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El fracaso de las políticas de integración

Los actos vandálicos que han sacudido a Suecia durante la última semana crea la necesidad de preguntarse si, tal vez, hay que replantearse las políticas migratorias y, sobre todo, de integración tanto a nivel estatal como a nivel europeo. Tradicionalmente se aceptan tres modelos de integración: el modelo multicultural, el modelo universalista y, finalmente, el modelo de separación. Rara vez se da uno en estado puro, principalmente por la dinámica inherente al hecho migratorio. Sin embargo, sí suele apreciarse en las sociedades y en las políticas el predominio de uno u otro.

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Suecia y Holanda son países donde, hasta hace poco, predominaba un modelo multicultural o plural, que supone el respeto y la garantía de la diversidad cultural. Los inmigrantes cuentan con casi los mismos derechos y deberes que los nacionales, pero se les pide a cambio su plena participación en el Estado de Derecho.

Francia es el ejemplo paradigmático del modelo de asimilación, republicano o universalista. El individuo ha de renunciar a su identidad étnica y cultural a cambio de adoptar los valores mayoritarios, los valores del “ciudadano”.

Finalmente, está el modelo de separación o exclusión. Alemania, Austria y Bélgica (el más claro ejemplo es la zona de Flandes) se han caracterizado durante mucho tiempo por un marco jurídico rígido y restrictivo de inmigración, que busca ante todo salvaguardar la cultura de la sociedad de destino y la cohesión social. En este último caso, se aprecia la inmigración como un hecho temporal y motivado principalmente por motivos económicos.

Todos los modelos cuentan con sus pros y sus contras. Sin embargo, todos ellos fueron barajados por los distintos países de origen entre los años noventa y 2007. Con el inicio de los problemas económicos se ha podido apreciar variaciones en la aplicación de los modelos y, sobre todo, una tendencia al modelo excluyente en mayor o menos medida.

Sin embargo, ¿cuál ha sido el origen de los recientes altercados de Suecia? ¿Y los de Londres en 2011? Más allá, ¿qué fue lo que provocó los disturbios en Francia en 2005? Evidentemente, dos son las principales causas: los conflictos de los inmigrantes con un sector de la sociedad de origen, xenófoba y abusiva, y sobre todo, las malas condiciones de vida que tienen que soportar.

Una buena política de integración puede conseguir que el inmigrante asuma unos valores, pero si no van acompañados de unas condiciones económicas, es muy complicado conseguir la integración plena. Este hecho se suma a actos xenófobos que llevan a las comunidades, cuando no a guetos, sí a rebelarse contra sus opresores. Esta xenofobia se manifiesta en muchas ocasiones a través de las actuaciones policiales, que no siempre son ejemplares, como se puede comprobar a continuación.

El desencadenante de los disturbios en Suecia fue la muerte de un señor de 69 años a manos de la policía. De acuerdo con la policía sueca, era un inmigrante con problemas psicológicos. Pero lo cierto es que la dureza de la actuación de los agentes ha llevado a un buen número de inmigrantes concentrados en los suburbios a manifestarse.

El caso londinense fue similar. La policía abatió en Tottenham a un hombre de 29 años y de raza negra. Los disturbios contra la Policía acabaron convirtiéndose en una reivindicación de los sectores más deprimidos de la sociedad y dieron lugar a un giro en la política migratoria británica.

Más lejos quedan ya los altercados de 2005 en Francia, provocados por la muerte de dos adolescentes musulmanes de origen africano que murieron mientras huían de la policía, electrocutados tras caer en una subestación eléctrica. De nuevo, las manifestaciones fueron una reivindicación contra las malas condiciones de vida de estos colectivos y de la represión policial.

Sin embargo, la represión policial no es el único ejemplo de la xenofobia en los países de destino. Otro caso paradigmático es el de Anders Behring Breivik, el “monstruo noruego”, que asesinó en julio de 2011 a 77 personas para denunciar la “islamización” de Europa y la necesidad de recuperar la esencia de la nación noruega.

Posiblemente, Breivik es la manifestación más visible de un sector de la sociedad que, sin llegar a su extremismo, sí considera necesario salvaguardar su propia cultura e intereses. Francia expulsó en 2011 a más de treinta mil personas de sus fronteras, un número con pocos antecedentes en la Europa contemporánea.

Muchos ejemplos que demuestran que la sociedad europea ha fracasado en sus políticas de integración. La integración exige igualdad frente a los nacionales, y esa igualdad no sólo puede manifestarse en valores, sino que también ha de manifestarse a nivel económico. Problema: los gobiernos hoy en día no pueden garantizar ni la igualdad económica (si es que alguna vez se ha podido) entre sus ciudadanos, ¿cómo hacerlo con los inmigrantes?

Conviene concluir con una última reflexión: ¿Las políticas de integración qué deben buscar? ¿Que el inmigrante se adapte al lugar de destino? ¿Que la sociedad receptora sea capaz de aceptar al otro? ¿O las dos, en mayor o menor medida? Muchas variables, pero siempre el mismo resultado.

RAFAEL SOTO
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