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16 oct. 2017

  • 16.10.17
El discurso más esperado de los últimos tiempos, el que más expectativas había despertado en los medios de comunicación del mundo entero y que tenía a todos los españoles en vilo, terminó siendo un profundo chasco. Se suponía que el presidente de Cataluña, después de todo lo que había montado, iba a declarar solemnemente, desde la tribuna del Parlamento de aquella región, la independencia de la Comunidad Autónoma, sin importarle las consecuencias.



Pero, al final, y tras relatar un cuento de hadas sobre todas las afrentas y humillaciones que supuestamente ha padecido el “pueblo” catalán a lo largo de la Historia y, especialmente, durante los últimos años, el molt honorable presidente catalán, Carles Puigdemont, decidió suspender esa declaración de independencia para abrir un período de diálogo con España a través de unos intermediarios que nadie, ni el Gobierno ni la Unión Europea, pretende convocar.

Es imposible superar este esperpento de declarar una pseudoindependencia que se deja en suspenso hasta otra ocasión más propicia, en la que la amenaza de la ley no haga flaquear a sus promotores. La magnitud de la frustración fue evidente en las caras y los gestos, negándose a aplaudir, de los parlamentarios de la CUP, los radicales más radicales del secesionismo catalán.

Sin embargo, lo mejor de la sesión fueron las intervenciones de la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, y del PSC, Miquel Iceta, desenmascarando el verdadero rostro del nacionalismo más rancio, egoísta y racista, por un lado, y las mentiras y manipulaciones del procés, por el otro.

Si la cosa quedara así, hasta la inverosímil reclamación de una república feminista exigida por la CUP sería parte de una comedieta infantil de gente que se aburre en ese parlamento, pero mucho me temo que retornar a la legalidad para encauzar el conflicto de Cataluña con España por vías pacíficas y realmente democráticas está lejos de conseguirse. Esto no es más que una estrategia de aplazamiento para eludir consecuencias judiciales, penales y políticas. El problema sigue intacto. Por ahora.

DANIEL GUERRERO

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