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2 feb. 2019

  • 2.2.19
Cuando se acercaba la fecha en la que aparecería el número 100 de Azagala, revista que se publica en la villa extremeña de Alburquerque y en cuya fundación participé hace unos once años, envié un artículo titulado La vida es un largo río para conmemorar la edición de ese número tan contundente.



El texto era una visión íntima, muy personal, del devenir de la vida, de esa vida que va pasando y de la que somos, voluntaria o involuntariamente, protagonistas y espectadores de ese relato propio que vamos archivando en nuestra memoria y que nos sirve de brújula o guía para caminar hacia adelante, intentando no extraviarnos en el incierto camino que nos marcamos cada uno.

De este modo, cuando hemos escalado la alta cima de los años, nos es posible echar una mirada hacia atrás y vernos en cada una de las etapas que hemos ido cubriendo, con sus alegrías y tristezas, con sus aciertos y errores. También, desde esa cumbre, solemos mirar hacia adelante, sintiendo de modo anticipado lo que puede depararnos ese futuro ya limitado temporalmente. Así, aupados en las puntas de los pies, es posible otear un luminoso horizonte con las nuevas vidas que se van incorporando a ese largo río del que formamos parte.

Puesto que los artículos que escribo los suelo ilustrar con imágenes, en esa ocasión comenzaba el escrito acompañado de cuatro fotografías. La primera, en blanco y negro, era una de esas muy pequeñas que los mayores conservamos como recuerdo de nuestra lejana infancia. Allí me veía en brazos de mi padre que, de pie, me sostenía, al tiempo que mi madre y mi abuela, sentadas, se encontraban rodeadas de mis hermanos mayores.

También incorporaba otras dos instantáneas: una de ellas era una fotografía que nos hicimos un grupo de amigos en una de las torres del Castillo de Azagala, del cual tomábamos el nombre para la nueva aventura literaria que iniciábamos; la otra presentaba una concentración de miembros de la Asociación para la Defensa del Patrimonio, en la que protestábamos por el proyecto de la transformación del Castillo de Luna de Alburquerque en una horrenda hospedería, y que, por cierto, después de muchas luchas logramos parar.

Pero tal como indicaba al finalizar el artículo, la vida continúa, la vida sigue imperturbable su eterna marcha, por lo que, en ocasiones, nos reserva gratas sorpresas, como la de ver nacer a una segunda generación, de modo que, además de ser padre, uno se convierte en abuelo.

Es lo que me aconteció en el año pasado. Así, en la cuarta fotografía mostrada aparecía mi hijo Abel que acogía, recostado en su pecho, al niño recién nacido que lleva su nombre, como signo de amor hacia un nuevo ser que asoma a la vida, y del que siente que es parte de sí mismo.

Esto constituía básicamente el esquema del contenido de un artículo muy íntimo, siendo, a fin de cuentas, el modo que yo tenía de darle la bienvenida al niño que acababa de hacerme abuelo.

Pero ser abuelo uno lo va interiorizando antes de que se produzca el nacimiento. Es por ello que me llamó la atención cuando un joven profesor, al ponerse en contacto conmigo días después del nacimiento, me preguntó: “¿Te puedo llamar abuelo?”. “¡Claro que sí! ¡Es que ya soy abuelo!”, le respondí con todo el orgullo de saber que ahora se iniciaba una nueva etapa de mi vida, cargada de la ilusión de ver crecer al pequeño.

Ya no se trataba de escribir sobre otros que son abuelos, tal como lo he hecho en algunos de los artículos que he publicado sobre el desarrollo emocional de los escolares tomando el dibujo como medio de conocimiento, sino de vivir la gran experiencia de ver cómo se va formando esa pequeña criatura que es mi nieto. Ahora no se trata de reflexionar sobre las vivencias ajenas; en estas fechas, uno debe aprender a tratarlo y cuidarlo, sabiendo que son sus propios padres los que asumen la importante tarea de guiarlo por el largo camino que comienza.



Y si hay algo que he aprendido muy pronto en la práctica es que se dan sustanciales diferencias en las relaciones entre abuelos y nietos dependiendo de si viven en el mismo lugar o en sitios diferentes y distanciados. Esto es lo que nos ocurre a nosotros, puesto que Abel y Esther, sus padres, residen en Barcelona y nosotros en Córdoba, por lo que el contacto cotidiano no podemos llevarlo a cabo.

De todos modos, en medio de las habituales idas a la ciudad condal, seguimos el crecimiento del niño a partir de las fotografías y vídeos que con cierta frecuencia nos envían. Es uno de los hechos más favorables que nos proporcionan las nuevas redes sociales, ya que nos permiten establecer un contacto que tiempo atrás no era posible. Así, las fotografías y grabaciones las recibimos con enorme alegría, puesto que vemos los avances que paso a paso va dando.

Pero son las estancias en Barcelona las que nos ayudan a disfrutar de su compañía, al tiempo que nos hacen ver los cambios que se producen en el transcurso de los meses. Y puesto que la memoria es algo inconsistente, nada mejor que acudir a las fotografías para comprobar las transformaciones que se han ido dando. Es lo que acontece con las dos que muestro, que corresponden a estaciones distintas: el verano y el invierno.

Así, en la primera, nos encontramos en pleno mes de agosto, cuando él apenas contaba con cinco meses, en la estación de Sants, ya que había venido con su padre a despedirnos en nuestro regreso a Córdoba. Lo sostengo sentado en mi pierna izquierda. Mira de frente, con la sonrisa inocente que todo niño posee a su corta edad. Y por mi parte, no puedo disimular la alegría que me produce sostener su cuerpecito, tan frágil, pero con tanta capacidad de irradiar felicidad en quienes le queremos.

La segunda fotografía corresponde al invierno, unos cinco meses después de la primera. La escena es completamente distinta. Estamos dentro de la casa. Ha estado jugando bajo mi atenta mirada hasta que el cansancio empieza a hacer mella. Lo cojo en mis brazos y me siento en el sofá con la intención de dormirlo.

Comienzo a contarle muy despacio uno de los cuentos que he inventado y en los que él se convierte en el protagonista del pequeño relato. Puesto que todavía no sabe hablar, ya que por estas fechas se comunica con gestos, sílabas y balbuceos, no entiende el significado de lo que le voy narrando, pero escuchar su nombre y ciertos términos que se repiten le ayudan a que siga el ritmo de las palabras que recibe. Lo inicio así: “Había una vez un niño que se llamaba Abel. Un día…”.

Cuando acabo, le pregunto: “¿Otra vez?”. Me mira fijamente a los ojos sin decir nada, como asintiendo. Se lo vuelvo a repetir. Así una y otra vez, hasta que los párpados empiezan a cerrárseles y siento que el plácido sueño acude en su ayuda.

Jugar con él, darle la papilla, contarle cuentos, limpiarlo, sacarlo a pasear… son escenas que como abuelo he podido llevar adelante en esas estancias en Barcelona. Y también como abuelo las disfruto sabiendo que todo lo que gira a su alrededor tiene que estar cruzado con el juego, pues su mundo, el mundo de los niños, no se entiende sin el placer que sienten en el despertar a la vida.

Ciertamente: la vida es un largo río al que continuamente se van incorporando otras en su dilatado recorrido, como eterno proceso que nos anima a no desfallecer. Y una de ellas muy cercana a mí ha comenzado dando sus primeros pasos. Y yo la contemplo con el amor y la ternura que todo abuelo profesa a su nieto, de modo que, para mis adentros, hablo conmigo en silencio y le deseo fervientemente que sea lo más dichosa posible.

AURELIANO SÁINZ

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