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11 abr. 2020

  • 11.4.20
Te quiero con mis miedos, con mis incertidumbres, con mis idas y venidas, con la niña que se asustaba y se escondía bajo la cama, y con la mujer decidida que también vive en mí. Siempre te quise encontrar, aunque a veces me diera vergüenza reconocerlo. Supongo que me prometía a mí misma ser fuerte y estar a salvo. Pero esa fortaleza entraña también una debilidad, un algodón suave que comparto contigo.



Tú me ves y me percibes. Nunca te ha dado miedo mi miedo. Tú te guías por mis actos, por mis caricias, y por los cuidados que te prodigo. Crees más en mí que yo. Eres mi compañero de vida, el osito que me abraza y da calor en la cama, y el pitufo gruñón que hace valer su personalidad. Vamos llegando a un equilibrio de paz y amor. Ambos hemos cedido para aceptar al otro tal y como es, para que el otro sea feliz. No se trata de amar la perfección, sino la humanidad.

Amo esos días en que la rendición de mi cuerpo es completa y me dejo caer en tus brazos, y dejo que me dibujes con tus dedos. Dormir pegada a ti, sabiendo que el bosque está cuidado, que no estoy sola, es maravilloso. Despertarme con miles de besos y con un desayuno preparado con amor hacen mis mañanas alegres.

Me gustan nuestros paseos por Madrid, nuestros tiempos muertos en el campo o en la playa. Siento tu fuerza cuando me caigo, o cuando necesito un punto real en el que anclarme. Me gusta ser tu sueño, me gusta verte feliz y alegre. Me gusta introducir mis dedos en tu pelo blanco y luminoso y trazar círculos en tu cabeza, desde el cuello hasta el nacimiento del cabello. Me gusta oírte suspirar mientras lo hago. El león se convierte en gatito dulce.

Lo que más me gusta de cuando estamos juntos es que volvemos a ser niños que tontean y se ríen, provocándose mutuamente. Yo también doy gracias por haberte encontrado en mi camino.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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