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2 dic. 2017

  • 2.12.17
Hay obras arquitectónicas, o de ingeniería civil, que rápidamente o a lo largo del tiempo consiguen convertirse en referentes simbólicos o culturales de la ciudad en la que se encuentran. Como ejemplo de lo indicado, a todos se nos viene a la mente de modo casi paradigmático la torre que proyectó el ingeniero francés Gustave Eiffel para conmemorar la Exposición Universal de París de 1889. Desde aquel momento se convirtió en un verdadero icono de la capital francesa, de modo que París sin la Torre Eiffel perdería su símbolo visual por excelencia.



El tener un edificio o un monumento que fuera un claro referente se convirtió en el siglo pasado en uno de los objetivos de casi todas las grandes ciudades del mundo. Bien es cierto que, en algunos casos, como el templo de la Sagrada Familia de Barcelona del genial Antoni Gaudí ha alcanzado ese estatus incluso sin llegar a su terminación, y, teniendo en cuenta que las obras comenzaron en 1882, podemos decir que su tardanza es similar al de las grandes catedrales góticas del medievo.

No obstante, las sociedades de gran desarrollo científico y tecnológico como son las actuales no pueden permitirse esos tiempos para la construcción de sus edificios, por muy complejos que se presenten. A lo sumo, son unos cuantos de años los que se emplean en sus ejecuciones.

Puesto que nos movemos en la cultura de la imagen y del impacto visual, hasta hace poco, aquellas ciudades que no cuentan con monumentos históricos que les sirven de referencias suelen contratar a renombrados arquitectos para que proyecten edificios públicos que les sitúen en el imaginario de los ciudadanos del planeta o, al menos, del propio país en el que se encuentran. Pero esta tarea no es nada fácil, ya que son casos contados los que logran este anhelo de aparecer de modo destacado entre tantas grandes urbes como actualmente existen.

A pesar de estas dificultades, podría citar tres ejemplos de edificios o monumentos que son aceptados de manera casi unánime como símbolos de las ciudades donde se encuentran ubicados: me refiero, por un lado, a la Ópera de Sidney, que proyectara el arquitecto danés Jorn Utzon; también, el Museo Guggenheim de Bilbao, obra del arquitecto canadiense nacionalizado estadounidense Frank O. Gehry; y, como opinión muy personal, el Monumento al Holocausto Judío que proyectó Peter Eisenman para la ciudad de Berlín.

A modo de recuerdo, presentaré las imágenes de las obras de Utzon y de Gehry, al tiempo que me extenderé en dos de las obras más significativas de Peter Eisenman, para que conozcamos algo de este gran arquitecto estadounidense.



Brevemente, quisiera indicar que tengo pendiente hablar en esta serie de Arquitectura contemporánea de Jorn Utzon, aunque, de momento, hago referencia a la obra que lo encumbró a la fama mundial y por la que le concedieron el Premio Pritzker de Arquitectura en el año en el año 2003, a pesar de que la Ópera de Sidney fue un trabajo que realizó en la ciudad australiana treinta años antes, es decir, en 1973.

La enorme fuerza visual de la silueta del edificio que se asemeja a la de un navío con las velas desplegadas convirtió al edificio que se encuentra junto al puerto de Sidney en un emblema de esta ciudad australiana. Es más, creo que es el único edificio australiano cuya imagen es reconocida por gente de cualquier parte del mundo. Éxito contundente, sin lugar a dudas.



Sobre Frank O. Gehry ya escribí un artículo en esta sección, por lo que, sencillamente, haré una breve referencia al Museo Guggenheim que proyectó para la ciudad de Bilbao y que abrió sus puertas el 18 de octubre de 1997, es decir, que ya ha cumplido dos décadas convertido en el símbolo contemporáneo de esta ciudad vasca.

Este edificio ubicado junto a la ría de Bilbao llama la atención por las formas curvilíneas de sus paredes externas que fueron recubiertas por planchas de titanio y que nos hacen recordar a una gran escultura expresionista con tintes futuristas. Lo cierto es que el éxito fue unánime, tal como lo confirma el más de un millón de visitantes que recibe cada año, habiéndose convertido en uno de los elementos del desarrollo de la economía y del turismo de la región.



Tal como he indicado, la tercera obra que cito fue proyectada por el estadounidense Peter Eisenman, arquitecto judío nacido en Newark, ciudad del estado de Nueva Jersey, el 11 de agosto de 1932, por lo que en la actualidad cuenta con 85 años.

De su larga trayectoria conviene destacar, por el significado que tuvo a la hora de la realización del Monumento al Holocausto Judío de Berlín, el que sus padres eran judíos alemanes de la ciudad de Estrasburgo y que, conocedores del horror que se le venía encima a este pueblo, emigraron a los Estados Unidos antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial.

Por otro lado, siempre se le suele citar como miembro integrante del grupo Five Architects (Peter Eisenman, Richard Meier, Michael Graves, John Hejduk y Charles Gwathmey), grupo de jóvenes nacidos en la década de los treinta del siglo pasado y que, posteriormente, cada uno por su lado renovaría el panorama arquitectónico de los Estados Unidos.

Del conjunto de las obras de Eisenman, quisiera comentar dos de ellas: el citado Monumento al Holocausto Judío y, también, la inacabada Ciudad de la Cultura de Galicia, ubicada en Santiago de Compostela.





Quienes visiten Berlín, inevitablemente se toparán con un singular monumento que les llamará enormemente la atención, dado que se encuentra cerca de la famosa Puerta de Brandeburgo. Se trata del Monumento al Holocausto Judío, que se proyectó para recordar el genocidio nazi cometido contra este pueblo.

Este impresionante “cementerio”, que se extiende sobre una superficie de 19.000 metros cuadrados, está construido con bloques paralelepípedos de hormigón gris oscuro y pulido por sus caras externas, de algo más de dos metros de largo por uno de ancho y con alturas variables. Conviene indicar que en el mismo no hay ningún símbolo religioso que haga alusión a ninguna confesión religiosa, dado que lo que se busca es la reflexión y la emoción de quien lo visita, independientemente de sus creencias, sean o no religiosas.

Inicialmente, se convocó como concurso restringido por la ciudad de Berlín entre grandes diseñadores y proyectistas, recayendo la decisión en la propuesta de Peter Eisenman. Finalmente, este espacio se abrió a las visitas el 12 de mayo de 2005, y, desde entonces, todos aquellos que se encuentran en el centro de la ciudad tienen la ocasión de pasear entre los bloques de este monumento funerario.

El recorrido se convierte, pues, en una reflexión íntima e intemporal que nos acerca al horror de algo que desborda la conciencia de toda persona con un mínimo sentido de la dignidad que poseen todos los seres humanos sin exclusión.





La crisis económica que a partir de 2008 se genera en nuestro país, aunque con un carácter que se extiende más allá de nuestras fronteras, fue un mazazo del que todavía no nos hemos repuesto. Se inició, pues, una crisis no solo económica y laboral, sino también de tipo social, ya que ha afectado a la vida de jóvenes y familias que han visto truncados muchos de sus proyectos.

Hasta esa fecha, parecía que todo iba viento en popa, por lo que la mayoría de la gente no advertía que nos encontrábamos al borde de un precipicio que, repentinamente, se abrió hace una década y que permanece sin cerrar ya que aún no se encuentra una salida a este trance.

Tampoco lo visibilizaron las instituciones públicas dado que algunas corporaciones, fueran municipios, diputaciones o gobiernos autónomos, se lanzaron a promover grandes proyectos arquitectónicos, siguiendo la estela del éxito que había tenido el Museo Guggenheim en la ciudad de Bilbao.

Es lo que aconteció en Galicia cuando, al final del milenio pasado, el gobierno de esa Comunidad Autónoma busca su propio icono de arquitectura contemporánea que lleve la firma de un arquitecto de renombre internacional. De este modo, la Junta de Galicia convocó, junto al Ayuntamiento de la ciudad, un concurso internacional para levantar la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela.

El concurso lo ganó Peter Eisenman, ya que sedujo al tribunal con la maqueta de madera que presentaba y en la que proponía una intervención en la cumbre del monte Gaiás cercano a la ciudad. En este monte se situaría la futura Ciudad de la Cultura, de modo que la obra a realizar se mimetizaría con el terreno, dado que, por un lado, continuaba con la topografía del terreno y, por otro, el conjunto se cubriría con losas de la piedra que se encuentra habitualmente en los edificios, calles y plazas de Galicia.

Pero, tal como he apuntado, la aparición de la crisis económica frustró, en parte, este complejo y controvertido proyecto (e indico lo de controvertido dado que había sectores de la población que no entendían la necesidad de ese megaproyecto en una ciudad como es Santiago que de por sí tiene un fuerte atractivo turístico). Lo cierto es que, con la crisis en medio, únicamente se llegó a terminar las partes correspondientes al Archivo y la Biblioteca.

Al día de hoy, se desconoce si este ambicioso proyecto se verá algún día acabado en su totalidad o quedará reducido a esos dos espacios ya construidos. Lo cierto es que la aventura de las obras con grandes firmas internacionales parece que ha llegado a su fin en nuestro país y que el caso del museo bilbaíno es, en los tiempos que corren, un hecho poco repetible.

AURELIANO SÁINZ

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