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Un problema muy serio

Leía hace unos días las últimas declaraciones de Felipe González, en las que afirmaba que “las élites de referencia han dejado de existir en todos los ámbitos y, sin ellas, un país tiene un problema muy serio”. Y hace poco más de un mes hacía yo una idéntica reflexión que la del expresidente socialista, denunciando la ausencia de liderazgos sociales que en todos los sectores de nuestra sociedad estamos viviendo.

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Ello está llevando a una profunda desorientación del pueblo y a la ausencia casi generalizada de proyectos e iniciativas de todo tipo que no sólo hagan progresar la sociedad sino, lo que es mucho más importante en estos momentos de crisis, la hagan afrontar con garantías las soluciones para salir de ella sin que se produzca la ruptura social que ya estamos viviendo y que puede convertirse en una carcoma de trágicas repercusiones.

¿Qué ha sucedido para que se dé esta crisis de liderazgos? No encuentro respuesta sino en la degeneración ética y en la pérdida de valores que, a nivel individual e institucional, ha venido sufriendo la sociedad española en sus últimos veinte años, en paralelo con un desarrollo democrático claramente viciado que finalmente ha contagiado, desde las instituciones políticas del país, al resto de ellas.

El poder ha ido convirtiéndose de un ejercicio que nacía de las bases, y que desconocíamos después de 40 años de franquismo, a un sistema oligárquico que se servía de aquellas para su legitimación, despreciando en muchos casos su participación real en el proceso democrático.

Las instituciones, todas ellas, los partidos políticos, las asambleas parlamentarias, ayuntamientos, instituciones académicas, organizaciones empresariales y sindicales, colegios profesionales o movimientos asociativos de todo pelaje han ido encerrándose en sí mismas, defendiendo el estatus personal de quienes las componen, a la vez que han creado un sistema de relevos escasamente participativo y, en todo caso, claramente manipulado y dirigido desde su interior, impidiendo con ello el nacimiento de nuevos liderazgos sociales o, cuando estos tomaban el relevo, de liderazgos con la suficiente entidad ética y moral para marcar nuevos y mejores rumbos a la sociedad.

Está claro que tenemos una clase dirigente muy mediocre porque, quienes realmente valen, o bien no están dispuestos a revolcarse en el lodo de nuestras instituciones, o bien son frenados en sus aspiraciones por quienes han entregado su alma a la miseria del poder con minúsculas y basan su subsistencia en él.

De este modo, no es extraño que a la sociedad española le vaya como le va y, como decía González, este país tenga un problema muy serio. No es de extrañar que desde el PSOE se echen las manos a la cabeza porque el secretario general de los socialistas catalanes, Pere Navarro, proponga primarias o que, en su día, José María Aznar se marchase dejando a su sucesor elegido.

Tampoco nos resulta raro que tras casi 20 años al frente del sindicato, Cándido Méndez vuelva a ser designado con el 99,83 por ciento de apoyos, con los antecedentes de un Juan Lanzas robando dinero a espuertas con los ERE andaluces; o que en esta u aquella Universidad, los rectores se sucedan mediante apaños claustrales; o en este o aquel colegio profesional, sus presidentes o decanos lo sean por hacer juegos malabares para la obtención de votos, cuando no son las organizaciones empresariales las que se reparten presidencias por aquí y por allá en un ejercicio de compadreo escasamente edificante.

Y el peor problema de esta sociedad es que quienes han de modificar las reglas del juego ahora existentes son precisamente aquellos que no desean su modificación, con lo cual o seguimos padeciendo su mediocridad y tiranía, o nos obligan a provocar un asalto al poder que es en lo que consistiría ese problema muy serio del que hablaba Felipe González y que, en alguna medida, ya estamos viviendo en la calle y hace poco en el Congreso de los Diputados.

ENRIQUE BELLIDO
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