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21 nov. 2019

  • 21.11.19
El juego, los juegos, son una manera de entretenimiento que los humanos tenemos para pasar el tiempo, para divertirnos, amén de ser válidos para la socialización sobre todo de los más pequeños. Jugar es divertido: hay tipos de juegos buenos, bonitos, baratos (no estoy hablando de juguetes); otros son o pueden ser peligrosos; otros pueden resultarnos muy caros económica y personalmente.



Parto de una definición simple que apunta alguna de las caras de dicha actividad. La RAE, entre las muchas definiciones que ofrece sobre el juego, lo enmarca de la siguiente manera: “ejercicio recreativo o de competición sometido a unas reglas, y en el cual se gana o se pierde” (sic). Simple y claro, solo que el matiz "ganar" suele ir a la baja.

El origen etimológico de la palabra "juego" procede del latín “iocus”, cuyo significado apunta a “broma”. Desde este punto de vista, el juego podría ser cualquier actividad humana recreativa llevada a cabo entre uno o más participantes y en la que entra el concepto “broma”, palabra que apunta tanto a burla como a diversión.

Al hablar de tipos de juegos tampoco resulta fácil hacer una clasificación. Existen los llamados "juegos populares", que vienen de lejos y ofrecen posibilidad de divertimento tanto a pequeños como a mayores. Dichos juegos infantiles y de entretenimiento no son excesivamente complicados en el caso de los más pequeños (trompo, pilla pilla, bolas, salto de comba…). En cada zona geográfica hay sus distintas variedades.

En referencia a los mayores, esta parcela lúdica requiere tanto de inteligencia como de capacidad de planificación (ajedrez, damas, cartas… podrían ser definitorios). En el caso infantil se trataría de ir reforzando la sociabilidad, el compartir, es decir, crecer físicamente a la par que social y afectivamente. En la referencia que hago a los mayores estaríamos ante una actividad (en principio) para pasar (matar) el tiempo con amigos.

En un sentido amplio, el juego ofrece entretenimiento y estimulación tanto mental como psicológica por lo que también cumple una función educativa. No podemos olvidar, sin embargo, que el juego puede –y de hecho tiene– una cara negativa.

El “juego” tiene en sus interioridades lo que me atrevo a llamar "veneno", es decir, crea una dependencia maligna porque envicia hasta cotas insospechadas. De ello intentaré hablar más adelante. Claro, estamos hablando de los llamados juegos de azar.

En este sentido, el juego llamado de “azar” y en principio para adultos, puede costar muy caro por la adicción entendida como “dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico” (sic); también se define como “afición extrema a alguien o algo” (sic). La clave en ambas definiciones está en la dependencia que se crea en el sujeto.

El origen de los juegos de azar es casi tan viejo como la Humanidad. El objetivo era divertirse a la par que tentar a la suerte con las apuestas. Entre los años 3000 y 2000 a.C. ya se conocían los juegos de azar en China y posteriormente llegan a Europa. Parece ser que los chinos apostaban en los diversos juegos de mesa conocidos, en las carreras y en las peleas de animales.

Los egipcios conocían los dados de seis caras que aparecen en los jeroglíficos, dados que servían de entretenimiento incluso a los dioses. Será en la India donde encontremos reglas de juego escritas. Dicha actividad tiene momentos fuertes y decadencias por diversos intereses.

En la Edad Media los juegos de azar cobran importancia en Europa aunque jugar, lo que se dice jugar y apostar, quedaban reservados a la nobleza, que eran quienes tenían dinero para apostar en dichos juegos. En contrapartida, el juego de dados se popularizará entre la clase baja. Dados que salen de tallar un hueso de animal.

Con la llegada de la imprenta surge el juego de cartas; se editan reglas que poco a poco se popularizan y se extienden a mayor cantidad de gente (rica y pobre). El Renacimiento será la etapa definitiva de afirmación de los juegos de azar: surge el póquer y los casinos. El casino de Venecia (1638) es el más antiguo conocido y aun hoy está activo. Algún tiempo después (siglo XX-XXI) surgirá el juego online (¿!?).

Una curiosidad sobre el póquer. Si entran en Internet buscando dicha modalidad aparecen cantidad de direcciones donde poder jugar online. Algunas regalan bonos de bienvenida de 500 euros. ¿Alguien da más? Sí, hay rincones que ofrecen hasta 1.000 euros.

El tema del juego tiene gran cantidad de variables, positivas –y a veces de rentabilidad para los jugadores– y otras negativas por adictivas y no tan beneficiosas. Hablamos de juego donde se mueve dinero. Digamos que el juego reporta una serie de beneficios y produce o puede producir resultados no agradables ni positivos, dependiendo del tipo de juego y de lo amarrado que se esté a dicha actividad.

El juego en general –y la dependencia de él en particular– está creciendo a pasos de gigante. A dicha dependencia se le llama "ludopatía". Como noticia de no hace mucho las casas de apuestas cuadruplican los ludópatas. Doy unas breves notas.

La ludopatía se caracteriza por el hecho de que la persona desarrolla una fuerte adicción (dependencia) al juego. Estamos ante una esclavitud que los expertos no acaban de catalogar. ¿Enfermedad psicológica? ¿Trastorno del control de impulsos? ¿Problemas de falta de voluntad…? Volveremos sobre el tema.

En primer lugar, sufren situaciones de ansiedad, irritabilidad que les puede llevar a una depresión como consecuencia de las pérdidas que puedan estar teniendo. La relación y el trato familiar se verá seriamente dañado puesto que aparece un claro abandono del núcleo familiar.

A todo lo dicho hay que añadir un bajo rendimiento laboral que puede terminar en el despido. El grupo de amistades será relegado a un segundo lugar e, incluso, puede ser abandonada la relación. Otro elemento a tener en cuenta puede ser el aumento y/o abuso de determinadas sustancias (tabaco, droga…). Si el sujeto está muy cogido por el juego, no tardará en tener problemas con la justicia porque terminará enganchado a actividades delictivas (robo, estafas, impagos…).

Y el gran problema, desde mi punto de vista, es que el ludópata sabe cómo entrar en el mundo del juego pero no sabe salir de la jaula, ni quiere porque, en muchos de los casos, no se siente atrapado. Una vez prisionero, las cadenas que le atan son cada vez más potentes. El deseo de ganar prima sobre todo lo demás, aunque ganar nunca signifique dejar el juego. Insisto: quien juega y está enganchado mañana vuelve a jugar.

Bien es verdad que muchos de estos jugadores, llegado un determinado momento, piden ayuda o es la familia quien se percata de la situación y buscan cómo sacarlo. Por lo general, empiezan por engrosar la lista de “fichados” a los que no dejarán entrar a jugar a ninguna sala o bingo.

Los tipos de juegos son muchos y variados de tal manera que cada uno de ellos tiene sus tentáculos para enredar al posible jugador, despertando en él un mayor o menor grado de dependencia que suele terminar, por desgracia, convirtiendo al jugador en un ludópata. Podríamos comparar a algunos tipos de juegos con un pulpo que muy suavemente va enredando al jugador hasta hacerlo prisionero.

Desde las Administraciones se está levantando la voz con la intención de ponerle cotas al juego. Una de las más importantes es impedir el acceso a menores y a los ludópatas declarados. Ya han levantado la voz Valencia, Madrid, Valladolid. “El Consell aprueba el proyecto de ley del Juego en la Comunidad Valenciana…en Octubre de 2019”, “Los salones de juego, deberán impedir el acceso a menores y ludópatas”. Algo es algo.

El pretexto para entrar en este lodazal me lo sugirió la siguiente noticia. Cito: “la doble tragedia de Jorge, un mozalbete adicto a las casas de apuestas a los 13 años. Contrajo una deuda de 5.000 euros y tuvo que huir”. Ocurre en Madrid en el llamado “Triángulo de las Bermudas del juego”.

La deuda la contrae con un “pelas”, prestamista al estilo de lo que ocurre en el terreno de las drogas. Alguien “generoso” te presta lo que necesites para seguir jugando y ya me lo “pagarás” con creces. O pagas por las buenas o por las malas. La amenaza no es broma. Es la ley no escrita de los prestamistas, que están a la que cae.

PEPE CANTILLO

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