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4 mar. 2019

  • 4.3.19
Licenciado en Ciencias Físicas y escritor, Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) publica Trilogía de la guerra, una novela que lleva toda la vida en ella y que contiene todo aquello que siempre quiso escribir. Con esta obra, celebra en Seix Barral el sexagésimo aniversario del Premio Biblioteca Breve que, para su autor, es un inmenso honor. Primero, porque antes el premio lo ganaron Caballero Bonald, Cabrera Infante o Vargas Llosa. Y segundo, porque este libro es la culminación de años de trabajo y experimentación de nuevos caminos en su narrativa, así como de “buscar la riqueza del mundo en los detalles”.



—He leído que en 'Trilogía de la guerra' está contenido todo aquello que siempre quisiste decir y escribir. ¿Así es?

—Bueno, sí. Hasta la fecha. Es una novela que llevo toda la vida haciéndola, porque hay ideas antiguas, otras de hace dos o tres días y que han venido a majar de una forma muy natural.

—La novela, tú que también eres músico, afronta la cara B de nuestro mundo que, aun estando ahí, lo ignoramos. Pero también es un libro muy arraigado a lo real.

—Es que la cara B de nuestro mundo también es real y es la parte que tenemos que darnos cuenta que es otra realidad pero es como si alguien observara los acontecimientos desde un plano diferente para alumbrarnos algo que no veíamos. Por eso en toda la novela hay muchas metáforas y resonancias que van apareciendo.

—Más de cinco años has dedicado a la elaboración de esta historia, de la que empezaste a escribir sin una estructura previa y que luego te dejaste llevar por tus inquietudes creativas. Pese a la extensión de la novela.

—Sí. Fue así. Esto empieza cuando pongo a un personaje en la Isla de San Simón. Pero lo importante es por qué lo pongo ahí. Yo voy a esta isla, que fue un campo de concentración, y notas la presencia de la muerte y de los objetos. La experiencia que yo tengo ahí, la poética que yo había desarrollado hasta entonces, no podía dar explicación a las preguntas que me hacía esa propia tierra. Por eso, para poder respondérmelas, puse un personaje y a ver qué pasa.

—Tus personajes viajan. Muchos escritores y periodistas se han planteado qué sentido tiene viajar hoy que todo está descubierto. Para ti, sin embargo, viajar es un modo de generar ficciones personales.

—Claro. Porque yo creo que el modelo de viajero descubridor es un modelo que acabó ya a principios del siglo XX. El mundo está descubierto. Lo que hacemos ahora es viajar para vivir las ficciones que nos contaron otros, para vivirlas en nuestra propia carne y en cualquier caso siempre es como una revisión de lo que ya había. Para revisionar lo que otro ya había visto.

—Visitaste la Isla San Simón, te impactó y te pusiste a escribir ese mismo día. ¿No te resulta curioso que se hayan escrito tantos libros sobre la guerra civil y tan poco sobre sus campos de concentración?

—Bueno, eso me parece curioso. Todos esos libros que estaban escritos de la guerra civil no me daban respuesta a lo que yo experimentaba allí. Por eso tenía yo que encontrar mi propia respuesta, que es colocando a un personaje ahí.

—Me llama la atención un personaje, Kurt, que forma parte de la primera expedición a la Luna y que es quien graba las imágenes. ¿Crees en la leyenda de que fue Stanley Kubrick quien lo hizo?

—Jaja. No, no. Yo personalmente no lo creo. Pero la importancia es que este personaje dentro de la novela se hace totalmente verosímil, según cuentan los lectores. Y es un personaje que nos dice que en una época donde el selfie aún no estaba conceptualizado como hoy, hacía la fotografía y no salía en la fotografía. Y es muy interesante porque abre puertas a otras cuestiones. Como quien nos ha escrito, es fiable, estaba dentro de la foto o estaba fuera de la foto, es subjetivo o es objetivo. Y eso abre también todo un campo de reflexión en el libro.

—Te gusta diferenciarte de los mecanismos narrativos del mundo audiovisual y prefieres trabajar el relato de la palabra escrita. ¿Este libro es un ejemplo de ello?

—Sí. Absolutamente. Aunque haya imágenes en el libro. Son imágenes que no son redundantes con la palabra. Si no, no valdrían. Pero, por otra parte, cuando se dice de una novela que es muy cinematográfica, como si fueran planos, bueno, a mí no me interesa. Porque eso ya lo hace el cine mejor. Si algún sentido le queda a la novela en el siglo XXI es trabajar lo que solo la novela puede hacer, que es la especificidad de la palabra. Luego, el cine podrá traducirlo a imágenes, pero ya es una traducción, no es una transposición directa.

—Eres escritor pero también músico. En las primeras páginas de esta trilogía hablas de una mesa redonda compartida con Julián Hernández, cantante de Siniestro Total. ¿No te gustaría compartir con él algún concierto?

—Jaja. Es verdad. Me gustaría hacer una colaboración musical con él algún día. Faltaría más. Pero, bueno, eso es como un sueño.



—La novela se divide en tres partes bien diferenciadas, pero con unas constantes, que son las guerras que ha vivido todo el planeta.

—Las guerras. Y luego se extrapola también, en general, a los conflictos, a los conflictos también personales. En realidad, yo creo que es también de cómo nos formamos una idea de enemigo, sea una guerra concreta o no. Por ejemplo, la crisis económica en Europa qué duda cabe que, para mi modo de ver, es la eterna guerra nunca resuelta entre el supuesto puritanismo protestante del norte contra el supuesto libertinaje del catolicismo del sur. Y es una guerra que hace dos siglos hubiera sido guerra cruenta y ahora fue económica, pero está funcionando ahí. Quiero decir que el conflicto siempre está, que el ser humano está ahí.

—Otra idea que da coherencia y unidad a la trilogía es la idea de que existe una red social que une a los vivos con los muertos.

—Es que la red social más grande que ha existido y que existirá no es la de internautas. La red que ha comunicado y comunica es siempre la de los vivos con los muertos. Y esta idea de que los muertos nunca están muertos del todo. Pero es que los vivos nunca estamos vivos del todo. Es una idea que está en el libro. Vivimos, de verdad, en una interzona. Los muertos están todo el rato hablándonos y contándonos cosas. Y nosotros a ellos. Porque los simbolizamos. Bueno, un cementerio es eso.

Existe eso y es importante ver cómo la idea de que el cuerpo no es como un archivo. Es decir, el cuerpo no es como un archivo informático sin carne que circula por el mundo. El cuerpo, cuando está en un lugar donde murió tanta gente, ves cómo la carne de algún modo llama. Y eso es una idea de materialidad que yo quería dar.

—La poesía de Lorca está en tu libro. También el triángulo Sebald, Lynch y Dalí ha operado en toda tu novela. ¿Qué has encontrado en ellos que te han ayudado a reforzar esta obra?

—Bueno, hay muchas cosas ahí. En Sebald, la manera de narrar las cosas como si fueran un pozo infinito. De Lynch, precisamente abordar la cara B de la realidad. Dalí me parece de los mejores escritores del siglo XX. Toda la parte deslizante de Dalí como escritor es buenísima.

—Inevitablemente, todos los personajes tienen algo de ti. ¿También tu gemelo anda suelto por estas páginas?

—Cuando escribimos, siempre generamos gemelos, pero gemelos un poco distorsionados, porque todo escritor escribe solo de sí mismo. Aunque hable de un mundo imaginario, está hablando de sí mismo. Pero, claro, no es idénticamente igual lo que escribe a como es. Entonces son gemelos, pero son gemelos un poco mutados. Pero, claro que sí. Ahí está. Es un gemelo mío.

—¿Sabes ya qué vas a escribir ahora?

—Estoy escribiendo muchas cosas. Estoy con dos novelas más. Sí, sí. Yo siempre estoy haciendo algo (ríe). Si no, me aburro. Tengo que estar todo el día dándole a la cabeza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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