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22 abr 2021

  • 22.4.21
Octubre de 2016 fue un mes que cambió la vida de mi amigo Federico y de su compañera Marisol. Acontecimiento aciago dentro del cual nadan dos personas que, a veces, parecen estar a punto de ahogarse. En otros momentos emergen a la superficie, respiran hondo y enjuagan el mal sabor de boca que les dejó un instante anterior.


Un escalón de entrada (rebate o sardinet) traicionero y camuflado en color negro intenso semejante al del azabache provocó una caída de bruces casi mortal para Marisol que, a partir de entonces, torció sus andares. Su futuro vivir se encadena al dolor y al sufrimiento, a quirófanos y a camas hospitalarias y a una dependencia casi total. Su vida dio un giro total.

Ironías del destino. Ambos se han ido de excursión, por unos días, a los llamados “pueblos negros” situados en el corazón de Guadalajara. En un pueblo cualquiera de dicho destino a Marisol le espera la discapacidad. La pérdida de la autonomía personal se ha adelantado a la guadaña mortífera de los dioses.

Gea, diosa de la fertilidad, de la vida y de la muerte, le dejará vivir posiblemente porque aun tiene trabajo pendiente en este mundo a veces confuso y poco amistoso. Le esperan unos nietos que actúan como mágico analgésico mitigando los dolores que recorren el dolorido cuerpo transcurrido el accidente. Marisol sufre, unas veces en silencio, otras deja que resbalen por su rostro unas furtivas lágrimas imposibles de reprimir.

Dice Federico que Valverde de los Arroyos –así se llama el pueblo que está incrustado en la serranía– les deja atascados para el resto de su deambular por el mapa peninsular. Era la segunda vez que llegaban hasta los “pueblos negros”.

Seguro que no podrán volver más porque un mísero escaloncillo que daba paso a otra dependencia les cierra el territorio y su entorno. Ya no volverán a recorrer ni pueblos negros, ni pueblos relucientes de blanca cal anclados en el sur de la Península.

El cuerpo humano tiene sus limitaciones y ellos han tocado fondo en ese curiosear turístico, buscando un pueblo singular y bonito o las históricas ruinas de otros momentos vividos en esta piel de toro. Siempre les encantó remolonear por valles o suaves colinas para disfrutar de un horizonte plantado de árboles que esconden peñascales solitarios.

Coincidencias, casualidades, jugarreta del destino o, simplemente, una parada obligada en el recorrido vital de ambos a partir de ese momento. El vivir diario se convierte en un mar de lágrimas que anegan el rostro de Marisol y se niega a aceptar un conformismo nihilista.

La realidad es tozuda y frena esa movilidad inquieta que quedó almacenada en las extremidades inferiores, cuyos músculos se irán haciendo flácidos y poco andadores con el transcurrir del tiempo. A partir de ese momento, el sendero vital de ambos discurre por vericuetos que jamás desearon y menos aun imaginaron. Han entrado en la llamada dependencia, por la necesidad las veinticuatro horas del día, de un cuidador.

El caminar diario se obstruye a causa de un deterioro muscular que el fortuito accidente acrecienta por momentos. Medicina e ilusiones por rellenar son incompatibles en este caso. Marisol ya no sueña con parajes seductores de su curiosidad. Sufre la impotencia de unas piernas adormecidas que titubean al menor esfuerzo andarín.

Poco a poco el horizonte sembrado de negras nubes, se ha ido limitando a cicateros claros que un vientecillo suave y bonachón permite contemplar de hito en hito, algo más allá del raquítico contorno que burlón asoma entre unas confusas cortinas.

La memoria de Federico le canturrea “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. La tristeza nubla su cantar porque llora la dificultad andariega que atora las piernas de Marisol.

En los oídos de Marisol resuena hiriente la voz del poeta cuando anuncia “caminante no hay camino, se hace camino al andar y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. Es duro admitir ese “nunca” cuya negatividad perfora tanto el cuerpo como las ilusiones.

No hay camino, “solo estelas en la mar” que las pinta un vientecillo suave, mientras Marisol desde su impotencia unas veces piensa y añora momentos pasados, otras deja que de sus ojos se descuelguen unas lágrimas silenciosas. La canción les suena a ambos como una burla del destino: “…no hay camino, sino estelas en la mar”.


Marisol y Federico, tanto monta, monta tanto, han tenido que fondear su velero en un recóndito espacio que frustra todas las ilusiones por vivir. La esperanza se amodorra lenta y en silencio en el fondo de los días que, cansinos, se desprenden de un calendario vital ya maltratado de por sí. Los deseos, carcomidos por el gusano de la impotencia, explotan como globos que el sol hubiera licuado su textura.

La vida es el camino que nos toca vivir. Dicho sendero unas veces lo trazamos cada cual; otras se interponen en nuestro caminar accidentes que nos acorralan e impiden el paso de nuestro navegar. Pero no queda más alternativa que continuar.

Atrás irán quedando sueños, tropezones y, sobre todo, momentos: unos llenos de flores teñidas de felicidad; otros menos felices y que en su minuto nos provocaron lágrimas cargadas de dolor. Aun así, el recorrido vital depende en parte de cada uno de nosotros hasta que llega el final y caemos en manos de la muerte.

Lo que venga después de dicho final terrestre se desdibuja en un enigma al que cada cual le da un fin según creencias o convicciones religiosas, éticas o políticas a las que se está fuertemente adherido. Abrimos camino y quedan nuestros pasos marcados en un pasado. Andamos caminos y nuestras pisadas van dejando huellas como recuerdos para los demás.

Federico dedica todo su tiempo al cuidado y atención de Marisol. Hablamos siempre que encontramos un hueco entre los distintos menesteres que consumen las horas del día a día de esta pareja, de las pequeñas alegrías envueltas unas veces en el papel de seda de una sonrisa o de las tristezas y sinsabores que se amontonan en una anodina bolsa de plástico olvidada en un rincón cualquiera de la roída memoria. Federico suspira…

PEPE CANTILLO

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