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11 dic. 2017

  • 11.12.17
Novelista y autor de libros infantiles, Antonio Iturbe (Zaragoza, 1967) publica ahora A cielo abierto, un homenaje a Antoine de Saint-Exupéry, piloto y autor de El principito. Ha publicado además las novelas Rectos torcidos (2005), Días de sal (2008) y La biblioteca de Auschwitz (2012), ganadora del Premio Troa “Los libros van con valores” y publicada en once países. Imparte clases en la Universidad de Barcelona y en la Universidad Autónoma de Madrid.



—En ‘A cielo abierto’ narra los primeros momentos de la aviación civil, años en los que los pilotos se jugaban la vida porque los aviones no estaban perfeccionados como hoy.

—Efectivamente. Hablamos de una época de aviones construidos con madera y tela barnizada, descabinados, prácticamente aviones de papel. Ser aviador en aquel momento era jugarse la vida todos los días.

—Entre los elegidos, tres nombres: Henri Guillaumet, Jean Mermoz y Antoine de Saint-Exupéry.

—Los tres coinciden en las líneas de correo aéreo que se organizan en la aeropostal que parte de Toulouse. Está todo el desierto del Sáhara y llegó hasta Senegal y después se desplegó en Suramérica en los vuelos entre Buenos Aires y Chile, incluso la Patagonia. Son tres personalidades muy distintas: desde la fragilidad de Sant-Exupéry, a la seguridad absoluta de Mermoz y a la discreción de Guillaumet. Y, sin embargo, siendo tan distintos, forjan una amistad que será indestructible hasta el final de sus vidas.

—Entre otras proezas, realizaron el primer vuelo nocturno, cruzaron el Atlántico o la cordillera de los Andes por primera vez.

—Se habían realizado vuelos sobre el Atlántico, incluso alguno nocturno. El mérito de ellos es que establecen líneas regulares. No se trata de actividades deportivas para batir récords, sino para establecer líneas de correo eléctrico. Es decir, un servicio público, un servicio a la sociedad. No una acrobacia ni el reto por el reto, sino dar un servicio.

—La fascinación por Antoine de Saint-Exupéry le viene desde la infancia. ¿Qué encontró en su obra y en su vida que le atrapó?

—Pues es difícil explicar por qué nos fascina lo que nos fascina. Yo lo que sé es que con once años en el colegio leí por primera vez con una profesora, en aquella época muy hippy, El principito. Y aquel libro me magnetizó. Había cosas ahí que probablemente yo no conocía del todo. No sabía por qué había un niño en medio del desierto y un cordero para llevar a su planeta. Pero había algo ahí que me atrapó. Y al cabo de los años, he ido abriendo las distintas capas, leyéndolo con diferentes edades, descubriendo distintos ángulos y actualmente forma parte de las lecturas que han conformado mi forma de ver el mundo.

—¿Cómo se aborda un libro sobre el aire para quien la tierra firme es el lugar más seguro, incluso tiene vértigo?

—Yo creo que eso forma parte de la fascinación, quizás por el vértigo, por mi falta de valentía, me atraen estas vidas de los aviadores, de los pilotos, capaces de remontar sus miedos y, realmente, lo que me atrae es esa idea de la incertidumbre del aire. Constantemente ellos viven en la vibración, en el temblor. Y ese temblor de sus vidas que ellos afrontan. El correo siempre sale con viento, con lluvia, con cualquier clima. Es lo que realmente me atrae y me conmueve de estos hombres. El temblor.

—Le gusta la literatura moral, aquella que se pregunta cuál es nuestro lugar en el mundo. ¿Eso es lo que le atrae del escritor francés?

—Sí. Absolutamente. No me atrae la pirueta heroica por la pirueta. No me atrae esta gente que se dedica a ir al Everest a hacer récords simplemente porque sí, porque yo fui más rápido, sino que me interesa el heroísmo basado en la entrega a los demás, en ponerse al servicio de otros, como este correo tan importante en la época como eran las cartas.

Y ese sacrificio que ellos hacían porque la gente estuviera en comunicación. Toda su obra está impregnada de ese humanismo, de esa idea suya de que la vida es un nudo de relaciones y cada uno somos un nudo fundamental para el tapiz que entre todos cosemos.

—El autor de ‘El principito’ era todo un personaje: malgastador, bebedor, infiel, intransigente, distraído, caprichoso.

(Ríe). No. No era un santo. Pero, bueno, yo creo que eso lo que agiganta su importancia. Es decir, si él hubiera sido un santo varón de mármol, no tendría ningún mérito que hiciera ese esfuerzo y ese sacrificio, porque estaría en su naturaleza.

Lo atractivo del personaje es que siendo alguien interiormente muy débil, muy frágil, muy derrochador, con muchos cambios de humor y de estado de ánimo, justamente tenga esa capacidad para sobreponerse. Yo creo que el valiente no es el que no tiene miedo a las cosas, sino el que afronta su temor.

—La novela narra hechos reales y arranca en 1923 cuando Antoine de Saint-Exupéry realiza el servicio militar. Pese a una gran documentación, ha agregado sus dosis de ficción.

—Los diálogos, las situaciones son estilizadas. De alguna manera, tú lo que haces es, al hilo de los datos, poner en marcha las ensoñaciones. Lo que quisiera es que, siendo una obra de ficción, fuera una ficción verdadera.

—‘El principito’ ha llegado a opacar el resto de la obra de su autor. ¿Qué les falta a los otros libros para aun hoy vivir casi en el anonimato?

—Quizás su afán de tirar tantas hojas cuando escribía, de quedarse con lo esencial, hace que sus libros sean un poco desmadejados, que se pierdan a veces sus hilos narrativos, los personajes quedan en cuatro trazos y quizás, narrativamente ahora, para un lector actual tendrían como menos gancho. Son poemas realmente.

—Una de las grandes incógnitas que quedan sobre su vida es precisamente su muerte. Usted descarta el suicidio, una avería del avión, y apuesta por que fue derribado por un aeroplano alemán.

—Es una deducción de leerlo mucho y de llegar a la conclusión de que él era un gran vividor, en el sentido de la palabra. Aunque se jugaran el pellejo cada día, amaban la vida profundamente. Entonces, esa idea del suicidio yo nunca la he visto. La del desánimo, sí, la de la decepción. Pero la del suicidio yo nunca la he visto en su correspondencia y, por tanto, la descarto.

—¿Qué dato curioso y prácticamente inédito destacaría de su personalidad?

—Me llamó la atención en la correspondencia que muchas veces, con su madre, se despide diciendo: “Mamita, quiéreme mucho”. Aunque él llegó a ser un piloto aguerrido, premio Femina, una gran celebridad, siempre fue una persona muy insegura y, en el fondo, nunca dejó de ser ese niño que lo que anisaba era que su madre le viniera a arropar por la noche. Esa fragilidad y ese niño eterno que nunca dejó de ser.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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