a destinos ignotos.

DANIEL GUERRERO

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