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Carlos Serrano | La mujer de los ojos color avellana

La mujer de los ojos color avellana vivía como le daba la gana. En su caso, su locura diaria tomaba cuerpo en una vorágine de llegadas impuntuales a las quedadas, bromas afiladas y cargadas de doble sentido, y su correspondiente pico de estrés al comprobar si veinticuatro horas eran suficientes para alcanzar todas las actividades que quería llevar a cabo.


Siempre pedía el café para llevar, pues era la excusa perfecta para acompañarlo del correspondiente cigarro. Si había suerte, se sentaba en algún banco cercano y observaba a su alrededor. Reía imaginando los detalles más ridículos de los peatones que, ignorantes de haber caído en el radar de sus iris, seguían su camino hacia los destinos más variados: el trabajo, una cita médica o la recogida de algún paquete en Correos.

Le encantaba inventar la vida de perfectos desconocidos e intentar adivinar, por detalles nimios, sus signos del zodiaco: un peinado determinado, el color de la ropa, la forma en que tomaban el gin-tonic. Tomaba pequeñas notas sobre aquellas observaciones, convencida de que algún día acabarían encontrando la forma de un libro. Sería una obra urbana, con mucho humor y quizá algo de nostalgia. Es difícil saberlo, pero no estaría de más que un libro así ocupara un hueco en nuestras estanterías.

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Lloraba por las cosas más insignificantes, pero no por ello menos importantes. Al fin y al cabo, ¿quién narices éramos nosotros para decirle al prójimo qué motivo era digno o no de llanto? Aquella sensibilidad la convertía en una mujer propensa a las metáforas, tal y como expresó en su día un gran escritor.

En palabras de Extremoduro, bebía rubia la cerveza. En su bar de siempre, por desconexión. Antes de hacer su ruta favorita de pubs, leía con atención el periódico. Le gustaba saber cómo iba el mundo; comprobar si, por una vez, había lugar para el optimismo entre copa y copa.

También era un buen filtro contra quienes intentaban ligar con ella aquella noche. No es que les hiciera un examen de actualidad, pero para ella la conversación era muy importante. Siendo precisos, el primer infravalorado escalón hacia su orgasmo.

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Muchas veces, en aquellas mañanas en que la resaca se combatía con la ilusión nacida del tonteo de la noche anterior, no podía evitar pensar en aquellos versos de Gil de Biedma: Que la sinceridad con que te has entregado no la comprenden ellos, niña Isabel. Ten cuidado. Porque estamos en España, porque son uno y lo mismo los memos de tus amantes y el bestia de tu marido.

En más de una ocasión pensó que debía invitar a Isabel a una ronda y darle las gracias. Algún juntaletras que creía saber de poesía le comentó que ella le había servido de inspiración para unos versos. Siempre esquivaba semejantes confesiones: la incomodaban y las consideraba impropias del siglo XXI. Con ser un adulto responsable y tener un nivel razonable de madurez bastaba; no hacía falta recurrir a literatura barata. En otras palabras, mejor ser un adulto funcional que un Cyrano de Bergerac.

La mujer de los ojos color avellana no estaba para tonterías. De vez en cuando, no había problema. Pero hacerlo a diario, por costumbre, no era un plan que llamara su atención. No había soportado esa rutina ni siquiera en sus días de estudiante, cuando el único reto consistía en decidir qué bar cerrar a continuación.

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Eso sí, tampoco creía en esos fantasmas que aseguraban tener un plan para el resto de sus vidas. Vivir cada día del calendario con una anotación de rigurosas instrucciones que aplicar le parecía un camino demasiado aburrido hacia la sepultura. Estaba convencida de que existía un equilibrio entre huir de la monotonía y no vivir preocupada por el futuro.

Vivía como le daba la gana y no iba a permitir, a aquellas alturas, que ningún lumbreras intentara convencerla de lo contrario. Quedaban risas, viajes y lecturas. Cervezas por catar y poetas mediocres a los que convencer de que, quizá, el arte de la seducción no era lo suyo. Quedaba mucho verano por delante.


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