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24 abr. 2017

  • 24.4.17
En los últimos días hemos asistido a un “revival” belicista de Estados Unidos con el lanzamiento de bombas a diestro y siniestro, es decir, en Siria y Afganistán, para demostrar músculo militar y la determinación de combatir, no solo el terrorismo mundial, sino también la pérdida de fuelle del nuevo inquilino de la Casa Blanca, el veleta Donald Trump, el amigo/enemigo de Putin, amigo/enemigo de Basar el Asad, enemigo/amigo de China, aniquilador/fortalecedor de la OTAN y enemigo/enemigo de México –en esto último todavía no ha cambiado–.



Es probable que sus primeros decretos presidenciales, firmados con todo el bombo mediático posible pero sin el efecto deseado –como la prohibición de entrada en USA de extranjeros de determinados países musulmanes, la construcción del famoso muro fronterizo con México o el desmontaje del Obamacare que deja sin seguro médico a millones de norteamericanos–, no guarden ninguna relación con esta inusitada e imprevisible agresividad bélica emprendida por el nuevo comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, pero transmiten esa sensación. A lo peor, sí.

Ante la ineficacia de iniciativas internas, se pone el énfasis en las externas. Todo vale para demostrar que se adoptan iniciativas, aunque no vayan acompañadas de una estrategia ni de ningún plan previo. Nada más fácil militarmente que tirar bombas desde un barco o un avión y volver a la base. Así se empiezan muchas guerras, pero pocas se acaban.

Existe una vieja coplilla que decía que “con las bombas que tiran los fanfarrones las gaditanas se hacen tirabuzones”. Bombas que, si no matan, proporcionan material para otros fines, incluso para reírse del agresor. Basar el Asad no se hará tirabuzones porque, a estas alturas de su guerra civil, 59 misiles tomahawk lanzados contra una base aérea siria no le impedirán seguir masacrando a su población por cualquier otro medio tan letal como el ataque químico por el que se le ha querido reprender. Se ríe en su búnker de Damasco de estas represalias tan poco determinantes para variar el rumbo de los acontecimientos ni hacerle cambiar su determinación de aferrarse al poder.

Tampoco Rusia dejará de apoyar al carnicero árabe que le deja instalar una estratégica base aereonaval a orillas del Mediterráneo desde la que la flota rusa controla y vigila cuanto se mueve –navegue o vuele– en el Occidente europeo. Esos tomahawk sirven para exteriorizar la firme voluntad de un presidente aguerrido frente a la pusilanimidad de un Obama que procuraba negociar en vez de bombardear.

Un acierto de Donald Trump si no se ponderan las consecuencias de su aventurerismo belicista, porque, a los pocos días del bombardeo norteamericano, un atentado con coche bomba causaba más de 168 muertos, entre ellos 68 niños, en una explanada cerca de Alepo donde aguardaban los convoyes que evacuarían a zonas seguras a los civiles y excombatientes de varias poblaciones asediadas.

Una nueva matanza indiscriminada y sin necesidad de perpetrar ningún ataque químico. El sátrapa sirio, los rebeldes y los terroristas se ríen de las bombas que tiran los fanfarrones, alimentando, así, la reacción y los motivos de guerra.

Envalentonada por el “éxito” de sus misiles, la USA Air Force, con esa manga ancha que le ha dado su recién estrenado comandante en jefe, deja caer la “madre de todas las bombas”, un artefacto no nuclear de más de 10 toneladas de peso, sobre una zona de Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán, en la que existen túneles donde se esconden terroristas yihadistas de la rama afgana del ISIS. Algo así como su campamento de verano o de entrenamiento.

Es la primera vez que se utiliza esta bomba en un combate desde su creación, allá por el año 2002. Y su enorme potencia explosiva, equivalente a 11 toneladas de TNT, la hace eficaz para destruir cuevas y búnkeres excavados bajo tierra.

Según fuentes oficiales afganas, la bomba ha matado a cerca de 40 miembros del mal llamado Estado Islámico, una cifra aun por confirmar. Sin embargo, el verdadero quebradero de cabeza de los militares norteamericanos en Afganistán son los insurgentes talibanes, que se cuentan por decenas de miles. ¿A quién se combate, pues?

Esta acción tan “sofisticada” con la mayor bomba convencional del mundo dista mucho de resolver, por sí sola, el problema del terrorismo yihadista al que el presidente Trump prometió plantar cara definitivamente. O sus generales le han metido un gol al presidente para probar “in vivo” una nueva arma o se han equivocado de objetivo, porque la cabeza de la hiedra del ISIS no se oculta en esas remotas montañas de Afganistán.

O ambos, generales y presidente, han querido demostrar a su país y al mundo entero su nula vacilación para utilizar todos los medios disponibles, a solo un paso del nuclear, en esta guerra contra el terrorismo, sin caer en la blandenguería de Barack Obama, que solo consiguió liquidar, en mayo de 2011, en una operación secreta ejecutada por un comando de fuerzas especiales militares, a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda y el terrorista más buscado tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Otra bomba fanfarrona al servicio de la propaganda del imprevisible Trump y del poder ofensivo de su Ejército, pero perfectamente inútil para variar el curso trágico del terrorismo yihadista.

Es lo que tienen los fanfarrones, que no se cansan de fanfarronear. Ni de tirar bombas. Encasquetado con su gorra de comandante en jefe y acostumbrado a dar el placet a cualquier propuesta militar que le infle su vanidad, la Presidencia de Donald Trump la emprende ahora contra Corea del Norte, esa espinita que tiene clavada Estados Unidos desde aquella guerra que libró en los años cincuenta del siglo pasado y que propició la división de la península, a lo largo del paralelo 38, en dos Coreas: la del Sur, apoyada por Estados Unidos, y la del Norte, apoyada por China y ayudada por la Unión Soviética de entonces.

Una guerra que todavía no ha firmado el armisticio ni ha sellado la paz. Teóricamente sigue en guerra con EE UU. Claro que el niñato que dirige el Gobierno de Pyongyang, capaz de asesinar a sus propios familiares caídos en desgracia, merece una buena reprimenda si los Derechos Humanos fueran de obligado cumplimiento en todo el mundo (cosa imposible porque no habría cárceles suficientes para encerrar a cuantos los violan), pero de ahí a enviar una flotilla liderada por el portaviones Carl Vinson a aquellas aguas para amedrentarlo hay un abismo, si ello no responde a una estrategia bien elaborada (diplomática y militarmente) que dé mejores resultados que la política de contención de Obama.

De lo contrario, estamos ante una nueva improvisación belicista de los halcones de la Casa Blanca, parecida a la del general MacArthur en los tiempos de Truman de atacar con armas nucleares a China, que podría tener consecuencias desestabilizadoras en la región, tal como sucedió con la intervención norteamericana en Irak, todavía pendiente de estabilizar y de apaciguar el avispero de insurgentes desencadenado.

La excusa de que el país dispone de un programa balístico y nuclear, en función de su claustrofóbica soberanía estatal, no es motivo suficiente para hacer sonar los tambores de guerra, ya que muchos otros países buscan o consiguen el mismo objetivo, en principio, defensivo (EE UU, Rusia, China, Reino Unido, Francia, India, Pakistán, Israel...), sin que reciban en sus aguas territoriales el aviso de los buques de guerra norteamericanos.

A menos, otra vez, que el propósito sea otro, de índole interna, para un personaje mal acostumbrado en sus negocios a conseguir cuánto se le antoja sin pararse en los medios. Es decir, o hay detrás una estrategia que incluye a Pekín, Japón y Rusia, o hay una táctica propagandística para contrarrestar el fiasco de las iniciativas de política interna de la Administración veleidosa de Donald Trump. En cualquiera de los casos, el mundo no parece más seguro con un fanfarrón tirando bombas por doquier.

DANIEL GUERRERO

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