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12 ene. 2018

  • 12.1.18
Ahora hay otro ángel rubio y con ojos azules en el cielo que me dijo antes de irse que miraría por mí. Hay gente que vive hasta los 80 pero que realmente no ha vivido: solo ha visto pasar los días desde un tren que va a gran velocidad y que le impide ver más allá de una línea continua de color verde y, a menudo, gris.



Sin embargo, puedes morir a los 48 años y tener una vida llena de miles de experiencias. Es mejor la calidad de los días que la cantidad. Conoció el amor, la pasión, los viajes con amigas, la risas, las miradas que electrizan... Vivió en otros países, busco experiencias y las encontró.

La calma llegó a sus ajetreos tras un accidente que le hizo darse cuenta de cada paso que daba. El dolor la enfrentó con la parte oscura que en todos nosotros habita. A pesar de su lucha, su cuerpo se volvió el enemigo y este enemigo la agarraba continuamente parasitando su felicidad y alegría.

En la búsqueda del antídoto contra el sufrimiento, a veces se perdía. Es difícil sonreír cuando tu pierna vive bajo el cepo del pellizco, bajo los dientes de la limitación. Ella que tanto había corrido, ahora tenía que parar de golpe.

En ese valle oscuro del sufrimiento siempre tuvo una luz poderosa y sonriente: su madre. Y también su padre. Su madre era como una actriz de cine cotidiano, guapa “pa reventar” como decimos en Andalucía, alegre y con una energía desbordante que se contagiaba a los que la rodeaban. Era lo que se dice una mujer feliz, con la única preocupación de que su hija volviera ser libre.

Pero los dioses juegan con nosotros, sobre todo con las personas buenas, y un día el médico le dijo que el cangrejo que te come por dentro se había instalado en su carne. Luchó con todas sus fuerzas, pero perdió la batalla contra lo imposible. Así que su hija tuvo que añadir a su dolor corporal el de la orfandad materna.

Su madre desde el paraíso le mandó a un oficial y caballero para que cuidara de ella. Aunque tenía a su dulce padre y a sus hermanas, quiso que le acompañara también el cariño de un hombre. Durante un tiempo, nuestros caminos se separaron, pero hace un mes se puso en contacto conmigo para despedirse. No se iba otra ciudad o a otro país: se iba con su madre al cielo de las mujeres de ojos color mar.

Estoy triste, pero cómo me consuela saber que ella vivió de verdad y que conoció el amor.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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