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22 oct 2020

  • 22.10.20
Corren malos tiempos. Al ritmo en que se mueve el tema virus, el miedo, la desesperación o la angustia siembran más y más la parcela de cada uno de nosotros. ¿Todos tenemos miedo del virus? Digamos que unos más frente a otros, que se tiran al mar incluso sin saber nadar. Las consecuencias las pagamos todos.


Voy al tema que quiero tratar. Las firmas de seguros están a la caza y captura de todos nosotros como cualquier otro tipo de negocio. Haciendo justicia debo confirmar que también suelen ofrecer salidas a problemas que nos agobian, como es el caso de la situación pandémica en la que estamos sumergidos y que ahoga tanto en lo sanitario como en el terreno laboral o social.

Por ejemplo, en referencia a la vivienda, dicha captura ha florecido aun más desde que el “okupismo”, tolerado o no, viene dando la matraca, sobre todo en las grandes ciudades. Tema que no acabo de entender por mucho que desde algunas atalayas políticas quieran vendernos la burra. Pero no marcharé por estos derroteros. Dejo el asunto para otro día.

Cuidar familiares. Entro en el terreno de las personas que están maniatadas física y psíquicamente como cuidadoras de un miembro familiar, sobre todo de las personas mayores. La figura del cuidador o cuidadora no es nueva y arrastra mil inconvenientes tanto para quien cuida como para la persona que es cuidada.

Los tipos de cuidadores familiares suelen ser la esposa, el marido, los hijos (uno por lo general), algún pariente cercano... Dejo fuera a los cuidadores contratados, cuya historia puede ser muy interesante pero están en otra línea a la que intento seguir y explicar.

El cuidador familiar asea, viste, da de comer, sale a pasear (si es posible físicamente), comparte lecho y se levanta cuando el cuerpo dependiente necesita ir al baño. Quien cuida suele ser una mujer o un hombre. Resalto que la mujer es mejor cuidadora pero ello no exime al hombre para que cumpla con su obligación.

Quien cuida pronto desfallece, no porque sea blando ni gandul sino porque cada paso que da, cada día que pasa, se hace aun más dependiente de la persona dependiente. No estoy haciendo un juego de palabras: solo intento describir una realidad dura, agobiante, que por lo general no se ve desde fuera. La línea de trabajo que intento desmadejar alude a la persona que está cuidando veinticuatro horas día tras día. ¿Eso es posible? Lo es, aunque hay que bordear muchos muros y socavones.

Daños o ampollas que van acumulando pus en el cuidador son el cansancio, la falta de sueño, comer deprisa y corriendo, perder las relaciones sociales, soledad continuada, dejar de cuidarse a sí mismo... Esto último es una contradicción puesto que si el cuidador no está en condiciones sufrirán tanto él o ella como la persona dependiente.

Una aclaración previa que creo estrictamente necesaria. Las personas cuidadoras a las que me refiero suelen ser familiares directos. Indudablemente, cuidar de alguien dependiente no es trabajo fácil ni tampoco para ponerse medallas. En el caso del cuidador familiar, es una obligación moral, tanto si nos gusta como si no. El tema es bastante complicado y en él se unen fuertemente dos personas: dependiente y ayudante.

Al socaire de la situación vírica han surgido asociaciones –por lo normal, privadas– que posibilitan que quien cuida esté preparado lo mejor posible. Cuidar es un camino duro de transitar –yo diría que es una senda llena de piedras y en dura pendiente–.

En este terreno, algunas fundaciones relacionadas con diversas firmas, bien de seguros o bancarias (tienen que lavarse a cara) ofrecen ayuda psicológica para ser más eficaces en el cuidado de personas dependientes, enfermas, solitarias y que lo están pasando mal.

Me hago eco de algunas ideas lanzadas por una fundación, en este caso de seguros. Citaré entre comillas lo que sea textual y así omito nombres, por aquello de no hacer publicidad que ni me va ni me viene. Solo diré que es de agradecer el gesto, que no dudo tiene un importante valor social. A continuación cito una serie de consejos que ofrecen para facilitar algo la faena y los comento brevemente.

Cito: “Te preguntarás ¿Cómo cuidar de un adulto mayor…? Dicha interrogante y su lista de consejos fue lanzada durante el tiempo de cuarentena general ya pasado, pero permanece vigente dado que el tipo de sugerencias que ofrece es atemporal. El material fue elaborado por el Consejo General de Psicología. Vamos a ello.

“Ayúdales a que mantengan todos los hábitos higiénicos necesarios”. Indudablemente, tal consejo es de Perogrullo (“personaje ficticio a quien se atribuye presentar obviedades de manera sentenciosa”, según nos dice el diccionario). Los psicólogos no nos están llamando guarros (“persona sucia y desaliñada”): simplemente, avisan de que no dejemos de lado la higiene personal aunque no vayamos a salir. El consejo afecta al cuidador y a la persona cuidada. Inciso importante: cuidar se refiere tanto a mujer como a hombre. No quiero que nadie se sienta menospreciado.

“No dejes que tu estrés les afecte”. Es muy normal que quien cuida esté más nervioso de la cuenta, que se le amontone la faena, que el cansancio agobia… Y por ello apuntan: “¡Gestiona el tiempo y relájate!”. Digamos que una buena organización nos ayudará a contrarrestar el estrés.

“Fomenta con ellos las relaciones sanas”. Se trata de ser “felices” lo más posible, dentro de unas circunstancias opresoras y deprimentes. El esfuerzo que hay que realizar es importante por ambas partes. Potenciar la autoestima ayudará a no abatirse más de la cuenta. Una idea fácil de enumerar y difícil de aceptar: estar jodidos y amargados es un suplicio que acarrea más sufrimiento y no conduce a nada.

“Haz juegos y actividades que les recuerden su infancia”. Este consejo se me escurre por la simple razón de que, al ser de riesgo, los nietos con los que poder compartir juegos no están o hay que alejarlos de los mayores. Otra razón a tener en cuenta estriba en el grado de dependencia de la persona que hay que cuidar. No obstante, leer (si es posible), ver tele pero dosificada –porque, en caso contrario, también aburre dada la poca calidad que ofrecen la mayoría de los canales– son algunas de las opciones. Si la persona dependiente puede caminar, salir a dar un paseíto es otra opción. 

“Respeta sus decisiones. Escúchalos y llega a acuerdos”. Escuchar es el verbo de más importancia en este tipo de situaciones y supone “prestar atención a lo que se oye”. Con frecuencia solo oímos, con lo que se cumpliría aquello de “por un oído me entra y por el otro me sale”. Tampoco se trata de darles la razón para que se callen.

“Conéctalos por videollamada con sus seres más queridos”. La relación familiar se puede incrementar gracias a los medios de comunicación y el móvil permite ver y ser vistos. Incluso dichas videollamadas le permitirán un deshago aunque exageren los hechos o los cuenten a medias.

“Utiliza el lenguaje no verbal. ¡Sonríeles!”. Yo diría que se hace necesario suplementar el lenguaje no verbal, pero en positivo ya que el negativo aflora solo y es percibido a poco que se preste atención a los gestos que hacemos ante una situación negativa. Recordemos que un gesto, positivo o negativo, vale más que mil palabras.

“Hazlos felices en casa”. Este sería el objetivo principal pero no deja de ser difícil conseguir tronchar quejas, malos momentos, ansiedad y malhumor cargado de rabia y amargura. El pesimismo y la negatividad suelen brotar a la menor contrariedad.

Mirado bien, la información que nos ofrecen es sencilla, fácil de entender y hasta me atrevería a afirmar que también es fácil de aplicar. Indudablemente, atender y cuidar a una persona, sea mayor, impedida o de alto riesgo no es tan simple como quieren darnos a entender. Veinticuatro horas al pie del cañón día a día, mes a mes, año tras año, es un compromiso que deja huella física y psíquica en el cuidador.

No es mi intención hacer una crítica negativa pero sí advierto que cuidar de otra persona es una proeza que a veces –con frecuencia– puede desbordar el río de la entrega y hasta ahogar la generosidad del cuidador. Disculpen mi falta de humildad pero hablo desde la experiencia personal. El tema me quema en la mente e impide, hasta ahora, que no relate más información. ¿Quién cuida al cuidador? Esa es la pregunta del millón que trataré de abordar en otro momento. 

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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