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8 abr. 2018

  • 8.4.18
Al contrario que Cristina Cifuentes, yo me tuve que matricular en el plazo convenido, ir a clases, tomar apuntes, realizar trabajos, asistir a tutorías y presentarme a los exámenes de las asignaturas para poder obtener la licenciatura de Periodismo por la Universidad de Sevilla. Y, al igual que la señora Cifuentes, entonces delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, yo también tenía otras obligaciones, trabajaba en la Sanidad pública y tenía una familia a mi cargo.



Pero ninguna de esas circunstancias personales, al contrario que a ella, me eximieron de acudir a clases ni de los exámenes. ¿Por qué a ella le dieron tantas facilidades, ocupando un cargo político, para obtener un título y a cualquier estudiante sin renombre, mi caso por ejemplo, le exigen seguir todos los procedimientos establecidos, sin excepción?

Ahora, ante las irregularidades del máster que dice haber cursado en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Cristina Cifuentes admite que se matriculó tres meses más tarde de que empezara el curso, que no asistió a las clases y no hizo los exámenes porque se acogió a un tratamiento que le conceden, con “cierta frecuencia” a los alumnos de posgrado que trabajan o tienen especiales circunstancias o responsabilidades.

Sin embargo, a mí no me ofrecieron ningún trato especial o distinto, reuniendo, como ella, circunstancias personales un tanto excepcionales a las del resto de alumnos, salvo unas relaciones con los profesores menos estereotipadas, con algunos hasta amistosas, por aquello de las canas. Por lo que parece, a ella le regalaron el título. A mí no, a mí me lo hicieron sudar y me siento orgulloso de ello. Es la diferencia entre los amaños y el mérito.

DANIEL GUERRERO

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