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Andalucía degradada

¿Orgulloso de ser andaluz? ¿Qué quieren que les diga? Pues no. Debe resultar éticamente muy difícil sentirse orgulloso de pertenecer a una tierra, a una región y, por no ofender a algunos, a una Comunidad Autónoma, que socialmente posee el Gobierno que posee y se mueve en la podredumbre política –que, en consecuencia, también lo es social-, en la que se mueve.

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Porque ser andaluz no es, en modo alguno, haber nacido en Andalucía. Esta es una circunstancia aleatoria que carece de mayor valor y que, en modo alguno, marca la personalidad de nadie. El carácter de una tierra, lo que en realidad es, mirándose hacia dentro y comparándose con las demás, lo marcan quienes diariamente la conforman, sean andaluces o no, desde su compromiso personal, social o político, en un continuo ejercicio de modelación de la sociedad en todas sus aristas.

Y no, siento decirlo: Andalucía no me parece una tierra como para sentirse orgulloso de ella, lo cual no quiere decir que no me duela el territorio en el que casualmente me correspondió nacer –muy al contrario, me duele mucho-, sino que, mirando a su interior, valorando sus problemas y analizando sus carencias, así como exponiéndola a la cruda realidad de la comparación con otras, descubro a diario su incapacidad para ofrecer un entorno de estabilidad y seguridad social en el que los andaluces, nacidos o no aquí, puedan desarrollar todas sus potencialidades con total y absoluta libertad.

Nuestros políticos y una magistrada como la juez Alaya nos indican a diario las pautas de conducta por las que se mueve la Andalucía oficial, la que condiciona con su actuar esa otra Andalucía social que componemos la inmensa mayoría de quienes en ella vivimos.

Por ello que vista la vergonzosa opacidad con la que nuestros representantes se suben sus dietas en el Parlamento andaluz, atendiendo al bochornoso espectáculo de cargos públicos, sindicatos, empresarios y partidos políticos implicados en el robo del dinero de todos en la fraudulenta ejecución de muchos ERE, no deban extrañarnos las cifras que a continuación voy a exponerles, ilustrativas, todas ellas, del fracaso social que se vive en Andalucía y de la profunda insatisfacción en la que vivimos o deberíamos vivir –todo depende de la sensibilidad o la posición de los observadores-.

Son cifras, todas, obtenidas del Anuario Joly de Andalucía 2013, que dibujan una imagen de nuestra Comunidad muy lejana, desde luego, a la nítida y luminosa que desde la óptica oficial se enmascara a los ojos de los andaluces.

Por supuesto que el paro, la madre de todas las desgracias y el principio de todos los fracasos, ensombrece trágicamente a nuestra región. Unos niveles del 35,86 por ciento, los más altos de nuestra historia, frente al 25 por ciento de la media nacional, condicionan la libertad y la igualdad social de los andaluces, sometiéndolos a la vejación del subsidio y, en muchos casos, de la caridad.

Que la tasa de fracaso escolar se sitúe en el 34,7 por ciento, en comparación a una media nacional del 28,4 por ciento, nos indica que nuestra pobreza no sólo es económica sino también intelectual, estructural por tanto, condicionando nuestro futuro en generaciones.

Ayuda a ello que en Andalucía contemos con 8,14 profesores por cada 100 alumnos, frente a los 8,77 de la media española. Ello, lógicamente, coincide con que ostentemos una de las tasas más altas de país en cuanto a analfabetismo, un 4,20 por ciento de la población, frente a la mayoría de España que se mueve en niveles que van del 0 al 2 por ciento.

Paro y fracaso educativo no pueden generar sino pobreza, de ahí que nuestra Comunidad alcance niveles del 35 por ciento de población en el umbral de la pobreza, lo que representa una indecencia social si tenemos en cuenta el derecho constitucional de todos los españoles a vivir dignamente.

Pero es que tampoco la protección social que brindan las instituciones, en este caso la Junta de Andalucía, ofrece motivos para sentirse orgulloso. En nuestra región contamos con 2,61 camas hospitalarias por cada mil habitantes –sólo Melilla cuenta con menos, 2,10-, cuando la media española se sitúa en 3,42, lo cual echa por tierra tanto discurso triunfalista sobre la calidad de la sanidad andaluza, cuando esta ha de basarse no sólo en las nuevas tecnologías y técnicas quirúrgicas, sino en la atención a procesos comunes que hoy siguen viéndose atrapados en las listas de espera.

Pero es que fallamos también en el campo de la ciencia y la investigación que, a la postre, son los que marcan el mundo de la competitividad internacional y el desarrollo. Así, por cada mil investigadores activos en Andalucía, 3,8 se dedican a I+D frente a los 5,8 que marca la media española.

Lógicamente, estamos por debajo de le media española en equipamiento técnico de nuestras viviendas como pueda ser acceso a Internet, ordenador, conexión a banda ancha, telefonía fija y móvil, etc. Y, por último, para no cansarles de datos, en algo tan sensible como pueda ser la violencia de género, nuestra Comunidad ofrece una tasa de 1,8 mujeres muertas por cada millón, frente al 1,3 de la media española.

No, no puedo sentirme orgulloso de ser andaluz y, precisamente por ello, no voy a desertar de serlo, por mucho que el poder institucional pugne por doblegar la voluntad y la conciencia de los críticos. Sé muy claramente dónde están los autores de esta Andalucía degradada y también dónde deberían situarse. Y confío en que llegue el día en el que el pueblo y personas como la juez Alaya descubran la realidad.

ENRIQUE BELLIDO
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