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22 sept. 2020

  • 22.9.20
Todas las personas que formamos parte del ámbito de la cultura alzamos en estos días la voz en protesta por la delicada situación de nuestro sector, por las pocas ayudas que se aprueban por parte de las instituciones y por las graves restricciones que sufrimos para desarrollar nuestro trabajo. Pero me surge una duda: ¿Desde cuándo la cultura ha disfrutado de una situación laboral digna en España?



A no ser que seas un artista con renombre, un técnico que pertenece a los grandes circuitos culturales nacionales o un productor consagrado durante los años óptimos de la cultura, has estado compaginando tu pasión con otros oficios. Esta es la realidad de la cultura en España.

Ya estábamos mal mucho antes de que explotara la crisis sanitaria del coronavirus. Ya nos dábamos por abandonados por las instituciones tras las crisis del 2008. La subida del IVA Cultural lapidó un poco a los artistas principiantes y generó una fractura enorme entre artistas consagrados y noveles.

Internet y las nuevas plataformas de generación de contenidos hizo que la cultura tomara una nueva dimensión, dando pie a un sinfín de contenidos culturales digitalizados. En este paradigma digital prima la cantidad y no la calidad. Y ante este panorama cultural, tuvimos que desterrar de la ecuación el apoyo hacia la cultura y encontrar un aliado en el público.

El consumo de cultura ha cambiado de unos años a esta parte, haciendo un mercado cada vez más competitivo y democrático, en el que el flujo económico es cada vez más indirecto para el autor, que se ha convertido en un mero generador de contenidos que percibe ingresos no por la obra en sí, sino por la cantidad de personas que la visualizan o por los productos comerciales que aparecen en sus obras. El hecho de cobrar un caché se está quedando obsoleto.

Encontramos, pues, un público con acceso infinito a contenidos culturales y que cada vez gasta menos en cultura. Toda persona con acceso a internet se convierte indirectamente en consumidor cultural. Ir a un concierto sin conocer al artista se ha transformado en todo un acto heroico y sibarita, ya que arriesgas tu dinero al consumir algo sin un conocimiento previo.

Y si entramos en el fondo del debate, creo que el público de una zona rural, a grandes rasgos, se deja llevar más por el “compadreo” que por la calidad real de lo que está consumiendo. Es decir, una persona va a un concierto, a una obra de teatro o a una exposición porque el artista es un conocido o un familiar.

Quizás en una gran ciudad haya un público más comprometido. Y esto puede ser porque la oferta cultural es más amplia y se vive tras el anonimato. Sé que esta afirmación puede generar estupor entre los lectores pero voy a compartir una frase que me ha acompañado desde el inicio de mi andadura en este bonito sector: “¿Cómo? ¿Qué la obra de teatro vale veinte euros? Por ese dinero me voy a Córdoba y veo allí una obra de calidad y en un teatro de verdad”.

Este tipo de actitudes me sorprenden muchísimo por varios motivos. ¿Acaso en un pueblo no puede haber teatro de verdad? ¿Ir a ver una obra a una ciudad garantiza la calidad e ir a un pueblo es sinónimo de principiantes? ¿Por qué pagar en una ciudad veinte euros parece barato y, sin embargo, en un pueblo, nos resulta carísimo?

Si antes estaba asentada esta idea, a partir de la crisis del coronavirus se ha acentuado aún más, por culpa de las restricciones y de los aforos limitados en los espacios escénicos. Y doy por hecho que el abandono por parte de las instituciones va ser una realidad, ya que no van a asumir el riesgo y la responsabilidad de contagios en un futuro.

Por tanto, el sector cultural queda al amparo del público, de la forma de consumir cultura y de la iniciativa privada. Dependemos del público para no caer: es nuestro colchón. Si el cantautor del pueblo, que está empezando, da un concierto en un bar, lo ideal es que vayamos a apoyar a ese establecimiento que arriesga y que apuesta por la cultura; que vayamos a apoyar a ese músico que no ha elegido esa profesión porque vaya a ganar mucho dinero, sino porque no conoce otra forma de ganarse la vida.

Eso genera una sinergia en tu localidad a largo plazo. Y, además, en ese ratito tu alma se alimenta. Pero si solamente vas a la obra de teatro de tu amiga o de tu vecino, al concierto del sobrino de tu cuñado, a la presentación del libro de tu compañero de colegio o a la exposición de tu prima, lo siento, pero eso no es consumir cultura: eso es compadreo.

Si no cambiamos nuestros hábitos de consumo de la cultura, para nada sirven las manifestaciones, las ayudas institucionales, las campañas por redes sociales o ver a los artistas consagrados reclamar más apoyo. La cultura vive a partir de quien la consume: no hay más. Siempre ha sido así.

La cultura sin el público está condenada al vacío. Y, para ello, el público deber tener cultura. Siento que la solución está en reconciliar al público de todo tipo con la cultura de todo tipo. Y que conste que la cultura nunca va a desaparecer porque es la expresión del alma. El día que dejemos de ser humanos será el momento en el que la cultura se esfume.

Mientras tanto, sentiremos la necesidad de expresar aquello que, con palabras, no podemos transmitir a nuestros semejantes. Y estamos en un punto de inflexión que va a determinar de qué forma vamos a disfrutar de lo único intangible que ha creado el humano.

DANY RUZ

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