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Alimentos naturales, ecológicos, milagrosos…

Abro este artículo con una cita de José Luis Sampedro que me viene como anillo al dedo: “Nos educan para ser productores y consumidores, no para ser libres”. Esta afirmación, por obvia, parece una perogrullada. Pero la realidad, desde luego, no la desmiente.

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Ser libre implica actitud crítica o, lo que es lo mismo, tener criterio propio. Incluso ser capaz de ir a contracorriente y eso no es rentable para los mercados porque entonces no podrían “vendernos la burra” que ellos quieren, por más mataduras que ésta tenga. Y nosotros les seguimos el juego porque nos han dicho que somos importantes, que buscan nuestro bienestar; en otras palabras, porque nos han adocenado con sus halagadores lemas.

Hace ya algún tiempo me picó la curiosidad el libro Los productos naturales, ¡vaya timo!. Al rastrear en San Google entradas relacionadas, me topé con el dilema de los “Alimentos ecológicos frente a los industriales”, con la panacea de las “Dietas milagro”, o “Los alimentos perfectos para que el cuerpo esté bien”, “Alimentos que curan” y un largo etcétera. Como colofón a esa búsqueda me aparece un breve compendio del libro Comer o no comer, falsedades y mitos de la alimentación, en el que se mencionan una serie de leyendas alrededor de ciertos alimentos.

Desde Estados Unidos nos llega lo último, la Guía definitiva de los treinta alimentos perfectos. Alubias, verduras varias, salmón, nueces o plátanos, junto con las manzanas, son algunos de los treinta principales de este directorio elaborado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA). Dicho organismo está adscrito al Ministerio de Agricultura de ese país. Es toda una autoridad en asuntos de nutrición y lleva muchos años estudiando la alimentación en el mundo y la composición de los alimentos.

Jugando con toda esta información trataré de aportar unas reflexiones sobre tan amplio abanico –por supuesto, discutibles y opinables-, para que pensemos un poco en qué es lo que comemos, qué compramos, qué nos venden; en definitiva, qué hay de cierto en este enmarañado mundo.

¿Papanatismo, frustración, mentira consentida, patrañas, intereses creados, verdades a medias? Parto de un hecho indiscutible y es que no soy entendido en alimentación ni en dietas. Por ello sólo me amoldaré a lo que me sugiere el sentido común en un terreno tan resbaladizo como éste, donde coexiste lo científico mezclado con lo que podríamos llamar "el encanto de la serpiente".

La primera perla cultivada la entresaco literalmente del libro Los productos naturales, ¡vaya timo! y dice así: “A todo el mundo le gusta la naturaleza y todos queremos cuidar el planeta. Asociamos la naturaleza a un montón de cosas buenas y agradables, y esto nos induce a que detrás del paquete de galletas o del fregasuelos evoquemos bosques, arroyos y trinos de pájaros. Eso es lo que quiere el vendedor. Cualquier especialista en marketing sabe que una estrategia clásica para vender es que el comprador lo asocie con algo agradable”. Antes tenía jilgueros en casa y por eso oía trinos.

El prólogo del libro Comer o no comer… anticipa otro amplio elenco de “creencias urbanas” que se han ido asentando en el imaginario colectivo, convertidas en máximas elocuentes por sí solas, como las siguientes: “La piel del pollo tiene hormonas”, “las botellas de agua mineral que se guardan en el coche producen cáncer”, “la fruta por la noche sienta mal”, “el pan engorda”, “el azúcar crea adicción”, “ayunar bebiendo sólo líquidos desintoxica el organismo”, “sudar adelgaza”, “la miel lo cura todo”, “la carne alimenta más que el pescado”, “dormir engorda”... El libro trata de desmontar un sinfín de mitos (noventa y ocho) sobre las bondades o maldades de algunos alimentos.

¿Qué hay de cierto en esto y hasta qué punto están fundamentadas estas afirmaciones convertidas en leyendas urbanas? Creencias como que existen productos quema-grasa como la alcachofa o el pomelo o que las aceitunas están prohibidas si se quiere perder peso son bulos que se han ido difundiendo a lo largo del tiempo a través del boca-oído.



Se podría resumir parte de todo este tinglado en unos verbos nuevos que circulan en nuestro entorno: “Actíviate, yogurízate…”. Hay muchos más relacionados con los alimentos y que nos inducen a imaginar que son maravillosos para nuestro bienestar y, como dice uno de ellos, desde un fondo verde y pasándose la mano por la barriguita: “¡…y eso se nota!”.

Los lectores más mayores recordarán que hace bastantes años, médicos, laboratorios farmacéuticos, incluso la misma Administración, nos vendieron que el aceite de oliva era perjudicial y había que tomar en su lugar el de soja, de girasol o de maíz –intereses muy interesados doraban la píldora-.

A partir de aquello, que yo recuerde, siempre nos han vendido –han intentado colar- unos alimentos apellidados "maravillosos" y "milagrosos" frente a otros no tan buenos (¿!?). Eran los alimentos que supuestamente engordaban y había que eliminar su consumo por otros más sanos y que nos mantenían en forma.

Ni que decir tiene que cuando médicamente bajaron los índices del colesterol malo, las legumbres fueron arrinconadas, supongo que por aquello de que contenían cerdo y, claro, dicha grasa era perniciosa.

La última refriega la hemos librado con las fechas de caducidad: caduca el aceite de oliva, la miel, el queso curado y un largo etcétera de alimentos. Hasta la sal, tradicional conservante natural, dicen que caduca. Yo recuerdo que el aceite de oliva –insisto en el apellido "oliva"- se podía enranciar, que la miel se solidificaba con el frío –cosa normal por otro lado, pero que al calentarse vuelve a su estado natural sin perder propiedades-, que las aceitunas en la tinaja se podían volver “zapateras”... La lista puede ampliarse algo más, pero su caducidad estaba lejana.

¿Tirar alimentos? El verbo moderno es "caducidad" o, lo que es igual, incitación a comprar y a tirar porque pueden causarnos muchos males. La realidad es que se “angelizan” las bondades de unos alimentos frente a otros que son “demonizados”.

Ciertamente, en esta criminalización o beatificación juega un importante papel la ciencia al descubrir elementos patógenos o saludables, pero no es menos cierto que los mercados encauzan las tendencias consumistas al viento que a ellos les interesa.



Un ejemplo bastante elocuente es la cantidad de conservantes, estabilizantes, colorantes y “enmierdantes” que añaden, mirando por nuestra salud. Incluso últimamente se han inventado aquello de "alimentos sin conservantes artificiales ni colorantes" y han añadido lo de "caducidad preferente". ¡Lagarto, lagarto…!

Mientras en los países desarrollados tenemos problemas de sobrepeso, en el llamado Tercer Mundo más de 900 millones de personas viven bajo el fatal peso del hambre. Somos un mundo sobrecargado de famélicos frente a otro repleto de orondos obesos. Irónica paradoja, por no decir macabra vergüenza, la que ofrece la opulencia frente al mundo de los hambrientos.

Por si fuera poco, según datos de la FAO, en todo el mundo se despilfarran unos 1.300 millones de toneladas de alimentos al año. Solamente con los desperdicios de alimentos de hogares, restaurantes y supermercados de Europa y EEUU podrían cubrirse cuatro veces las necesidades del resto del mundo.

Como muestra, un botón: “En España se desperdician unos 170 kilos de alimentos por persona al año y hay más de 11 millones de habitantes en peligro de exclusión social y con dificultades para alimentarse correctamente”. ¡Vaya tela…!

De todas formas, cuando queremos darle carta de legitimidad –llámese "credulidad" por parte del usuario- a algún alimento, lo bautizamos con el acicate de que los beneficios son para una ONG, para la lucha contra el deterioro medioambiental, o con cualquiera de las muchas consignas de la nueva religión laica practicada en las catedrales modernas de los centros comerciales y predicadas por sacerdotes oficiantes de la mercadotecnia. Disculpen mi atisbo de incredulidad desde la conjetura. Con la edad nos damos cuenta de que somos más ignorantes, pero también más incrédulos.

Voy a permitirme reseñar algunas perogrulladas en relación al tema: lo que aumenta la posibilidad de que el pan engorde es la mezcla que lleva dentro; lo que no engorda es aquello que no se come; pasando hambre es imposible engordar; es muy triste nacer bajo un régimen –político- y morir bajo otro régimen –alimentario- (esto último es sólo valido para los más mayores, por lo del régimen político).

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PEPE CANTILLO
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