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4 feb. 2019

  • 4.2.19
Profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III, Pablo Simón es analista habitual de El País, La Sexta o Cadena SER. Publica ahora El príncipe moderno. Democracia, política y poder. Pablo Simón es politólogo de vocación y formación. Doctor en Ciencias Políticas por la Universitat Pompeu Fabra, ha sido investigador postdoctoral en la Universidad Libre de Bruselas.



Su principal área de especialización son los sistemas electorales, tanto en sus causas como sus consecuencias, pero también está interesado en los sistemas de partidos, política comparada, la participación política de los jóvenes y dinámicas de competición electoral.

—Vox ha modificado el mapa político en Andalucía. ¿Por qué ningún periodista ni político vio todo esto que se avecinaba?

—La entrada de Vox en el Parlamento de Andalucía se daba por segura antes del 2D. Ahora bien, lo que se debe entender es que hoy en día casi un 25 por ciento de los españoles deciden su voto las últimas dos semanas. La campaña electoral tuvo un papel crucial no solo en la caída de la participación electoral de la izquierda, especialmente del votante socialista, sino también en el aumento del voto a Vox. La volatilidad del contexto hace más complicado anticipar los resultados incluso para los que están todos los días en la melé.

—¿La presencia de Vox en el Parlamento andaluz vaticina de algún modo qué podría ocurrir en los distintos comicios que se celebrarán en 2019?

—Sin duda. A este nuevo partido le está ocurriendo algo parecido a lo que pasó a Podemos en 2014, ya se ve claramente en los sondeos; Vox está creciendo y casi seguro conseguirá entrar en la mayoría de los parlamentos autonómicos y el Congreso. Sin duda es una nueva formación política que tiene recorrido una vez ya ha conseguido representación y que puede decidir más gobiernos, no solo el de Andalucía.

—La presencia de la extrema derecha en Europa está en valores del 15 o del 20 por ciento, como dices. En algunos países, muy por encima. ¿España va por la misma senda?

—Veremos. Hasta la fecha Vox ha crecido esencialmente de votantes del PP, pero en Europa estos partidos de extrema derecha crecen tanto con clases medias urbanas como con obreros tradicionales cercanos a la izquierda. Si Vox quiere llegar a niveles de apoyo europeos deberá crecer tomando segmentos de estos últimos, lo cual le obligaría a girar a posiciones más claramente euroescépticas, nacionalistas y, sobre todo, proteccionistas.

—¿El futuro del PSOE, despojado de la Junta de Andalucía, se presenta incierto?

—Sin duda, para ellos perder la Junta tras 37 años es un varapalo. Ahora el PSOE debe repensarse desde la oposición y quizá sea una oportunidad para este partido. En otros lugares pudo recuperar el poder a tiempo, como en Extremadura o Castilla-La Mancha. Sin embargo, si no reflexiona bien en las causas profundas de su pérdida electoral le será más difícil. Al fin y al cabo, si no supo ver este resultado es porque su radar ya no funciona. En todo caso, el PSOE nacional encara las elecciones generales con más dificultades que antes del 2D.

—Dice usted que el socialismo ya no es internacionalista.

—No es del todo preciso. Lo que apunto es que la izquierda, que cree en la redistribución económica como fuente de igualdad de oportunidades, no delimita cuál es la comunidad de solidaridad. Es decir, es un punto ciego porque no señala entre quiénes quiere hacerlo ¿Dentro de cada Estado? ¿Entre europeos? En un contexto de desequilibrios globales este es un aspecto para el que ninguna familia política tradicional tiene una respuesta evidente, y más cuando ganadores y perdedores emergen a diferentes lados de una frontera.

—La socialdemocracia ha muerto de éxito. ¿Así de simple?

—Y de complejo. Dado que parte de los objetivos del Estado de Bienestar se han conseguido –modernización, terciarización, protección social, sanidad o educación universales– ahora hay un reto importante: el cómo modernizarlos cuando nuestros sistemas se diseñaron para la Europa de postguerra.

Hoy las desigualdades son más complejas que en el pasado y las nuevas formas de vulnerabilidad requieren un menú de políticas diferentes. Esto muchas veces pone a la socialdemocracia a la defensiva y no saber articular políticas nuevas y más ambiciosas explica parte de su declive.

—La clase obrera tradicional ya no existe. Ahora hablamos de clase media, precarios, desempleados, jubilados, funcionarios. ¿La izquierda lo ve así?

—Hay una cierta mitificación en torno a la “clase obrera” por razones ideológicas, algo que va con tradiciones políticas de la izquierda. Sin embargo, no se debería ignorar que a la izquierda democrática lo que siempre le ha preocupado es la desigualdad y cómo esta erosiona la igualdad de oportunidades. Eso requiere asumir que hoy la vulnerabilidad social puede tener rostros inesperados lejos de un centro fabril.

Por ejemplo, sabemos que en España la incidencia de la pobreza es mayor entre niños, mujeres, inmigrantes y parados de más de 50 años. Si a la izquierda le preocupa conseguir que quienes están peor estén lo mejor posible igual debe hablar antes con un rider de Deliveroo o un falso autónomo que con un obrero del metal, que también.

—Es muy complicado que los socialdemócratas recuperen el voto de los jóvenes. Hablas de un pacto intergeneracional.

—Un pacto intergeneracional trasciende a la izquierda o la derecha. De lo que hablo es de cómo conseguir que haya un futuro en este país para los jóvenes, o si se prefiere, cómo conseguir que haya futuro para alguien. Al fin y al cabo, si nuestros sistemas dependen de que haya jóvenes trabajando ,¿qué hacer cuando están atrapados en la precariedad y con sueldos miserables? ¿Cuando no pueden emanciparse y formar una familia? ¿Quién sostendrá el sistema de bienestar? Para lograr que España sea sostenible hay que empezar por la base.



—Cataluña es un chino en el zapato. ¿Hay luz al final del túnel?

—La clave está en dos cosas que no dependen ahora mismo del Gobierno. Primero, que se resuelva la pugna interna entre PdCat y ERC para que haya interlocutores claros. Y segundo, que los independentistas asuman una hoja de ruta en el corto plazo que haga compatible su voluntad de independencia con un plan para el “mientras tanto”. Es decir, que es legítimo que persigan la independencia como plan general, pero algo tendrán que hacer antes.

De momento, con el juicio del procés en ciernes esto es algo complicado porque la tensión seguirá subiendo de manera natural. En todo caso, dudo que haya una solución a la cuestión catalana. Si acaso habrá una evolución, una conllevancia sostenible.

—¿Los medios de comunicación están a la altura de detectar tantos cambios como nos esperan?

—Los medios de comunicación sufren una crisis, como sindicatos, partidos o iglesias. Cualquier agente que requiera de confianza lo sufre hoy. Y no es solo un sector con importantes retos tecnológicos, también la crisis les ha golpeado con dureza. Además, los medios son empresas, pero a la vez son claves para controlar el poder. Natural que estén perplejos, ahora mismo todos lo están, así que tarde o temprano también tendrán que reflexionar sobre su papel en este contexto.

—En todo esto que nos está pasando, ¿qué papel les corresponde ejercer a los jóvenes?

—A ellos les tocará gestionar un mundo más complejo, con más incertidumbres y cambios. Es verdad que tendrán un hándicap importante: son pocos en comparación a sus padres, apenas la mitad en el censo que los mayores de 50. Sin embargo, sin la participación de los jóvenes es difícil que vayamos a tener una sociedad más justa y buena. Confiemos en la generosidad de todos para buscar un nuevo equilibrio que haga sostenible nuestro país.

—En este país, que miramos con desafecto a los políticos, dígame ese nombre de príncipe moderno sin que a los leones del Congreso les dé un infarto.

—Manuel Marín, el que fue su mejor presidente.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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