:::: MENU ::::
Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Negro sobre blanco [Aureliano Sáinz]. Mostrar todas las entradas

29 dic. 2019

  • 29.12.19
En la actualidad están saliendo a la luz facetas de la mujer que han quedado injustamente relegadas a un segundo plano, ocultadas por una realidad y una cultura que infravaloran todo lo que creativamente procede del ámbito femenino. Esta es la razón por la que comienzo una nueva serie dedicada al trabajo de la mujer en el campo de las artes pictóricas. Mujeres cuyos nombres quedaron prácticamente enterrados en el anonimato o, en el mejor de los casos, solo conocidos por un reducido grupo de expertos.



Resulta curioso comprobar que si a alguien se le pregunta por los nombres de algunos pintores, seguro que al menos respondería con algunos de los más conocidos: esos que están en la mente de todos. En cambio, si se le hace la misma pregunta referida a pintoras, la negación sería la respuesta; como mucho, podría aparecer el de la mexicana Frida Kahlo por la singularidad de su vida y de su obra.

Como contribución a este injusto olvido, en esta nueva serie intentaré ser lo más breve posible, pues mi intención es el de dar a conocer algunos nombres de grandes pintoras, aportando datos biográficos básicos y mostrando una escueta selección de sus obras para que se entienda el valor de sus trabajos.

Y comienzo por la italiana Sofonisba Anguissola (1532-1625), dado que, por un lado, en la actualidad hay una exposición antológica de su obra en el Museo del Prado (que comparte con otra italiana como es Lavinia Fontana) y, por otro, el hecho de que estuvo trabajando en España durante un tiempo al servicio de Felipe II.

Teniendo en cuenta que nos trasladamos al siglo XVI, para que una mujer de entonces accediera a un trabajo eminentemente masculino fue necesario que tuviera un padre dispuesto a apoyarla (hago referencia a la figura paterna, pues la oposición del padre a las aspiraciones femeninas se convertía en una auténtica ley en el seno familiar).

Esto nos lo expresa muy bien la escritora Ángeles Caso en su libro Ellas mismas. Autorretratos de pintoras cuando dice:

Contra todo pronóstico: cuando cuatro años atrás su padre las mandó a ella y a su hermana Elena a vivir en casa de Bernardino Campi para aprender el arte de la pintura, fueron muchos los que pusieron el grito en el cielo: ¿dos niñas nobles usando sus manos, manchándoselas y estropeándoselas entre pigmentos y almireces y barnices? Eso son cosas de personas de baja extracción, de humildes artesanos. Y además, esa capacidad sólo la poseen los hombres, nunca las mujeres” (pág. 40).

Pero es que Sofonisba, que había nacido en el año 1532 en la pequeña ciudad de Cremona al norte de Italia, contó con una madre, Bianca Ponzone, y un padre, Anibale Anguissola, que no solo eran dos personas de ideas avanzadas para su época, sino que también eran conscientes del enorme talento de sus dos hijas mayores, especialmente la primera de ellas.



Y el gran talento pictórico de la hija mayor se manifiesta en el lienzo que acabamos de ver, ya que a la edad de solo dieciocho años plasmó una auténtica obra creativa con el título de Bernardino Campi pintando a Sofonisba Anguissola.

La obra no solo es técnicamente impecable para una chica de su edad, sino que de forma similar al que Diego Velázquez realizara cuando se autorretrató en Las Meninas, Sofonisba lo hace como si fuera su maestro el que aparece como autor de su propio retrato. Genial solución, en la que incorpora a quien la guiaba por el campo de la pintura como protagonista de la escena, al tiempo que ella aparece como la persona retratada por el maestro dentro del lienzo.

Esa madurez para la pintura del retrato se consolida con el tiempo, de modo que la obra que he seleccionado como ilustración de este artículo se corresponde con un autorretrato de 1556 y que, en la actualidad, se encuentra en el Museo de Lancut (Polonia).

En el cuadro aparece mirando hacia el espectador, al tiempo que se muestra como autora que realiza una pintura en la que aparecen la Virgen con el niño Jesús. Como veremos a lo largo de esta serie, las temáticas de las pintoras eran bastante más restringidas que las de sus colegas masculinos, ya que las de ellas se circunscribían a retratos de personajes, especialmente femeninos, a temas religiosos o a bodegones con flores.



Un dato que llama la atención en los retratos y los autorretratos de las pintoras de aquellas fechas es que los personajes que los protagonizan aparecen con los rostros serios, sin que se esboce ninguna sonrisa ni se exprese ninguna emoción. Indico este detalle por el cambio producido con el paso del tiempo, dado que en la actualidad, de modo obsesivo, se busca la sonrisa cuando uno va a aparecer fotografiado.

Aquella circunstancia se podía romper si los protagonistas de la obra eran niños. Es lo que sucede con Lucía, Minerva y Europa Anguissola jugando al ajedrez, que Sofonisba realizó en 1555. En la escena, representa a sus tres hermanas pequeñas disfrutando con este juego bajo la mirada atenta de la nodriza. Como dato familiar a tener en cuenta: Sofonisba era la mayor de siete hermanos: seis niñas y un varón.



A finales de 1559, Sofonisba llega a Madrid como dama de compañía de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. La causa de la invitación hacia la pintora italiana proviene de que la joven reina consorte, con solo catorce años, estaba habituada al lujo de los palacios de Fontainebleau, por lo que el monarca piensa en Sofonisba Anguissola como acompañante de la nueva reina.

Sofonisba pasa a ser la retratista de la casa real. No solo lo fue con el monarca, sino también de su joven esposa. Así pues, muestro uno de sus retratos más conocidos, tradicionalmente atribuido a Alonso Sánchez Coello, hasta que, en 1990, los minuciosos trabajos de los especialistas le devolvieron a la pintora italiana la autoría de la obra.

Como podemos ver, a su lado aparece uno de los retratos de Isabel de Valois que realizara su dama de compañía. En plano entero, la joven reina sostiene en su mano derecha una pequeña medalla con el rostro del monarca, como prueba del vínculo que les unía.

Es cierto que, por aquellas fechas, el talento de Sofonisba Anguissola llegó a ser reconocido. Sin embargo, con el paso del tiempo su nombre intencionadamente desaparece. Para que entendamos su marginación, no me resisto a traer un párrafo de Ángeles Caso extraído de la obra anteriormente indicada.

“Su obra no dejó rastro en las colecciones reales. Algún especialista la mencionaría siglos más tarde como una dama de la corte ‘aficionada a la pintura’. Cuando se inauguró el 1819 el Museo del Prado, sus retratos fueron expuestos como lienzos de los pintores de la cámara del rey. Alonso Sánchez Coello y Juan Pantoja de la Cruz: el nombre de Sofonisba Anguissola había sido borrado de la historia del arte”.



Sofonisba murió en 1625, a los noventa y tres años. Solo había abandonado los lienzos a la edad de ochenta años, cuando sus problemas de la vista le habían dejado casi ciega. Magnífica retratista, no tuvo problemas en hacer una imagen se sí misma cuando la vejez mostraba las cicatrices del tiempo y en el que la belleza de la juventud era un lejano recuerdo. Es lo que contemplamos en este sereno autorretrato de los últimos que realizó.

Cuando falleció dejó tras de sí una extensa obra, dispersa por distintos museos. A ella le cupo el honor de abrir el camino a otras mujeres que se adentraron en el campo de la pintura al superar y enfrentarse a tantos prejuicios en una época en la que la mujer estaba destinada exclusivamente a mantener ‘la llama del hogar’. Hoy, Sofonisba Anguissola empieza a ser reconocida como una gran artista que merece aparecer con todo derecho al lado de otros autores de renombre dentro del mundo de las artes.

AURELIANO SÁINZ

22 dic. 2019

  • 22.12.19
Madrid, domingo, uno de diciembre

Nos encontramos en los inicios del mes de diciembre. La mayoría de las ciudades y pueblos ya se está engalanando con las luces y adornos navideños que nos anticipan las fechas que cierran el año, al tiempo que las tiendas de todo tipo se decoran como adelanto de unos días con aromas de infancia, familia, nostalgia, buenos deseos y múltiples promesas.



En ese primer día de diciembre, salgo temprano para ir a la estación de Atocha con el fin de cambiar los billetes de tren de regreso a Córdoba, puesto que Flora, mi mujer, no se encuentra del todo bien. Posiblemente, hubo algo de la cena familiar de la noche anterior que no le sentara en condiciones y hoy paga las consecuencias. Habíamos venido con la intención de pasar unos días con la familia, por lo que las comidas se mostraban como los medios ideales de estos encuentros entre hermanos y amigos.

En esa mañana, la atmósfera de la ciudad aparecía limpia y el cielo transparente, puesto que durante los días anteriores había llovido en abundancia en la ciudad, al igual que en la mayor parte del país. Esto nos animaba a ir al centro y aprovechar ese espléndido día.

Pensamos que era buena idea visitar el Museo del Prado, ya que en la ampliación que proyectó Rafael Moneo había una exposición antológica de dos grandes pintoras italianas de los siglos XVI y XVII: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Una de las razones que nos movía a realizar esta visita es el hecho de que ambos nos encontramos dirigiendo la tesis doctoral a una profesora acerca de la psicología de los pintores que se plasma en los lienzos cuando realizan retratos de sí mismos, es decir, de los autorretratos.

La cola para acceder al Museo del Prado era enorme. No es de extrañar, ya que acudir a este magnífico museo se convierte uno de los grandes atractivos que ofrece Madrid a quienes visitan la ciudad. No obstante, había bastante agilidad, por lo que no tardamos de adquirir los tiques y entrar en la sala en la que se encontraban las obras de estas dos artistas.

Comprendo que para hablar de ambas pintoras se requeriría al menos un par de artículos; sin embargo, quiero hacer una escueta referencia a la primera de ellas, dado que cuando contaba 27 años se estableció en nuestro país en la corte de Felipe II. A Sofonisba Anguissola le debemos un magnífico cuadro sobre el monarca, bastante conocido por las numerosas reproducciones que se han hecho de él por cualquiera de los medios que en la actualidad disponemos.



Puesto que en la misma zona del Museo del Prado había también una exposición antológica de los dibujos de Goya, pasamos a verlos. En la sala había cientos de dibujos y grabados. En ellos, el pintor de Fuendetodos dejaba plasmada la visión que tenía de la sociedad española del siglo XIX, con todas las crueldades, supersticiones y fanatismos que encontraba un artista ilustrado que acabó exiliándose en Burdeos, dado que no soportaba el régimen despótico de Fernando VII.

Una vez fuera, le pregunto a Flora: “¿Te apetece que vayamos a comer a la Gran Vía, al restaurante en el que conocí a aquella camarera de origen rumano y de la que hice un artículo para Azagala?” Me dice que sí, que está de acuerdo con la idea, por lo que nos desplazamos a la plaza de Callao para dar una vuelta por el centro antes de acercarnos a comer.

Aunque aún es temprano, bajamos por la Gran Vía hasta acceder al local de esta conocida cadena de restaurantes de Madrid. Subimos a la primera planta, ya que desde allí se contempla una espléndida vista de esta ancha avenida. En esos momentos había poca gente. Al situarnos cerca de los ventanales, se acercó a nosotros una camarera rubia y de figura frágil.

“Hola, Valerina, ¿te acuerdas de mí?”, le pregunto a modo de saludo. “¡Pues claro que sí! Hace algún tiempo que usted estuvo en el restaurante comiendo y hablamos un poco de filosofía. ¿Verdad?”, me responde sonriendo, al tiempo que sostiene su agenda electrónica en la mano izquierda, presta para anotar lo que pidiéramos.

“¿Recuerdas que te indiqué que publicaría un artículo de lo que comentamos la vez pasada? ¿Sí...? Pues, lo publiqué en diarios digitales de Andalucía con el título de ‘El taxista y la camarera que leía filosofía’”. “¡No me diga! ¿De verdad?”, exclama algo turbada, al tiempo que en su rostro se dibuja la sorpresa al sentir que ella es la protagonista de un artículo del que me dice que en casa lo leerá por Internet.

Una vez que Valerina toma nota, nos sentamos a comer. Mientras nos llegan los platos, observamos el ajetreo de los vehículos y de la gente que camina por la Gran Vía. Flora ha pedido algo ligero para no tener problemas. Charlamos tranquilamente. Cuando terminamos, abonamos la cuenta y nos despedimos de Valerina hasta la próxima ocasión.



Madrid, lunes, dos de diciembre

Amanece despejado el día, pero con un enorme frío. Tras desayunar en un bar de la plaza de Legazpi, en el que sirven unos exquisitos churros, me dirijo al supermercado de una conocida cadena para hacer algunas compras.

Al acercarme, veo sentado, sobre un pequeño taburete y en un rincón de la entrada, a Robert, un muchacho de raza negra proveniente de Nigeria. Su nombre lo conozco porque el viernes anterior estuve charlando un rato con él. Puesto que sabía poco español, ya que solo llevaba tres meses en España, la mayor parte de las preguntas se las hice en inglés, al ser el idioma oficial, aunque existan cerca de ochenta lenguas nativas en este país.

“Buenos días, Robert”, le saludo, “¿no puedes estar ahí dentro?”, le indico señalándole la entrada en la que se encuentran los carritos, zona que está antes de traspasar la puerta que da al supermercado. Con la cabeza me indica que no.

Me parece poco humano que un muchacho que no está pidiendo, simplemente sentado, con el fuerte frío que hace no pueda traspasar el cristal y quedar en un rincón que no molesta, cobijándose un poco.

Una vez que estoy dentro, saludo y le pregunto a la primera cajera: “Buenos días. ¿Podrías decirme quién es el responsable del supermercado, dado que quería hacerle una pregunta?” Me aclara que la responsable se encuentra en la oficina, pero que se la podría realizar a ella.

En la chapa que porta he leído su nombre. “Laura, ¿es posible que ese chico que está fuera pudiera pasar el cristal y protegerse del frío que hace?” Me indica que no es posible, ya que, a pesar de que comparte conmigo lo que le he dicho, la norma de la cadena de esos supermercados no lo permite.

“Aunque sé que nos es responsabilidad tuya, yo me pregunto, ¿tienen sentido todos estos adornos navideños que cuelgan del techo junto con los villancicos que están sonando? ¿No resulta contradictorio? Además, ¿cómo es posible que hace unos días estuvieran los voluntarios de Banco de Alimentos en el interior de los centros de la cadena y este muchacho, que pudiera ser receptor de esos alimentos, no se le permita protegerse un poco?”

Personalmente me da la razón de lo que le digo. Me dice que lo comparte, pero que lo que ella puede hacer es hablar con la jefa del centro y comunicarle lo que le he indicado, a ver finalmente qué le dice.

Con la esperanza de que lo haga, cojo una cesta con ruedas y entro en el supermercado. Dado que no es mucho lo que tenía que comprar, pronto me sitúo en una de las colas para pagar. Veo que la cajera está hablando con la responsable que le niega meneando la cabeza.

Soy ya consciente de que a Robert no le van a permitir que traspase el cristal del exterior. A la hora de pagar, Laura me dice que lo lamenta, que lo ha consultado, pero que no es posible. Por mi parte, le doy las gracias por haberlo intentado.

Cuando salgo me paro al lado de Robert. Le digo que lo siento, pero que no le permiten entrar en el hall junto a los carritos para protegerse del frío, al tiempo que le entrego una caja de tortas ‘Inés Rosales’ que he comprado para él. Me da las gracias, con una tímida sonrisa. Me despido dándole la mano y le deseo que tenga suerte en este país llamado España, al que ha llegado atravesando todas las penurias inimaginables para, finalmente, arribar a la puerta de un supermercado a pasar un frío que nunca había conocido en su cálida tierra.

Empiezo a alejarme del supermercado. Me subo la cremallera de la cazadora al notar el intenso frío de la calle. Elevo la mirada hacia el cielo límpido de aquella mañana. En mi cabeza aún resuenan las notas de los villancicos que, con voces infantiles, escuché dentro del establecimiento. En ellos nos hablaban de paz y de amor…

AURELIANO SÁINZ

15 dic. 2019

  • 15.12.19
Recientemente, la asociación ‘Derecho a Morir Dignamente’ me encargó el cartel que anunciaría la mesa redonda en la que con el título de Muerte Digna se celebrará en Córdoba mañana, 16 de diciembre. En ella participan, entre otros, el profesor de Historia Gabriel Sánchez Bellón y el médico de familia Félix Igea. Puesto que también la convocan el Colectivo Prometeo y Europa Laica, de las que soy miembro, me ofrecí de manera desinteresada a realizar la publicidad del evento.



Puesto que siempre intento que la imagen del cartel que anuncia el acto sea lo suficientemente significativa, en esta ocasión elegí la imagen de Sócrates que aparece como tema central del lienzo realizado por el pintor del neoclasicismo francés Jacques-Louis David. Recordemos que Sócrates fue condenado a morir por un tribunal ateniense en base a que no reconocía a los dioses de la Grecia clásica, y que con ello corrompía a la juventud. Finalmente, el filósofo griego prefirió tomar la copa de cicuta antes que eludir la condena.

Sobre la eutanasia o muerte digna, creo que es un tema pendiente de debate en nuestro país, especialmente, tras la muerte de María José Carrasco que padecía esclerosis múltiple, y que tras 30 años de lucha fue ayudada por su marido Ángel Hernández a morir, dado que comprobaban que la aprobación de una ley que regulara la eutanasia tardaría en llegar.

El propio Ángel Hernández nos decía: “Fueron treinta años los que María José pasó atada a la enfermedad de la esclerosis múltiple. Yo me dediqué desde el primer día a cuidarla, ofreciendo mi apoyo para que su día a día le fuera lo más parecido a una vida normal”.

Hay que sentir mucho amor por una persona para dedicar toda una vida entera, nada menos que treinta años, a asistirla, a cuidarla, a escucharla, a acompañarla en el dolor, sabiendo que su enfermedad no tenía cura. Y también estar a su lado en la situación tan dura de acabar con ese continuo sufrimiento a pesar de que las leyes actuales te penalizarían por el acto.

Tengo que apuntar que ya son varios los países que han legalizado la eutanasia. En la actualidad, lo está en Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Colombia, al tiempo que en Suiza, Alemania, Japón, Canadá y Estados Unidos (en los estados de Oregón, Colorado, Washington D. C., Montana, Vermont y California) el suicidio médicamente asistido está reconocido. (Aunque la expresión ‘suicidio asistido’ suene muy fuerte, se diferencia de la eutanasia en que es el enfermo el que se toma el medicamento que se le ha prescrito.)

Con respecto a nuestro país, el último sondeo que realizó el CIS sobre de la opinión de los españoles acerca de la aprobación de una ley que regulase el derecho de las personas a morir dignamente se produjo en 2011. Por aquellas fechas el 77,5 por ciento se mostraba de modo favorable, al tiempo que solo el 9,8 por ciento respondió en contra.

En la actualidad, los datos proporcionados por la asociación Derecho a Morir Dignamente sitúan en el 87 por ciento de la población la que cree que un enfermo incurable tiene derecho a que los médicos le proporcionen algún producto para poner fin a su vida sin dolor. Dentro de ese porcentaje, se encuentra el 59 por ciento que se consideran católicos y que respaldan la legalización de la eutanasia.

Es de suponer que, tras conocerse el caso de María José Carrasco y de su marido Ángel Hernández, haya aumentado el número de españoles que se muestra favorable a regular la muerte digna, alcanzando un porcentaje abrumadoramente alto.

El primer aldabonazo de este tema (tan duro, pero tan humano) en la conciencia social, se produjo con el caso de Ramón Sampedro, el tetrapléjico gallego cuya historia se describe en un apasionado libro de carácter autobiográfico que tituló Cartas desde el infierno.

En el mismo nos decía que había nació el 5 de enero de 1943 en una pequeña aldea de la provincia de La Coruña. Cuando cumplió los 22 años se embarcó en un mercante noruego en el que trabajó como mecánico, recorriendo cuarenta y nueve puertos de todo el mundo. Esta experiencia, según nos contaba Sampedro, formó parte de sus mejores recuerdos. Sin embargo, esos gratos recuerdos se truncaron el 23 de agosto de 1968 cuando cayó al agua del mar desde una roca. Se dio la terrible circunstancia de que la marea había bajado, por lo que el choque de la cabeza contra la arena le produjo la fractura de la séptima vértebra cervical.

De modo similar a lo que posteriormente le ocurriría a María José Carrasco, Ramón Sampedro vivió su tetraplejía durante treinta años soñando con la libertad a través de la muerte. Su demanda jurídica llegó hasta el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo sin que llegase a prosperar. De manera constante, en los medios de comunicación reivindicaba su derecho a una muerte digna. Finalmente, en enero de 1998, en secreto y asistido por una mano amiga, consiguió su propósito.

Recordemos que el caso de Ramón Sampedro fue llevado a la pantalla en la película Mar adentro de Alejandro Amenábar con la excelente interpretación de Javier Bardem. Allí veíamos a un hombre razonable, tranquilo, paciente, cargado de ternura, pero con una firmeza incontestable sobre el derecho de todos los seres humanos a decidir en último término sobre sus propias vidas. Y, lógicamente, era inflexible en este punto que le afectaba directamente.

Los casos de Ramón Sampedro y el de María José Carrasco, veinte años después, han sido los que mayor difusión han tenido en nuestro país; sin embargo, el derecho a una muerte digna es algo que recorre la historia de la humanidad desde la antigua Grecia hasta nuestros días.

Ha llegado, pues, el momento de afrontar el debate de su legalización, y nada mejor que acudir a las palabras de Isabel Alonso Dávila, presidenta de la asociación Derecho a Morir Dignamente de Cataluña, cuando nos dice: “Será una situación como pasó con el aborto, con el divorcio o con el matrimonio homosexual… Son leyes que establecerán nuevos derechos y que todos los países avanzados los vamos a tener. Lo único que nos preocupa es que la tardanza de esta ley conduce a que haya más personas que están padeciendo situaciones que no querrían sufrir”.

AURELIANO SÁINZ

8 dic. 2019

  • 8.12.19
Aún suenan los ecos de aquella campaña que una asociación integrista ultracatólica llamada HazteOir llevó, durante unos meses del año 2017, en algunas ciudades españolas, comenzando por Madrid. Se trataba de recorrer las calles de esas grandes ciudades con un autobús naranja en el que aparecían representadas las figuras esquemáticas de un niño y una niña con el siguiente mensaje: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen. // Si naces hombre, eres hombre. Si eres mujer, seguirás siéndolo”.



La campaña finalmente tuvo que ser retirada ante las denuncias presentadas, puesto que incitaba al rechazo y a la discriminación de niños y niñas transexuales, ya que, en última instancia, era hacia los menores a quienes estaba dirigido el mensaje. En ella, se usaban figuras infantiles de ambos sexos, al tiempo que se hacían afirmaciones que eran obvias para los adultos, seguidas por un consejo para los más pequeños: “Que no te engañen” (expresión acompañada de otras aseveraciones que, desde la actual psicología de la identidad, no son ciertas).

Era, abiertamente, una campaña contra los niños y niñas que no se sienten identificados con el sexo con el que han nacido, ya que su identidad, que es algo de tipo mental y emocional, la encuentran en el otro género. Vista desde la actualidad, podemos considerarla como una anticipación de las campañas de odio que hoy se promueven contra quienes son diferentes o no se encuentran dentro de la mayoría.

A pesar de la decisión tan difícil y de las enormes dificultades que tienen que atravesar sus protagonistas, junto a sus padres sin son menores, siempre hay motivos de esperanza para niños y niñas ‘trans’ (que es la forma abreviada con la que llamamos a las personas transexuales).

¿Y a cuento de qué traigo en esta ocasión este tema que parece que no está en la agenda de las informaciones más relevantes de los medios de comunicación? La razón es muy sencilla: porque hace unos pocos días (el 4 de diciembre) y en la Asamblea de Extremadura participó una chica, Elsa Ramos, de tan solo ocho años, cuya breve pero intensa intervención acabó emocionando a todos los que se encontraban en el hemiciclo.

“Soy una chica transexual y durante los últimos cuatro años he vivido un camino muy importante: el de mi felicidad”, dijo la pequeña con una claridad y tranquilidad que sorprendía.

Ya sabían los presentes que Elsa había nacido biológicamente como niño en un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz: Arroyo de San Serván, lugar en el que, según sus propias palabras, “se siente segura, querida y respetada", ya que sus padres tuvieron la inteligente idea de comunicarlo al centro en el que Elsa estudia, así como a los vecinos del municipio, de quienes han recibido el respeto y el cariño que la niña necesita.

Hemos de tener en cuenta que entre los nuevos aprendizajes que Elsa tenía que llevar adelante se encontraba el hablar como sujeto masculino, por lo que no solo fue una adecuación biológica hacia el género femenino, sino que también tuvo que hacerlo con el lenguaje.

No me resisto a traer sus palabras finales, pues son un auténtico manifiesto por la tolerancia y la diversidad: “De todo lo que tengo que decir hoy, lo más importante es esto: señoras y señores que se dedican a la política, sigan, pese a las amenazas, haciendo leyes que reconozcan que las personas somos diversas. Por encima de todo, las personas transexuales tenemos el derecho a ser quienes somos. No permitan que nadie nos arrebate la felicidad”.

Lógicamente, es de suponer que lo que leía provenía de la ayuda de sus padres. Mejor aún, ya que sus progenitores tuvieron la fuerza, la inteligencia y el amor que necesitan los más pequeños para transitar por un camino tan difícil como es el que les espera a los niños y niñas ‘trans’.

La breve intervención se cerró con el caluroso aplauso de todos los presentes. Fue el reconocimiento del coraje que ha tenido Elsa en este camino en su derecho a la felicidad. También el de sus padres, puesto que asumieron la difícil tarea de respetar su deseo de cambio de sexo cuando aún, biológicamente, era un niño de cuatro años.



Puede parecer que lo expuesto anteriormente es un hecho raro o exótico. Sin embargo, el caso de Elsa no es tan excepcional como parece. Esto lo podemos manifestar quienes estamos en el campo educativo, ya que, en mi caso, he tenido no hace mucho un alumno ‘trans’ que estaba perfectamente integrado en la clase.

También, puedo manifestar que en mis trabajos de investigación sobre el dibujo de la familia me he encontrado con dibujos de escolares de Educación Primaria en los que se muestran familias dentro de las cuales alguno de sus miembros había decidido cambiar de sexo, ya que no se identificaba con el que biológicamente había nacido.

Como ejemplo, presento el trabajo gráfico de un niño de 8 años, que ya lo mostrado en otra ocasión, pero que no tengo problemas en volver a comentarlo, puesto que con su autor, a diferencia de otros, tuve una pequeña charla, lo que me proporcionó la información necesaria para comprenderlo.

Al observar el dibujo en la clase entendí que me encontraba en un caso especial. Así, cuando el pequeño lo acabó me puse a hablar con él para que me explicara lo que había representado.

Previamente, quisiera apuntar que, en estos trabajos del dibujo libre, a los escolares les indico que una vez finalizados enumeren por orden de aparición a los miembros de la familia, dado que tiene bastante importancia saberlo a la hora de su interpretación.

En este caso que comento, un aspecto llamativo de esta escena es que los tres primeros números corresponden a sus mascotas, lo que es indicio de la importancia que tienen para el pequeño autor. Al pasar a la figura que tiene el número 4, me dijo que era su hermano mayor. Me quedé un tanto sorprendido, puesto que yo veía trazada una figura femenina. Después aparecía él mismo, seguido de su hermano pequeño. Cerraban el grupo su madre y su padre, con los números 7 y 8, encontrándose ambos algo alejados.

Cuando terminó de comentarme lo que había realizado, le pregunté: “¿Pero el número 4 que has dibujado es una chica?”. La respuesta no se hizo esperar: “No. Es que mi hermano se ha hecho transexual y ahora viste como una mujer”.

La sencilla e ingenua respuesta dada por el niño me aclaró las dudas que me surgían al ver la escena. No le quise preguntar más, pues personalmente entendí que al haber dibujado a su hermana (hecho que todavía el niño no la tenía interiorizado, ya que seguía llamándole hermano) era resultado y manifestación indirecta de que sus padres habían aceptado la nueva situación y, consecuentemente, respaldado la decisión de su hijo mayor de cambiar de sexo.

Este caso que comento se diferencia del anterior en que la decisión fue tomada con más edad. De todos modos, dentro de este duro y difícil proceso, es fundamental recibir el apoyo del padre y de la madre, puesto que supone una ayuda de vital importancia para la transformación tan grande que se produce en la persona que desea el cambio de sexo. También es relevante la comprensión y aceptación por parte de quienes le rodean, sean amigos, compañeros, profesores… para que “el camino hacia la felicidad”, tal como decía la pequeña Elsa, llegue a ser algo real.

AURELIANO SÁINZ

1 dic. 2019

  • 1.12.19
Vivimos en un mundo enormemente acelerado. El ritmo vertiginoso en el que nos encontramos parece que acaba enterrando no solo los hábitos que teníamos un tiempo atrás, sino que se lleva para siempre costumbres que habían formado parte de las vidas de muchas generaciones. Así, en las dos últimas décadas, Internet y los móviles han irrumpido de una manera tan fuerte que parece que hubieran estado siempre presentes con nosotros. Forman ya parte de nuestras vidas, sin los cuales nos sería muy difícil imaginarlas.

PULSE SOBRE LA IMAGEN PARA AMPLIAR
PULSE SOBRE LA IMAGEN PARA AMPLIAR

Como no soy nada ‘apocalíptico’, es decir, no estoy en contra de los avances que la ciencia y la tecnología nos proporcionan, reconozco los beneficios que han generado en distintos ámbitos: el trabajo, la información, la comunicación interpersonal, el ocio, etc. Sin embargo, hemos de reconocer que también han producido problemas, caso de la adicción al uso permanente de los móviles, que, como nuevos daños colaterales, no conocíamos con anterioridad.

Estas reflexiones las he realizado a partir de la observación de la obra Juegos de niños de Pieter Bruegel, uno de grandes los pintores del Renacimiento en los Países Bajos, debido a que en este singular cuadro se nos muestra una amplia gama de juegos colectivos y al aire libre que muchos de los lectores y lectoras conocemos puesto que formaron parte de nuestra infancia.

Cierto que para recordarlos nos tenemos que remontar varias décadas atrás, puesto que en la mayoría de los casos han desaparecido para siempre. De todos modos, quienes disfrutamos de esos juegos al aire libre, fuera en las calles, las plazas, el campo, etc., nos son totalmente inolvidables, ya que no necesitábamos nada de dinero, puesto que por aquellos años teníamos los bolsillos vacíos o con escasas monedas, para pasarnos horas y horas jugando a placer.

Y, ciertamente, es una lástima, dado que esos entretenimientos han convivido con la infancia y la adolescencia durante siglos. Como buen ejemplo de lo que indico es la escena que aparece en ese cuadro de Bruegel del año 1560, hace nada menos que casi quinientos años, siendo indicio de que niños y niñas de aquella época se divertían con multitud de pasatiempos que se transmitían de generación en generación y que llegaron hasta nosotros.

Pero antes de describir algunas de las diversiones infantiles que aparecen el cuadro, quisiera apuntar que a Pieter Bruegel (1526-1569) también se le conoce como Pieter Brueghel el Viejo, siendo en Flandes (por entonces perteneciente a los Países Bajos) el gran continuador de la obra de su compatriota El Bosco.

Sobre este pintor, tengo que apuntar que cuando visito el Museo del Prado acudo casi siempre a ver su magnífica obra El triunfo de la muerte, que más adelante retomaré para comentar la visión que por entonces se tenía del fin de la vida humana. De igual modo, otro de sus trabajos que siempre me ha apasionado es La construcción de la Torre de Babel, que se encuentra expuesto en el Museo de Historia del Arte de Viena.

Volviendo al cuadro Juegos de niños, quisiera apuntar que lo más sorprendente de este trabajo es que Bruegel plasma nada menos que ¡86 juegos distintos! Es decir, todo un estudio del mundo lúdico de los niños del siglo XVI en los Países Bajos.



Quién esté leyendo esto, y su infancia se remonte bastantes décadas atrás, es posible que haya jugado formando parte de un grupo que saltaba sobre otros compañeros que, agachados y formando una fila espaciada, se mantenían en esa posición hasta que hubieren pasado todos, por lo que ahora les tocaba a su vez saltar sobre los que inicialmente habían pasado y tenían que inclinarse a su vez.

Que yo recuerde, el primero que saltaba sobre el agachado decía: “A la una salta la mula…”, siguiendo con el siguiente: “A las dos salta el reloj…” y de este modo se continuaba.

De todos modos, me imagino que los nombres que este juego tan conocido recibiría diversas denominaciones, según los lugares en los que se hicieran. Así, tengo recogido que en España recibía el nombre de “Pídola” o “El salto del cordero”, esta última como traducción francesa de “Saut mouton”, que se empleaba en el país galo.



¿Quién de los mayores (y quizás también algunos jóvenes) no ha jugado con los aros metálicos conduciéndolos con toda la habilidad posible con un pequeño hierro curvado para guiarlo por donde se le quería llevar a modo de vehículo rodante de una sola rueda?

Somos muchos los que podemos recordar que había quien tenía un aro de hierro perfecto, con la curvatura bien modulada y el perfil bien pulido, por lo que acababa siendo la admiración de quienes no teníamos uno propio.

Siglos y siglos con los niños y niñas disfrutando con las ruedas, tanto que estoy por afirmar que este ha sido uno de los juegos ancestrales infantiles, puesto que una rueda se podía construir de diferentes materiales.

De todos modos, no me resisto a extraer un par de párrafos de Rose-Marie y Rainer Hagen, autores del libro biográfico dedicado a Pieter Bruegel y de quienes he obtenido los datos para que comprendamos el significado de la infancia por aquellos años.

“Hasta ese momento, la infancia no había sido tema de particular relieve en la historia de la pintura occidental, ni tampoco en la historia del pensamiento. La infancia no se consideraba una fase de la vida con necesidades propias, sino tan solo como estado previo a la edad adulta”.

“Se trataba a los niños como adultos pequeños, por lo que su vestimenta en el cuadro de Bruegel es indicio de ello: los vestidos, mandiles y cofias de las niñas se asemejan a los de sus madres; los pantalones, jubones y túnicas de los niños lucían idéntico aspecto a los de sus padres”.



Observando detenidamente el cuadro, podemos comprobar que había juegos de la calle en los que tanto los niños como las niñas participaban colectivamente sin que hubiera ningún problema. Uno de ellos es el que muestro como plano detalle: se trata de ‘la gallinita ciega’, juego tan popular que ha traspasado países, épocas y edades, puesto que también ha sido un pasatiempo de adultos, tal como nos lo muestra Goya en su conocida obra que lleva precisamente el mismo título de La gallinita ciega.

En este lienzo del inmortal pintor aragonés aparecen cuatro parejas de personajes masculinos y femeninos que cogidos de la mano forman un círculo, al tiempo que otro participante, ubicado en el centro del corro, y cuyos ojos están tapados, intenta tocar con una cuchara larga de palo a algunos de los que le rodean, al tiempo estos lo evitan agachándose.

Y es que los juguetes como instrumentos específicos de diversión no tienen una historia excesivamente lejana. Esto lo confirman los dos historiadores del arte que he citado cuando nos dicen que: “Por entonces casi no existían juguetes. La mayoría de los niños jugaban sin juguetes, utilizando vejigas de cerdo, huesecillos, hilachas, cinchos de barril, o sea, cosas que de cualquier manera estaban disponibles (…) Hemos de tener en cuenta que los juguetes, creados únicamente con este fin, no eran muy comunes en el siglo XVI”.



Como detalle indicaré que en el cuadro de Pieter Bruegel aparecen pintados nada menos que 250 niños que juegan entre ellos. No es de extrañar que, tal como he indicado, este cuadro realizado en óleo sobre madera sea un verdadero tratado de los juegos infantiles del siglo XVI, desde los más inocentes hasta los que comportaban cierto nivel de riesgo o de broma pesada.

Es, por ejemplo, el que muestro en este detalle seleccionado del cuadro, el mismo que en la obra de Rose-Marie y Rainer Hagen llaman “masculillo” (‘tape-cul’ en francés), que a fin de cuentas era cogerle a uno por los brazos y las piernas y culearlo contra una esquina o contra un alargado madero, tal como aparece en el cuadro del pintor flamenco.

En nuestros días, este tipo de juego se asemeja a las novatadas que aún se practica en algunos centros de enseñanza cuando se reciben a los estudiantes de primer curso. Pero las novatadas están ahora claramente rechazadas porque, a fin de cuentas, es una diversión que se realiza ridiculizando y humillando a quienes las sufren; aunque, décadas o siglos atrás, no se tenía una clara consideración sobre el significado de este tipo de entretenimientos.

AURELIANO SÁINZ

24 nov. 2019

  • 24.11.19
Nos encontramos todavía a cierta distancia del 22 de diciembre, fecha muy popular en nuestro país dado que en ella se celebra el afamado ‘Gordo de Navidad’. Pero eso no importa, porque la publicidad de Lotería de Navidad (también llegará, cómo no, la de Campofrío) se planifica con suficiente antelación para que sea todo un éxito. Esto es lo que se ha venido haciendo desde los años en los que aparecía ‘el Calvo’, que se mantuvo hasta el 2005, y que nos anunciaba la llegada de tan magno evento, muy inserto en la tradición de las familias españolas.



En esta ocasión, bajo el lema de “El sorteo que nos une”, Loterías y Apuestas del Estado ha lanzado cuatro anuncios, o spots publicitarios, que encargó a la agencia Contrapunto BBDO para esta Navidad 2019. Por su lado, Jesús Huerta Almendro, presidente de Loterías y Apuestas del Estado, en la presentación de la campaña, entre otras cosas, comentó: “Con ellos queríamos pisar el suelo y que cada uno se viera reflejado en esas historias con lo que nos pasa por la calle".

No tengo yo muy claro de que “eso es lo que nos pasa en la calle”, pues cuando salgo fuera de casa, aparte de caminantes, digamos, normales, también encuentro gente sin techo que se cobija con alguna manta y cartones en los suelos en las entradas de algunos bancos, a jóvenes de tez muy negra que, procedentes del África subsahariana y apostados en los semáforos, ofrecen pañuelos de papel o ambientadores, a hombres mayores que sentados en la entrada de los ‘mercadonas’ extienden sus manos con un pequeño canastillo para recibir algunas monedas…

En la calle, o en la vida cotidiana, suceden muchas más cosas de lo que se nos narra en esos cuatro cuentos navideños; por cierto, construidos muy en la línea emotiva de los relatos del escritor Charles Dickens. Aparte de que la agencia publicitaria Contrapunto BBDO los ha realizado no con la intención de entretener y moralizar, sino con la de persuadirnos o seducirnos a los receptores y lograr la máxima venta de décimos de la Lotería de Navidad.

Esto no lo debemos nunca olvidar cuando vemos anuncios de marcas o productos comerciales, ya que también se utilizan los sentimientos en las campañas publicitarias para potenciar la venta de aquello que se promociona.

Sé que más de uno que haya visto por televisión o por Internet cualquiera de esos spots y se haya emocionado con ellos ahora pensará: “Ya está aquí este aguafiestas a ponerle pegas a unos anuncios en los que, en vez de insistir en el consumismo y potenciar el individualismo, se plantea el amor como fondo de unas pequeñas historias cotidianas que pueden ser reales”.

Lo siento, pero es que, al trabajar tanto con los mensajes publicitarios en el ámbito educativo, lógicamente, uno ya se conoce todo el entramado emocional de cómo se construyen para que penetren fácilmente en quienes los contemplan. Y nada mejor que acudir a ciertos sentimientos, muy propios de estas fechas, para que se ablanden los corazones con algunas escenas familiares.

No cuestiono que esos cuatro spots estén técnicamente bien realizados y que se busque la cotidianeidad para promocionar la archiconocida Lotería de Navidad en la que yo también participo comprando algunos décimos (y además compartiéndola con familiares y amigos). La cuestión es que se mueve en terrenos fáciles, en historias de las que ‘llegan a todos’, no molestando a nadie, buscando ‘ablandar los corazones’ de los espectadores.

Pero es que esta premeditada campaña que se anuncia a bombo y platillo antes de que vea la luz pública, es decir, haciendo publicidad de la publicidad, transita por los caminos más convencionales, poco imaginativos y nada comprometidos con la dura realidad, para no incomodar lo más absoluto, al tiempo que entra en un campo rayano en la sensiblería.

Así, para que esas historias se interpreten como muy cercanas a la gente, cada una de ellas lleva un título, acompañado de los supuestos nombres de los protagonistas. El primero de ellos, titulado “Parte de la familia”, lo protagonizan Pilar que es exnuera de Félix; le sigue “Más que un número”, con Emilio y su hija Gloria; el tercero, con Ramón, el padre de familia, y José, el novio de la hija; se cierra con “Un soplo de esperanza”, en el que aparecen Víctor, el celador de un hospital, y Carmen, que se encuentra muy enferma. Pero antes de continuar veamos la primera de las historias, la que protagonizan Félix y Pilar, para que podamos valorarla.



Hemos podido comprobar que la historia se basa en que Félix y Pilar, exsuegro y exnuera, acaban abrazándose cuando el primero acude con un décimo a casa de Pilar como muestra de que la relación entre ellos continúa, a pesar de que ella y su hijo hayan roto sus relaciones.

La segunda historia, “Más que un número”, tiene el siguiente argumento: Emilio acude como recién jubilado al lugar en el que ha trabajado durante cuarenta años. Su hija, la nueva gerente, le da la sorpresa al indicarle que ha elegido para compartir el número que coincide con la fecha en la que se inauguró la empresa (haciendo cálculos, y partiendo de que estamos en 2019, sería el 01979; lo digo por si cae ‘el Gordo’ en este número).



La tercera es la de Ramón y José, de un humor tan convencional que solo convence a los muy mayores. En ella se muestra a Ramón, un padre de familia al que le cuesta aceptar a José, el reciente novio de su hija, y al que no tiene previsto regalar uno de los décimos que ha comprado para sus hijos. José, sin embargo, llega a la casa con una botella de vino y el regalo de un décimo. Entonces, Ramón, sorprendido, decide aceptarlo como uno más de la familia, incorporando su nombre al sobre en el que tenía escrito solo el de la hija.



Por último, “Un soplo de esperanza”, nos muestra a Víctor, un celador que decide compartir su décimo con Carmen, una paciente que no quiere comprar Lotería esta Navidad por no tener mucha esperanza en su recuperación. Como gesto de solidaridad y de ánimo, Víctor le muestra un décimo y le propone compartirlo, al tiempo que le dice: "Tú piensa solo en una cosa, ¿vale? En qué vas a hacer con el premio cuando salgas de aquí. Porque vas a salir de aquí, lo sabes".



Las cuatro historias están filmadas en unos ambientes con aire de tristeza, en las que predominan tenues luces azuladas e impregnadas de una cierta melancolía, como corresponde al estado de ánimo de gente de mediana edad o mayores, que son los que suelen comprar los décimos, ya que, como bien saben los promotores de la campaña, los más jóvenes están alejados de esta tradición basada en la compra de décimos para compartirlos con la familia o los amigos.

Y es que, tal como decía al comienzo, basta leer los Cuentos de Navidad de Dickens para conocer las emociones que se despliegan en los días en que finaliza el año y que los experimentamos con una mezcla de esperanza de renovación y de cierta melancolía sabiendo que esos días no volveremos a vivirlos nunca más.

AURELIANO SÁINZ

17 nov. 2019

  • 17.11.19
Echando una mirada hacia atrás, compruebo que en esta serie han sido casi 200 discos los que he comentado, lo que da como resultado una cifra bastante significativa, puesto que el estudio de esas portadas las realizo a partir del diseño de una temática compartida por álbumes muy dispares. Pero como la historia de la música popular ya es muy amplia, resulta posible avanzar con algunas singulares en las que quizás el aficionado no se haya detenido a pensar en ellas.



De este modo, y buceando en los diseños de las portadas de discos que van desde la década de los sesenta hasta la actualidad, habría que hacer un apartado para aquellas que nos presentan imágenes urbanas pintadas, o diseñadas con un tratamiento especial, como motivo central del conjunto de la imagen.

Y quiero apuntar el término de pintadas o diseñadas, puesto que otra cuestión sería las que aparecen como el resultado de fotografías en las que grupos o cantantes se muestran en ellas como protagonistas, tal como acontece en el inolvidable Abbey Road de los Beatles o en aquel álbum de larguísimo título, The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars, de David Bowie, en cuyas icónicas portadas se ven fotografiados tanto al grupo como al cantante para mostrarnos dos ambientes urbanos claramente diferenciados.

En el caso que abordo el planteamiento es distinto, pues las imágenes urbanas son precisamente las protagonistas de las carátulas, como resultados de dibujos o de montajes tratados gráficamente que nos distancian del realismo fotográfico. Y para esta ocasión he seleccionado seis portadas que van desde el año 1977 hasta el más cercano 2012, lo que nos muestra que, a pesar de ser una temática minoritaria, los creadores la han tenido en cuenta.

¿Y por cuál empezar? Necesariamente hay que tomar un punto de inicio y para ello me remito a una de las bandas más brillantes que haya dado la historia del rock: Pink Floyd.



Hablar de Pink Floyd es hacerlo de un grupo que ha dejado una profunda e inolvidable huella en el mundo musical de distintas generaciones. Para esta ocasión, me gustaría referirme a su décimo disco de estudio Animals, que vio la luz en 1977. La imagen de su portada es bastante surrealista, ya que aparece un cerdo flotando entre dos de las chimeneas de la estación eléctrica Battersea Power Station.

Las fotografías fueron tomadas por Storm Thorgerson, cabeza del grupo de diseño gráfico Hipnosis, mientras que el montaje y acabado fue de Roger Waters, uno de los líderes de la banda, hasta que las discrepancias que mantenía con el resto del grupo le condujeron a la separación de sus compañeros, dado que sus posiciones críticas sociales y políticas eran muy fuertes para el resto.



La música de jazz parece distanciada del rock y el pop, por lo que sus portadas basadas mayoritariamente en las fotografías de los músicos de este estilo también se alejan de la variedad de diseños del mundo más festivo de los segundos. Sin embargo, una carátula que siempre me llamó la atención por el surrealismo que muestra es la que el ilustrador Mark Hess realizó para la portada del álbum que llevaba por título Lenox Avenue Breakdown del saxofonista Arthur Blythe.

Lanzado en el año 1979, es decir, hace exactamente cuarenta años, volvió a reeditarse en 1998. Sobre el diseño, tengo que apuntar que un saxofón convertido en el edificio que hace esquina de dos avenidas es de una gran carga de imaginación y creatividad.



Tendríamos que dar un gran salto temporal, desde la década de los setenta hasta el comienzo del nuevo milenio, para situarnos en el año 2005 y tropezarnos con el grupo estadounidense Jack´s Mannequín, formado en el estado de Orange, California, en el año 2004.

Al año siguiente de su nacimiento lanza al mercado Everything in Transit, que tendría una aceptable acogida, ya que alcanzó el puesto 37 de la lista en el Billboard. La portada de su primer disco de estudio es un dibujo, algo naif, de un conjunto de casas al lado de una playa, muy acorde con el espíritu californiano que despliega la banda.



Todas las bandas suelen tener antecedentes en otros grupos previos antes de consolidarse. Es lo que le aconteció a la británica de rock alternativo Travis, con origen en Glasgow, la capital de Escocia. Capitaneada por Francis Healy, sacó a la luz su primer disco, Good Feeling, en 1997, abriendo camino a otras como Coldplay o Keane.

El disco que en esta ocasión muestro, The Boy with No Name, publicado en el año 2007, es el quinto de estudio. En la portada encontramos a los cuatro miembros en la azotea de un rascacielos, con formas arquitectónicas de comienzos del siglo XX. La magnífica fotografía, tratada con tonos ocres y con grandes sombras, nos lleva considerar que es el reflejo de la insignificancia de las personas en las grandes urbes.



Resulta una ironía que un grupo australiano, es decir, que se encuentra casi en las antípodas de nuestro país (puesto que exactamente es Nueva Zelanda), lleve el nombre de Architecture in Helsinki, remitiendo a la capital del país del frío: Finlandia. Posiblemente quisieran hacer con su nombre un homenaje al gran arquitecto finés Alvar Aalto.

Lo cierto es que esta banda de indie pop, formada por cuatro miembros masculinos y uno femenino, Kellie Sutherland, ya ha publicado cinco álbumes, siendo Place Like This, de 2007, el tercero de ellos. La portada del disco más bien parece sacada de un cómic japonés, ya que aparece diseñado con toda la tensión visual que nace de las grandes urbes niponas.



Aunque el álbum The Midsummer Station, publicado en el año 2012, de la banda estadounidense Owl City, procedente de Minnesota, ya lo había comentado en otra ocasión, no me importa traerlo de nuevo a esta sección, ya que su carátula encaja perfectamente en la temática que abordamos.

En esta ocasión, la portada, debida a la magnífica artista de origen lituano, Gediminas Pranckevicius, oscila entre el surrealismo y el hiperrealismo, dado que, en la izquierda del cuadro, nos muestra un mar dentro de un estanque traslúcido y, en la derecha, un conjunto de modestas casas de madera en el borde de un acantilado. Sin lugar a duda, es una de las mejores portadas que he visto en los últimos tiempos.



Cierro este recorrido con el segundo trabajo que publicó la banda londinense Bastille de indie pop y que publicó en el año 2016. Se trata de Wild World, uno de los temas más conocidos del cantante británico Cat Stevens, que aparecía en su álbum Tea for the Tillerman de 1970.

El nombre de la banda lo tomó su líder Dan Smith del día de la Fiesta nacional francesa por la toma de la Bastilla durante la revolución del 14 de julio de 1789, dado que esa fecha coincidía con la de su cumpleaños. En la portada, con ciertas reminiscencias a la de Travis, aparece Dan Smith acompañado de ChrisWood, otro miembro de la banda, sentados en la cornisa de un rascacielos y observando la panorámica de una gran urbe.

AURELIANO SÁINZ

10 nov. 2019

  • 10.11.19
A finales de octubre asistí al II Congreso Internacional de Neuroeducación que se celebraba en la Universidad de Barcelona. Ya lo había hecho con anterioridad en el primero que se había desarrollado dos años antes, por lo que me pareció de gran interés continuar con esta nueva línea que se ha abierto dentro del campo educativo y que considero que implica aportaciones relevantes e inéditas.



Desde hace bastantes años conozco la ciudad debido a las visitas que he realizado, fuera por mi participación en congresos que se organizan en sus distintas universidades o por razones familiares, ya que mi hijo Abel reside en la ciudad condal. Sobre ella, creo que no es necesario que diga que Barcelona es una magnífica urbe que compite con Madrid en muchos aspectos: población, cultura, desarrollo industrial, turismo, etc., por lo que merece la pena visitarse al menos en alguna ocasión.

Por otro lado, también creo que resulta obvio indicar que la ciudad se encuentra en una situación convulsa como consecuencia de los retos independentistas que se despliegan tanto en la ciudad como en otros lugares de Cataluña. Incluso, algunos actos recientes han impactado en todo el país por el grado de violencia desarrollado por algunos grupos fanatizados.

Pero no voy a entrar en un tema que conllevaría un largo y complejo debate, sino que deseo centrarme en una noticia de la que tuve conocimiento durante mi estancia y que me dejó asombrado, pues para mí, que llevo muchas décadas como profesor universitario, nunca había conocido nada similar, puesto que resulta una abierta alteración de todo un proceso educativo.

Se trata de que algunos rectores han decidido implantar, sin contar con la aprobación explícita de los claustros universitarios, un sistema de ‘evaluación flexible’, de modo que aquellos estudiantes que, movilizándose en apoyo al ‘procés’ y no asistiendo a las clases como forma de protesta, puedan realizar una prueba o examen final que sea equivalente a la asistencia que realizan los estudiantes que sí acuden a las clases.

Para que podamos comprender correctamente el significado de esta cuestión conviene que realice algunas observaciones acerca del actual sistema universitario español.

Desde hace aproximadamente una década se implantó en las universidades españolas el denominado Plan Bolonia, del que la ciudadanía sabe algunos aspectos. El más conocido es que se eliminaban las licenciaturas (normalmente de 5 años de duración) y las diplomaturas (de 3 años), siendo sustituidas por los grados (de 4 años en España), que podrían ampliarse con los másteres (de 1 o 2 años), como forma de especializarse.

Dentro de las modalidades pedagógicas, se introdujo la denominada evaluación continua, que podría sustituir a los exámenes en aquellas asignaturas que así lo recogieran en sus programas o guías docentes, como ahora se les denomina.

En mi caso, puesto que así queda plasmado en las asignaturas de Educación Artística que imparto, siempre he optado por el sistema de evaluación continua, ya que creo que es el más justo y con el que mejor aprenden los estudiantes universitarios, puesto que el profesor tiene que implicarse mucho más en la clase, orientando tanto los aprendizajes teóricos como las actividades prácticas. Por otra parte, el alumnado lo prefiere, ya que le resulta mejor realizar la asignatura a base de trabajos que se les van corrigiendo, y, de este modo, saber las calificaciones que obtiene con los que se llevan realizados.

Esto, como contrapartida, conlleva el que los estudiantes asistan de modo regular a las clases, ya que si no se hace así no hay tal aprendizaje y evaluación continuos. Lógicamente, en mis asignaturas tomo nota de aquellos casos que por distintas razones no han podido asistir (enfermedad, problemas familiares, asistencia a alguna otra prueba, etc.).

En el caso de las universidades que estoy comentando, los rectores que han tomado esta medida la han justificado indicando que con ella se evitan los enfrentamientos en los campus universitarios.

Sin embargo, esto implica graves contradicciones, que paso a comentar. La primera es que se cede ante la presión que ejerce un sector (quizás, minoritario) de estudiantes que logran alterar los procesos educativos en su favor, y que, por muy respetables que sean sus ideas (si se llevan por cauces democráticos), van en detrimento de los criterios ya establecidos en las guías docentes que se actualizan y se aprueban antes de comenzar cada curso, y que, a fin de cuentas, es el ‘contrato’ que realizan las universidades con los estudiantes que pagan sus matrículas para recibir lo que se indica en esas guías.

Por otro lado, se cambian los criterios pedagógicos, en el sentido de que los conocimientos ya no se obtienen a través de un proceso continuado sino que se vuelven a los sistemas memorísticos que predominan en las pruebas o exámenes finales.

Además, no se cumple con una de las funciones relevantes que tiene la educación universitaria, puesto que, además de la preparación para la obtención de un título que capacita para una determinada profesión, se busca también la formación para ser personas adultas y responsables de sus actos; no sujetos inmaduros y caprichosos a los que se les protege de sus actuaciones.

Ellos deben saber que, por ejemplo, cuando un trabajador se pone en huelga corre ciertos riesgos, sean de tipo económico, de posibles sanciones e, incluso, en situaciones extremas les puede afectar a la propia estabilidad en el trabajo. La huelga o el paro no es un juego de adolescentes que creen que pueden actuar de manera coactiva sin que sus actuaciones les pasen facturas.

Entiendo que todo esto tiene un trasfondo ideológico del que prefiero no extenderme, puesto que la ruptura generada por el ‘procés’ en el campo institucional, político y ciudadano, se vive tanto en Cataluña y en el resto de país como una alteración de la convivencia con consecuencias bastantes graves.

Sin embargo, lo que nunca me podía imaginar es que los rectores de esas universidades públicas catalanas, que deben mantenerse ideológicamente neutrales en sus funciones y defender la legalidad institucional (ya que esto es distinto a la denominada ‘autonomía universitaria’), bajo el criterio de “evitar conflictos en los campus universitarios”, respaldaran o cedieran a los chantajes de aquellos estudiantes que desean imponer sus ideas a toda costa, incluso alterando algo tan esencial como son los programas o guías docentes de las asignaturas.

AURELIANO SÁINZ

3 nov. 2019

  • 3.11.19
Hay crímenes que nos conmueven profundamente porque rompen todos los códigos y esquemas morales con los que vivimos la mayor parte de los seres humanos, y que son el resultado de los muchos siglos por los que se han tenido que transitar hasta lograr afianzar, en gran medida, unos principios éticos que en la actualidad los consideramos como si fueran naturales.



No obstante, a pesar de esa convicción interna, lo cierto es que cada cierto tiempo se nos informa por los medios de comunicación de sucesos que nos asombran y nos indignan, de modo que la tristeza, la rabia y la impotencia se entremezclan cuando se nos describen los hechos que rodearon a esos terribles delitos.

No nos cabe la menor duda que, dentro de esos crímenes, los más horrendos son los que se producen en el seno o entorno familiar, especialmente cuando son los más indefensos, es decir, niños las víctimas, al tiempo que sus agresores se han movido por las pasiones generadas por unos celos patológicos.

Serían numerosos los casos a los que podríamos acudir. De todos es conocido, por ejemplo, el de José Bretón que no dudó en asesinar a sus dos hijos de corta edad como venganza por los celos que sentía hacia quien había sido su mujer. Y más cercanos a las fechas actuales se encontraría el terrible caso de Ana Julia Quezada, que asesinó al pequeño Gabriel, el hijo de su pareja de entonces.

Esta unión de celos y venganza en el seno de la familia o en las relaciones es un mal que, aunque excepcional, se repite de manera reiterada a lo largo del tiempo, puesto que a veces nos llegan noticias de asesinatos de mujeres por parte de sus exparejas y ante la presencia de sus hijos pequeños.

Reflexionando sobre lo expuesto, cabe preguntarse: ¿Son los celos y los deseos de venganza dos de las pasiones más profundas que anidan en lo más hondo de hombres y mujeres y que, ocasionalmente, pueden conducir a los crímenes más espantosos? ¿Son los principios morales o éticos en los que estamos formados los frenos más eficaces para controlar los impulsos que nos pueden conducir a rechazar los deseos de venganza ante duras afrentas que pudiéramos sufrir?

Sobre la primera pregunta, y si nos atenemos a los textos de la antigüedad, especialmente, a los relatos bíblicos (que, como bien he apuntado, se pueden entender de forma simbólica), podríamos afirmar que los celos y los deseos de venganza son las pasiones humanas más arcaicas, ya que se expresan con toda nitidez en la narración de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín.

Reflexionando sobre estos sentimientos, y acudiendo a los relatos que han configurado en gran medida el pensamiento occidental, me ha parecido oportuno abordar también el significado de aquellas imágenes pictóricas, construidas a partir de los textos bíblicos, que han quedado plasmadas en magníficos cuadros y que hoy podemos contemplar en distintos museos.

Ciertamente, si visitamos algunos de los grandes museos de arte europeos comprobaremos que a partir de algunos de los cuadros expuestos se puede rastrear la historia de las ideas, las doctrinas, las normas y las pasiones que durante siglos fueron las predominantes en la mayoría de la población. Son creencias que, en su mayor parte, nacieron a partir de los relatos bíblicos o que tuvieron sus orígenes en las mitologías de la Grecia o Roma clásicas.

Y nada mejor que comenzar a entender las ideas, creencias, mitos y pasiones humanas tomando como punto de partida la representación de La muerte de Abel realizada por cuatro pintores: Tiziano, Rubens, Novelli y Coxcie.

Brevemente expondré los argumentos del primer crimen de la historia (tomando como referencia el relato de la Biblia), ya que todos hemos escuchado la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. También que, una vez fuera del estado de inocencia en el que vivían, concibieron a un hijo al que pusieron el nombre de Caín; más tarde nacería el segundo hijo que recibió el de Abel.

En el Génesis (libro IV, 8) se nos dice que Abel era pastor, al tiempo que su hermano mayor cultivaba la tierra. Ambos dos hacían sus ofrendas a Dios: Caín con los frutos de la tierra y su hermano Abel lo hace con la grasa de los corderos de su rebaño.

En el texto no se dan razones de por qué al poder divino las ofrendas del segundo le eran gratas, mientras que las de Caín eran rechazadas. Esta discriminación, bastante arbitraria en nuestra mentalidad actual, fue el origen de los enormes celos que se despertaron en Caín hacia su hermano. “Y cuando estaban en el campo, se lanzó Caín sobre su hermano Abel y lo mató”, según reza en el texto bíblico, sin que se especifique con qué instrumento comete el crimen.

De inmediato, la cólera divina pesó sobre la conciencia de Caín, por lo que acaba declarando que “mi culpa es demasiado grande para soportarla” y “cualquiera que me encuentre me matará”.

Tras quedarse solos, Adán y Eva posteriormente conciben un tercer hijo al que ponen el nombre de Set, uno de cuyos descendientes será Noé, destinado a convertirse a su vez en antepasado de todos los hombres después del Diluvio Universal.



A lo largo de la historia del arte, la muerte de Abel a manos de su hermano Caín ha sido representada de dos modos distintos: uno de ellos en escenas en las que aparecen ambos hermanos solos y otro con la presencia de la figura de Dios que contempla y enjuicia el crimen cometido.

En el primer modo se destaca la obra de Tiziano (1490-1576), el pintor italiano favorito del rey Felipe II. El lienzo, realizado entre 1542 y 1544, se encuentra en la iglesia de Santa María de la Salud de Venecia.

En la obra, Tiziano nos presenta a dos hermanos fuertemente musculosos y atléticos, tal como correspondían a las pinturas italianas de entonces. En un primer término aparece Abel con la cabeza ensangrentada, al tiempo que es aplastado contra el suelo rocoso por el pie izquierdo de su hermano. A su vez, Caín se muestra en contrapicado, descargando con toda su furia el arma homicida contra Abel. Al fondo de ambos aparece un humeante altar de los sacrificios, como recuerdo del motivo del primer fratricidio.

Otro de los lienzos, en el que únicamente aparecen Caín y Abel junto al altar de los sacrificios, es el que realizó el pintor alemán Peter Paul Rubens (1577-1640), dentro de la estética del barroco, predominante por aquel entonces en el arte religioso, tras la Contrarreforma que lleva adelante la Iglesia católica.

El cuadro puede contemplarse en la Courtauld Gallery de Londres. A mi modo de ver, no es de los mejores cuadros de este gran pintor, dado que las figuras de Caín y Abel se muestran muy forzadas, formando entre ambas una especie de arco para expresar el movimiento, tan característico del estilo en el que se inscribe Rubens. Quizás el autor, en ese intento de dejar espacio suficiente, buscara que el altar de los sacrificios que ambos ofrecían a Dios se apreciara con total claridad, como acontece en este caso.



La segunda modalidad, tal como he indicado, es aquella en la que tras cometer el crimen Caín se enfrenta a la pregunta que le hace Dios acerca de su hermano. Ya sabemos la respuesta del fratricida y la maldición que recae sobre él y sus descendientes.

En esta línea, en la que se muestran al autor del crimen, a la víctima y al juez supremo, se inscribe el cuadro del también pintor italiano Pietro Novelli (1603-1647), obra que se encuentra en la Galería Nacional de Roma.

El enfoque que plantea Novelli es muy distinto al de Tiziano y Rubens: en primer término, aparece Abel, yaciente en el suelo, al tiempo que Caín, aterrado por el crimen que ha cometido huye de la escena del delito y de la mirada de Dios, que surge en medio de un remolino oscuro de aire. Un Dios que, en cierto modo, se muestra más bien triste y apesadumbrado que irritado y vengativo, ante la visión del terrible hecho de las dos primeras criaturas engendradas, tal como se relata en el Génesis.

Quiero cerrar esta presentación del estudio de los celos y el consecuente deseo de venganza como las pasiones más arcaicas de los seres humanos, tomando el relato bíblico de la muerte de Abel, mostrando un cuadro que puede contemplarse en el Museo del Prado. Se trata del lienzo realizado por el pintor flamenco Michiel Coxcie (1499-1592), que realizó en el año 1550, en plena madurez pictórica.

A Michiel Coxcie, poco conocido en nuestro país, se le apodó en su tiempo ‘el Rafael de los Países Bajos’, aunque a mi modo de ver queda a bastante distancia de la brillantez creativa del pintor y arquitecto italiano Rafael Sanzio.

En este lienzo, el pintor de Flandes muestra también, en un primer término y con un gran escorzo, a Abel desnudo, al que únicamente le tapa una quijada de asno, instrumento que a Caín se le comienza a adjudicar a partir de la Edad Media, puesto que en el Génesis no se indica con qué instrumento mata a su hermano.

Más lejos se encuentra Caín, que, también desnudo, intenta ocultarse a la mirada de Dios que se le aparece envuelto en una nube y acompañado de dos querubines.

Y es que los remordimientos, estén o no basados actualmente en creencias religiosas, posteriormente surgen con intensidad en la mente del agresor, de ahí que ya en el propio relato bíblico Caín manifieste “mi culpa es demasiado grande para soportarla”, puesto que el recuerdo de la víctima acompaña al homicida.

AURELIANO SÁINZ

27 oct. 2019

  • 27.10.19
En el artículo anterior abordaba los planteamientos del psicólogo criminalista Vicente Garrido. En esta segunda parte quisiera partir de la visión de Javier Urra, también psicólogo, que fue el primer Defensor del Menor en nuestro país, entre 1996 y 2001 y presidente de la Red Europea de Defensores del Menor, autor que cuenta con una larga trayectoria en el estudio de los jóvenes muy conflictivos.



Para comprender el fenómeno de la agresividad y la violencia en los niños y adolescentes hay que entender que se dan dos posturas inicialmente contrapuestas, aunque, en ocasiones, pueden complementarse. La primera de ellas sostiene que la agresividad es algo innato y que forma parte del carácter de la persona; la segunda, en cambio, defiende que es algo aprendido como consecuencia de comportamientos que son el resultado de actitudes negligentes de los padres

La segunda es la sostenida por la mayoría de los psicólogos y docentes, quienes, sin negar que la agresividad forma parte instintiva del ser humano, consideran que su expresión en conductas violentas acaba siendo el resultado de aprendizajes, dado que también se puede aprender la actitud contraria: el control de la agresividad.

Esta es la posición que defiende Javier Urra en su libro El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas. Así, con respecto al niño o el joven que acaba convirtiéndose en un pequeño tirano dentro del hogar, nos dice lo siguiente:

Se maltrata a nuestros jóvenes cuando no se les transmite pautas educativas que potencien la autoconfianza, ni valores solidarios y, en cambio, se les bombardea con mensajes de violencia. Se les maltrata cuando se les cercena la posibilidad de ser profundamente felices y enteramente personas”.

Es decir, que antes de ser un constante provocador ese niño ha vivido carencias significativas que han reforzado ciertas tendencias que tendrían que haber sido corregidas desde la más tierna infancia. Más adelante, Javier Urra continúa: “En la actualidad, el cuerpo social ha perdido fuerza moral. Se intentan modificar conductas, pero se carece de valores”.

Una vez descritos algunos aspectos esenciales que deben considerarse e inculcarse en el seno de la familia: el valor de educar, la transmisión de cariño y afecto, la firmeza en una autoridad racional y la enseñanza en edades muy tempranas en los derechos y deberes que todas las personas debemos asimilar, hay que atender a esos valores en su dimensión social y que dan cuenta del tipo de sociedad en la que vivimos.

Bien es cierto, como apunta este autor, que “algunos padres no ejercen su labor, han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y de dedicación a los hijos tratándolos con excesiva permisividad”.

Tal como he indicado, la educación que se recibe en el seno de la familia se debe complementar con la que aporta en la sociedad en la que se vive. Y ahora uno se pregunta: ¿Qué tipo de valores transmiten en la actualidad nuestras instituciones y los cargos que la ejercen cuando vemos que la corrupción, la mentira, el engaño y la hipocresía están al orden del día? ¿Acaso se le puede pedir a la ciudadanía un comportamiento ejemplar cuando el desaliento cunde ante el triste espectáculo que ofrecen quienes tienen poder educativo, mediático, económico o institucional?

No me cabe la menor duda de que cada vez se hace más difícil formar en valores como el esfuerzo, el respeto, la justicia equitativa, la honestidad, el respeto, la sinceridad, la tolerancia, etc. Y, sin embargo, es imprescindible la educación en ellos, puesto que no son bellas palabras a las que podemos acudir de vez en cuando, sino comportamientos que, caso de practicarse, consolidan relaciones sociales y familiares que dan sentido a nuestras vidas.

Lo expuesto nos sirve para entender esos comportamientos agresivos que, en el fondo, expresan la carencia de valores sólidos en los sujetos con comportamientos violentos. Sobre esta temática me he apoyado en mi experiencia investigadora en las aulas a partir de los trabajos gráficos realizados por estudiantes de Primaria y Secundaria. Y para que veamos algún ejemplo, he acudido a algunos dibujos que nos ilustran cómo se perciben a sí mismos aquellos que se convierten en dictadores dentro del propio hogar.

Para comenzar, me he servido del dibujo de un chico de 14 años que he seleccionado como ilustración de este artículo. En la escena, que nos muestra su propia visión de la familia, aparece en primer lugar su padre, alto, fuerte y con los brazos “en jarra”, como demostración de un talante duro y autoritario en el seno de la familia.

En segundo lugar, representa a su hermano menor, que, tal como el autor escribió por detrás de la lámina, es muy agresivo, tanto con su madre como con él. Esto queda mostrado por la proximidad que tiene con el padre del que parece aprende sus modos de comportamiento, ya que aparece con el brazo derecho en alto y con el puño cerrado, mientras que el izquierdo lo extiende, también con el puño cerrado, hacia su madre y el propio autor del dibujo.

La madre la traza en tercer lugar. Como podemos apreciar, aparece de espaldas con respecto a su marido y a su hijo menor, como si temiera a ambos. Los brazos los tiene pegados al cuerpo como señal de inseguridad, mientras que en el rostro se refleja la tristeza.

Cierra la escena la figura del propio autor, lo que es manifestación de escasa seguridad en sí mismo. Por otro lado, también aparece de perfil, de espaldas a su padre y a su hermano pequeño, y con las manos metidas en los bolsillos, lo que refuerza ese carácter débil e inseguro que tiene.



El carácter agresivo puede expresarse tempranamente, tal como acontece con Rafa, un niño de 4 años, que hacía la vida imposible a los otros niños, sus compañeros del aula de Educación Infantil. La profesora tenía que estar constantemente pendiente de él, puesto que los empujones, las patadas y los arañazos estaban a la orden del día.

Para comprender qué le sucedía en el seno de la familia, acudimos a plantear en el aula que dibujaran a su familia, una vez que, al ser pequeños, les explicamos qué es una familia y qué personas las componen.

Cuando vimos el dibujo fuimos conscientes del entorno en el que vivía este niño, puesto que nos presenta a su madre y a su padre como si fueran dos auténticos monstruos, con unas bocas en las que aparecen los dientes como si fueran puntas agresivas, al tiempo que muestran unos brazos grandes y amenazantes; todo lo contrario de lo que deben ser unos padres cariñosos y atentos con sus hijos.

Él se representa en el lado derecho, con dos ausencias significativas: no se traza la boca ni tampoco los brazos. El hecho de que no aparezca la boca expresa que no le dejan hablar y que constantemente le están diciendo que se calle. Por otro lado, la ausencia de brazos es signo de falta de cariño, pues con los brazos nos damos las personas afecto.

Llama, por otro lado la atención de que no representara a sus hermanos. En su caso, y al ser un niño muy pequeño pudiera deberse a que no planificó el espacio que ocuparían los personajes, por lo que una vez que trazó a sus padres y a sí mismo ya no le quedaba superficie para incorporarlos.



Aunque parezca una paradoja, la mente del niño agresivo está llena de imágenes de miedo y terror que ha podido experimentar de modo directo en el seno de su familia, en el colegio o por el contacto con los medios de comunicación, que, por cierto, en la actualidad están saturados de ellas desde pequeños.

Esto es lo que pude comprobar cuando Miguel, un niño de 9 años, muy agresivo, me entregó el dibujo de la familia. Tras charlar con él acerca de lo que había representado, pude comprobar que su casa, a la que traza de tamaño muy grande, de color rojo, evocando la agresividad, se encuentra en el centro de la escena, expresándonos que era en centro de sus vivencias.

Pero lo que más llama la atención es el carácter animista de la casa, ya que le traza ojos como si fuera una persona. Por otro lado, tras la puerta hay una silueta, que después de hablar con el chico, pude llegar a la conclusión de que era, según sus propias palabras, un fantasma que habitaba en su hogar. Fuera dibujó, con trazo muy impreciso, a los cuatro miembros de la familia y al perro que tenían.

Otro detalle a tener en consideración para comprender su agresividad es que se representó con un antifaz, como si quisiera mostrarse como un personaje que está al margen de la ley, como puede ser un ladrón.



La agresividad que algunos escolares desarrollan en las aulas, en ocasiones, suele ser el resultado de los malos tratos que recibe en el seno de la familia. Es lo que acontece con Francisco, un chico de 11 años que se encontraba en sexto curso de Primaria. En la clase, según su profesor, no dejaba trabajar a los demás, de modo que constantemente les estaba incordiando.

Paradójicamente, en el dibujo que nos presentó aparece de gran tamaño, como si fuera el más relevante de todos los miembros de la familia; sin embargo, tal como nos indicó su profesor era la víctima tanto de su padre como de sus hermanos dentro de la casa. Esto, a fin de cuentas, acaba siendo un modo de compensación emocional de la insignificancia que siente dentro de la propia familia, por lo que la compensa agrediendo de modo habitual a sus compañeros de clase.

AURELIANO SÁINZ

20 oct. 2019

  • 20.10.19
De todos es sabido que actualmente en nuestro país el profesorado ha perdido bastante de la autoridad que tiempo atrás poseía. Y no podemos centrar únicamente en una sola causa las razones por las cuales se ha llegado a esta situación, ya que los cambios familiares y sociales han sido lo suficientemente grandes en las dos últimas décadas como para que entendamos que es un problema relevante que se ha enquistado en el cuerpo social.



Así, cada cierto tiempo, saltan a los medios de comunicación noticias en las que leemos que niños o adolescentes, en el colegio o instituto, han agredido a profesores o profesoras de distintas maneras. Y lo que es peor aún, en ocasiones, sus conductas se han visto reforzadas por el apoyo que han recibido de sus padres que se las han justificado.

Este deplorable panorama, que refleja la indefensión en la que se encuentra el profesorado, como producto de la carencia de autoridad dentro de una sociedad altamente permisiva, puede llegar a conocerse, puesto que se expresa en lugares públicos como son los centros de enseñanza. Sin embargo, hay otras formas de agresión y violencia que estos pequeños dictadores las ejercen sin que salgan a la luz pública ya que se desarrollan en el ámbito familiar, espacio que es el germen de estas actitudes.

Sobre este problema, psicólogos y pedagogos buscan las causas, las razones por las que menores de edad llegan a desobedecer, menospreciar, insultar e, incluso, ejercer la agresión física contra sus padres, especialmente contra la madre, convirtiendo la vida de estos en verdaderos calvarios. Y, lógicamente, después la trasladan al ámbito educativo.

Para comprender estas situaciones, acudo a dos autores relevantes que han abordado la psicología y comportamientos de estos niños y adolescentes. Uno de ellos es Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia; el otro, Javier Urra, psicólogo que fue el primer Defensor del Menor en España.

Puesto que este trabajo lo divido en dos partes, en esta primera acudo a Vicente Garrido, autor de Los hijos tiranos, quien nos dice lo siguiente:

Son pequeños tiranos, niños que desde pequeños insultan a los padres y aprenden a controlarlos con sus exigencias, hasta convertirse en una pesadilla para ellos. Cuando crecen, los casos más graves pueden llegar a la agresión física. Este tipo de violencia contra los padres, ocultada por la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad de los propios progenitores, comienza a ser un fenómeno cada vez más visible. Los padres están desbordados, no saben qué hacer con estos niños”.

Tras la lectura de su obra, y tomando como referencia las razones que expone el profesor Garrido, describo cinco causas generales que me parecen fundamentales para comprender este fenómeno:

a) En la actualidad nos encontramos con una forma de vida en la que la pretensión de satisfacer los deseos de forma inmediata y sin restricciones se ha convertido en algo común, debido al avance de una sociedad que aspira cada vez a mayores comodidades.

b) Se fomenta el ‘vivir muy deprisa’, sin obligaciones, buscando las metas a cualquier precio. Además, a los jóvenes se les retrasa la adopción de roles de responsabilidad, actitud fomentada por los padres, por su deseo de formación cultural para adaptarse a las fuertes exigencias de la actual sociedad.

c) Esas fuertes exigencias del mercado laboral, muy inestable actualmente, añade más presión a los padres; inseguridad que años atrás no existía. Por otro lado, el paro y la precariedad laboral en los que viven los jóvenes desalientan a los hermanos menores.

d) La falta de entendimiento en el modo de educar a los hijos. Esto puede apreciarse en ciertos casos de rupturas matrimoniales o de parejas, en las que las madres se suelen llevar el peso de las responsabilidades, teniendo que compaginar su trabajo con el cuidado y la educación de sus hijos.

e) No podemos olvidar que la sociedad consumista en la que nos movemos conduce a la pérdida de ciertos referentes morales (valor del esfuerzo, austeridad en la propia vida, proyectos a medio y largo plazo, etc.) por lo que se desatiende la formación en valores sólidos, por lo que no se suele tener claro lo que está o no está bien.

Puesto que por mi parte llevo las investigaciones a través del dibujo, para que veamos cómo se expresan los rasgos autoritarios y agresivos de los niños y adolescentes he seleccionado como ilustración del artículo el dibujo de Andrés, de 13 años, realizado en la clase y sobre el tema de la familia.

Como podemos observar, comienza por él mismo, como signo de autoridad y de afirmación personal; le sigue su hermano en tamaño muy pequeño, y que, tal como apunta detrás de la lámina, es “muy malo”; más alejada, está su madre; y, finalmente, su padre, empequeñecido y sin importancia para el autor.

Queda claro que el autor se ve a sí mismo como un personaje grande, fuerte y agresivo. Para ello, acude a la estética de los cómics o mangas japoneses para retratarse con todos los atributos de los protagonistas de las artes marciales. Como detalle significativo, había escrito por detrás de la lámina que su padre le había regalado una pequeña moto.

Conviene indicar que el que un padre le haga este tipo de regalo a un hijo, al que no es capaz de controlar y con el fin de ‘ganárselo’, no deja de ser una manifestación de haber perdido la autoridad que tenía que haber ejercido con su hijo desde que era pequeño.

A pesar de ello, su hijo lo menospreciaba, tal como se manifiesta palpablemente en este trabajo. Y todo ello como resultado de los errores en los que incurren padres que no han ejercido una autoridad responsable con sus hijos desde que son pequeños, por lo que pueden acabar siendo víctimas de los propios hijos cuando han crecido, encontrándose impotentes para intentar modificar unas conductas que ya se vuelven insoportables.



He indicado que, en ocasiones, las rupturas de las parejas pueden conllevar a un claro desajuste de los criterios a adoptar en la educación de sus hijos e hijas, dado que los conflictos entre ambos pueden dejar en un segundo plano los criterios educativos de los hijos.

Esto se manifestaba claramente en los comportamientos de Eva, una niña de 6 años, inteligente, caprichosa e irascible, que en la clase y en el recreo respondía y agredía a sus compañeras con bastante frecuencia. Estas conductas comenzaron cuando se produjo la separación entre sus padres. Tengo que apuntar que tanto ella como su hermano pequeño quedaron bajo la custodia de su madre, quien se vio desbordada en la nueva situación, siendo excesivamente permisiva con su hija por los sentimientos de culpa que le aparecían, al responsabilizarse de los males de su hija.

Como podemos observar, la niña, a la hora de realizar el dibujo de la familia, se representa en primer lugar, lo que es indicio de un elevado nivel de autoestima, rayano en el narcisismo. Se traza con una corona como si fuera una reina. Por otro lado, en la boca aparecen dibujados los dientes, que es una clara manifestación de agresividad.

Una vez que acabó con su imagen, pasa a representar a su hermano menor subido en una pequeña mesa. Posteriormente, plasma una mesa con útiles encima. Acaba con el trazado de la casa y su madre en el interior de ella, en tamaño pequeño y con escasa relevancia. La figura de su padre no aparece, lo que es indicio de que la pequeña autora no lo tiene en consideración al no darle importancia.

Ni que decir tiene que los comienzos de Eva, aun siendo pequeña, apuntan a una personalidad caprichosa, autoritaria y agresiva, y, dado que las raíces de la personalidad se forman en los primeros años, acabará siendo bastante difícil de soportar si no hay un cambio de actitud por parte de sus progenitores.



En la actual sociedad se dan grandes paradojas en algunas familias, dado que por un lado, se encuentran con verdaderos problemas para llegar a final de mes, pero, por otro, no se privan de gastos que deberían quedar fuera de sus niveles económicos.

Así, en los trabajos de investigación que dirijo he podido observar que a niños muy pequeños cuando llegan las Navidades sus padres les regalan móviles, como si fueran juguetes que deben estar al alcance de cualquiera.

En este segundo caso que comento, de Iván de 9 años, no era exactamente un móvil, sino los videojuegos en los que continuamente estaba inmerso este chico tremendamente agresivo en la clase con su profesor y sus compañeros. Y la razón de esta conducta agresiva la pudimos encontrar cuando se les propuso en clase el dibujo de la familia.

Una vez que hubo terminado el dibujo, le invitamos a que nos lo explicara, puesto que él se había dibujado en medio de su madre y su padre, coloreados de azul, y con forma de ‘muñecos’, muy simples para su edad. Junto a ellos, unas especies de máquinas que eran las protagonistas del grupo.

Lo cierto es que para complacerlo y aplacar sus malos modos, sus padres le compraban los videojuegos que a él le gustaba, todos ellos muy violentos. De este modo, creían que concediéndole sus caprichos le calmarían, cuando lo que lograban era que el niño entendiera que la agresividad y la violencia son formas normales de la vida.

AURELIANO SÁINZ

DEPORTES - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL

FIRMAS
Dos Hermanas Diario Digital te escucha Escríbenos