Habitualmente, por las mañanas muy temprano, salgo a dar una caminata por el largo paseo que hay en Córdoba y que popularmente se le denomina el Vial Norte. Con frecuencia me encuentro con Pepe, un vendedor de la ONCE que tiene minusvalía en una pierna, por lo que, como él me indicó, al no padecer ceguera, puede estar en la calle, ya que los invidentes se encuentran en las oficinas.
Con el paso del tiempo hemos hecho una pequeña amistad, dado que vivimos en el mismo barrio y me cuenta un montón de anécdotas, puesto que con su carácter ingenioso le es muy favorable entablar conversación con todo el mundo.
Pues bien, el martes pasado, sobre las siete y media, me lo encuentro esperándome en la esquina en la que habitualmente se coloca. “Buenos días”, me saluda con una pequeña sonrisa. “Me parece que hoy tengo que cambiarle los cupones, ya que los que le di tienen la misma terminación del premiado”, me indica con toda convicción al tener una gran memoria, por lo que se acuerda, al menos en lo que respecta a mí, de los que me entregó.
“Bueno, Pepe, espero que alguna vez me des un buen premio, como el que repartiste el año pasado”, le digo, a pesar de que ese día de enero no me crucé con él, por lo que no fui de los afortunados con el Cuponazo.
Cuando me entrega los cupones, me fijo que en esta ocasión está dedicado a un castillo. Al tenerlo en mis manos, puedo leer que se trata del castillo de Puebla de Alcocer.
“¡Vaya, un castillo de mi tierra! ¿Sabes que en una ocasión apareció en los cupones el castillo de Alburquerque?”, le indico, al tiempo que le explico con más detalle dónde se encuentra mi pueblo, cómo se puede llegar a él y lo que tiene que ver si alguna vez se anima a venir a esta tierra que tiene bastante semejanza con la parte norte de la provincia de Córdoba.
“Sí, recuerdo cuando salió —me responde—, aunque ahora no podría precisarte en qué año fue”.
Imagino que o tiene una gran memoria, puesto que, como podemos comprobar, fue hace quince años, o se trata de halagarme un poco, dado el entusiasmo que he puesto cuando he hablado de mi tierra. De todos modos, añadiré este número al grupo de castillos que tengo.
Entre los que tengo de Córdoba se encuentra el del castillo de Almodóvar, quizás el más conocido de la provincia.
Sobre este castillo debo apuntar que actualmente es producto de la restauración que se llevó a cabo entre 1901 y 1936, siguiendo los criterios del arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc, muy inclinado hacia la visión del romanticismo del siglo XIX, aunque desde el punto de histórico sus criterios de restauración no se atuvieran a los defendidos por los arquitectos actuales y los historiadores, en el sentido de respetar al máximo los elementos originales diferenciándolos de los añadidos. Sin embargo, ha sido utilizado como entorno de películas de carácter medieval, puesto que aquí no se buscan los criterios de fidelidad histórica, sino que sus relatos sean del gusto de los espectadores.
Con el paso del tiempo hemos hecho una pequeña amistad, dado que vivimos en el mismo barrio y me cuenta un montón de anécdotas, puesto que con su carácter ingenioso le es muy favorable entablar conversación con todo el mundo.
Pues bien, el martes pasado, sobre las siete y media, me lo encuentro esperándome en la esquina en la que habitualmente se coloca. “Buenos días”, me saluda con una pequeña sonrisa. “Me parece que hoy tengo que cambiarle los cupones, ya que los que le di tienen la misma terminación del premiado”, me indica con toda convicción al tener una gran memoria, por lo que se acuerda, al menos en lo que respecta a mí, de los que me entregó.
“Bueno, Pepe, espero que alguna vez me des un buen premio, como el que repartiste el año pasado”, le digo, a pesar de que ese día de enero no me crucé con él, por lo que no fui de los afortunados con el Cuponazo.
Cuando me entrega los cupones, me fijo que en esta ocasión está dedicado a un castillo. Al tenerlo en mis manos, puedo leer que se trata del castillo de Puebla de Alcocer.
“¡Vaya, un castillo de mi tierra! ¿Sabes que en una ocasión apareció en los cupones el castillo de Alburquerque?”, le indico, al tiempo que le explico con más detalle dónde se encuentra mi pueblo, cómo se puede llegar a él y lo que tiene que ver si alguna vez se anima a venir a esta tierra que tiene bastante semejanza con la parte norte de la provincia de Córdoba.
“Sí, recuerdo cuando salió —me responde—, aunque ahora no podría precisarte en qué año fue”.
Imagino que o tiene una gran memoria, puesto que, como podemos comprobar, fue hace quince años, o se trata de halagarme un poco, dado el entusiasmo que he puesto cuando he hablado de mi tierra. De todos modos, añadiré este número al grupo de castillos que tengo.
Entre los que tengo de Córdoba se encuentra el del castillo de Almodóvar, quizás el más conocido de la provincia.
Sobre este castillo debo apuntar que actualmente es producto de la restauración que se llevó a cabo entre 1901 y 1936, siguiendo los criterios del arquitecto francés Eugène Viollet-le-Duc, muy inclinado hacia la visión del romanticismo del siglo XIX, aunque desde el punto de histórico sus criterios de restauración no se atuvieran a los defendidos por los arquitectos actuales y los historiadores, en el sentido de respetar al máximo los elementos originales diferenciándolos de los añadidos. Sin embargo, ha sido utilizado como entorno de películas de carácter medieval, puesto que aquí no se buscan los criterios de fidelidad histórica, sino que sus relatos sean del gusto de los espectadores.
AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍA: ONCE
FOTOGRAFÍA: ONCE





























