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Odiar a los catalanes

Mi padre es catalanófobo. Odia, con todas sus fuerzas, a todos los catalanes porque “todos son unos sinvergüenzas”. Mi padre es un hombre bueno, le faltan unos meses para cumplir 70 años, trabajador, casi analfabeto y de izquierdas. Vive en Extremadura, el campo ha sido su sustento y la política, sin ser militante, ha estado siempre presente en su vida, en voz baja y mirando hacia los lados. Pertenece al bando de los perdedores de la Guerra Civil y de las víctimas de la dictadura.

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No tendría que odiar a los catalanes, ni considerar que España es su salvación, pero lo piensa y expresa con toda la fuerza que es capaz. Propio de la educación de la época, mi padre y yo mantenemos una afectividad a distancia. La España que él teme que se rompa le educó en la creencia de que la afectividad es cosa de hombres no muy hombres. Afortunadamente, siempre nos quedará la política. En este terreno es donde yo recupero a mi padre y mi padre recupera a su hijo.

Me pregunta casi todo lo que políticamente le inquieta. Y sé que me escucha atentamente y, a veces, hasta me toma en cuenta. Es más, el día de antes de las elecciones me llama para perfilar su voto. Y a mí, vanidosamente, me llena de orgullo que mi padre se fíe de mis consejos políticos y que podamos aprovechar esos momentos para recuperar los otros muchos momentos que la educación de mi padre le ha restado a la afectividad de los hombres.

Sin embargo, en la tertulia de hoy hemos tenido menos suerte. Su odio visceral hacia los catalanes lo inunda todo. Rememora sus tiempos de mili –qué sería de la generación de mi padre sin un servicio militar que contar-, en donde había un grupo de catalanes que, cuando estaban juntos, hablaban en catalán.

“Igual que hacen los ingleses, papá”, le calmaba. “No, no, los ingleses hablan en el mismo idioma que tú para que los entiendas”, replicaba el buen hombre, víctima de la mucha televisión que ve y de que su máxima experiencia vital haya sido el servicio militar.

De nada le sirven mis llamadas de atención a la moderación y a la democracia. Él odia a los catalanes con todas sus ganas y más. “No quieren ayudar a las regiones más pobres”, afirma en un tono de damnificado, “como si las regiones pobres quisiéramos ser pobres”, sentencia.

Lo intento, “que no, papá, que no es eso. Que el problema es que el PP no les deja votar y ellos quieren votar. Están en su derecho de decidir cómo quieren organizarse políticamente, ¿no crees?”. Y al instante me doy cuenta de que el razonamiento se le escapa.

Mi padre no sabe nada de la historia de España o, peor aún, la poca que conoce fue la que le contaron en las escuelas franquistas. Tampoco lee periódicos ni libros. Toda su información política le llega a través de la televisión que retrata el independentismo catalán como si fuera un grupo armado. Hemos quedado en hablar en persona, pero sé que mi padre seguirá odiando a los catalanes con todas sus fuerzas hasta el último de sus días.

De igual modo que muchos catalanes seguirán odiando a los españoles hasta el último de sus días. En Cataluña, los medios de comunicación se encargan de tapar el debate sereno con la senyera, y en España, la rojigualda hace lo propio contra Cataluña. Es un bucle de emociones en el que no caben los matices. Odias a unos o a otros.

Gestionar el odio que mi padre profesa hacia los catalanes y la inquina que un catalán de 70 años tiene hacia los españoles debería ser responsabilidad de un país que, parafraseando a un escritor chileno, sería exagerado llamarlo "antidemocrático" y demasiado generoso considerarlo democrático.

España y Cataluña, Cataluña y España, necesitan buscar los cauces del diálogo. Sin banderas, sin imposiciones, sin buenos ni malos y sin odios. Mi padre, un hombre bueno y trabajador, no merece odiar a los catalanes con tantas ganas.

RAÚL SOLÍS
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