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Carlos Serrano | Adiós

¿Qué era lo que verdaderamente debía perseguir? Esa era la cuestión que atormentaba su mente e impedía un verdadero descanso nocturno. Las altas temperaturas tampoco ayudaban: hacían fracasar una y otra vez su intento de alcanzar la calma previa al sueño. La suma de pequeñas cotidianidades formaba una gran esfera que corría el riesgo de convertirse en una avalancha capaz de arrasar con su salud mental.


¿Qué es lo verdaderamente importante? Resonaba en su mente una y otra vez. Dejarlo todo atrás sonaba, en aquellos momentos, utópico e incluso infantil; una solución propia de un yo más imberbe, menos curtido en el combate con la vida, y no de alguien que ya llevaba un par de asaltos en el ring con ella.

Se levantó de la cama y anduvo hasta la cocina para abrir una cerveza fría. Tras obtener el helado botín, salió al balcón a observar cómo vivía la ciudad a las tres de la mañana. Tarde o temprano, según se mire. Los taxis llevaban a aquellos a quienes no les importaba que fuera entresemana para apurar las rondas. Para evitar las peores horas del día, algunos madrugadores ya paseaban a sus perros. A una joven pareja le costaba separarse en un portal.

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A lo lejos, una sirena de policía parecía anunciar que alguien se había metido en un buen lío. Aquellas microescenas no hacían más que aumentar sus dudas e inseguridades sobre cómo afrontar el maratón de responsabilidades que se avecinaba. Llegar a fin de mes, cumplir en un trabajo que no le llenaba en absoluto, intentar salvar cuanto antes un matrimonio que se hundía por falta de lo más sagrado: el tiempo.

La peor parte era la sombra de la duda, la sospecha de no saber si verdaderamente quería salvarlo. La mayor parte del día la pasaba en la oficina. Al llegar a casa, el cansancio actuaba como un primer obstáculo entre los dos y no quedaba energía para poner toda la carne en el asador, para intentar romper la monotonía de ver algo en la televisión con ella, cruzar dos palabras y volver a la cama para madrugar y repetirlo todo al día siguiente. Las cuentas corrientes no reflejaban el esfuerzo diario ni tampoco el desgaste personal. El viaje al extranjero, marcado en rojo en el calendario de la cocina, era su oasis particular.

Una nueva visita al balcón le abrió nuevas perspectivas. Habían abierto los comercios y el barrio respiraba ya con la vorágine de los niños camino de la escuela y las terrazas llenas de clientela fija del bar. Los coches parecían una manada de elefantes imponiendo su andar pesado por la sabana. Mientras, los repartidores seguían su ruta, depositando folletos comerciales y pequeñas mercancías en los buzones.

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Le encantaría poder tomarse algo tranquilamente con todos aquellos transeúntes y debatir sobre cómo era su día a día: si eran fieles a sus parejas, qué opinaban del clima de crisis política constante que azotaba al país, cuáles eran sus quinielas para España en la Copa del Mundo de fútbol, si eran de cerveza o de alcoholes más fuertes. Lo que fuera, con tal de dar sentido a aquellas caras anónimas.

Pero, para él, todo quedó en silencio cuando ella salió con él a observar la ciudad. Llevaba su camisa favorita; siendo justos, le quedaba mejor a ella. Iba armada con una taza de café. Se miraron por un momento y cada uno siguió con sus observaciones.

Tras unos minutos de cierta tensión, él se atrevió a decirle que debían hablar pronto. Ella rio de manera irónica y apuró el café. El silencio fue la respuesta. De fondo, la ciudad seguía su ritmo cardiaco. Un divorcio más camino del Instituto Nacional de Estadística, pero a nadie parecía importarle demasiado. La vida seguía.


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