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25 nov. 2012

  • 25.11.12
¡Hay que ver lo que uno aprende cuando deja de lado los prejuicios y lee otras cosas, escucha atentamente o acude a ver medios que no están dentro de los que habitualmente forman parte del círculo personal! Todos deberíamos asumir ese lema del viejo Sócrates en el que afirmaba que sabemos muy poco y nos queda mucho por aprender. Su conocida sentencia, que dice “Solo sé que no sé nada”, deberíamos tenerla enmarcada en nuestra habitación y leerla todas las mañanas antes de salir de casa.

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Y es que uno no deja de sorprenderse cuando entra en territorios que están lejos de los caminos por los que transita cotidianamente. Es lo que me ha sucedido recientemente cuando, una noche y con cierta desgana, cojo el mando y paso de canal en canal, aparcando en Intereconomía, una cadena que, como todo el mundo sabe, es para eruditos y personas con deseos de recibir verdades como puños, sin ninguna manipulación ni contaminación ideológica.

Como digo, me dispuse un rato a recibir un discurso inteligente y bien elaborado por expertos que saben de todo, y que habitualmente realizan una radiografía profunda y ajustada de la actual sociedad española.

En esos momentos me encontré con su programa estrella, El gato al agua, y entre los invitados veo la cara conocida de un “galán” de la España más anacrónica y rancia, que se encontraba allí para presentar la última obra teatral en la que participaba.

Su nombre: Arturo Fernández. Aquí quiero hacer un inciso para que no lo confundamos con el otro Arturo Fernández: el vicepresidente de la patronal, personaje de verbo fácil y florido, como puede comprobarse si casualmente lo escuchamos en las habituales intervenciones en su defensa incondicional de los recortes del Gobierno.

Pues bien, Arturo Fernández, actor, saliéndose del tema para el que había acudido a la tertulia, se puso a hablar de las manifestaciones que se desplegaron por el territorio de este país el 14-N por la convocatoria de la huelga general. Comenzó su brillante intervención diciendo: “No hay que salir a la calle. Y cuando se sale, ¡coño, sal con gente guapa!”.

Cuando lo escucho me quedo un tanto desconcertado, por lo que me pregunto: “¿Qué relación tiene ir a una manifestación con salir con gente guapa o con buena presencia?”. “A una manifestación se va precisamente a eso: a manifestarse; no se va a una pasarela de modelos”, me digo a mí mismo.

Las risotadas de los contertulios no se hicieron esperar. A Arturo Fernández le encantó que su genialidad fuera recibida con tanto entusiasmo, por lo que dio cuerda a su locuacidad, continuando del siguiente modo: “¡Yo en mi vida he visto gente más fea!”.

Me quedo de piedra. Ahora me entero que quienes van a las manifestaciones son gente fea. Nunca se me había ocurrido pensar en algo semejante. Quizás, con tanto grito, tanto pitido, tanta pancarta… no me diera cuenta que cuando acudo a uno de ellas me encuentro dentro de un cortejo con lo más lamentable de esta sociedad.

Como es de suponer, frases que contenían pensamientos tan profundos despertaban la euforia entre quienes le acompañaban en el plató. No es de extrañar que continuara desgranando sentencias a cual más sublime. Siguió, pues, del siguiente modo: “A esos no los veo por la calle; deben de tenerlos en campos de concentración”.

Risas y más risas detrás de la pantalla. Y yo, que estoy solo en el salón de mi casa delante de ella, sigo alucinando. Empiezo a pensar que quizás yo viva en una especie de “burbuja mental”, que no me entero de lo que pasa a mi alrededor, y menos aún de lo horrible que es la gente con la que me encuentro y camino con ella en las manifestaciones, que parece ser sale de “campos de concentración”.

Me empiezo a enojarme conmigo mismo. “¡Mucho diseño, mucha publicidad y mucho diálogo con los alumnos, pero no me entero de lo que verdad acontece en la calle y tengo que enterarme por un canal al que tendré que acudir más veces para ver la realidad sin tapujos!”, me digo, mientras aprieto los puños.

Atónito, sigo con los ojos fijos en la pequeña pantalla que ya empieza a marearme un poco. Nuestro eminente entrevistado, y como colofón a tan profundos axiomas que nos regalaba, acabó con un imperativo categórico: “¡¡Que salga la manada a la calle!!”.

Ni que decir tiene que el plató se convirtió en un verdadero jolgorio, que los eminentes contertulios se partían de risa ante tan magnífica intervención.

Apago el televisor e intento serenarme. ¿Es así la realidad o como yo la veía? ¿Tengo que darme una buena dosis de “gatos al agua” para limpiarme la mente de tanto polvo y óxido como he ido acumulando al cabo de los años?

No me queda más remedio que reflexionar tranquilamente y aclararme en este mar de confusión y dudas. Llego a la conclusión de que esto me pasa por leer tanto a los clásicos, de que no me entero bien de lo que acontece en el mundo de hoy porque no acudo diariamente a canales como Intereconomía, en el que, nada más ponerlo, la verdad resplandece por los cuatro costados.

Una vez tranquilizado, decido acudir al archivo de imágenes publicitarias que tengo con el fin de aclararme, pues, como todos sabemos, en la publicidad aparece gente guapa, pero que muy guapa, con mucho glamour, gente fina, apuesta y adinerada; nada que ver con la sordidez de los que forman las manadas que salen en las manifestaciones.

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Nada más comenzar a repasar, me tropiezo con un anuncio de Loewe con gente verdaderamente guapa, gente feliz y contenta de conocerse. Y para que no quepa la menor duda de que es la que le gusta a Arturo Fernández, en el propio anuncio nos aclara que están en el Palacio Fernán Núñez de Madrid, muy cerca del Paseo del Prado y de la Plaza de Neptuno, lugares a los que suele acudir “la manada” cuando quiere manifestarse para reivindicar un montón de cosas.

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Y es que, si somos sinceros, tenemos que reconocer que quienes van a las manifestaciones son gente grosera, burda, ordinaria, personajes a los que nunca se les permitiría acceder a un club selecto, por ejemplo de hípica, como sí ocurre con estos otros tres, guapos, elegantes y con dinero.

Claro que a estos tres de ningún modo se les ocurriría mezclarse con un gentío que, a buen seguro, hasta huele mal. Porque, vamos a ver, ¿no es verdaderamente lamentable la imagen que dan los parados, los pensionistas, los desahuciados, los dependientes, los estudiantes que no son de familias bien, los inmigrantes… toda esa chusma? Y más aún cuando se juntan entre ellos en esas horribles marchas como son las manifestaciones.

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Ahora lo veo claro: todos deberíamos hacer como esta chica que se mira en la pantalla del televisor y preguntarnos antes de hacer huelga o acudir a una de esas manifestaciones que tanto perjudican la imagen de España: “Espejito, ¿soy lo bastante guapa (o guapo) para no tener que ir a una manifestación y mezclarme con la morralla… perdón, con la manada?”.

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Y es que la gente de orden, la gente con modales exquisitos y con un buen patrimonio, aquí y en paraísos fiscales, no puede permitir que el Estado gaste y derroche su dinero, que puntual y religiosamente aporta a las arcas públicas, con tipos como el que vemos en el anuncio de Twocaps, que, ni más ni menos, es el modelo (en joven) del que asiste a esas manadas y que, en vez de trabajar y esforzarse, siempre están pidiendo que les saquen las castañas del fuego.

Para cerrar, quisiera aconsejarte, amigo lector / amiga lectora, que mires por tu futuro, que no te juntes con gente tan deplorable como la que va a las manifestaciones a perder el tiempo. Lo mejor que puedes hacer antes de acudir a semejantes actos es que te mires detenidamente en el espejo del cuarto de baño y le preguntes: “¿Soy acaso tan feo, o tan fea, que no me queda más remedio que juntarme con la manada y salir a la calle a apoyar espectáculos tan lamentables como los que continuamente dan los que han fracasado en la vida?”.

AURELIANO SÁINZ

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