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9 ago. 2017

  • 9.8.17
Tengo miedo porque no sé cuál es el verdadero significado de una curva. Es un desasosiego que me oprime el estómago y me hunde en un vértigo angustioso. Se me ocurrió pensar en lo infinito dibujado y colocado en un solo espacio. Intenté descifrar el verdadero valor y significado del vacío. Imaginé un espacio curvo envolviéndose infinitamente sobre sí mismo.



Allí, busqué en el fondo, imaginé la última etapa. Me asomé a la profundidad del pozo, al horror, a la pesadilla. Fue entonces cuando comprendí que no había final. Viajé en una línea curva y no encontré nada. Soñé despierto con la posibilidad de vivir toda la eternidad, para hallar el borde mismo de la propia existencia de las cosas.

Al dibujar en mi mente esa idea viajé cien años luz y mil millones de tiempos. En un segundo mis ojos miraron el devenir de los espacios cóncavos.

El tiempo no se puede observar, porque el tiempo, no es tiempo. Es un concepto inventado para rellenar el vacío. Cuando se viaja a través de lo que no existe, los pensamientos no tienen representación. Los colores irradian un matiz desconocido. Las formas no tienen dimensiones, no se sienten los órganos.

Tampoco se tiene conciencia. Solo es un paseo por el reino de ninguna parte. Viajando por los pasillos del espejismo recorremos el mismo punto. Las ideas corren a tal velocidad que se adelantan unas a otras y se solapan como las hojas de los árboles volando entre los vientos de un invierno infernal.

Cuando uno piensa de esa manera puede estar a punto de descifrar la parábola. Recorrer sus bordes e intentar hallar la respuesta a una sola pregunta. Al deambular por estas fronteras se corre también el riesgo de volverse loco.

Tal vez, en un estado de demencia sea la única manera de comprender el concepto más angustioso al que se puede enfrentar el ser humano. Me refiero a la idea de la nada flotando en una órbita infinita.

En esa fantasía sigo moviéndome. Puedo estar así hasta el fin de mis días, esperando en una esquina de la eternidad. Me iré para siempre sin descifrar el otro lado. Sin saber lo que hay al final de esa eterna curva.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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