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13 dic. 2017

  • 13.12.17
Hay múltiples referencias al calificar a los grandes diplomáticos. Algunos como excelentes negociadores: Talleyrand y Metternich; otros como diplomáticos escritores: Juan Valera y Neruda; otros como embajadores intrépidos y aventureros o, como el caso de Ramón Villanueva: el diplomático narrador.



Es cierto que Ramón Villanueva realizó las distintas funciones diplomáticas de manera relevante pero todos aquellos que le conocimos más de cerca descubrimos en él una especial capacidad en ser capaz de trasladarnos a situaciones históricas y momentos claves de nuestro devenir u acontecimientos en el Mediterráneo y en Oriente Medio con un rigor, una riqueza narrativa, un sinfín de datos, fechas, anécdotas, citas y conclusiones dignas de los grandes historiadores.

Es verdad que los diplomáticos utilizamos generalmente la palabra para declarar, convencer, negociar y defender lo mejor posible nuestros intereses y, sin embargo, es la escritura la manera más habitual para transmitir nuestras actuaciones.

Desde las tabletas en piedra de escritas con caracteres cuneiformes de la época asiria, pasando por los pergaminos egipcios, las cartas de los zares, para llegar a los telegramas cifrados y confidenciales, a las cartas e informes a nuestros superiores para concluir en estos tiempos con la diplomacia del tuit, ésta última poco analítica y eficaz. La escritura es, por tanto, el medio más habitual de información y de trabajo de todo diplomático.

Sin embargo, la diplomacia no puede ni debe limitarse a los textos escritos: queda toda una serie de maneras de informar y trasladar análisis y reflexiones. Y para ello podemos acudir a la trasmisión oral. Creo que Ramón Villanueva debe ser reconocido como el gran diplomático narrador.

Gracias a su trabajo y a su memoria hemos podido conocer la evolución de Oriente Medio. Quién mejor que él para describir los relatos y telegramas del gran arabista español Emilio Garcia Gómez en sus embajadas de Irak, Líbano y Afganistán. Qué decir también de su contribución en Turquía para comprender la evolución hacia la modernidad del viejo imperio otomano.

Nadie puede olvidar, a su vez, el paso por Túnez y la manera en que nos hizo a todos constatar la superposición de distintas culturas y civilizaciones y su modelo de convivencia. Ramón Villanueva defendió siempre una diplomacia cultural para entender y ser capaz de sintetizar las causas profundas de los movimientos sociales y políticos de los países en los que estuvo acreditado.

No obstante, para mí, su mayor contribución fue su compromiso de defender sus ideas políticas y sociales sin que estas menoscabasen en ningún momento su labor profesional, que nadie pudo poner en tela de juicio, aunque sus posiciones ideológicas no le ayudasen a escalar merecidamente puestos de relevancia en su primera etapa como diplomático.

Pero él nunca renunció a servir los intereses de su país y trabajar a su vez por una España más democrática y europea. Sus educadas maneras y su suavidad explicativa no impedían que sus pensamientos y declaraciones defendieran con rotundidad planteamientos radicales.

Deseaba y luchaba por una España democrática y contribuyó de forma esencial para alcanzar este objetivo. Su paso por el Consulado de Burdeos dejó un sello imborrable y los españoles republicanos residentes en esa jurisdicción consular todavía le recuerdan con enorme cariño y estima.

Nuestra amistad fue creciendo con los años. Siempre le consideré una referencia indispensable. Durante mi etapa de ministro de Asuntos Exteriores me orientó y me aconsejó sabiamente. Recuerdo con mucho agradecimiento sus acertadas reflexiones con ocasión de mi primer viaje a Cuba, que me sirvieron para preparar adecuadamente ese desplazamiento necesario y complejo.

Últimamente, sus amigos le intentamos convencer de que debería grabar sus vivencias. Su gran amor y mujer, Vivi, también compartía este deseo. No lo conseguimos, pero estoy seguro de que muchas de sus historias y vivencias seguirán presentes en tantas personas y lugares de este mundo con los que compartió su vida y que él supo describir con tanta delicadeza y afecto.

MIGUEL ÁNGEL MORATINOS

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