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31 may. 2019

  • 31.5.19
Es tierno, cariñoso, valiente, masculino, gamberro, caballero. Sin miedo a amar. Él es el guardián del bosque donde el hada vive, donde a veces se esconde. Solo él sabe cómo abrazarla, cómo cuidarla, cómo conectarla con la paz, con el amor, con la piel. Su voz y sus caricias la duermen en la tempestad.



Él conoce los secretos guardados en el cofre de la memoria, la percibe, la intuye… Le gusta verla feliz, verla contenta; le gusta verla correr y cantar como la niña que nunca abandonó. Sabe cómo jugar con ella: él también tiene un niño en su interior al que le gustan los mimos y las cosas “truchis”.

Ella ha aprendido que de su mano todo va bien; que él es él, el que la vida le tenía reservado para cuidarla y para enseñarle lo que es el amor de verdad, el amor que sale del corazón sin estrategias, y sin truenos.

Le dice cosas que hacen que el hada ría como una chiquilla. Palabritas que la hacen sentir especial, gestos caballerescos que le transmiten que ha venido para quedarse, para recorrer los caminos del bosque juntos.

Ella explora con sus dedos su territorio, busca su cuello, su cabecita, absorbe su olor y se deja arropar por su calorcito. En él encuentra la isla en la que reposar, en la que descansar, en la que sentirse viva. Aunque abandonar el castillo del árbol da vértigo, los vuelos juntos son una maravilla, un regalo dulce que proporciona paz y descanso.

Lancelot ha entrado en el bosque y ha encontrado allí su hogar. Su fuerza no reside en su escudo, ni en su armadura –de la que, por cierto, adolece–. Su fuerza radica en la bondad que lo habita, en su sensibilidad, en su valentía amando. Y lo mejor de todo es que es humano, es de carne hueso y no es perfecto. De hecho, con relativa frecuencia, se vuelve azul y gruñe, pero el hada ya sabe qué tiene que hacer: dejarlo que corra solo un rato.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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