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Ray Loriga: “Lo que no ha conseguido ni la vigilancia, ni la extorsión, ni la amenaza, lo ha logrado la vanidad”

Novelista, guionista y director de cine, Ray Loriga (Madrid, 1967) publica ahora Rendición, Premio Alfaguara de Novela 2017, aunque es autor de las novelas Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Caídos del cielo (1995), Tokyo ya no nos quiere (1999), Trífero (2000 y 2014), El hombre que inventó Manhattan (2004), El bebedor de lágrimas (2011) y Za, Za, emperador de Ibiza (2014).



Su obra literaria ha sido traducida a quince idiomas. Como guionista de cine, ha colaborado con Pedro Almodóvar y Carlos Saura. Y ha dirigido las películas La pistola de mi hermano y Teresa, el cuerpo de Cristo.

—‘Redición’, novela con la que ha obtenido el Premio Alfaguara, habla de “retrofuturo”, de cómo afectan los cambios del mundo a las personas.

—Habla de hoy. Sincronicemos los relojes (ríe). Hablo exactamente de hoy.

—La titula ‘Rendición’, pero cuando la presentó al Premio Alfaguara la tituló ‘Victoria’.

—Los lectores que sean tan cariñosos de leerse el libro verán por qué. Porque los dos títulos encajan. Victoria, como bien sabemos todos, es una novela de Conrad. Con lo cual, el título no lo podía usar. El título era Rendición. Y luego presenté la novela al premio para ganarlo. Pensé que, con Conrad y con Victoria, lo mismo me traería suerte (ríe).

—Su novela, como usted dice, no habla de droga, ni de sexo, ni se rock and roll. ¿Le reconocerán sus lectores?

—Yo imagino que sí. Por cierto, algo de sexo hay, porque se trata de un matrimonio. Y algo de drogas hay, drogas más o menos de las que se toman hoy en día. Es decir, relajantes.

—Sus protagonistas recogen a un niño refugiado cuando ellos mismos son refugiados, nómadas de una guerra en la que luchan sus dos hijos auténticos.

—Todos los niños son niños. Es verdad que ellos adoptan luego a uno. Es verdad, sin contárselo a nadie. El niño Julio, herido, es mudo. Probablemente viene del enemigo, pero en la ausencia de sus dos hijos necesitan cuidar y querer a alguien. Es una necesidad propia de ellos. Y por otro lado, lo lógico a ese niño herido, venga de donde venga, si tienes algo de humanidad, es cuidarlo.

—Una guerra que no sabemos cuál es, en un tiempo que no sabemos si es pasado o es el futuro, dos protagonistas sin nombre. Sin embargo, pone nombre a los niños.

—Supongo que el futuro tiene el nombre de los niños. Por pura lógica. No es una cursilería, es visión exacta. Y la idea de que no tengan ellos nombres no es tan forzada como parece. Porque lo que yo hago es invitar al lector al monólogo interior de un narrador. Él sabe cómo se llama ella, pero él en su cabeza no necesita decirlo. Ella es ella. Su tierra es su tierra. Y la guerra es la guerra. Él sí conoce esos parámetros. Lo que invito al lector es a vivir en ese monólogo interior que se está contando a sí mismo.

—Presume de no haber llevado móvil nunca. ¿Las nuevas tecnologías no le dicen nada?

—No me interesan, excepto lo que se llama metadato, que es un oficio de posicionamiento en las redes. Me interesa muchísimo y trabajo con Internet a diario y cada segundo. Lo que no me interesa, pero sí para hablar de ello, es la obsesión de vivir en público y que me cuente todo el mundo que está en la playa, o en su casa, o en un funeral. Eso no me interesa.

—Dice que hemos superado la pesadilla de Orwell y que nos hemos convertido en delatores de nosotros mismos.

—Autodelación. Lo que no ha conseguido ni la vigilancia, ni la extorsión, ni la amenaza, ni el espionaje, lo ha logrado la vanidad. Que nos delatemos a nosotros mismos por presumir de no sé qué.

—Se siente satisfecho con esta novela. ¿Para usted es lo mejor que ha escrito en veinticinco años?

—Hombre, uno le coge cariño a sus libros. Es muy difícil, porque convivimos mucho tiempo con ellos. Y luego, esto ya es una experiencia personal de escritor, cada libro tiene algo por ti. Uno te lleva a Rumania. Otro te lleva a Alemania. Otro te lleva al Premio Alfaguara.

Todas estas ficciones que vamos creando funcionan lo suficiente en el mercado, cada una te ayuda a seguir viviendo. Y en veinticinco años yo me he dedicado a escribir únicamente. Escribir cosas distintas: prensa, guiones, novelas, pero solo a escribir. Lo cual, como bien sabes, es muy difícil. Vivir solo de escribir es muy difícil.



—Es cierto que en este libro maneja registros muy diferentes a los anteriores. ¿Miedo a repetirse o también necesidad de indagar nuevas formas?

—Ampliando el campo de batalla. En veinticinco años de vida y de lectura, vas ampliando los registros, los intereses, las lecturas. Y todo eso permea en tu próxima escritura.

—No abandona el cine pero le gusta que le vengan propuestas y encargos porque le ayudan a desintoxicarse como escritor.

—Sí. Otra vez ampliación, porque me introduce en otros mundos que, a lo mejor, sin ese encargo no hubiese conocido. Y luego me resta la responsabilidad de tomar ya la decisión de qué narices voy a escribir. Porque cuando escribes una novela es un proceso muy largo, extenuante de alguna manera, aunque no sea picar piedra, pero corriges y corriges, y retrocedes y borras. Y hay un momento en que dudas. Eso es lo que te quita un encargo. Te contratan por un oficio que sabes hacer y el tema te viene dado. Eso me sirve.

—En su obra hay ecos, según usted, de Rufo y de Ballard. Tal vez de Cela. Pero yo reconozco también a Coetzee o a McCarthy. Sobre todo en la atmósfera

—También. Es una cuestión de tono y de atmósfera en realidad. Y yo incluiría a Swift, El viaje de Gulliver, sin ir más lejos. Porque de lo que yo quería hablar es de quiénes somos y si somos algo más allá del reflejo condicionado de los demás. Es decir, Swift lo explicaba muy sencillo y muy bonito. Ahora parece muy fácil. Eres un enano en el país de los gigantes y un gigante en el país de los enanos. Entonces, quién narices eres. Eso es lo que me interesaba preguntarme y compartir esa pregunta con los lectores. No le he encontrado respuesta, ¿eh?

—Hablábamos de Cela. ¿Qué ha quedado de él, después de una vida tan azarosa?

—A Cela, sinceramente, yo no llegué a conocerlo, aunque sí me escribió una carta una vez para ir a Ira Flavia. Yo respondí que sí y murió un poco después. Pero quedan libros magníficos. Otra cosa es todo lo demás. Podría poner el ejemplo de Céline o de Borges o de Torrente Ballester. Yo no entro tanto en los condicionamientos políticos concretos. Y los libros de todos estos que hemos citado son magníficos, incluido Cela.

—Tardó tres años en escribir esta novela. Fue un proceso largo en el que temía perder el tono, que era muy delicado.

—En realidad, tardé ocho o nueve años porque lo empecé y en medio escribí Za Za, emperador de Ibiza. Un poco agotado, decidí escribir otra en medio, porque era graciosa, me reía escribiéndola, me ayudó mucho para luego centrarme en el tono de esta. Y ya acabé las dos finalmente.

—Y ahora, ¿qué?

—Y volando voy. Y volando vengo (canta y ríe). Pero por el camino me entretengo. Sí. Estoy con una novela. La novela ya la tengo muy avanzada.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO
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