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5 feb. 2017

  • 5.2.17
A estas alturas no creo descubrir nada al decir que la crisis económica globalizada, que a fin de cuentas es una de las crisis cíclicas que sufre el capitalismo –según nos explicaba el economista belga Ernest Mandel–, nos ha traído un mundo en el que la pérdida de horizontes de derechos sociales y de valores humanos en los que creíamos conducen a la justificación, por ciertos sectores de la población, de la violencia estructural, dando lugar a que se aprueben leyes discriminatorias e, incluso, se respalda la violencia física.



Ahí, por ejemplo, está ese personaje grotesco, primario y de escasísimo nivel intelectual llamado Donald Trump, que porta todos los rasgos de clasismo, machismo, racismo, xenofobia y homofobia que caben dentro de su voluminoso cuerpo y que son un auténtico insulto a la razón y al sentido común de la mayoría de los que habitamos en este planeta.

Puesto que es constante noticia diaria, no voy a hacer un repertorio de las alucinantes declaraciones que realizó a lo largo de la campaña o de las leyes que ha comenzado a aprobar, contra viento y marea, en los pocos días de su mandato como presidente de los Estados Unidos.

Pero sí me parece oportuno recordar que entre sus brillantes idas se encuentra el que no haya lugares o centros libres de armas, puesto que uno de sus principios es que todo el mundo en América (así llama a Estados Unidos) tenga derecho a defenderse con ellas.

Con semejante propuesta (aún no aprobada), podemos imaginar en qué pueden convertirse los centros de enseñanza si tanto los alumnos -una vez que hayan cumplido la mayoría de edad- como los profesores van armados a las aulas.

A Trump no le conmueve el horror de las masacres que cada cierto tiempo se producen en los institutos y campus universitarios de su país, dado que el gran negocio de la venta libre de armas ha dado lugar a que unos 300 millones de armas se encuentren en manos privadas.

Él, por supuesto, no tiene que aprender de otros muchos países en los que la licencia de armas únicamente se concede para casos muy especiales, de modo que solo son las fuerzas armadas y de seguridad quienes las portan y, como consecuencia de ello, esas masacres en las aulas son casos desconocidos.

Saltando a otro extenso país como es Rusia, su homólogo ruso, Vladimir Putin, no quiere quedarse atrás en los planteamientos agresivos y machistas que está promoviendo Trump, por lo que nos llega la noticia de que en la Duma, o Parlamento ruso, recientemente se ha aprobado un proyecto de ley que elimina la responsabilidad penal por violencia doméstica. Esto quiere decir que pegar a la mujer o a los hijos no implica ningún tipo de delito.

Si es sorprendente que en pleno siglo veinte un país, considerado una potencia mundial, entienda a la mujer y a los hijos como propiedad del padre y a los que puede maltratar sin que le suceda nada, aún lo es más que la nueva ley saliera adelante con el apoyo de 380 diputados y que solo tres de ellos se pronunciaran en contra.

Pero ahí no acaba la historia. Lo más llamativo es que la iniciativa partió de una mujer, la diputada Elena Mizulina, perteneciente al partido ultraderechista Rusia Justa y presidenta del Comité de la Familia, Mujer y Asuntos infantiles. Mizulina defendió la nueva ley ya que considera que el maltrato del marido hacia la mujer no debe considerarse un delito, sino, en todo caso, solo como falta administrativa.

Esta señora, por otro lado, homófoba, como no podía ser de otro modo, es también impulsora de la normativa que penaliza la ‘propaganda gay’, es decir, cualquier escrito que defienda la homosexualidad o manifestación que se haga en público.

Pero ahí no acaba la cosa. Mizulina tiene el respaldo y la bendición de la Iglesia ortodoxa rusa, ya que en una pastoral publicada en apoyo de esta iniciativa considera que es disculpable el castigo corporal si es “razonable y se hace con amor” porque “es un derecho esencial dado por Dios a los padres”.

¡Ahora resulta que los popes rusos nos descubren que pegar a la mujer es una clara señal de amor necesaria para el mantenimiento de la familia, ya que emana nada menos de la voluntad divina!

En realidad, esta declaración no nos deberíamos sorprender mucho, ya que, si pensamos un poco, comprobaríamos que los clérigos de distintas religiones -aún con sus propios enfrentamientos teológicos y de luchas de poder- se ponen de acuerdo en que el destino de la mujer es la casa y la familia.

Nada de igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. En nuestro país, quienes se oponen a la equiparación de derechos de ambos sexos han inventado la expresión “ideología género”, en la que se manifiesta que el pensamiento igualitario es una corriente perniciosa que quiere acabar con la sacrosanta obediencia que la mujer debe al hombre por mandato divino.

Todo esto hace algún tiempo que lo vimos desarrollado en esas dos “joyas literarias” del más rancio machismo tituladas Cásate y sé sumisa y Cásate y da la vida por ella, libros curiosamente escritos también por otra mujer, Costanza Miriano, y editados en nuestro país por el inefable arzobispo de Granada.

Con el fin de recordar un poco lo que se decía en los mismos, entresaco algunas “perlas” del primero de ellos: “La mujer necesita al hombre, no puede pasar sin él si quiere encontrar su identidad” / “La mujer lleva inscrita la obediencia su interior; el hombre lleva la vocación de la libertad y de la guía” / “Ante el hombre que hemos elegido demos un paso atrás” / “La mortificación nos gusta porque es para alcanzar un bien mayor” / “Sométete con confianza” / “La mujer es el reposo del cazador”, etc.

Vemos, pues, cómo las fuerzas reaccionarias de distinto signo y de distintos países parecen haberse puesto de acuerdo para que retrocedamos en los derechos logrados después de muchos esfuerzos, de muchas luchas, de modo que se aprueban leyes xenófobas y machistas como si los inmigrantes fueran escoria que hay que verla alejada y las mujeres seres inferiores que hay que dominar y mantener a raya, pudiendo acudir, si fuera necesario, a la violencia física para que obedezcan las leyes que emanan de la voluntad masculina, que, según dicen, es la misma que la voluntad divina.

AURELIANO SÁINZ

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