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14 oct. 2017

  • 14.10.17
Un don puede ser un regalo, pero también la criptonita que te hace débil. Así siento yo mi sensibilidad. Es mi gran tesoro, la que hace que mi vida sea más plena y luminosa. Mis sentidos siempre despiertos captan miles de estímulos, encuentran la belleza por escondida que esté, me paran en seco y me conectan a la realidad. Explotan el globo de las elucubraciones, ese globo de helio procedente de los errores pasados y de los inciertos futuros.



Me permiten viajar a otros lugares, a otros tiempos, me hacen oler las flores de un cuadro. Mis dedos hablan con el agua de las fuentes y encuentran mapas en pieles ajenas; mis oídos bailan con los cantos vespertinos de los pájaros quietos y las notas musicales de las canciones de Pablo Alborán me vuelven loca y me hacen querer gritar por la ventana para que mi voz llegue al deseado.

Los aromas me hacen viajar en el tiempo y me dan calor en las noches heladas. Me ruborizo solo con pensar en todo lo que me ha enseñado mi lengua y las veces que me ha hecho volar como en uno de esos cuadros de Chagall que tanto me gustan.

Pero mi sensibilidad también es mi talón de Aquiles. Algunas flechas duelen mucho. Me hiere la maldad, la inhumanidad, la deslealtad, la superficialidad, el odio, el machismo, la prepotencia, la injusticia, la cobardía, el parasitismo. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no dejarme engullir por todas esas noticias sensacionalistas que solo muestran el lado oscuro de los humanos, que nos crean una microrrealidad en la que solo hay dolor y maldad.

¿Qué intención hay de fondo? ¿Por qué quieren que vivamos con el miedo a cuestas? El miedo desencadena el odio y, lo que es peor, la desconfianza. No se puede vivir con las puertas cerradas a cal y canto; en los sitios cerrados el aire se vicia y el moho hace acto de aparición. Necesitamos salir de nosotros mismos, interactuar, aspirar oxígeno, sentir que formamos parte de algo más grande.

Si bien mi paraíso está muchas veces en mi soledad, también lo encuentro en la conexión con otras personas. Cuando me encuentro con buena gente, como decimos por mi tierra, las nubes grises se van y la luz del cielo ilumina toda la belleza terrenal. Puedo vivir sin creer en un dios, pero no puedo hacerlo sin creer en el ser humano. Mi sensibilidad, ese gran tesoro por el que doy gracias siempre...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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