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8 feb. 2019

  • 8.2.19
Cuando llevas un tiempo tonteando con la tristeza, la alegría y la felicidad se antojan imposibles o difíciles de alcanzar. La tristeza te absorbe. Cuando profundizas en ella descubres que no es nada más que pensamientos negativos, algunos con tanta fuerza que distorsionan la realidad y nos convencen de que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.



La tristeza te proporciona una inercia que, si bien no es gratis, produce una sensación de seguridad. La seguridad que da el pensar que este mundo es un valle de lágrimas y que si estás abajo, no puedes bajar más. Recuerdo las confesiones: "he pecado de pensamiento, obra y omisión".

¿Alguien no es responsable de sus pensamientos? Si fuera así, ¿no elegiríamos todos ideas positivas sobre nuestro presente y futuro y haríamos una lectura positiva de nuestro pasado? Hay gente que tiene más serotonina y lo tiene más fácil. Pero otros, que creo que somos una gran mayoría, tenemos que poner de nuestra parte para ver el lado brillante de la vida y hacer oídos sordos a la que siempre llora y tiene miedo.

No nos enseñan a ser felices. Da más vértigo la felicidad que la pena. Supongo que somos dualidad y necesitamos lo malo para valorar lo bueno. Como dice la máxima espiritual que me dijo el hada rubia: "sin lodo no hay loto". Pero lo más importante es estar presente, con los sentidos abiertos cada momento, y ser capaz de ser agradecido con esta vida, que es un regalo. La tristeza puede hablar y yo decidí si la oigo o no...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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