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Jóvenes y política

Ciertamente no entiendo muy bien a qué viene ahora que la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, declare públicamente que haría desaparecer las organizaciones juveniles de los partidos políticos. No lo entiendo, cuando ha apoyado activamente y se ha servido políticamente del trabajo de las Nuevas Generaciones (NNGG) del Partido Popular y, en la actualidad, salvo las recientes declaraciones de Esperanza Aguirre reclamando experiencia distinta a la política para aquellos que deseen acceder a esta última, no se habían producido circunstancias reseñables que movieran a una tan radical posición.

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Siempre he dicho que hay que llegar a la política a través de la vida y no a la vida a través de la política, como en demasiadas ocasiones viene ocurriendo en la actualidad, en la que contamos con dirigentes políticos de un primer nivel: diputados, senadores, alcaldes... que toda su actividad laboral conocida y estable se encierra en el ejercicio de la política desde antes incluso de culminar su formación –universitaria o no-.

Estos personajes, evidentemente, poco o nada pueden aportar a la vida política como experiencia personal fuera de ella y lo único que hacen es beneficiarse laboral y experiencialmente de un mundo que para mantenerte en él te exige de evidentes dotes de servilismo hacia quienes son tus superiores jerárquicos y de una gran capacidad para la batalla cruenta en la defensa de tu posición, aptitudes ambas que no son las más recomendables para quienes han de ostentar la representación de la población y la defensa de la libertad y los principios democráticos.

Pero siendo ello así, el problema no está tanto en la participación de los jóvenes en política como en la utilización que de ello vienen haciendo los propios partidos políticos con fines personales y electorales.

Desde hace años, nuestras formaciones políticas vienen vendiendo como valor añadido la presencia de jóvenes –muchos de ellos sin capacitación conocida para el cargo- tanto en las candidaturas electorales como en las instituciones, en su afán por vender una renovación ideológica que luego no es real. No digamos ya el papel que estas organizaciones juegan en las campañas electorales, sabedores los partidos del voto juvenil que se dirime en ellas.

De ahí que, al contrario de lo que afirma Ana Botella –y en lo que no sé si estará de acuerdo su marido, José María Aznar, si tenemos en cuenta el papel orgánico que NNGG jugaba en la organización que él presidía- lo que realmente deben hacer los partidos políticos es potenciar una educación en valores de sus militantes más jóvenes, aplicando criterios de mérito para la selección de aquellos que, en su momento, opten por desempeñar actividades políticas con un mayor grado de dedicación, en lugar de, como ahora, encumbrar a quienes, desde determinados liderazgos juveniles, sean más capaces para abrirse camino en la orgánica de partido sin perder de vista la obediencia debida a quienes los designan.

Es cierto que nuestro parlamentarismo es pobre, en gran medida debido a que existe pobreza de aportaciones por parte de quienes lo integran, pero ello no se combate eliminando de un plumazo organizaciones de todo tipo sino estableciendo cauces de participación, orgánicos e institucionales –las listas abiertas, por ejemplo- que propicien que sólo sean los mejores quienes adquieran la capacidad para gestionar lo público. En esto último no creo que sea tan tajante Ana Botella.

ENRIQUE BELLIDO
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