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21 ene. 2019

  • 21.1.19
Ayanta Barilli (Roma, 1969) es escritora y periodista. Hija del escritor Fernando Sánchez Dragó, dirige y presenta el magacín cultural A media luz en esRadio. Con Un mar violeta oscuro ha sido finalista del Premio Planeta 2018. Ayanta procede de una larga estirpe de fabuladores. Empezando por su abuela Ángela, que creó para ella un mundo estrafalario, donde la realidad se convertía en un cuento fantástico y la ficción formaba parte del día a día. Después de tanto tiempo, ella ahora lo dice así: “Me interesa mucho más las fabulaciones que la verdad”. Esta novela es un regreso al pasado, visto desde la costa alibue.



—Tu novela comienza así: “La noche en que murió mi abuela, yo dormía en su cama”. Sugerente.

—Eso espero. He trabajado para tener un principio que enganchara al lector inmediatamente. Porque, bueno, la verdad es que me gustan mucho las novelas que no tiene uno que dar ese margen de cincuenta o cien páginas que yo, por otra parte, no tolero, porque soy una lectora impaciente de novelas que, desde el principio, te enganchan.

—Cuatro generaciones de mujeres. Bisabuela, abuela, madre, tú. A las que la figura masculina aboca a la locura.

—Bueno, esto en la primera parte de la novela. Pero es verdad que son mujeres fuertes y, al mismo tiempo, son mujeres muy frágiles, son mujeres perdedoras, que tendrán más de un problema sentimental. Pero no serán los únicos problemas. No es una novela de amor.

—Tal vez por eso, has dicho que este libro es una reconciliación entre hombres y mujeres.

—Me parece que, por sentido común, es lo más recomendable y me parece que estamos frente a una revolución de la mujer en estos momentos que es muy interesante y que el objetivo al que hay que llegar, sin agresividades, es a que se haga efectiva esa igualdad y que podamos comprendernos bien.

—La novela está basada en recuerdos vividos y sobrevenidos. Un libro que has escrito con el corazón. ¿Sabes ahora ya quién eres?

—Sí. Este libro es un juego de espejos de la necesidad de mirar hacia mi pasado. Es decir, en este caso, mirar a las tres mujeres que me precedieron para entenderme a mí misma, porque veía que se estaban repitiendo una serie de patrones familiares. Unos, fantásticos. Y otros, no tanto, que quería tener la capacidad de interrumpir.

—La novela incluye textos reales. Material escrito por ellas.

—Sí. Era una manera de rendir un homenaje a unas mujeres que dejaron un rastro de tinta china que nunca se pudo publicar y, por tanto, me hacía especial ilusión. También porque siempre he tenido mucho interés por los mayores, por nuestros viejos. Me parece que ahora los tratan con condescendencia y de un modo verdaderamente indigno, y me parece necesario escuchar su voz de la manera que sea. O bien, a través de sus escritos. O bien, recreando sus historias.

—Tu padre, cuando leyó la novela, dijo que sintió lo mismo que hace 50 años al terminar 'Cien años de soledad' de García Márquez. ¿Amor de padre?

—Desde luego, si es amor de padre, es lo más bonito que me podía decir. Y si no es amor de padre, pues también. Así es que lo acojo con alegría y ojalá pues haya más personas que piensen lo mismo.

—Hija de Fernando Sánchez Dragó, premio Planeta. Colaboras con Federico Jiménez Losantos desde 2001. Los dos, hombres de carácter. ¿Vivirás para contarlo?

—Bueno, espero vivir lo suficiente como para contar cualquier cosa. Ahora, nunca contaré lo que ellos no quieran que se cuente.

—Tú lo dices de esta manera: “En mi casa te llevas el Planeta o no eres nadie. Ganarlo significa seguir con la tradición familiar”. ¿Tu padre te mira acojonado?

—Jaja. Este es un titular que sacó un periodista y que, obviamente, es una broma sacada de contexto. Claro que no me hace falta ganar el Planeta en mi casa para ser alguien. Pero es verdad que, cuando yo terminé la novela, decidí presentarme al Premio Planeta porque me parecía, precisamente, uno de esos patrones familiares que, en la medida de lo posible, sí se daban bien y se lograba continuar por haber sido una excelente noticia como ha sido.

—Estudiaste Danza Clásica y Arte Dramático. Has trabajado como actriz. Has colaborado con Gonzalo Suárez y Emilio Martínez Lázaro. ¿Qué quedó de todo eso?

—Mi paso por el arte dramático y por la danza ha sido muy importante para aprender a construir personajes, para aprender a vivir la vida de otros y luego poder trasladarlo en una novela, a pesar de que sean técnicas aparentemente diferentes.

—Las mujeres de tu novela con frágiles y son fuertes, también fantasiosas, consumidas por el tiempo que les tocó vivir. ¿Cómo crees que fueron en realidad o cómo las ves?

—Es que yo ya he llegado a un momento que esa capacidad fabuladora, ese juego entre la verdad y la mentira, es algo que yo misma aplico y he aplicado. Pero me interesan mucho más las fabulaciones que la verdad. Entonces, ha llegado un momento en que yo misma ya no sé discernir la verdad de mentir en esta novela. Así es que considero que son como las he contado.

—A tu bisabuela no la conociste. No puedes recordar a la abuela que vivió dos guerras. Tu madre murió cuando eras pequeña. Por eso llevas su apellido. Pero da la sensación de que las conoces a fondo.

—Yo me encontré con un material extraordinario. Con diarios, con cartas, con todo ese papel que antes quedaba y que ya no. Y además esto pasa en muchísimas familias y con este material me pude documentar. Además, he hablado con las personas que las conocieron. En el caso de mi madre y de mi abuela. Y yo creo que me he podido hacer una idea bastante precisa de cómo fueron. Pero, obviamente, es mi punto de vista.

—En el pueblo italiano donde veraneabas de pequeña, el mar azul se tornaba violáceo cuando se enfadaba. Sin saberlo, ya tenías el título.

—Un mar violeta oscuro es el mar de mi infancia, es el paisaje frente al que he escrito esta novela y pertenece a un pueblo de la costa alibue, que es un poco como el país de nunca jamás.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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