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PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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2 ago 2021

  • 2.8.21
El verano, para él, no solo era escapar del tiempo ineludible del trabajo, del cumplimiento inexorable de los horarios prestablecidos, de una monotonía multiusos que le desasosegaba en demasía. El verano era más aún: la libertad a explorar. La libertad estancada y la libertad por mondar, capa a capa, como una cebolla.


Un buen día, sin que se percatara de ello, dejaron de sonar llamadas en el móvil y apenas recibía mails. Los amigos abandonaban la ciudad y la misma ciudad era una isla desconocida. Huyó al mar, donde nadie le esperaba. Y allí, confundido entre el estrés de los turistas descarriados y los conocidos que comenzaban a llamarle y convocarle a cenas tumultuosas, no halló la paz que buscaba, sino un espacio masificado que empezó a odiar en ese mismo instante.

Diez días después, volvió a la ciudad buscando unas merecidas vacaciones. No era este un tiempo para viajes y aventuras con desconocidos. Abrió las ventanas de par en par para que entrara aire y luz, y se quedó mirando el paisaje quieto sin observar apenas el paso del tiempo.

No había previsto ningún plan para amortizar aquel periodo de vacaciones. Los meses de la covid-19 le habían dejado una sensación baldía de que el tiempo nuevo aún no se había inaugurado y de que los días vividos habían pasado a formar parte de la memoria más reciente.

Vivía en un limbo impuesto. Supo en ese mismo instante que, a veces, las vacaciones también son portadoras de desilusión, advenedizas huéspedes que no nos sorprenden con nuevas expectativas ni con proyectos desbocados.

Leyó en algún periódico que las vacaciones suelen ser periodos de mucha actividad psíquica. Y él, por el contrario, buscaba esos días vacíos para dejar descansar la mente, para dejarse perder en él mismo, para esbozar unos hábitos diarios diferentes que le ayudaran a encontrarse adentro y afuera del mundo que habitaba a diario.

Recordó una frase del psicoanalista Miquel Bassols: “las vacaciones lo confrontan a uno con expectativas que no necesariamente se pudieron satisfacer”. Y recordaba que añadía también: “en la modernidad los viajes están tan planeados que ya no parecen viajes”.

Confirmó en esta frase sus propias sospechas, y se propuso el viaje interior, que siempre eludía por compromisos o por falta de tiempo. Supo que mirarse interiormente no solo supondría un experimento reprobable sino también una hazaña dócilmente postergada con los años.

Se quedó apenas atravesando la epidermis cuando un dolor, que venía de más adentro, le decía “alto”, que parara, que no era tan fácil escudriñar el fluido de las venas y el aire que almacenan los pulmones. Se propuso una tregua solo de horas para, definitivamente, avanzar por las calles desiertas que los sueños dejan a un lado. Le pareció un mundo abrasador y necesario. Lo había intuido iluminado con otros colores y con un fondo de horizonte menos hondo y de un rojo menos intenso.

Se sentó en su sillón relax, mirando un nuevo libro, breve y bien encuadernado. Sus páginas olían a tinta y le gustaba, con las yemas de los dedos, recorrer la superficie rugosa de sus páginas. Sabía que las vacaciones podían ser una liberación pero que también, a menudo, resultaban ser una pesadilla.

El ser humano busca un hueco en el mundo donde colocar, como mejor puede, esos treinta días de bullicio y descanso y desorientación. Él, por el contrario, era consciente de que parte de uno mismo debe acompañarnos hasta en los momentos más benignos de la vida. Sobre todo, esa parte nuestra en la que llevamos las dudas y los proyectos aplazados.

Pensó, mirando el mismo libro, que agosto no es un buen mes para viajar y que prefería cualquiera otro para meterse en carretera y buscar la fonda de sus sueños. Esperaría a que el mundo se incorporara de nuevo al trabajo, a que abandonara las costas del delirio y volviera al mundo donde sobreviviría otros doce meses de esperanzas truncadas.

Abrió una cerveza muy fría, a punto de hielo, y bebió un trago largo y reconfortante. Y pensó que ahora no quería estar en ningún otro lugar, sino allí tendido, solo, con un montón de libros que esperaban su diagnóstico exquisito.

Pensó también que el mejor verano siempre es el que cualquier inventa a última hora, el más próximo, pero también el que le lleva más lejos, el más improvisado y menos tormentoso, el más simple y acogedor, el que le lleva a uno de la orilla de un río a la otra sin moverse de casa, sin mojarse los pies.

Eso pensaba allí tendido bebiendo cervezas heladas, sin sueños que deshilvanar ni rutas que recorrer, sin mapas que indagar ni incógnitas que resolver, sin fechas límite ni propuestas que ofrecerse a sí mismo. Le bastó un manotazo de certeza para saber que la felicidad, también en tiempo de vacaciones, anda rondándonos los talones.

Evidencia que tampoco excluye, por supuesto, que mañana, conforme este hombre despierte y otee el horizonte, opte por subir al coche, incorporarse a la carretera y morderle el rabo al mundo. Es lo que tiene descansar con garantías: te vuelve a reinventar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 jul 2021

  • 26.7.21
Apenas te dolerá, me dice. Me mira con sus ojos verdes aceituna. A veces, más duele la vida, pienso sin decírselo. Me han citado para inyectarme la segunda dosis de la vacuna contra la covid-19. Hace ya casi dos meses que no sé nada de ella.


Sigue igual. Sonrisa ancha, ternura en las manos, decidida en los días lúgubres y en los momentos mágicos. No pregunta por qué no le dije adiós, o hasta pronto, o si algún día volvería. Sabe que, cuando no hay preguntas, tampoco hay frases aderezadas de huidas o de mentiras encorvadas sobre la propia piel.

Por ella no pasa el tiempo. Ni en la luz de sus ojos ni en el contoneo de sus pasos. Ahora que la conozco mejor –eso pienso–, sé que cuanto veo solo es la punta del iceberg. Nada esconde, quede claro. Pero es profunda como una mina abierta a ras de tierra y enigmática como el corazón de la tierra, pero también clara y limpia como el amanecer. Mientras más te acercas, más quema. Porque el fuego no puede sobrevivir solo entre las manos. Hay que alimentar la llama para que las cenizas no apaguen el paisaje.

Le digo que está igual. Igual no, me dice. Desde hace tres meses soy otra siendo la misma, añade. Sí, hace tres meses que nos conocimos: noventa días con sus noventa noches y sus implacables olvidos y reticencias. Con su memoria mancillada y otras vivencias advenedizas.

Dice que no importa, que el tiempo todo lo borra. Pero ambos sabemos que no es así. Le digo que pronto estaré inmunizado. Me dice, con algo de sorna en la intención de sus labios, que ya estaba inmunizado antes de que una aguja me atravesara esta vida dislocada. La entiendo.

Afuera, enfrente, venden cerveza helada, me dice. A ti te gusta, advierte. Si es contigo, bebería toda la vida sin poder apagar la sed, le digo. Piensa que no es nada cursi, que no me preocupe. Esboza media sonrisa tierna como un bizcocho recién horneado. Eso sí, apunta con determinación: te advierto que de esta abrumadora prisión no escaparás.

Afuera el cielo era plomo encendido. El verano arreciaba en las grandes ciudades como si el termómetro estuviera decidido a cambiar la faz de la tierra. Esperé sentado en un taburete, apoyado en la barra del bar, con una cerveza en la mano.

La vi cruzar la calle y venir hacia mí, cuando supe, ahora con una certeza de vértigo, que nunca se me ocurriría ni tampoco podrá escapar a la fiebre que asolaba mis huesos. Estaba mordiendo una aceituna, cuando sus ojos se clavaron en mi boca. La vi sonreír, como siempre hace.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 jul 2021

  • 19.7.21
A sus 64 años quiso pensar que el amor ya era una fruta madura caída del árbol y, consecuentemente, no apta para su consumo. Aún joven, demasiado joven, repetía para sí mismo los versos de When i’m sicty-four. De hecho, el long play titulado Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band era para él uno de los discos preferidos de The Beatles.


Los cuatro chicos de Liverpool ya vivían separados, y grabando y componiendo canciones cada cual por su cuenta, pero la secuela de su éxito no se apagaba y las noticias recurrentes sobre su reagrupación revitalizaban un tiempo que ya había fenecido.

“Cuando tenga sesenta y cuatro años/ Tú también serás vieja/ Y si me lo pides/ Podría quedarme contigo”. La canción de Lennon y McCartney se repitió en su cabeza no solo en los años de la adolescencia, sino mucho tiempo después cuando aquellos días de una juventud ya marchita aún dibujaban los colores del arcoíris en un mundo irredento.

Aquella chica de los trece caños ya no le podría contar cómo se diseñan los sueños truncados y tampoco se atrevía ahora a preguntarle, en caso de que todo hubiera ido bien, si lo querría también cuando hubiera cumplido los 64 años.

La situación se le había vuelto algo más compleja. La vida es así de caprichosa. Pues ella, la mujer que ahora amaba, había cumplido solo 43, y su belleza era tan extrema y la juventud que irradiaba tan única que se atrevió a pensar que el amor no era cosa de viejos. Lo pensó solo por un instante. Que le pareció eterno, eso sí.

Aunque ahora la vida se había prolongado más allá de sus 64 años, al igual que la adolescencia habitaba los cuerpos más jóvenes hasta los 25. Del mismo modo, argumentó para sí mismo, la madurez o la vejez había estrechado su cerco más allá de los 70. Así lo quiso pensar y lo pensó. Pero los pensamientos, en ocasiones, son tan frágiles como una pompa de agua de jabón.

Ella lo llamó una tarde para tomar unos vinos. Le dijo que sí. A veces, cuando se retrepaba en el sillón, pensaba que a su edad el amor era otra cosa, un sentimiento fuera de su edad, un hábito ya perdido en su memoria, pero, cuando la veía en sus recuerdos con su pelo suelto y sus ojos vivos e insinuantes, sospechaba sin demasiado convencimiento que el amor sobrevivía a todas las edades. Aquel día, con su noche, le vivificó los músculos muertos y las esperanzas chamuscadas. Supo a su edad que la soledad es llevadera, pero que el vacío existencial mata a cualquier edad.

De vez en cuando, meditaba sobre estas relaciones en las que la diferencia de edad no era un obstáculo insalvable, aunque sí un dato a tener en cuenta. Se vieron muchas más noches. Repitieron el rito del amor con una técnica tan depurada que ya la hubiese él querido haber adquirido en sus años jóvenes.

Pero supo también que a sus 64 años los compromisos más íntimos quedaban todos fuera de sus competencias. A veces, buscaba el calor de la mujer amada en otros dormitorios. Y sabía, sobre todo, que no valía la pena doblegar el paso del tiempo.

Cuando se ponía a mirar la noche estrellada, recordaba siempre la canción de The Beatles. “Cuando tenga sesenta y cuatro años/ Podríamos alquilar una casita todos los veranos/ En la ‘isla de Wright’, si no es demasiado pretencioso”. Ya no era posible alquilar la casa para compartirla con aquella joven de los trece años.

Y tal vez era demasiado tarde también para cerrar el trato con aquella otra de los 43 que sí conoce sin quejarse la edad que le dibuja la piel. Hay, entre un mundo y otro, tantos años metidos en un limbo impreciso, que no dejan un atajo apenas para construir otra vida lejos de tantas expectativas como pretende la adolescencia. Pero ahora ya, lejos de esos días en que la vida era tan voluble, la letra de aquella canción cobra un sentido diferente.

No es un empeño firme, pero siente una necesidad sana de amar a esta o a otra mujer. No le gusta vestir sus ilusiones con nombres y apellidos concretos. A veces, basta una sola llamada para que se diluyan en el aire las aspiraciones más sólidas. Sabe, eso sí, que a su edad el amor se cubre de tatuajes nada indelebles y que no importa equivocarse, porque ya los errores ni hieren ni matan. Y los aciertos, en todo caso, se viven con una lucidez que nunca pensó que fueran tan firmes y tentadores.

Sale buscando los bares cuando el sol se pone en lontananza, desinhibido y vestido para la ocasión. Le gusta beber un gintónic helado antes de arrancar con la primera frase. Después la noche es una antorcha entre sus manos. Mira los ojos de esta mujer y no le importa que el reloj del tiempo avance sin desmesura sobre sus cuerpos encontrados.

¿Me querrás cuando tenga 64 años? Paul McCartney se hacía esa pregunta demasiado joven, ignorando que la edad alumbra otras puertas entreabiertas en el ocaso de la existencia. Ahora sabe que el amor sigue siendo un galimatías a cualquier edad, incluso cuando la mirada proyecta menos días por vivir que los ya vividos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 jul 2021

  • 12.7.21
Tanto la vida como la literatura viven de la enfermería, de sus anécdotas y de sus excesos, de su necesidad profesional y de sus leyendas inevitables. Pero ya se sabe que toda leyenda, en ocasiones, desborda los recelos de la profesión y, en otras, no alcanza apenas ni un ápice a definir un sector sanitario tan comprometido y necesario en nuestras vidas. Pero tanto en esta profesión, como en muchas otras, las anécdotas podrían superar la imaginación más desbordada.


Si cualquier lector piensa que la sorpresa no es una de sus cualidades más desarrolladas, solo tiene que abrir el libro Anécdotas de enfermeras, publicado por Editorial Styria, y cuya primera edición vio la luz en el año 2009. Desde entonces, como era de esperar, se han ido sucediendo distintas ediciones.

La obra recoge, como volumen de esta naturaleza, historias inverosímiles pero ciertas, confirmadas por cientos de enfermeras procedentes de distintas comunidades autónomas que nunca llegaron a conocerse entre sí. La autora, Elisabeth G. Iborra, ha logrado dejar al descubierto a través de 356 páginas una de las profesiones más indispensables de la sociedad española, tal y como se puede leer en Google.

Entre otras anécdotas menores, el libro cuenta cómo en una ocasión a una enfermera se le cayeron cuatro metros de intestino al suelo. Para detalles menores, el lector debe acudir al libro citado. En otro momento, algunos pacientes que acudieron a Urgencias se habían introducido objetos en sus partes más íntimas.

Sobre este particular, las leyendas urbanas desbordan el contenido del volumen reseñado. En cualquier caso, el humor siempre es el principal protagonista de las anécdotas recogidas en la obra, si bien es verdad que también recoge otros momentos más duros vividos por las profesionales del sector.

Hay historias grotescas, como la de una mujer que insistió, hasta el delirio, en colocarse el termómetro en la oreja para tomarse la temperatura. Sin duda, la tenía muy elevada. Pero otras son conmovedoras. Como es el caso de un paciente que cada año envía una rosa roja a su enfermera, como muestra de agradecimiento por los cuidados recibidos.

Aquel hecho ocurrió en 2008, en plena crisis económica y financiera. Un año después, Iborra lo recogió en su libro. No pensé entonces que un detalle tan mínimo tuviese tanto recorrido. En su día, pensé regalarle una rosa amarilla cada año, porque Gabriel García Márquez escribía siempre con un ramo de estas rosas en su escritorio porque decía que atraían a la buena suerte. Pero yo, que solo era un enfermo agradecido, aposté por una simple y sencilla rosa roja. Cada año se la envío sin ningún tipo de titubeo. Con una nota que apostilla: “De un enfermo, que ya no lo es, agradecido y enamorado”.

Este año, ahora que la covid no me lo puede impedir, no envié la rosa por mensajería. Me acerqué a recepción con una rosa roja y la misma nota de siempre. Sé que ella, cuando llegan estas fechas, espera la nota y la flor. La recoge, dicen sus compañeras, con una esperanza remota pero firme de que al amor se manifiesta de muchas formas posibles.

Más allá, no le gusta desbrozar los detalles más íntimos ni hablar de una felicidad tan noble que cabe en un pequeño jarrón. No seré yo quien desmienta tanta esperanza. Ni tampoco quien rompa el sortilegio de una sorpresa que siempre nos remonta a la niñez y a los Reyes Magos, cuando pensábamos que todo era posible. Para ella, igual lo sigue siendo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 jul 2021

  • 5.7.21
Llevaba ya años que no se reconocía en ningún libro. Había despedazado tantas páginas huyendo de la vulgaridad, y buscando un mundo propio donde refugiarse, que le parecía un empeño baldío pretender sucumbir a una magia inexistente. No hay donde indagar, se decía, asumiendo la certeza equivocada de que el mundo que siempre se abrió a sus ojos se tornaba repetitivo y aburrido, absurdo o inconsistente. Daba igual. Se había acostumbrado a leer por leer, sin otra pretensión que evadirse de los días que giraban a su alrededor sin que el aire se moviera.


Un día, hojeando el libro Un instante eterno, de Pascal Bruckner, traducción del francés de Jenaro Talens, visualizó una frase que le desestabilizó las entendederas y a punto estuvo de tirarlo al suelo desde el sillón donde retozaba aquella mañana de domingo. Decía así: “Quédate con este engaño fundamental: lo que la vida y la tecnología han prolongado no es la vida, sino la vejez”.

No logró apartar la mirada de sus páginas hasta que otra frase con igual acierto le pareció una broma de peor gusto, si eso fuera posible: “¡en Alemania y Japón se venden más pañales para ancianos que para bebés!”. Después se quedó quieto (o paralizado) al descifrar la interpretación del autor: “No añadamos a la desgracia del envejecimiento el absurdo de negar su tristeza o de prometer su abolición”.

Supo en ese mismo instante que ese día no dormiría ni comería. Se le había cerrado el estómago. Eso se decía. Fue derecho al frigorífico y se bebió media cerveza helada de un solo trago. Miró por la ventana un día apacible, lleno de sol. Los perros ladraban sin razón y las parejas volvían a besarse paseando por el boulevard o sentadas en las terrazas. El mundo era como antes. Pero él no, pensaba.

Pensaba que la vida se le estaba yendo y nada podía hacer a tal efecto. La década de los sesenta es una mala década, pronosticaba en sus adentros. Unas semanas atrás, sentado a la barra de un bar, una camarera joven y seductora, de ojos titilantes, quiso ser correcta con el parroquiano: “Señor, ¿desea usted tomar algo?”. Respondió mecánicamente: “Sí, un vino, por favor”.

Le dolió la distancia que ella había abierto incluso antes de conocerse. Claro. Le duplicaba la edad. Bebió a pequeños sorbos mirándose adentro de él mismo y comiéndose sus propias vísceras, con la conciencia de la futilidad de la vida.

Después en casa, fue anotando en un bloc los síntomas que dan forma a la vejez: rigidez articular, disminución de masa ósea y muscular, incontinencia renal, disminución de la agudeza visual y auditiva. Y las arrugas, por supuesto. El cansancio. Sí, andar molido todo el santo día. Sufrir las resacas como la peor paliza nunca sufrida. Y ser invisible para las mujeres, claro.

Se dio cuenta de que todos los amigos comenzaban a madrugar, y no para que el día les fuera más provechoso, sino porque ya empezaban a dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño, y que las noches de algarabía se habían reducido a dos momentos inescrutables perdidos en la memoria.

A veces, pensaba en lo volátil que es la vida, en cómo habían transcurrido los días a su lado sin poder detener su paso, sin querer aminorarlo o pretender acelerarlo. Miraba las fotografías de otros años, donde el tiempo congelado le devolvía una sonrisa necesaria y un respiro para un mal día.

Supo de golpe, aunque tampoco le pilló por sorpresa, que la vida todavía estaba ahí, pero que ya pisaba las baldosas de la vejez. Había entrado en el último tramo de su existencia. Cuando tomó conciencia del momento, no le dolió demasiado. Aceptó que aquellos otros días de una felicidad ya consumida habían valido la pena. Y que solo su recuerdo ayudaría a adelgazar las horas gordas del deterioro que ya vislumbraba.

Hizo una sola llamada desde el móvil. Breve y definitiva. Descifró las dudas principales y la vida volvió a parecerle todavía bella y acogedora. Proyectó un viaje, allí donde ella siempre le esperó. Pensó que igual no volvería por aquí. Y no le preocupó en absoluto.

Tal vez ahora, pensó, adonde voy es donde siempre hube de haber estado. Tampoco dejó que la duda se lo comiera. Supo que, también ya viejo, se puede acceder al amor sin que, necesariamente, haya que hacerlo por la puerta trasera.

Y que en esa serenidad que dan los años, aunque nos pese, pensó, hay una belleza tan sutil que, si no la atrapas al instante, se te va como una mota de hilo en el aire, hacia donde nunca más la encontrarás. Porque el aire y el viento, más allá, donde se funden, son una misma cosa: la sensación que deja haber dejado pasar las horas sin haberlas podido atrapar para siempre en tus propias manos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 jun 2021

  • 29.6.21
A ella le diagnosticaron alzhéimer hace un lustro. Ahora los dos tienen muchos años. Toda una vida juntos, suele decir él. El párroco del pueblo les dijo aquello de unidos en el amor y en la enfermedad, y hasta que la muerte los separe. Pero no dijo nada del olvido. Él no puede entender. Hasta que el olvido los ha separado.


Él empezó a saber, ahora no recuerda cómo, que algo no andaba bien dentro de ella. A veces, la nostalgia de los años vividos le llevaba a compartir los recuerdos más íntimos. Ella se quedaba quieta, callada, escuchándole, como si en sus palabras recordara su propia vida, la vida compartida entre ambos. Él se daba cuenta de que algo no estaba en su sitio dentro de su cabeza. Ella, a veces, sonreía. Otras, le miraba con gesto ausente, como si no supiera quién era aquel hombre que le hablaba con tanta amabilidad.

En poco tiempo, comenzó a ser otra persona sin dejar de ser ella misma. Bailaba o cantaba. Lo hacía como si hubiese nacido para ejercitar la danza o el cante sin ningún tipo de aprendizaje. A él, sin embargo, esta trasmutación le hizo caer en la cuenta de que ella nunca quiso bailar y nunca cantó, ni en el cuarto de baño.

Quiso entender, aunque nadie se lo explicara, que había vivido toda la vida con una mujer a quien no conocía, como si el alma humana tuviera la facultad de duplicarse o de vivir en otro cuerpo que no fuera el suyo. Toda la vida juntos y, al final, comenzó a sentirse solo, habitado por una sensación incógnita que no lograba apaciguar en los sueños.

Cuando se miraban muy a fondo, él comprobaba que ella no lo veía, que andaba en otro lugar que no era el de toda la vida. A veces, le insinuaba cómo era aquel paisaje de su juventud, o le recordaba las tardes de lluvia en San Sebastián en un verano nada apacible. Le hablaba de tantos días compartidos, que ella alcanzaba a entender que aquel hombre que tenía ante sí sufría de lleno cualquier mal para ella indescifrable.

A veces, le cogía las manos con las dos suyas, y así las mantenía durante unos minutos, hasta que ella desataba aquel nudo intimista e innecesario. Poco a poco se le fue agriando el carácter. Y solo cuando miraba a la ventana y le definía el horizonte como si escribiera una raya en el aire, ella se le quedaba mirando muy fijo, como si adivinara a descifrar los enigmas de su corazón.

Él logró habituarse a esa nueva vida en soledad con la mujer que tanto había amado. Se hizo a las nuevas rutinas, a ordenar la casa, hacer la comida, salir a comprar, a pasear con ella del brazo por los caminos más vacíos, por íntimos, de la ciudad. Ella observaba el mundo como si lo descubriera por primera vez. Miraba la copa de los árboles, el vuelo irregular de los pájaros. Escuchaba el gorgotear del agua en la fuente.

Después volvía con una sonrisa quieta en los labios y se malhumoraba nada más cruzar la puerta de la casa. Ella llevaba más de un lustro con la memoria hecha añicos cuando él empezó a entrar en la antesala de la misma enfermedad. Era consciente de que olvidaba cosas y tenía que esforzarse por reconducir la memoria a los hábitos cotidianos con una disciplina férrea que nadie le había enseñado.

Cada día se levantaba con el miedo de no reconocerse en el espejo. Cuando al fin lo lograba, quería esbozar una leve sonrisa de felicidad, pero no le salía. Se miraba los ojos, y sabía que allí adentro todo andaba más desordenado cada mañana. Después aseaba a su mujer y se ponía frente a ella sentados a la mesa para desayunar una leche tibia con poco café.

Las mañanas se hacían ya estrechas y monótonas. Él iba de un cuarto a otro buscando cualquier objeto o cualquier excusa para no quedarse hierático frente a ella, rebobinando el rollo de la memoria como si así avivara los recuerdos.

Un día, mirándola fijamente, como hacía siempre, se apercibió por unos instantes de que no sabía quién era aquella mujer. Fue tal vez solo unos segundos, pero un miedo hondo le anidó en la cabeza, una nube gris en la que la vida de ayer era una pausa, un paso de cebra, un paréntesis en mitad de ninguna parte. La volvió a mirar con la misma ternura de la juventud, con el mismo deseo de cuando la conoció muchos años atrás.

Ahora estaba vieja, arrugada, andaba torpemente, como él, pero la mirada seguía siendo la misma de entonces, aunque ahora él sabía que estaba vacía y, donde antes el amor era poderoso y enigmático, ahora el olvido achicaba los chubascos de una memoria que se resistía a residir en otro tiempo que no entendía ni pretendía descifrar.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

21 jun 2021

  • 21.6.21
Antonio Tabucchi sostiene que, finalizando la Segunda Guerra, una ballena, exhausta o enferma, o exhausta y enferma, embarrancó en una playa de Alemania. Escribe que Alemania también estaba exhausta y enferma. Sus ciudades estaban derruidas y la gente tenía hambre. Los habitantes de esa pequeña ciudad, cuyo nombre no recuerda, se acercaron a la playa a escuchar la respiración del cetáceo.


Varios días después, la ballena no había muerto. Los habitantes de esta ciudad no sabían cómo se mata a un animal que “no es un animal sino un enorme cilindro oscuro y brillante que hasta entonces habían visto tan sólo en las ilustraciones”.

Cuenta el escritor italiano que un buen día alguien cogió un cuchillo de grandes dimensiones, se acercó a la ballena, extrajo un cono de su carne grasienta y se la llevó a casa. A partir de ahí, todos los vecinos, protegidos por la oscuridad de la noche, iban a arrancar pedazos de la ballena, porque todos tenían vergüenza unos de otros, aunque todos sabían qué estaba ocurriendo. Añade Tabucchi: “La ballena siguió viviendo aún durante muchos días, a pesar de mostrar unas llagas horrendas”.

Esta historia está contenida en el título Dama de Porto Pim, libro que he vuelto a releer estos días y que volveré sobre él en el momento menos pensado. Hay libros que son parte ineludible de nuestras vidas por razones que no siempre sabemos descifrar con certeza.

El volumen es un relato imaginario, real y cultural, de un viaje a las islas Azores, donde narra qué será de los últimos balleneros y de las ballenas supervivientes. Enrique Vila-Matas sostiene también que el libro es “una especie de Moby Dick en miniatura”.

Pero tal vez sea mucho más y, sobre todo, un artefacto diferente a cualquier otro y difícil de catalogar. Un libro de frontera, tan dispar como unitario. El volumen contiene relatos breves, fragmentos de historias y de memorias, transcripciones y apéndices, notas personales.

En el texto titulado “Una caza”, Tabucchi embarca en una lancha a motor de diez metros llamada “María Manuela”. Acompaña a una expedición capitaneada por su patrón ballenero. Pese a sus setenta años, es ágil y todavía juvenil. El arponero, por el contrario, es joven, no más de treinta años, de enorme barriga y espesa barba.

El escritor italiano desmenuza los movimientos de los balleneros. Buscan a la ballena de frente “para evitar la cola y porque si se le acercasen por los costados quedarían expuestos a sus ojos”, escribe. El arponero permanece inmóvil en la punta de proa, de pie, con una pierna flexionada hacia delante y empuñando el arpón, “espera con concentración el momento propicio, cuando el barco esté lo bastante cerca para permitirle atacar un punto vital pero lo bastante lejos para no ser acometido por un coletazo del cetáceo herido”.

Después de algunos detalles minuciosos en la caza del hombre contra el cetáceo, Tabucchi narra cómo muere la ballena: “Luego aflora de nuevo la cola, imponente y lastimosa, como una vela negra. Y por último emerge la gran cabeza y ahora oigo el grito de muerte, un lamento agudo como un silbido, estridente, desgarrador, insostenible”.

El patrón del barco pregunta al escritor por qué ha querido participar en esta jornada, y si es por simple curiosidad. Tabucchi titubea en la respuesta. Pero al fin acierta a decirle: “Quizás porque estáis los dos en extinción, le digo finalmente en voz baja, vosotros y las ballenas, creo que por eso”. Piensa que el patrón se ha dormido, porque no replica.

En mitad del Océano Atlántico, a medio camino entre Europa y América, se encuentra el archipiélago de las Azores. Oficialmente es una región dotada de autonomía política y administrativa. Forma parte de la Unión Europea con la clasificación de “región ultraperiférica”.

La capitalidad la comparten tres ciudades: Ponta Delgada, Horta y Angra do Heroísmo. Situado a 1.400 kilómetros al oeste de Lisboa, el archipiélago lo componen nueve islas: Santa María, São Miguel, Terceira, Graciosa, São Jorge, Pico, Faial, Flores y Corvo.

La colonización portuguesa comenzó en 1432 y continuó durante todo el siglo XV, aunque también fue poblada por flamencos. El suelo es de origen volcánico y los acantilados son “a menudo capas de lava durísima, mientras que en las zonas llanas existen extensiones de piedra pómez reducida a polvo”, escribe Tabucchi. Sostiene también que el clima es “benigno, con lluvias abundantes, pero de breve duración y veranos muy cálidos”.

El escritor italiano ha viajado mucho y ha escrito sobre sus viajes. El mapa de sus viajes está también en las lecturas que le conducen a esos mismos viajes. Pero advierte al lector: “Soy un viajero que nunca ha hecho viajes para escribir sobre ellos, algo que siempre me ha parecido una estupidez. Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir sobre el amor”.

Para escribir este libro único, Tabucchi viajó a las Azores, se embarcó para ver morir a una ballena, visitó el bar donde se sirven los mejores gintónics del mundo, robó su memoria a un antiguo ballenero, convertido en cantante en locales nocturnos, en el relato titulado como el libro. Una historia de amor, traición y violencia bellísimamente bien escrita. Un arte de relatar, como señala Nico Orengo, “entre lo maravilloso y el realismo más minucioso”. Porque, tal vez, como asegura Paolo Mauri, para Tabucchi, “el verdadero viaje es la escritura”.

Antonio Tabucchi abrió, con Dama de Porto Pim, un camino hasta ese momento nada escrutado en la escritura de lo fragmentario. Precisión en el lenguaje, leyenda y realidad, la violencia descrita con la nostalgia de la memoria y con el sorpresivo final impuesto por un ineludible destino al que ningún ser humano podría escapar.

Ese día que Tabucchi quiso ver cómo arponeaban a una ballena, experimentó la sensación de que era observado por ella. Guiado por esa misma sensación escribió el breve relato con el que cierra este libro, titulado “Una ballena ve a los hombres”. Y nos ve siempre muy ajetreados, con largas extremidades, poco redondos, sin la majestuosidad de las formas consumadas.

Se deslizan sobre el mar, piensan las ballenas, pero no nadando, como si fueran pájaros, e “infieren la muerte con fragilidad y grácil ferocidad”. El relato concluye con este hermoso y definitivo párrafo: “En seguida se cansan, y cuando cae la noche se echan sobre las pequeñas islas que les transportan y tal vez duermen o contemplan la luna. Se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes”.

Me pregunto desde entonces, cuando cualquier animal me observa sin pretensiones, que todos sucumben con razón al mismo pensamiento: nos ven muy tristes. Igual saben por qué.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

14 jun 2021

  • 14.6.21
Hay una vida que dejamos atrás que a mí no me interesa. O no me gusta tanto como se dice o se recuerda. O, más bien, una parte de aquella vida, pedazos inconexos de experiencias truncadas que la nostalgia edulcora y que la memoria después almacena en una sola noche de desahucios personales.


Jesús Ruiz Mantilla pregunta a Marina Garcés, filósofa, quien fue un luminoso referente del 15-M, si algún día entenderemos lo que ha significado la pandemia. Ella responde: “Parto de la base de que entendemos muy pocas cosas. Existe el miedo al vacío. Ese término de la nueva normalidad es espantoso, como una parodia de nosotros mismos”.

Claro, el término “normalidad”, en sí mismo, da miedo, provoca urticaria colinérgica. Una palabra que excluye la sorpresa y la aventura, que hace los días iguales y monótonos, que mide las noches siempre por el mismo rasero, con luna o sin luna, que nos acomoda en una zona de confort estandarizada y nunca hecha a nuestra medida, que nos iguala en las apariencias –o tal vez ni en las apariencias–, pero nunca en las nóminas, en las distraídas utopías que echamos a la papelera, en los sueños surcados de posibilidades advenedizas que no conducen a parte alguna.

Cantaba Joaquín Sabina que, al lugar donde fuiste feliz, nunca has de volver. Porque acostumbramos a vestir ese tiempo consumido y consumado en días que ya no se pueden, ni se debieran, repetir. Marina Garcés lo dice así: “La nostalgia de querer volver a un punto de partida cuando sabemos que no. Correremos a recubrir lo que salga de aquí con lo que sea”.

Si no nos sirve el término “normalidad”, cómo nos comemos su significado con adjetivo anexo: “nueva normalidad”. Hay una impostura perniciosa en ese retorno a ninguna parte, a un mundo deshabitado de hechos conocidos y de cosas que ignoramos. Se nos queda una expresión momificada de no entender nada, de buscar significados donde solo alcanzamos a cotejar palabras sin sentido.

Tal vez la nueva normalidad solo sea una expresión poco acertada y motivada por esa razón honda que habita en lo más oscuro de nuestro ser. Ser y estar, por supuesto, en un mundo nuevo y antiguo, intuido y huraño, locamente feliz y perdidamente ajeno a nuestra voluntad.

Lo dice también Marina Garcés cuando Ruiz Mantilla insiste en preguntar si no tendrá nostalgia de la antigua normalidad. Su respuesta es certera: “No, yo no. No era un mundo más seguro. Es el mundo que ha conducido a esto. El de ayer es otro mundo, es el mismo con diferentes efectos no separado de la crisis ambiental, de la escasez de recursos, de la desigualdad”.

Sí, vivíamos en un mundo imperfecto, en una vida muy mejorable, y nos sentíamos felices con las migajas de seguridad que nos otorgaba nuestro estatus social. No podíamos ser mucho más, pero a nuestro lado muchos eran muchísimo menos, y no contaban absolutamente con ninguna posibilidad de que sus vidas diesen un vuelco y les pusiesen de nuevo en la rampa de salida. Con los días ya hechos, y otros deshechos, nos puede aún la nostalgia de un mundo baldío y bastardo, imperfecto y perfeccionable, pero parado o muerto en mitad de un vacío insondable.

No parece que los nuevos vientos que soplan traigan tiempos mejores, ni que milagros huracanados nos curen de esas enfermedades que ciegan los horizontes más altruistas. Hay un sedentarismo denso adentro de nosotros que nos atrapa sin consciencia y sin conciencia, y nos devuelve desnudos al primer día de nuestras vidas, gritando de miedo al mundo que se abre en la antesala de una mañana de disturbios fugaces u obscenos. El paso del tiempo ayuda a minorizar los efectos del cambio y a ensanchar tantas tardes que contenían telenovelas, inquietud de siestas, tormentas repentinas, noches próximas e inquietantes.

Al frente de Hombres G, David Summers, de gira a los 21 años en América, confiesa que se comió la vida a bocaos, pero siempre eligiendo qué se tragaba por la boca. Luz Sánchez Mellado le pregunta qué queda después de haberse comido y gozado todo. Y él responde: “Siempre estoy abierto a las sorpresas de la vida”. Sí, siempre hay que reservar un espacio a la sorpresa, al hecho más extraordinario, a la lluvia repentina y fugaz, a la noche fría que cierra un día deslumbrante de ansiedades.

Afuera, protegidos de esa nueva normalidad que se vende de oferta en cualquier mercado, siempre nos queda una palabra nueva, labios que buscan otros labios y no son los mismos que antes, una mirada enigmática que dice más de lo que esconde, una mascarilla tirada en la esquina de otra calle, como una huella arqueológica de un tiempo de pandemia que rompió entre nosotros una normalidad que nunca fue perfecta y que habita una nostalgia que alimentamos sin atender a la dieta que nos hará libres y –quién sabe– tal vez también felices –aunque de otra manera que ignoramos–. Y ese, solo ese, es nuestro miedo. El miedo a la felicidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

7 jun 2021

  • 7.6.21
Mi amigo Jes Jiménez me llamó el otro día para darme la primicia de un titular esclarecedor y que solo nosotros sabíamos que podía existir: El mundo necesita ocho millones de enfermeras. Lo había leído en The Guardian. Le dije que me mandara el enlace. A la tarde, volvió a llamarme para advertirme de que este diario había borrado la noticia en su edición digital.


Después me soltó una perorata sobre el aspecto volátil de esta vida virtual en la que andamos metidos. Le dije que sí, pero que, con toda seguridad, esa información la habrían publicado otros muchos medios. La comunicación corporativa ha invadido el periodismo, le dije. Los medios apenas publican información propia.

Lo vi, sin verlo, un tanto desorientado con mis aseveraciones. Pero acabó aceptando que el mundo ya no es el mismo que ayer. A todos nos cuesta aceptar tantos cambios en un plazo de tiempo tan reducido.

Jes sabe que ando publicando bromas literarias que son historias virídicas (el palabro aún no existe oficialmente y la RAE se muestra un tanto terca para incluirlo en su diccionario donde todo cabe: es cuestión de días o de meses) en tiempos de coronavirus protagonizadas por enfermeras.

Por eso no me extrañó que, en esos ocho millones de enfermeras que necesita el mundo en tiempos de pandemia, no cupiera ni un solo enfermero. Me voy a Google para ver si encuentro el titular de marras. Y lo que hallo es esta antología de despropósitos: Se necesitan más de seis millones de enfermeras en el mundo; La plantilla mundial de Enfermería perderá ocho millones de efectivos en 2030; Faltan más de seis millones de enfermeros en el mundo (en este caso, no tienen cabida las enfermeras); El coronavirus demuestra que hay que invertir más en enfermería, columna vertebral de todo sistema de salud.

En resumidas cuentas, la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe titulado “El estado mundial de la enfermería en 2020”, señala la necesidad urgente de fortalecer la fuerza laboral de la salud global, ya que el 50 por ciento de sus trabajadores son enfermeras, si bien la cifra actual de 28 millones deja un déficit de 5,9 millones de estas profesionales.

El director general de esta organización, Tedros Adhanon Chebreyesus, ha afirmado que las enfermeras son “la columna vertebral de cualquier sistema de salud”. También él habla en femenino. Y nos advierte por qué lo hace, con esta frase melancólica: “Las enfermeras están allí desde los primeros momentos de la vida hasta el último”. A veces, también, en mitad de estos dos momentos, claro.

Jes Jiménez me ofreció un tentador titular porque sabe, como yo, que las enfermeras no solo nos incorporan de nuevo al mundo con la salud reparada, sino que su trato de madres postizas o su sensibilidad de novias huidizas las ha llevado a las páginas de la literatura de manera inexorable. No son pocos los escritores que han escrito en sus relatos de ficción sobre las enfermeras de sus vidas, aunque en ocasiones extravían su perfil en los relatos de ficción.

En 1918, por ejemplo, Agnes von Kurowsky fue enfermera de Ernest Hemingway cuando el escritor estuvo herido y este, como no podía ser menos, se enamoró de ella. De no haber sido por Agnes, el escritor pudo haber perdido la pierna, pero ella lo cuidó hasta el final con medicamentos y medidas dosis de ternura intimidatoria. Se comprometieron, pero, como en las mejores historias de amor, nunca se casaron. La realidad siempre imitando a la ficción.

Cuando acabó la guerra, Hemingway regresó a Estados Unidos y allí esperó a la Kurowsky para casarse con ella. Sin embargo, ella le escribió una carta en 1919 para decirle que se olvidara de ella para siempre. La vida sí que es una guerra atroz, pensaría tal vez Hemingway, que nunca logró olvidarla. El destino es indescifrable para los escritores, por una razón muy simple: lo escriben otros.

La enfermera está presente en sus relatos de ficción, pero nadie supo que había sido parte de su vida hasta mucho después, cuando Leicester publicó en 1961 un libro sobre su hermano. Por él supimos que la Kurowsky fue la base sobre la que el escritor construyó el personaje de Catherine Barkley en Adiós a las armas.

Rodrigo García, en su libro Gabo y Mercedes: una despedida, donde narra los últimos días en la vida de su padre, Gabriel García Márquez, cuenta que, a la hora de cambio de turno de enfermería, las dos enfermeras y las dos auxiliares, así como una o ambas empleadas del servicio, se reunían en la habitación por unos minutos.

Gabo escucha el coro de voces femeninas. Abre los ojos y se le iluminan cuando ve a tantas mujeres que lo saludan con cariño y admiración. Todas ríen a carcajadas cuando el premio Nobel les suelta de sopetón: “No me las puedo tirar a todas”.

Una de las muchas veces que acompañé a mi padre en los últimos días de su vida al hospital de Montilla, estaba tendido en la camilla y a todas las enfermeras que lo atendían les decía: “Qué guapa eres. Dame un beso”. No sé qué guarda la vejez en sus entretelas que despierta el deseo más decidido en sus huéspedes.

No imagino a mi padre, siendo joven, provocando a las jovencitas que se cruzaron en su vida. En realidad, ni mi hermano ni yo sabemos nada de su vida amorosa que, presumo, fue muy fugaz por el momento histórico que a todos aquellos jóvenes les tocó en mala suerte vivir.

Sí sé que mi padre se tragó tres años de servicio militar obligatorio en Sevilla y que allí tuvo una novia. Lo contaba delante de mi madre, así que debió ser una atracción muy efímera. Contaba, eso sí, que una vez la invitó a subir a una barca de remos en la Plaza de España. Ellos no naufragaron, pero sí su breve relación.

Las bromas literarias que protagonizan las enfermeras de mis relatos están basadas en hechos reales que nunca sucedieron, pero que pudieron haber ocurrido si los astros se hubiesen alineado de manera trasversal a mi imaginación y no a mi biografía. De cualquier manera, nunca descarto a una Kurowsky que le toque en suerte hincarme la aguja cuando me llamen para recibir el segundo pinchazo de la vacuna contra el coronavirus.

Algunos amigos creyeron que el asunto tratado en el primer relato era pura verdad y no puta imaginación. Y les ennoblece seguir creyéndolo, al menos hasta que un día mi biógrafo, si es que encuentro alguno por ahí, descubra para mi desgracia que todo fue fruto de una imaginación que alimentaba al mismo compás que escribo mi vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

31 may 2021

  • 31.5.21
Me levanté temprano y, en ayunas, como es preceptivo en estos trances, me acerqué a la clínica para una extracción de sangre. Nada épico. Lo sé. Pero muchas historias extraordinarias encuentran en su desarrollo un arranque sin fuelle. Las extracciones de sangre, a una edad, comienzan a ser hábitos rutinarios.


Sus análisis nos descifran, a nuestro pesar, los excesos fallidos, las fiestas usurpadas, las cenas frugales. Una escritura encriptada que, una vez descifrada, nos dice cómo somos por dentro: qué no podemos beber y a quién no te debes acercar.

Tengo la suerte de que, en estos trances, siempre me atiende la misma enfermera. Alcanza una estatura correcta y un trato que confunde a cualquiera, formas perfectas que se difuminan en su uniforme sanitario. Es rubia con mechas, de ojos verde aceituna y sonrisa indeleble.

Siempre me pide el mismo brazo: el derecho. Aún no me ha pedido la mano (para quien se haya despistado, es una broma). Abre y cierra el puño, dice. La obedezco. Notarás un pinchazo, me dice. Apenas es un pinchazo, le digo. Ella sonríe. Me sonríe.

Le pregunto qué cómo está, si ha sentido miedo este año de coronavirus, aquí en primera fila, al lado de los enfermos. Dice que, para nada, que es su trabajo. Más hostias da la vida, le digo. Qué me vas a decir, dice ella. Y me lo cuenta con detalles. Tuvo pareja, nunca se casó, pero todo se fue al traste.

La miro. Tiene una mirada serena. También me gusta su mirada. Es más. No he dejado de mirarla desde que me senté a su lado para que me vaciara toda la sangre y me dejara sin sentido. No me succionó toda la sangre, pero sí me dejó sin sentido.

Le digo que me gusta. No se sorprende. Por cómo me miras, algo debes traer entre manos, sugiere. Le digo, bueno, que la invitaría a almorzar, si aceptas. Me dice que por qué no. Salgo a las dos y media, advierte, sé puntual. Solo acierto a decir: como un reloj. Estaré afuera, añado, para sellar el compromiso.

La esperé en la cafetería de la clínica con una cerveza en el mostrador. Salimos a la ciudad hablando de nosotros. Era un día de sol intenso y viento sinuoso.

Eso ocurrió hace dos semanas o más. No sé. Desde entonces no cuento el tiempo. Algunos amigos, de esos que viven en matrimonios intransitables, me preguntan día a día que cómo va lo nuestro. Yo respondo siempre que todo va perfecto, que la nave va, porque es así.

En ocasiones, bromean. Aprovecha, porque cualquier día todo se va al carajo, me dice alguno. No sé si pensando en sí mismo. Sobra el carajo, pienso, pero callo. Con lo bien que estabas solo, dice otro. Lo sabe él, que siempre vivió emparentado.

Yo no les digo nada de sus vidas. Creen que sus descosidos existenciales pasan inadvertidos a los demás. Además, no les gusta morder la realidad sin nada que beber. Se les atasca por dentro como un engrudo indigesto. Vaya pinchazo que te dio la enfermera ese día, dice otro. O el que tú le diste después. Así completa la simplicidad verborrágica y sin gracia del chiste.

Mientras, yo miro a la calle. Ahora la veo venir con sus vaqueros gastados y su sonrisa imperturbable. Ellos la miran con evidente envidia. Pago las copas de todos. Y antes de partir en su busca, el último bromea: También me dirás que lo vuestro fue un amor a primera vista. Lo dice por sus seductores andares y sus ojos chispeantes. Yo le digo que no sé. Pero después apuesto por completar el diagnóstico de mi felicidad:

—No creo. En realidad, fue un amor a primera sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

24 may 2021

  • 24.5.21
He leído con tristeza y pudor el libro de Rodrigo García titulado Gabo y Mercedes: una despedida. Hijo de Gabriel García Márquez y director de cine, describe en estas páginas los últimos días en la vida del premio Nobel y su muerte anunciada.


Arranca el libro con la promesa que él y su hermano Gonzalo hicieron al padre de que pasarían juntos la víspera del Año Nuevo del 2000. Era su deseo de estar vivo para esa fecha, pero logró aún vivir quince años más.

Ya cercano a los ochenta años, el autor de Cien años de soledad le dijo a su hijo: “La cabeza ya no puede contener la vasta arquitectura de no atravesar el terreno traicionero de una novela larga. Es cierto. Ya lo siento. Así que, de ahora en adelante, serán textos más cortos”. Cuando cumplió los ochenta le preguntó si tenía miedo a la muerte. Y él le respondió: “Me da una enorme tristeza”.

El libro está inundado de confesiones y de frases redondas de Gabo, así como de descripciones demasiado íntimas del padre que cuesta pensar si a él le hubiera gustado leerlas ahora desde el más allá. Mercedes también sobrevivió dos veces al cáncer. Y le sobrevivió a él solo unos años, y murió en agosto del 2020, en plena pandemia.

Los hermanos, Rodrigo y Gonzalo, asumen desde el primer instante que la enfermedad y posterior muerte del padre serán en parte asunto público. Rodrigo sabía también que este libro solo vería la luz cuando su madre ya hubiera muerto. Los médicos le descifran a la familia la gravedad de la enfermedad de Gabo: cáncer de pulmón o de hígado, o ambos, y solo le quedan unos meses de vida.

El escritor de cine justifica la necesidad de escribir este libro: “Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma y, sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta. Me aterra la idea de tomar apuntes, me avergüenzo mientras los escribo, me decepciono cuando los reviso”.

“Lo que hace al asunto emocionalmente turbulento es el hecho de que mi padre sea una persona famosa. Más allá de la necesidad de escribir, en el fondo puede acecharme la tentación de promover mi propia fama en la era de la vulgaridad. Tal vez sea mejor resistir al llamado, y permanecer humilde. La humildad es, después de todo, mi forma preferida de la vanidad. Pero, como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil”.

Rodrigo describe al padre como un gran conversador, tanto como un buen escritor. Gabo era plenamente consciente de que la memoria se le iba por descosidos de su existencia. En una visita que los hijos le hacen a la casa familiar, ya no los reconoció. Y él pregunta quiénes eran esas personas que estaban en la habitación de al lado. La empleada del servicio le responde que son sus hijos. Y Gabo acierta a decir: “¿De verdad? ¿Esos hombres? Carajo. Es increíble”.

En ese proceso de demencia senil solía decir también en los momentos de tranquilidad: “Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo”. En otra ocasión narra Rodrigo que a veces decía que se quería ir a la casa de su padre, que aquella no era su casa. Pero él entiende que no quería referirse a su padre, sino a su abuelo, el coronel. Gabo decía también de Mercedes que era la persona más asombrosa que jamás hubiera conocido.

El libro también hace referencia a las memorias de Gabo, concebidas en un principio como una serie de libros, el primero de los cuales empezaba con sus recuerdos más antiguos y terminaba con su viaje a París a los veintisiete años para trabajar como corresponsal.

Pero después del primero, no escribió ningún otro, porque solo le interesaba contar los años que lo convirtieron en escritor. En la casa familiar, durante veinticinco años, tuvieron un loro. Se ve que Gabo se inspiraba en las cercanías. Nadie le prestaba atención al pájaro parlante, pero, cuando murió, confiesa el autor, a todos “se nos rompió el corazón”.

García Márquez siempre dijo que nunca releía sus libros, pero ya aquejado de una memoria rota, sí lo hizo, y solía decir: “De dónde carajos salió todo esto?” También se sorprendía cuando veía su foto en la contraportada o en la solapa del libro.

Creía en la estructura cerrada de la novela y disentía de aquellos que aseveraban que era una forma más libre y, consecuentemente, más fácil que el guion cinematográfico o el cuento. Sobre el significado de la vida plena del premio Nobel, escribe su hijo: “El viaje desde Aracataca en 1927 hasta ese día del 2014 en Ciudad de México es tan largo y extraordinario como se puede emprender, y esas fechas en una lápida ni siquiera podrían pretender abarcarlo. Desde mi punto de vista, es una de las vidas más venturosas y privilegiadas jamás vivida por un latinoamericano. Él sería el primero en estar de acuerdo”.

Las páginas en que describe la muerte del padre son, obviamente, las más tristes. Quiso acompañarlo en el último momento, pero no pudo ser. La enfermera diurna le da la noticia: “Su corazón se detuvo”. Se enfada con ella porque no le avisó como le pidió. Pero no le dice nada. Se lo dice a Mercedes.

Después regresa al lado del padre. Y describe el cuerpo de Gabo: “Su cabeza yace de lado, su boca está un poco abierta y se ve tan frágil como puede verse una persona. Verlo así, en esta escala tan humana, es aterrador y reconfortante”. Cuando entra Mercedes, dice Rodrigo que el momento le confiere a ella completa autoridad.

Rodrigo pide a la enfermera que le ponga la dentadura postiza al cadáver antes de que la mandíbula quede rígida. Y escribe: “… alivia constatar lo mucho mejor que se ve con ella”. No lo visten, sino que envuelven el cuerpo en un sudario.

Más adelante, vuelve a describirlo: “Su rostro está limpio y le quitaron la toalla que tenía alrededor de la cabeza. La mandíbula está ajustada, la dentadura postiza en su sitio, se ve pálido y serio, pero en paz. Los escasos crespos grises que se aplanan contra la cabeza me recuerdan el busto de un patricio. Mi sobrina le pone unas rosas amarillas sobre el vientre. Eran las flores favoritas de mi padre, y creía que le traían buena suerte”.

Era Jueves Santo. Unos días después de su muerte, la secretaria de Gabo recibió un correo de una amiga del escritor, solo para decir si se habían dado cuenta de que Úrsula Iguarán, uno de sus personajes más famosos, también murió un Jueves Santo.

Ya en el crematorio, una joven le da el pésame a Rodrigo y le dice que, aunque no se lo solicitó, le hizo algunos retoques a su papá: le maquilló sutilmente, lo peinó y le recortó el bigote y las cejas indomables que “mi madre cepilló con su pulgar incontables veces a través de los años”.

Quiere tomarle una foto y la hace con el celular. Al instante, se siente culpable y avergonzado de “haber violado su privacidad de una manera tan violenta”. Borra la fotografía. Después añade: “La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en ese momento es que él no está allí en absoluto. Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida”.

Muchos escritores han escrito sobre pérdidas en general, y más concretamente sobre le muerte del padre y de la madre. Pero ningún libro he leído con detalles tan minuciosos y precisos como este de Ricardo García. Tantos, que he sentido cierto pudor al pasar página, como si me estuviese metiendo en un mundo que no fuese mío, como si yo mismo diese a la luz la vida íntima de un escritor al que quise tanto.

Tuve el privilegio de conocerlo personalmente. Estuve con él en tres ocasiones y fue mi escritor de cabecera durante años. Leí este libro en la tarde del pasado viernes y dormí con la conciencia de que esa noche los sueños entrecruzados y las pesadillas me alterarían el descanso.

Desperté cansado, como si una manada de búfalos me hubiese pisoteado en su estampida. Después me puse a escribir este artículo. Gabriel García Márquez decía que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir. Su hijo Rodrigo le ha evitado el dolor de ese trance. Demasiada tristeza para beberla de un solo trago.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

17 may 2021

  • 17.5.21
Antes de que Virginia Woolf reivindicase una habitación propia, nos ha recordado estos días Terreixa Constenla, Emilia Pardo Bazán defendió el derecho de las mujeres al destino propio y condenó el feminicidio. En febrero de 1914 dijo: “Yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer”.


Un día, sentada en el salón de su casa, frente a José María Carretero, le confesó al periodista montillano: “… tengo la evidencia de que, si se hiciese un plebiscito para decidir ahorcarme o no, la mayoría de las mujeres españolas votarían que ¡sí!”.

Probablemente entonces, pero no hoy, cuando el eco y reconocimiento de su voz la alzan al estrellato justo y reivindicativo de quien ha sido una de las grandes escritoras en castellano de todos los tiempos. Estaban en la habitación en la que escribía la condesa, un salón largo, porque ella no podía trabajar en habitaciones pequeñas: le faltaba la respiración.

El periodista montillano describe aquel espacio: en mitad del salón, una enorme mesa salomónica, y sobre la mesa una carpeta, un tintero, una papelera y un secatintas. El resto, muebles y vitrinas. Escribe Carretero: “La luz de la calle entra, medrosa, tamizada por los cristales de colores de los balcones. En un ángulo, junto a la chimenea, arde una estufa de gas, y su claror rosáceo y fantástico se va apoderando de la habitación, poco a poco, a medida que huye la tarde”.

La condesa está sentada en un sillón frente al centro de la mesa, apura su taza de té. Carretero, sentado a su lado, también toma té. La escritora está constipada. A veces, tose. Entonces, escribe el periodista, “su cara, pujada y sajona, se pone bermeja, sus cabellos, plateados, se desaliñan un poco, y la enorme perla de calabaza que, presa de un hilillo de platino, pende de su cuello carnoso, rebota y salta sobre su amplio escote; pero vuelve a ser dueña de su palabra y continúa hablándonos con sugestiva simpatía”.

Este año, en el centenario de su muerte, la escritora vive una reivindicación total como una de las grandes novelistas de los siglos XIX y XX y como una defensora radical de los derechos de la mujer. Abrió puertas al feminismo en España dando ejemplo, haciendo “aquello que pude de lo que está prohibido a la mujer”.

Por ejemplo: fue la primera socia de número del Ateneo, la primera presidenta de la Sección de Literatura, la primera mujer que fue profesora de la Escuela de Estudios Superiores en el mismo Ateneo, el primer socio de número de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Pero no la dejaron ser la primera académica de la lengua.

Autodidacta. Una cuentista excepcional. Escribió más de 650 cuentos y decenas de libros. Pionera como autora de una novela sobre el movimiento obrero, La Tribuna. Conspiradora carlista en su juventud y católica aristocrática en sus últimos años de vida. Madre de tres hijos, aunque no creía que la maternidad fuera el destino de la mujer. Amante irredenta de Pérez Galdós. Nació en A Coruña en1851 y murió en Madrid el 12 de mayo de 1921.

A José María Carretero le confesó que era hija única y muy feminista, porque su padre la educó “en una amplia libertad de conciencia”, quien le decía que “no puede haber dos morales para los dos sexos”. Desde muy niña ya escribía versos, pero nunca soñó con ser poeta, tentación en la que sí cayeron, confiesa la escritora, Juan Valera o Menéndez y Pelayo.

Ella se deleitaba más leyendo el Quijote que los romances de Góngora. Cuando Carretero la entrevistó había publicado ya más de 60 libros. Reconoce que su libro de mayor éxito fue Los pazos de Ulloa, traducido ya entonces a diez o doce idiomas. “¡Hasta el rumano!”, añade.

Pero su novela preferida era Bucólica, cuyo éxito fue menor, a su juicio, “por ser una novela corta”. Y después le hace a Carretero las cuentas del dinero que ha ganado con sus novelas: “… hasta la actualidad, hace unos treinta años, calculando todos los años, uno por más otro por menos, a quince mil pesetas, son unos noventa mil duros, que es el cálculo más aproximado”.

Doña Emilia le habló al periodista mntillano también de sus amigos: Castelar, Antonio Cánovas y su mujer, el duque de Rivas. Pero sobre todo Galdós, de quien le dice a Carretero: “Galdós y yo nos queremos mucho”. Sí, se quisieron mucho. Pocas relaciones han despertado tanto morbo como la de Pardo Bazán y Pérez Galdós.

Fue Carmen Bravo-Villasante quien desveló el ardor que escondía la correspondencia entre ambos. 98 cartas escritas entre 1883 y 1915 que muestran un mundo común, no solo en el aspecto sentimental sino también en el intelectual. Una relación clandestina que nadie conoció y tampoco nadie supo del viaje que hicieron juntos por Europa. Una relación entre iguales, escribe Constenla, a veces triangulada (él con Lorenza Cobián y ella con José Lázaro Galdiano), que no abrió brecha alguna ni rencor entre ambos.

La Pardo Bazán confiesa al periodista montillano que algunos poetas modernos le gustaban mucho, pero que ninguno “hinca la personalidad”. Prefería a los prosistas: Azorín, Unamuno o Répide. Pero a la pregunta de qué opina del feminismo, la escritora se extiende en explicaciones: “Yo soy una radical feminista. Creo que todos los derechos que tiene el hombre debe tenerlos la mujer, se entiende todos los compatibles con la estructura física, y, es más, creo que hay una relación directísima entre los derechos y privilegios concedidos a la mujer y el estado de cultura de las naciones”.

Nombra Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, donde la mujer ya entonces “se halla casi al nivel del hombre, donde hay diputadas y demás”. En cambio, en los países menos adelantados, añade, es “donde se considera a la mujer bestia de apetitos y carga. No tenemos más que volver los ojos a Marruecos”.

Reconoce que en España se ha avanzado en ese aspecto de la vida, pues “yo he conocido los tiempos en que unánimemente decíase que la mujer solo debía zurcir calcetines; hoy ya, si se piensa, por lo menos no se dice”. Y concluye en esta entrevista: “No cabe duda que, si las mujeres siguieran mi ejemplo, el feminismo en España sería un hecho”.

Meses atrás hemos conocido cómo el Pazo de Meirás, propiedad familiar de la condesa en Sada, fue expropiado a la familia Franco. Pardo Bazán lo había diseñado para su vida y para su muerte, y adaptó sus estancias a las necesidades de una escritora como ella. Trazó los planos de la biblioteca y ordenó alzar las torres.

Allí se casó con José Quiroga y su hija Blanca con José Cavalcanti, un militar africanista que apoyó a Franco durante la guerra. Paradojas de la vida: nunca pudo sospechar que aquel fuera también el escenario de boda de una nieta del general Franco, ni que este se apropiaría indebidamente del lugar. En la capilla de Meirás, la condesa reservó un lugar para enterrar sus restos. Pero su voluntad también se fue por los suelos: sus restos reposan en la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, en Madrid.

Escribe José María Carretero al final de esta entrevista, que, si dios le hubiese dado unos años más de vida a doña Emilia, habría contemplado la honda y rápida transformación experimentada por la mujer española en todos los órdenes de la vida.

Sin duda, le hubiera gustado estar aquí para saber de primera mano que el Pazo de Meirás vuelve a ser un lugar de culto y que el camino emprendido por la mujer no tiene paso atrás. Acaso, si algún día trasladan sus restos a la capilla de Meirás, se habrá cumplido el sueño, hasta ahora saboteado, de una de las mejores escritoras de nuestras letras. Así sea.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

10 may 2021

  • 10.5.21
Le conocí en Barcelona en 1988 cuando obtuvo el premio Plaza & Janés con su novela En la casa del padre. Un mes después presentó el libro en Sevilla en el pub Abades y dos meses más tarde me lo volví a encontrar en Cádiz. Decía que tenía los mismos gustos que su amigo Julio de la Rosa: beber manzanilla, mirar el Guadalquivir y “hablar mal de nuestros contemporáneos de profesión”.


Me recordó que la crónica que le había escrito en la ciudad condal era la reseña mejor escrita sobre aquel galardón. Viniendo de él, para alguien que todavía estaba iniciándose en el oficio, lo acepté como el mejor regalo posible en mi incipiente biografía.

Supe entonces que cada escritor describe su propio paisaje y que en su caso él estaba destinado a hacerlo sobre Sanlúcar y Jerez. Siempre volvía a Sanlúcar a navegar, que es lo que más amaba, y no compartía la opinión de Julio de la Rosa de que era el escritor más astuto que conocía, sino “uno de los más astutos escritores de estos tiempos que corren”.

Lucía una calvicie ya de años, una estatura modesta, un carácter afable, una técnica literaria portentosa, una actitud ética intachable y un compromiso a prueba de bomba con sus semejantes. Volví a entrevistarlo en su tierra, en su casa junto al mar, rodeado de árboles y sombras. Vestía camisa roja y una esperanza de vida de catorce años.

Con ochenta ya en su esqueleto, decía que había publicado demasiados libros, que no publicaría el tercer tomo de sus memorias y que solo aspiraba a crear un buen poema que se recordara para siempre. No había perdido su acento andaluz ni su aire coqueto de dandi del sur. A su edad, decía, los estímulos literarios flaquean.

Pese a todo, vivió el tiempo suficiente para recoger el Premio Cervantes. Había publicado entonces Manual de infractores. Y ya no esperaba escribir mucho más, sobre todo prosa. De hecho, desde la publicación de este libro solo había esbozado “unos borradores de poemas”.

Manual de infractores me devolvió a un poeta intachable y perfecto que, con este libro, iniciaba una nueva fase en su obra que marcaría la madurez y el final de su obra y de su vida, y marcaría un veredicto contra los acosos de convencionalismos y banalidades.

El poeta jerezano nos recordó en estas páginas: “Escrito está en los márgenes/ de libros y botellas: /los necios se asesoran de otros necios contiguos”. Escribió también: “podríamos volver a convencernos de que ya somos justamente/ lo contrario de quienes quisimos haber sido…?”.

O también esta variable: “Busco/ al que pude haber sido,/ al que no fui, a aquel/ a quien yo más quería, / al que nunca he llamado por su nombre”. O esta: “… mientras iniciaba la vida la aventura/ de descubrir el mundo a escondidas del mundo”. O esta otra: “… hasta que supe finalmente/ que todas las verdades/ segregan siempre restos de mentiras”. Para concluir aquí: “Huyo a veces de mí sin darme cuenta,/ huyo de mí a deshora/ y a escondidas,/ y a veces huyo sin saber adónde”.

En febrero de 2012 publiqué la última entrevista que mantuve con él, con motivo de su libro Entreguerras, un poema de casi tres mil versos, sin metro, sin rima y sin puntuación. Era su mejor obra y un libro imprescindible ya en nuestra literatura.

Decía que le costaba escribir mal, porque estaba habituado al esfuerzo y a tropezarse con las palabras y domeñarlas hasta que le sacaba todo el jugo. Tal vez sea su mejor título, sí. En cualquier caso, está escrito con el mismo tesón que sus otros libros. Aquí está ese breve diálogo:

—Me conmueve la perfección de su escritura.

—Bueno, yo siempre digo que no estoy capacitado para escribir mal.

—Un poema fluvial de casi 3.000 versos sin metro, sin rima, sin puntuación. ¿No temió naufragar en el intento?

—Sí. Muchas veces. Pero salí a flote porque también ese poema fluvial forma parte de mi memoria que también es fluvial.

—J. J. Armas Marcelo afirma que es usted el mejor escritor de la España actual.

—Bueno, Armas Marcelo es muy amigo mío.

—En su libro hay algo de testamento, de acabamiento, de punto final, de expurgo, de purificación personal. ¿Ha logrado saldar las deudas con usted mismo?

—No. Nunca se terminan de saldar a no ser que uno termine por acabar con la propia vida. Ese libro tiene mucho de acabamiento porque también mi vida está llegando al final.

—No sé por qué. Pero me da la impresión de que éste no será su último libro, aunque ni usted mismo lo crea.

—Pensar en un libro a largo plazo ya no lo voy a hacer. Pero un poema se presenta de pronto y no voy a rechazar la tentación, claro.

—Dice usted: “Siempre he tratado de ahondar en mi propia memoria en busca de explicaciones”. ¿Es un recurso para buscar o para huir?

—Para buscar, pero generalmente no encuentro nada.

—“Lo que te ofrece la vida hay que aprovecharlo”. Me da la impresión de que en ese sentido está en paz con usted mismo.

—En paz no estoy. Yo estoy en esa tregua que te concede la edad. Estoy en un paréntesis que no sé cuándo se va a cerrar.

—La noche, los bares, la bebida, los amigos, los días de la dictadura. Cuánto cabe en tan pocas palabras.

—Esa experiencia para mí es inolvidable y usábamos la bebida, la noche, la libertad para enfrentarla a la falta de libertades del exterior.

—Advierte en la nota previa del libro: “También yo he aceptado a veces la tentación de copiarme”.

—Sí. Yo, cuando sé que un verso es de alguna forma válido, me gusta volver a usarlo para que la gente se dé cuenta de que no me he equivocado.

—Y más adelante también advierte: “…escribir y no hacerlo son renuncias iguales”.

—Me gusta ese verso porque, claro, no escribir es una renuncia, pero al escribir también renuncias a muchas cosas que no vas a poder decir.

—¿Juan Carlos Onetti es el Cervantes del siglo XX?

—Sí. Lo pienso. Onetti es para mí uno de los grandes escritores del siglo XX en todas las lenguas que yo puedo conocer.

—Dígame, ¿por qué los intelectuales, los escritores, los periodistas, los profesores universitarios no se implican con lo que está cayendo?

—Hay como una tendencia acomodaticia de aceptar las cosas tal como vienen sin comprometerse a intentar corregirlas, y todo eso no puede conducir más que a una mala meta, a una meta desafortunada.

—Las nuevas tecnologías, la precariedad laboral, un futuro incierto. ¿Ayudan o condenan a la literatura?

—En cierto modo, deben de estimularla porque hay que salir al paso de esos desastres que estamos viviendo. Las calamidades del paro, la corrupción, del retroceso hacia la derecha. Con todo eso el escritor tiene, de alguna forma, que salir al paso. No hace falta que lo haga como escritor. Basta con que lo haga como persona, como ciudadano.

—¿En este libro alcanza los momentos culminantes de su poesía?

—Yo creo que sí. Porque en este libro, que tiene algo de testamentario, también está aquí todo lo que yo puedo hacer.

—Y también tiene algo diferente a los demás.

—Sí. He procurado, por lo menos, tener una voz propia, crear un mundo propio, que es lo primero que todo artista debe plantearse.

—La última pregunta se la hace usted mismo: “¿Eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?”.

—Eso es una esperanza, una utopía. Pero yo creo que la utopía es una esperanza sucesivamente aplazada.

Se nos ha muerto un poeta tan grande, que no sabemos ahora dónde hemos de conservar su memoria para que no se nos quede fuera de nosotros ningún pedazo de su vida ni de su obra. Penúltimo testigo de la generación de poetas del 50, desde sus años de estudiante universitario en Sevilla, siempre asumió su compromiso político y estrechó vínculos muy activos con el Partido Comunista.

Pero este compromiso con la vida nunca fue menor que con la literatura. En ocasiones, como ocurre con él, estética y ética siempre fueron compañeras intachables. Era tan grande, que su sombra no se apaga ni cuando el sol se pone en lontananza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: MIGUEL ÁNGEL LEÓN

3 may 2021

  • 3.5.21
Bueno, este sábado me vacunaron. Me fui en taxi a Sevilla, por miedo a sufrir mareos o cualquier otro percance. Me vacunaron nada más llegar al pabellón de Ciencias Económicas y Empresariales, y esperé, como me aconsejaron u ordenaron, sentado en una silla de plástico, por si sufría algún síntoma.


La enfermera, rubia con mechas, guapa, de ojos verdes aceituna, me vio un tanto abatido, perplejo o desorientado, y se ofreció a llevarme a casa. No sé qué vio en mí, porque no sentía ningún mal o incomodidad en lo más hondo de mí.

Vive en Mairena del Aljarafe. Al final, se quedó en casa. No preguntó si se podía quedar, solo se quedó. Es muy profesional. Sus masajes son increíbles: te evaporan de la realidad o de cualquier otra pandemia. Esta mañana hemos desayunado en la terraza. Ahora ha salido. Ha ido por unas mudas, cepillo para los dientes, pan y vino. Que volvería pronto, me ha recordado, con un beso apenas perceptible pero que se pega a la piel como cola de carpintero.

Dice que cocina muy bien. Que ha aprendido viendo la tele. Y que le gusta experimentar en lo que al paladar se refiere. Así creo haber entendido. Dice que está muy a gusto conmigo. Que se quedará unos días o para siempre, según. Ahora no recuerdo con claridad.

Está muy ilusionada. Debe ser verdad, porque le salen estrellitas de los ojos cuando me mira. Yo le digo que soy adicto a las soledades. Me dice que no me preocupe. Me cita a Neruda: estaré como ausente. Hace media que hora que ha salido. No sé si esperarla o vender el apartamento ya. Desde luego, las secuelas de esta vacuna contra la covid son complicadas y diferentes a otras inmunizaciones. A mí esta, desde luego, sí me va a cambiar la vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 abr 2021

  • 26.4.21
Chris Offutt abandonó en su juventud el lugar que lo vio crecer, en Haldeman, Kentucky, una población minera de doscientos habitantes que ya no existe. Se licenció en la Universidad de Morehead, recorrió Estados Unidos en autostop para ver mundo y ganarse la vida, por horas, en más de cincuenta empleos precarios. ¿Por qué? Entre otras razones por esta razón que esboza en el relato titulado “Todo inundado”:


—¿De dónde eres?

—De Kentucky.

—¿De qué parte?

—De la parte de la que se va la gente.

Núria Escur escribe que Offutt es misterioso, que tiene aspecto de leñador, que su literatura está pensada para beber en taza de aluminio y que los diálogos de sus personajes son de western. Vive con su mujer en un espacio de cinco hectáreas y escribe cada día.

Cultiva tomates, zanahorias, cebollas, ajos, patatas, pimientos, calabazas, quimbombó, nabos, rábanos, judías. Y tiene 15 gallinas. Y le gustan los diálogos perfectos de sus personajes. En el relato titulado “Moscow, Idaho”, sus personajes dicen:

—¿Te he contado alguna vez qué es lo mejor de que te enchironen en St. Paul? –preguntó Baker.

—Las vistas.

—Exacto, colega. Tienes el río ahí mismo. Desde mi celda podías pasarte todo el santo día viendo los barcos. Apuesto a que en Kentucky no gozabas de vistas así, ¿a qué no?

Sus personajes son delincuentes o han nacido para delinquir, portan armas, conocen las cárceles y a los carceleros. No tiene arma propia, pero conserva tres que heredó de la familia. El rifle del abuelo, de la Gran Depresión de 1930. La escopeta del padre, que utilizaba para cazar pájaros. Y el revólver del tío, de pequeño calibre.

Eso sí, las pistolas las tiene siempre limpias, descargadas y encerradas. No como los personajes de sus libros. Algún día, las heredarán sus hijos. Una tradición rural. Las armas pasan de generación a generación. Así, justifica el fuego en su país. Dice que Estados Unidos se creó después de la invención de la pólvora y que el uso de armas es parte de la historia de su país. Y ese, precisamente, es su gran problema. Y así lo reconoce.

Sus diálogos son herméticos y secos, cerrados, perfectos, pero eso no impide que el humor quede afuera. En el relato “Melungeons”, Goins, el ayudante del sheriff, levanta este diálogo absurdo con un hombre que abre la puerta de la estancia, sacudiendo la cabeza como un mirlo en una cerca:

—Tengo entendido que aquí trabaja un Goins.

—Ese soy yo. Ephrain Goins.

—Bueno, estoy listo para que me encierre. ¿Qué tendría que hacer?

—Sobre todo, empinar el codo.

—Yo no bebo.

—Pisarle fuerte.

—Ni siquiera tengo coche.

—Robar también valdría.

—No me veo.

Ahora se publica su libro de relatos Lejos del bosque, un libro que, según José María Guelbenzu, no tiene desperdicio. Aparenta ser un libro sencillo, nada complicado, pero debajo o detrás esconde una ingeniería de orfebre. Sus frases son breves, afiladas, como cuchillas, y el asunto que trata está perfectamente medido. Me ha recordado a Carver, a Salinger, a Hemingway, a Tobias Wolf, a Chéjov, a Richard Ford. Parece no querer tirar de la madeja, pero cada frase está medida, es precisa en su contenido, te lleva a la siguiente página.

En el relato titulado “Prácticas de tiro”, arranca así el texto: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde el regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit”.

Guelbenzu escribe que en este párrafo se ha contado una nueva vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada más y nada menos. Y dice: “Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; solo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo físicamente, y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias”. El secreto, concluye Guelbenzu, está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis.

La sensualidad, obviamente, también está presente en su obra. En su relato “Todo inundado”, escribe: “Ella lo cogió de la mano, tiró de él hasta el centro del patio y lo besó. Olió las lilas y la lluvia. La mujer empezó a desabrocharle el cinturón. Al deslizarle las manos bajo el impermeable le sorprendió descubrir que estaba desnuda. Tenía la piel húmeda. La lluvia los azotaba. El viento le alzó el impermeable, ella lo levantó hacia arriba y la prenda salió volando hasta desaparecer en la oscuridad, como si alguien hubiese tirado de una cuerda. Muy despacio, se dejaron caer al suelo. La tierra estaba blanda. Ella lo hizo rodar para ponerlo boca arriba".

De los más de 50 oficios a los que ha tenido que echar mano, prefiere pintar casas, porque hay demanda. De lavaplatos, te focalizas y no tienes que preocuparte de nada más. O trabajar en un pequeño barco. Y, sobre todo, escribir unas cuantas horas al día. O ser guionista de cine, que también lo es. Pero más allá de estas incidencias de la vida, y más que nada, crear diálogos de western para ponerlos en boca de sus personajes. En el último relato reseñado, ella le pregunta a él antes de complicarse el estrechamiento de sus cuerpos en el barro:

—¿Sabes por qué llevo esta alianza? –dijo.

—No.

—Para recordarme que no me acueste con hombres casados.

—Yo no estoy casado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 abr 2021

  • 19.4.21
A veces, una mirada es solo eso: dos ojos que te miran, o que solo miran. Hay también los ojos que observan, como si detrás de sus pupilas apagadas se escondiera un espía que desnuda el alma o un ladrón de bancos que confunde el corazón con una caja acorazada repleta de billetes y de abrazos robados.


Hay otros ojos que ven un atardecer igual que les dan vueltas a los caballitos de feria, sin saber con precisión qué buscan en ese movimiento repetitivo que se desgata en su propio eje. Hay miradas ciegas y otras que aspiran a dibujar un mundo inanimado que no existe. Y están las miradas estáticas, aquellas que no se percatan de que la suerte anda al acecho y apenas se inmutan cuando un rayo les rompe el vértigo.

Hay miradas enigmáticas que anuncian mucho más de cuanto esconden. Está todo en los ojos, el frío y la calidez a la vez, el abismo y el vuelo; parecen impenetrables, pero no lo son; siempre miran adonde el sol se pone cuando el sol no está, y busca la definición en los objetos próximos porque los lejanos no le alcanzan a la vista.

En ocasiones, cuando metes las pestañas en sus pupilas, dejando atrás las pestañas de ella, adentro te sorprende que no haya nada, sino pasillos interminables que se asoman a un abismo sin dirección alguna. Te vuelves afuera y los miras de nuevo y en ellos solo ves los mismos ojos de antes, sin perspectiva, sin horizonte de futuro.

Ahora sabes qué ven: solos alcanzan a distinguir los objetos más próximos, sin clasificación alguna, sin poder adivinar sus funciones o su estética. Siempre andan muy cerca de la felicidad más doméstica, donde el temporal no mueve las sabanas colgadas a secar. En su simplicidad, hay una belleza coqueta y barata, que no se oxida con los años pero que tampoco atrapa para enloquecer o morir por ella.

Hay otras miradas enigmáticas que esconden mucho más de cuanto ofrecen. Miran tan a lo lejos que da miedo el rastro de sus ojos en el horizonte, en un horizonte desbordado de posibilidades y de abstracciones. Más de cerca, cuando te pones cerca de ellos, de frente, sabes que es un duelo perdido, que te llevará a un rincón de la vida con el cuerpo magullado, con adicciones de alcohol y lecturas oscuras y desvariadas.

No se lo dirás a nadie, porque nadie ve una mirada así a menos que le subyugue el vacío, el desconsuelo del alma, los bares con humo y a deshoras, la búsqueda obligada de una felicidad que se enreda en su cuerpo. Incapaz de sobrevivir a la felicidad más contumaz.

Pero cuando te pones delante de esos ojos, ya no es viable el camino atrás. Clavas las pestañas en sus pupilas grises, y ahí te volteas hacia adentro, aunque sabes que no caerás en el centro de su corazón, sino que andarás perdido en un cielo de nubes evanescentes donde el cóndor es feliz en un azul inexistente y la música apenas sutil te lleva convencido a reconocer el paraíso inalcanzable y la sospecha confirmada de que esos ojos en los que te has metido con conciencia y consciencia son ya parte de ti, o tú parte de ellos. Que no es igual. Porque a partir de ahora, no habrá más luz sino esta lava desbordada e incandescente que es su mirada.

Ya no vale descifrar mapas, ni encender lámparas que no alumbran en la luz, ni otear paisajes que tornean los mismos ojos. Hay un precipicio que no sabes dónde ubicar y al que te acercas, no para reconocer ni describir, sino para sucumbir en su caída.

Cuando apartas las pestañas de esas pupilas, ya es tarde para optar por otra vida. Las oportunidades se pintan calvas, claro, porque el paisaje es desértico y los oasis son manjares de tarjetas postales; y donde el sexo desbordado te hacía ver estrellas, ahora te invita a comer arena caliente.

Hay en tanta felicidad consumida la sensación baldía de que, como cantó Borges, el olvido no existe. Y la marcha atrás, tampoco. Así que tendrás que vagar por habitaciones oscuras habitadas por fantasmas cansados y descoloridos, a los que se les desprende la piel como pescados al carbón, quemados por todas aquellas sensaciones salvajes que conducen a una felicidad perfecta y que, ya usada, muestra la fecha de caducidad sin reclamación posible.

Hay en esa mirada enigmática, que esconde mucho más de cuanto proyecta en el horizonte, una oportunidad segunda, un requiebro de ensoñaciones necesarias, una condena perpetua a buscar a esa mujer cuando la noche se cierra en sí misma y ella se acerca a la cama como una pantera llena de fatiga y deseo, y se tiende a tu lado, y te pide que eches fuera el miedo, que el daño ya está hecho, y que ahora, aunque el corazón sea un amasijo de briznas insensibles, ella te dice que se puede reconstruir una vida tirada a los escombros, como has hecho, acaso como hemos hecho algunos o casi todos.

Yo meto mis pestañas en sus pupilas grises y ahí me quedo, porque ahora sé que el mundo está ahí, donde no hay luz y tampoco oscuridad, donde solo percibo la presencia de su mirada y el enigma indescifrable de la felicidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 abr 2021

  • 12.4.21
Hace ya casi cinco años, Antonio López Hidalgo concibió un libro diferente a todos los anteriormente publicados. Se trata de un libro de relatos extensos basados en hechos reales pero alterados estos por algún elemento de ficción. Uno de estos relatos se transformó en una novela breve, La noche, aún inédita.


El volumen fue creciendo en número de relatos y en extensión, pero seguía guardado en el cajón de aquellos proyectos que nunca ven la luz. Una obra escrita entre el periodismo y la literatura, entre la ficción y la no ficción. El volumen incluso tenía título: Vidas encriptadas. Hoy publicamos en exclusiva de este volumen inédito la segunda parte del relato titulado La bala. La primera parte puede leerse en este enlace.

(4)

A veces pienso que Germán dudaba de que yo creyera su extraño relato, su historia real. Un tipo que viaja por el mundo con una bala enquistada en los pulmones, con una bala apuntándole al corazón, un enemigo metido en su cuerpo con el que debe dormir, vivir, hablar tal vez. Y que cuenta su historia con una calma controlada, con una paz interior difícil de entender. Aunque por momentos, me decía, soñaba que la bala se movía, que volvía a ponerse en marcha y que miraba con fijeza al corazón. Entonces despertaba de golpe y le costaba conciliar el sueño el resto de la noche. Aprendió a vivir con pesadillas por las noches y con incertidumbre los días. Sabía que en cualquier instante la bala saldría de su escondrijo y él no estaba preparado para asumir la muerte en mitad de la vida.

Recordé entonces el párrafo que Don Benito Pérez Galdós escribió en Trafalgar, cuando don José María Malespina le dice a su hijo: “Aquéllas sí eran heridas. Ya sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio la vuelta por toda la espalda y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué herida tan singular! Pero a los tres días estaba sano, mandando la artillería en el ataque de Bellergarde”. El personaje galdosiano, pensé, que tanto amaba las mentiras como las verdades exageradas, al menos no tuvo que vivir con la bala enquistada en su cuerpo. No corrió la misma suerte uno de los personajes que Roland Schimmelpfenning describió en su novela Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI. El escritor alemán escribe: “Pensó en su padre, que murió a consecuencia de una herida de guerra, por una esquirla de metralla que no le pudieron sacar.”

Recordé también el libro de Carlos Velázquez El karma de vivir al norte, una crónica autobiográfica, pero al mismo tiempo, y tal vez por esa misma naturaleza de la que emana el texto, es también una crónica de inmersión, porque no podía describir los efectos del narcotráfico en México si no era como puro testimonio, contar que cuando regresaba a casa por la noche corría el peligro de verse atrapado en un fuego cruzado o encontrarse con un cuerpo desmembrado en la acera de enfrente. También su padre vivió, hasta su muerte, con varias esquirlas de bala en el cuerpo. Él lo describe así: “A raíz de su primer paro, cuando la libró, se volvió mormón. Y me sentí traicionado. Mi padre había sido beisbolista, luchador, tahúr, fayuquero, sandillero, melonero, pescador, parrandero y gatillero. Tenía balas dentro del cuerpo, que no le pudieron sacar. Un día fui a visitarlo y había desaparecido la fotografía que pendía de una de las paredes de su casa. Coloreada a mano, en ella aparecía en la barra de una cantina portando una texana junto a mi tío Chepe. Y su conversión despertó una sensación inédita en mí: encono. Me sentía defraudado. Siempre había sido mi ídolo. Recuerdo la tarde en que me regaló su máscara. Se había retirado de la lucha libre. Le admiré todo, incluso que fuera miembro de Alcohólicos Anónimos. Era el único doble A que conozco que no había renunciado al alcohol. No faltaba a ninguna sesión, pero se bajaba de la tribuna para largarse derecho a la cantina.”

Recuerdo ahora, sobre todo, a Gino Paoli. En 2015, Amelia Castilla publicó en El País Semanal una entrevista con el artista. La entradilla arrancaba así: “¿Quién puede presumir de tener una esquirla de bala alojada junto al corazón?”. La frase en sí misma era poderosa para atrapar el interés del lector. Pero no tuvo efecto conmigo. Ya había leído el libro de Carlos Velázquez y Germán me había confesado su historia personal. Así que sí, le creí desde el primer momento. Pero él pensaba que todo lo que me contaba eran fabulaciones propias de la imaginación.

El caso de Gino Paoli era distinto al de Germán. La vida del italiano fue de película. Había mantenido relaciones con Stefania Sandreli y con Ornella Vanoni, una de las grandes de la canción italiana. Para ella compuso Sapore di sale en una playa siciliana, en un momento de inspiración total. Esa canción nos persiguió sin piedad a todos los niños y adolescentes de mi generación hasta la saciedad. También él acabó hasta el gorro de la canción y de la Vanoni. Tanto amor no podía tener un final feliz. Meses después de aquella relación intensiva, el músico decidió suicidarse disparándose a tiro fijo en el corazón. Pero se ve que a quemarropa no era buen tirador. Igual le faltaba distancia para acertar en el blanco. Nunca dio explicaciones sobre la motivación de aquel disparo fallido. La canción que atormentó a toda mi generación durante algo más de una década nació en 1963.

Amelia Castilla escribió en aquella entrevista: “Entonces, todo en la vida de Paoli era provisionalidad, se sentía fuera del mundo. Un momento y una relación de tal intensidad que acabó meses después en un intento de suicidio, disparándose al corazón. Todavía conserva una esquirla de la bala que erró su trayectoria.” No le gusta hablar de ese arrebato sentimental que le devolvió la vida sin haber llegado a perderla. Tal vez, desde entonces, solo intenta olvidar el momento.

(5)

Un día Germán me invitó a comer lomo de vaca en nuestro restaurante preferido. De vez en cuando, nos permitíamos algunos lujos. Ese día pedimos una botella de vino español, muy bueno y muy caro. A mitad de la comida: Sé qué dudas de lo que te cuento. Para nada, le dije, sé que no eres el único que anda por el mundo con una bala dentro de ti. Abrió su mochila y me enseñó la nota médica acreditativa de su intervención quirúrgica:

Sanatorio Británico
09/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

El examen realizado muestra un proyectil metálico, que se proyecta en el tercio superior del tórax, paramediastinal izquierdo. Existe una imagen densa en proyección del ápice pulmonar derecho, que en primera instancia se interpreta como de origen cicatrizal. No se visualizan otras particularidades en los campos pulmonares. Silueta cardiomediastral en límites normales.


Después comenzó a rebuscar de nuevo en la mochila y extrajo otro sobre que contenía esta otra nota:

Sanatorio Británico
16/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

Dejo constancia que el Sr. Regner Germán, DNI 32838640, presenta proyectil en Hematoma izquierdo producto de ASALTO. No presenta impedimentos.


Le dije que nunca dudé de su historia. Y le conté algo de la vida de Gino Paoli, incluido su intento fallido de suicidio. Le dije que, para muchos críticos, Sapore di sale y Senza fine estaban consideradas entre las mejores creaciones italianas de los sesenta. Sentí que no me escuchaba. Hasta que dijo casi meditabundo sin ninguna expresión en su rostro: No erró en el disparo. El único método infalible para poder olvidar a una mujer como Ornella Vanoni, me dijo, es meterte una bala en el cuerpo para que te amenace el corazón al menor descuido. Reímos al unísono. Sin que nadie la escuchara, por mi cabeza se paseaban inmunes las notas de aquella canción de la desgracia.

(6)

Después, de los que dispararon, no se supo nada, como siempre. La policía fue a terapia, me tomó todos los datos. Como se hizo un caso mediático... No sé cómo se enteraron, pero estaban Canal 5, Canal 7, Radio FM, muchos. No se supo más nada. Caras ni nombres. Solo dos en moto. La policía no hizo más nada. Fue el 7 de octubre. Después, como que quedé preocupado y como medio perseguido en contacto con la gente que me iba a pagar: se sacaban una billetera o la pistola. Quedé un poco traumado. A fines de octubre yo ya necesitaba hacer algo. Estaba bien con el brazo, con la fisura del omóplato para que se haga bien. El pulmón estaba bien. La cicatriz del músculo.

Dos meses con el brazo. Me empecé a perseguir con la gente que iba a comprar. Creía que me iban a pegar un tiro o que me iban a robar. No podía trabajar. Dije: Termina el año. A todo esto, me habían abierto el segundo local en el centro. En junio lo abrí. Termino el año trabajando normal y, depende como empiece el año, si dejo o sigo. Dicho y hecho. Empezó el año. Perseguido. No podía trabajar. Hablé con Elvis, que también quería hacer un viaje así. También él estaba enclenque. No sabía para dónde ir. No tenía rumbo laboral. Y como que esta vez se lo quería tomar para reflexionar bien sus ideas. Dijo: Vamos. ¿Y dónde nos vamos? Vamos al Sur. Yo, de Argentina me quiero ir. Vamos al Norte, cruzamos por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica. En junio es temporada alta para los europeos, por los yanquis. Y tomamos este año así. No hacemos diferencia en plata, para conocer. Yo estaba bien en Argentina. Cobraba bien, tenía mi auto. No me iba mal. Agarramos y nos fuimos.

(7)

Germán no había leído el libro del Che Guevara, pero Elvis sí. Ambos habían visto la película Diarios de motocicleta, que logró un Oscar a la mejor canción original en 2005. El tema, Al otro lado del río, era una creación de Jorge Drexler. Walter Salles, para dirigir la película, se basó en las crónicas escritas por Ernesto Che Guevara, Notas de viaje, y de Alberto Granado, Con el Che por Sudamérica. Germán y Elvis pretendían emular la ruta descrita en esos libros, pero al final optaron por viajar al Norte de Chile. El Che quería recorrer 8.000 kilómetros en cuatro meses a lomos de La Poderosa, la motocicleta Norton 500 del año 1939. No obstante, el comandante se equivocó en sus pronósticos iniciales: el viaje duró seis meses y medio y recorrieron 12.425 kilómetros.

El día 42 de la peripecia, un transbordador atraviesa el lago Frías con ellos a bordo hasta Chile. Suman ya 2.306 kilómetros. Aparece la nieve, con su belleza y su letalidad. En Temuco se quedan sin dinero. El día 53, a La Poderosa le puede más la vejez que las ansias del trayecto. El bioquímico y el médico marchan a pie. En Valparaíso les sonríe el destino: reciben noticias y dinero de sus familiares. Les sorprende aquel país donde los camioneros leen a Pablo Neruda. El día 67 pisan Atacama, con 4.960 kilómetros en sus cuerpos. Conocen la vida miserable de los mineros. El día 89, con 6.932 kilómetros, conviven en Cuzco con una población quechua que no habla castellano. Después de 156 días y 10.223 kilómetros conviven en un lazareto en plena Amazonía peruana. El 26 de julio de 1952 se separan en el aeropuerto de Caracas. El Che regresa a Buenos Aires para terminar sus estudios. Alberto encontrará trabajo en Venezuela. Ocho años después se reencontraron en Cuba.

Elvis, leyendo el libro del Che, pensaba ya que aquel itinerario se les hacía inabarcable. Germán escuchaba a Elvis cuando le narraba los episodios que leía en el libro, y ambos recordaban escenas de la película de Walter Salles. Los sueños, a veces, se evaporan antes de echar a andar. Pero, por momentos, la vida misma empuja a salir de la zona de confort, a abrirte a otros caminos que no fueron los programados. Porque la vida, en sí misma, sin moverse del lugar –quién lo diría–, es una aventura inmensa e impredecible.

(8)

Íbamos para Bolivia, pero hicimos el norte de Chile. Ahí fuimos planeando el viaje. Vos tenés que organizar para un guion, dije, pero después terminás haciendo otra cosa. Hicimos Rosario, Salta. De Salta nos cruzamos a Chile. Hicimos Calama, Iquique, Arica, que es el norte, nos cruzamos a Tacna, nos fuimos a Perú, nos fuimos a Chungungo. De ahí cruzamos a la Isla del Sol, Bolivia, Copacabana, tres días, Cuzco, Arequipa, Ica, Máncora, Montañita, Guayaquil, Quito.

Viajábamos a dedo, en autobús. En moto, no, porque no tenemos. Hubiese estado muy bueno. Pero no, caminando. Parábamos en Carpa. Comíamos arroz con atún, que no es mala comida, pero comer siempre es eso. Hotel nunca. En Quito la idea era trabajar un poco. Elvis se volvió porque le salió un laboro en la Argentina. Pero yo quiero seguir.

Nosotros no somos revolucionarios como el Che Guevara, pero nos inspiró lo que hizo él. Elvis echó el libro del Che. Yo lo empecé a leer. Pero como él se fue, se llevó el libro. Nos inspiró bastante, más a él que a mí. Él lo leyó completo.

(9)

El caso de Germán fue muy mediático en la Argentina. Vio al médico que lo intervino en la tele, lo escuchó en la radio, leyó sus declaraciones en la prensa escrita. También leyó, vio y escuchó la versión de la policía. Él dice: “Me quisieron hacer un reportaje también. Pero la policía no me dejó, porque estaba en terapia. Le hicieron el reportaje a mi socio”. Sí, también el socio fue protagonista del asalto a su local. Menos Germán. La única versión que se conserva es la que acaba de leer el lector. La grabación es de mayo o junio de 2016. Antes de perderle la pista para siempre, quedamos un día a comer lomo de vaca en el restaurante Parrilladas Uruguayas. Lo esperé bebiendo una botella de vino español, sentado a la misma mesa donde solíamos encontrarnos. Pero no llegó. Ese día no comí. Solo bebí. Y seguí bebiendo toda la tarde en casa.

Se fue sin despedirse, sin decir nada a nadie. Nadie sabe adónde. Le escribí mails muchas veces, con la convicción inexcusable de que no obtendría respuesta. Aquel día amaneció soleado, pero como cada día, se fue tornando gris y acabó en una lluvia delgada y amable. Alguna vez enciendo la grabadora y escucho su castellano con acento argentino. Y no sé por qué -o lo sé- imagino a miles de vacas felices cruzando inmensas y verdes llanuras uruguayas. Escucho, de nuevo, la historia de un amigo que vive conociendo o adivinando, quizás, cómo será su muerte, sabiendo que un día u otro la bala emprenderá viaje rumbo a su corazón. Al contrario que Gino Paoli, no presume de esa suerte. Tampoco de haber escuchado demasiadas veces aquella canción que te mete, vulnerable, como una crisálida, en las trampas de la incertidumbre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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