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3 mar. 2019

  • 3.3.19
Venezuela está presente, desde hace unos años, en la agenda mediática. El país es objeto de una sobreexposición que lo lleva a ocupar diariamente los titulares informativos, en los que las palabras "libertad", "democracia" y "crisis humanitaria" resumen una situación que dista mucho de abarcar toda la realidad del país sudamericano.



Sin embargo, la inmensa mayoría de los consumidores de esa información llega al convencimiento de que en Venezuela la democracia ha sido traicionada por el Gobierno de Nicolás Maduro y que el desabastecimiento y las carencias, en un país paradójicamente rico, empujan a la población a las garras de la pobreza, razones que sirven para justificar la intervención en socorro de los venezolanos y en defensa de la democracia por parte de la "comunidad internacional".

Se produce, así, una respuesta internacional que, en las últimas fechas, se ha visto reforzada con la intervención de EEUU, el todopoderoso vecino del norte que, por iniciativa de la Administración Trump, ha decido poner “fecha de caducidad” a la situación y exigir el abandono del poder por parte del actual presidente del Gobierno bolivariano.

Y lo hace, para meter presión, recurriendo al envío de una ayuda humanitaria que ni ha sido solicitada ni cuenta con permiso aduanero para entrar en el país, lo que ha desencadenado en los pasos fronterizos con Colombia, fundamentalmente, un enfrentamiento, entre civiles que pretendían introducir esa ayuda al país y agentes del orden y del ejército que trataban de impedirlo, que ha causado al menos cinco muertos y cientos de heridos. ¿Es esta toda la verdad?

La historia de los conflictos en América Latina es tan extensa como el propio relato histórico de unas naciones que, desde los tiempos del descubrimiento, de la conquista y de la colonización, han sido objeto de explotación y dependencia del imperio de turno para saquear sus riquezas naturales, abundantes en el continente americano.

España, Portugal, Inglaterra, Holanda, hasta llegar a los actuales Estados Unidos, han sido, entre otras, las potencias extranjeras que, a lo largo de la historia, han colonizado y subordinado la existencia de los países latinoamericanos al proceso de expansión de un capitalismo comercial que convertía a cada uno de ellos en una factoría que enriquecía al colonizador y empobrecía al colonizado.

Y no por maldad, sino porque así actúa el sistema capitalista, cuyo funcionamiento descansa necesariamente en la desigualdad, ya que para que haya unos pocos ricos han de haber muchos pobres. Y desde el saqueo inicial se ha evolucionado hacia el agiotismo económico que, mediante transacciones bursátiles, reglas comerciales y leyes internacionales, continúa exprimiendo aquellos países, sobre todo si disponen de riquezas y bienes naturales, como el petróleo, en beneficio de los imperios dominantes de cada época.

Nunca han dejado de estar presentes empresas multinacionales foráneas que acaparan minerales, frutos agrícolas, recursos marinos, productos manufacturados o vías estratégicas, bien como propietarios, bien a través de concesiones otorgadas por gobiernos auspiciados por ellas, comportándose, en la práctica, como auténticas latifundistas del continente y cuyos nombres acompañan las peripecias políticas de la región, como la United Fruit Co., la Standard Oil de Nueva Jersey, la US Steel o la Shell, entre otras.

Una historia de mercaderes, banqueros, embajadores, ingenieros o presidentes de empresas, cuando no marines, boinas verdes o dictadores telemanejados desde la metrópolis, que ha contribuido a la apropiación de los recursos, la vida y el destino de la mayoría de los pueblos de Sudamérica, merced a esa piratería capitalista basada en la doctrina liberal que tiene como expresión ideológica la articulación de los mercados a escala global.

En definitiva, formas de colonización que han sido descritas de forma admirable por Eduardo Galeano en su obra Las venas abiertas de América Latina, imprescindible para comprender el pasado de maltrato y dominación que alimenta y explica un presente todavía incierto y convulso. Como el que vive actualmente Venezuela.

Sobre ese bello país sudamericano de más de 30 millones de habitantes, que asoma al Mar Caribe y linda con Colombia, Brasil y Guyana, se abate una sorda lucha geoestratégica que utiliza la democracia y la crisis humanitaria como excusas para doblegar a un régimen herético, pero democrático, que cuestiona la dependencia colonial del poder a través de la economía.

Siguiendo el paradigma de las naciones del subcontinente, que transitaron desde el descubrimiento y la colonización hacia la independencia, pasando por dictaduras, caudillismos, golpes de Estado y, finalmente, la democracia, en Venezuela gobierna, desde que Hugo Chávez accedió al poder hace más de veinte años, un régimen socialista que lucha por desvincularse de las ataduras de ese imperialismo económico que asegura el éxito de la “norteamericanización” del mundo capitalista.

Y mientras el petróleo con precios elevados lo permitía, la revolución bolivariana de Chávez y sus nacionalizaciones de sectores estratégicos de la economía, sus reformas sociales y sus ayudas a movimientos izquierdistas vecinales resistieron los intentos de aplastamiento de la todopoderosa bota de la superpotencia del norte, que considera a los países del sur como su patio trasero particular, el cual arregla según sus gustos e intereses.

Es cierto, no obstante, que Venezuela sufre una crisis política y económica, además de un grave problema de abastecimiento y escasez de alimentos y medicinas. Pero su democracia, alcanzada desde 1958 (mucho antes que España) y susceptible de mejoras como todas, es tan fiable como cualquiera de Occidente, en la que las elecciones libres, la separación de poderes y la libertad de expresión constituyen reglas indispensables de calidad democrática.

Las críticas a la misma se realizan sin ningún soporte jurídico internacional y obviando la ampliación de derechos que ha supuesto. También es verdad que existe un elevado grado de frustración social debido a la escasez de alimentos, la hiperinflación, la corrupción, la mala gestión, el paro y la agitación política, problemas arcaicos acrecentados conforme mermaban los ingresos procedentes del petróleo, la mayor fuente de riqueza del país, y arreciaban los efectos del bloqueo financiero y el asedio político/económico internacional generados a causa de la deuda externa y el sesgo ideológico del gobierno bolivariano.

Aún así, la revolución de Hugo Chávez ha tenido más suerte que la Fidel Castro en Cuba, gracias al petróleo, el principal combustible del mundo contemporáneo, del que Venezuela dispone de una de las mayores reservas del mundo. Suerte hasta hoy.

Porque, aunque en Venezuela no existe una dictadura, como no la hay en los EEUU de Trump, ni en la Hungría de Orbán o en la Rusia de Putin, cala el mensaje de quienes han decidido, dentro y fuera del país, que allí reina una dictadura, a pesar de que se han celebrado más de dos decenas de elecciones bajo los gobiernos de Chávez y Nicolás Maduro.

Con tendencia al populismo y a cierto autoritarismo, son gobiernos democráticos de una república federal, sujetos a reglas electorales y sufragio universal, que han posibilitado la redacción de una nueva Constitución y la implementación de profundas reformas sociales para reducir la pobreza, potenciar la educación y las tasas de alfabetización de la población, con gratuidad desde la guardería hasta la universidad, fomentar el acceso a la salud también de forma gratuita, con medias de médico por habitante más elevadas de la región, incrementar la inversión en infraestructuras públicas y facilitar el empleo y la cultura, entre otras iniciativas.

La derecha venezolana, que no logra la alternancia en el poder pero controla la Asamblea Nacional, despojada de sus competencias por el Tribunal Supremo tras disputas e injerencias mutuas con el Ejecutivo, reconoce a regañadientes la Constitución y minusvalora los logros gubernamentales en materia de derechos políticos, sociales, económicos y culturales.

Exige el adelanto de elecciones, incluidas las presidenciales, la liberalización de los presos políticos y autorizar la entrada de ayuda humanitaria al país. El objetivo último, aunque se define como moderada, es restablecer un proyecto neoliberal acorde con los intereses de las oligarquías y el capital transnacional.

E insiste en la existencia de una dictadura, que nos hace pensar en Arabia Saudí antes que en Venezuela, del mismo modo que Bush aseguraba la tenencia de armas de destrucción masiva por parte de Irak para justificar una guerra e invadir el país: tergiversando la realidad y fabricando mentiras por motivos que no se confiesan.

Tampoco existe una crisis humanitaria, como las que desgraciadamente padecen Haití, Sudán del Sur o Etiopía, en los que la comunidad internacional no interviene con envío de ayuda en magnitud y celeridad con que lo hace en el “caso” de Venezuela.

Ello no obvia la existencia problemas de escasez, desabastecimiento y zozobra social que en modo alguno pueden equipararse a una crisis humanitaria por hambruna o guerra, como reconoce en un informe Alfred de Zayas, experto de Naciones Unidas para la Promoción de un Orden Internacional Democrático y Equitativo.

Existen graves problemas derivados de las sanciones económicas y del bloqueo financiero internacional que no solo dificultan su solución, sino que empeoran el contrabando de medicinas y alimentos subvencionados en la frontera con Colombia.

Es sintomático que haya sido EEUU el primer país en auspiciar y reconocer a Juan Guaidó –electo presidente de la Asamblea Nacional por el mismo órgano electoral que eligió a Maduro y miembro del partido opositor Voluntad Popular–, como autoproclamado “presidente encargado” de Venezuela por considerar ilegítimo a Nicolás Maduro.

Maduro, sucesor de Chávez, había resultado ganador de las últimas elecciones presidenciales, celebradas hace menos de dos años, que fueron boicoteadas por la mayor parte de la oposición y castigadas con un alto porcentaje de abstención. Es sintomático ese apoyo inmediato de EEUU porque Washington intenta recuperar la primacía perdida, no solo en Venezuela, sino en el resto del continente, por la competencia que hacen China y Rusia en la región y en la geopolítica internacional.

Tras una década de gobiernos izquierdistas de carácter antiimperialista y emancipadores en América Latina, que siguieron el ejemplo del chavismo para abordar un cambio radical del estatus económico y político imperante históricamente, parece llegada la hora de “arreglar” este patio trasero de USA.

Hora de frenar las aspiraciones soberanistas de Venezuela, sus desafíos a la hegemonía del dólar y su apuesta por un mundo multipolar mediante el control indirecto del país, la liquidación de la revolución bolivariana y el desalojo del actual equipo gubernamental izquierdista que Maduro preside.

Y para ello basta con una formidable campaña mediática que haga hincapié en supuestos desafíos a la democracia y una crisis humanitaria existentes en Venezuela. Y como si fuera un llamamiento urgente de Cruz Roja, todo el mundo, que tiene algo que ganar y mucho que perder si desobedece la estrategia hegemónica norteamericana, responde con seguidismo a la “voz de su amo”. Esta parte de la verdad se guardan mucho de contárnosla.

DANIEL GUERRERO

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