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8 may. 2020

  • 8.5.20
De vez en cuando, un titular en el periódico te saca de tus casillas, o bien se suma a tus propios pensamientos, y ambos, ahí encontrados, en lo más hondo de ti mismo, concluyen lo evidente, lo que se calla: ¿Cómo es el dolor antes del final? El dolor que se derrama por la sangre, por las neuronas, por los poros de la piel. El dolor que nadie ubica, y nadie sabe ubicar, en ningún rincón del cuerpo.



Ese dolor invisible que no sangra y que va matando incisivamente desde ninguno y desde todos los ángulos. La periodista Inés Ballester ha puesto el título: “El virus fue peor que el cáncer”. Sí. Sufrió cáncer de mama y enfermó de coronavirus. Y sobrevivió a las dos enfermedades.

Ella se lo ha preguntado y yo también lo hago estos días. Tal vez es tanto el caos que nos duerme, que no queremos hablar del dolor que nos está atando a la vida, tanto psicológico como físico. Dice Ballester: “Yo misma, antes, informaba del confinamiento, qué horror y tal. Pero he oído poco hablar de lo mal que se pasa. Yo me fui encontrando no mal, fatal. Perdí las zapatillas y por no agacharme iba descalza. Todo era una montaña de cosas que me sentía incapaz de hacer. Son momentos muy duros. De dolor, soledad, depresión, miedo”.

Se sabe que la cefalea, o dolor de cabeza intenso, se ha detectado como un síntoma de alerta cuando se padece covid-19, al igual que la anosmia, pérdida total del olfato. Pero, claro, hay más síntomas: fiebre, problemas respiratorios, pérdida de los sentidos y malestar general. Pero también el miedo y la ansiedad nos pueden conducir inevitablemente a la somatización. Es decir, a mostrar síntomas de una enfermedad que en realidad no tenemos.

Pero nadie describe con precisión literaria, tampoco científica, el dolor que nos mata provocado por el coronavirus. No se habla de ese dolor. Tampoco nos gusta hablar del dolor que derrama la tortura. El azar ha querido, trabajando conjuntamente con la covid-19, llevarse ayer al otro mundo al expolicía Juan Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño.

Acusado de torturas, vejaciones y palizas, sospecho que, en todas sus modalidades, incluida las menos imaginables, el pajarito de la covid-19 le mordió a las siete de la mañana de ayer donde más le dolía: en el último pálpito de su vida.

Ahora las víctimas han perdido toda esperanza de que este ser miserable se siente en el banquillo. Incluso aquí el coronavirus se muestra injusto y predecible. En otros días, la juez argentina María Servini dictó una orden internacional de busca y captura por delitos de lesa humanidad. Esos delitos que, ya se sabe, nunca prescriben, porque no podría ser de otra manera.

Pero él vivió y sobrevivió a sus víctimas, hasta ayer, en España, pese a que la Interpol advirtió a las autoridades nacionales de que este murciélago que, aunque no sabía volar, sí se cobró vidas humanas, demasiadas vidas humanas. Demasiadas.

En los últimos años también estuvo vinculado al caso Villarejo. El ministro Fernando Grande-Marlaska no llegó a tiempo para retirarle las medallas y condecoraciones, algunas pensionadas, con las que había sido distinguido por haber alcanzado el más alto grado entre los principales torturadores de la dictadura, pero también de la transición democrática y más allá, hasta llegar a nuestros días, en que un pajarito le ha picado inintencionadamente en mitad del corazón.

El hombre que imponía el terror en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Cuando estudiaba Periodismo y los amigos acudíamos a manifestaciones en defensa de tantos derechos usurpados a la ciudadanía, sabíamos que no nos podíamos dejar encerrar en aquellos sótanos que el franquismo utilizó eficientemente como centro de detención y tortura.

Algunos compañeros conocieron en la oscuridad de aquel infierno el error de amar la libertad. Cuando cruzábamos por la Puerta del Sol y mirábamos las ventanas pegadas al pavimento de las calles, adivinábamos torpemente que el infierno es más cruel que los más sucios y audaces fotogramas de la ficción.

Cada vez que un canalla de estos ha muerto por cualquier causa que no es la aplicación de una justicia pura y dura, el vómito nos tira al suelo. Me ha ocurrido con nazis que morían en los países europeos con más años que Matusalén y más muertos que Napoleón. Me ha ocurrido con militares argentinos y chilenos.

Franco murió desmembrado en una alfombra por que sus sobrinos putativos no sabían qué hacer con el viejo y con un país que se les iba de las manos. Ahora vemos que no. Que todo estaba atado y bien atado. Condecorado por el Estado, Billy el Niño era una leyenda en el Cuerpo por su sagacidad, su memoria, su agresividad y su costumbre de girar la pistola sobre un dedo. Al puro estilo del Far West.

En la brigada político-social, los agentes se conocían no por sus nombres verdaderos, sino por sus sobrenombres. Participó en tantas detenciones y torturas que los movimientos antifranquistas nunca han logrado olvidarlo. Tampoco podrán. Es más. Lo tenían entre sus objetivos más inmediatos para llevarlo ante la justicia. Pero la covid-19 ha venido para poner punto final a esta película de terror.

Eso sí. Se fue sin que nadie le quisiera, con sus pensiones y sus honores impolutos, pero se fue solo hacia un mundo donde la memoria persiste al horror. Y donde el olvido no tiene cabida. Ayer ni la Dirección General de la Policía ni el Ministerio del Interior querían confirmar su muerte. Igual no se lo creían. Pero no.

No era un muerto de ellos. Ya estaba jubilado. Ya nadie quería saber de su historial delictivo y siniestro. Los organismos de los que dependió años atrás no querían ya saber nada de su futuro, de ese futuro donde nadie escribe la palabra tortura con sangre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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