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Mostrando entradas con la etiqueta La putada de ser piano [Carlos Serrano]. Mostrar todas las entradas
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23 may. 2020

  • 23.5.20
Una radio tímida comienza: "Tratan de convencerle abuelo, las explosiones han terminado. Pero cuando sale a la calle, Madrid parece bombardeado. Y ve escritos en los muros gritos contra los que luchó…". Canta Ismael Serrano a los héroes de Madrid. Aquellos a los que Chaves Nogales escribiera y analizara, y criticara, con su única calidad literaria unida a su inimitable sentido del análisis en Los secretos de la defensa de Madrid.



Continua sensación de ahogo al oír los embustes cobardes de la mentira fabricada en los despachos opositores lejanos del ciudadano de a pie. No lucha, no padece. No representa. Y seguirán creando incertidumbre y nada les importa.

Perdió el llanto su valor en bolsa. Pero ya suenan otras canciones. Las del ignorante. Gritáis por la libertad, aunque si la usáis para perjudicar a los ciudadanos quizás no la merezcáis. No es un lujo que se pueda derrochar. Aunque lujo sobra en el Barrio de Salamanca. Y lo estáis haciendo con secuestro de bandera.

Sólo os interesa vuestra vida y comodidad. Así no avanza España. Hay varias, por eso es la de todos. Aunque os duela. No podéis imponer la Hispania vuestra a fuerza de golpes. Siento que no os guste lo elegido en las urnas democráticamente. Cual niño enrabietado formas tu pataleta. Y quieres que te dé las gracias debido a tu movimiento “rebelde y heroico”, según ciertos perfiles digitales con orgullosas banderas de antes de nuestra Constitución.

Los heroicos, los que no dan vergüenza ajena, son anónimos. Toman un mal café rápido y un bocadillo frío de máquina antes de acudir a la trinchera para seguir salvando vidas. Investigando en aquellos laboratorios y hospitales que luchan por un tiempo que es oro.

Tú mancillas su esfuerzo. Quiero creer que por inconsciencia de la marioneta bajo el titiritero que es la oposición cobarde. Ve en cada muerte una estrategia para ganar en la calle lo perdido con el voto. Y tú te dejas manejar como milicia de quienes no dan la mano al país, le clavan cuchillos en su débil espalda.

Y ahora, ahí estás. Tu rebelión de cazuela. Gritando, gastando el oxígeno. Ejerces tu derecho de ciudadano. Murieron auténticos patriotas para que pudierais hacerlo sin miedo. Aunque el miedo siempre pasa su factura, pagan los mismos en España. Es nuestro destino. Os habéis emborrachado de un temor visible a un enemigo invisible.

Tiran la piedra los deseosos de derrocar al Gobierno y esconden la mano. Muchos están sacrificándose por vosotros. Y se lo agradecéis rompiendo las reglas de seguridad. Tranquilos, sólo nos jugamos la vida. Quizás os comprareis otra nueva, los que no llegan a fin de mes y están siendo más castigados en esta crisis y que no viven en barrios VIP, no pueden aspirar a ello.

Vuestra rebeldía es usar la verdadera arma del voto, no la ridícula cacerola, en elegir a los recortadores oficiales de lo público y mimadores de privatizar a favor de sus amigos de la banca. Aquellos que solo ven en los españoles números y deudas que cobrar con reglas y comisiones asesinas. Desahucios, empleo precario, recortes en educación y cultura son sus armas. Toda facilidad con el fin de llenar el bolsillo empresarial y vaciar el del trabajador.

Los auténticos héroes son apuñalados por el egoísmo disfrazado de tu patriotismo de pandereta. Para ellos no hay confinamiento, solo la batalla sin cuartel a pecho descubierto en primera línea de fuego, que es la ciencia. También recortada y menospreciada por aquellos a los que dais voz en el Congreso.

Vosotros, con cánticos y golpeos, no os da para más. Sin reflexión. Guiados por los lobos disfrazados de demócratas. Ponéis en peligro a los españoles. Sal tú solo sin mi bandera. No se merece ser mancillada con egoísmos traidores. La radio suena de nuevo: "La última vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro". Así lo recita el bardo Silvio Rodríguez.

CARLOS SERRANO

25 abr. 2020

  • 25.4.20
La vista desde el balcón deja una panorámica de bloques de viviendas antiguos de ladrillos rojos y blancos junto a un parque con unas cintas amarillas, con cuadros negros, rodeando sus columpios. El silencio no es total, pues el piar de algunos pájaros no entiende de pandemias mundiales. Tampoco el ruido lejano de coches y alguna moto de trabajadores indispensables en estos momentos. A ellos se une algún búho. Las ocho de la mañana deja un ambiente de calma extraña.



Se respira en el ambiente que, en cualquier momento, un ruido romperá el silencio de incertidumbre, de monotonía impuesta. ¿Cómo serán los silencios en la desconocida y exótica Wuhan? No parece ya el barrio de obras molestas, niños corriendo, carros de la compra hacia arriba y hacia abajo. De señoras hablando a voz en grito y señores discutiendo sobre polémicas futboleras que perjudicaron a sus respectivos equipos. Sobrevive el camión del butano anunciando que lleva su mercancía naranja. Algún vecino asomado y pidiendo su encargo hace tener contacto con la realidad diaria, todavía viva, de la plaza.

Es extraño. La falta de ruido llama a la reflexión sobre el caos urbano y las prisas. Da igual el lugar de este globo imperfecto llamado mundo. Toda gran ciudad comparte esta pausa a la misma vez. Cada titular leído habla al mismo tiempo de esa calle donde vive y del otro extremo del Pacífico. También de cercanas calles y monumentos de la vieja Europa. No hay pasaporte ahora mismo. Todos iguales de jodidos. Eso no entiende de regímenes políticos ni banderas. Todos estos detalles habitan su cabeza mientras bebe café y mira por la ventana.

Las palomas se saben dueñas de ese microcosmos que son los aires acondicionados. Al igual que los míticos planos de Hitchcock, forman su ritual de toma de posiciones estratégicas en algunos balcones. Dan su organizado golpe de estado del aire ante los impotentes relamidos de cazador de algún que otro gato.

Mientras tanto, la radio habla de cifras de muerte, de vacunas que están por llegar, de mascarillas y guantes, de geles desinfectantes. De discusiones inútiles en las altas esferas políticas. Un horizonte nebuloso de incertidumbre llena esa isla inexplorada que es el futuro.

Queda saber cuál es nuestro nivel de aprendizaje en estos momentos, cuando sea un recuerdo el conjunto de estos días cero. Cero debido a la parada en nuestro ritmo de vida, al paréntesis. Uno, seguirá cada uno de esos habitantes llamados ciudadanos preocupándose exclusivamente de llegar exclusivamente a cada día treinta, o treinta y uno menos febrero loco, con las facturas pagadas. Solo viven ellos y sus problemas. Dos, quizás hayamos ganado en sentido de globalidad y preocupe más cuando estalle la próxima guerra en un país desconocido de África, o el desastre natural que asole alguna isla muy lejana y pobre.

Filósofos del optimismo por cojones afirman en su doctrina que saldremos siendo mejores. Que el coronavirus nos hará valorar más las citas con la familia y las amistades. No dice nada bueno sobre aquel que necesita una pandemia mundial para valorar estos dos pilares de una vida plena. No son de fiar los que necesitan el caos para darse cuenta de lo que realmente importa.

Se tachan días del calendario y se hacen planes cuando estos días terminen. Es difícil imaginar que reinen los abrazos efusivos y los besos. A lo mejor gana el miedo. Muchos se pensarán acudir a según qué sitios mirando la cantidad del aforo.

Otros, quizás, se dejen llevar por su vena emprendedora y con todo ese papel higiénico que les ha sobrado, junto con chocolate y la cerveza acumulada en su búnker particular, abran pequeños comercios que escapen del control de la desbordada burocracia. Esa incertidumbre es quizás la mejor noticia. El no saber lleva a preguntar, y el preguntar, a pensar respuestas. Quizás más de uno haya leído más de un libro. Ha hecho más un virus por la cultura que muchos ministros.

El cielo afuera está despejado, la naturaleza está abriéndose paso en impensables escenarios. Hermosos ciervos hacen turismo en mitad de carreteras sin automóviles, tranquilos e inocentes. Si fuera paranoico, afirmaría que esta situación es un gran corte de mangas del planeta al ser humano. Argumentos no le faltan. Afortunadamente, quedan videollamadas, con sus respetivas rondas etílicas, que permiten tener conciencia que no somos astronautas perdidos en el espacio al igual que en aquella gran canción de David Bowie.

Terminado el café. Ya se pueden apagar las luces del salón. Entra suficiente luz natural. Esa no deja de ir a cotizar día a día. Y al igual que a policías, doctores, currantes de supermercados, camioneros, repartidores de comida y a tantos que se esfuerzan en hacernos ganar un valioso tiempo, le debemos que valga la pena despertar un nuevo día.

CARLOS SERRANO MARTÍN

8 sept. 2017

  • 8.9.17
La anciana, Patria, escucha la radio en la cama. Deja el volumen bajo, para que pueda oír la puerta o el teléfono si sus hijos llaman. Hijos que de verdad la quieran. Ha dejado, sobre la mesita de noche, cartas de antiguos amantes que prometieron la luna. Lo único que dejaron fue un alunizaje contra la fría realidad. La que supone su habitación sucia de residencia abandonada. Cantaron las más bellas serenatas para dejarla con dolor en los ojos de tanta lágrima derramada.



Pero no han logrado arrebatar toda su belleza. Ha sido amada por sotanas, intocables por la gracia de Dios, más preocupadas por llenarse los bolsillos que de ayudar al afligido y al que moría de hambre. Militares con sed de sangre y venganza, armados con los fusiles del miedo al cambio, que lograron con golpes de Estado cuarenta años de cenizas, ignorancia y calaveras.

Ha sido despreciada por rastreros salvadores sociales de toda índole. Su única solución, tras enamorar al que nada tenía que perder, ha sido cortar la cabeza a todo aquel que formó resistencia a revoluciones. Las mismas que acabaron convirtiéndose en aquello contra lo que levantaron el puño.

Su boca habla de pueblo, unión, igualdad, mejora social y política. Justicia brilla en su armadura de caballero andante. Patria llora al recordarlos. Solo la querían para enriquecerse en su lecho y huir. Como los chacales.

Patria no pide mucho. No aguanta más dolor de huesos. Más manos que se levanten contra ella. Quiere algo de vergüenza en sus ahijados. Quiere ver que no sale barato ser tan miserable en el Gobierno a costa de exprimir a sus españoles. No tiemblan. Pues encima piden los exprimidos que sigan apretando un poco más. Sin inmutarse. Hagan lo que hagan, tienen todos los caminos libres. Patria necesita un pañuelo cuando piensa en ello.

Ríe, ya no quedan más lágrimas, cuando la amnesia gana en los colectivos para recordar sus hazañas. Pues Patria tiene Historia. Para estar orgullosa además. Algunos capítulos nadan en selectivas lagunas con niebla, según el que recuerde. Pues siempre hay ángeles y demonios en sus anécdotas.

Narran desde los altares para pedir una independencia por un pasado imaginario, la piden a golpe de disparos en la nuca. Defienden que entre la más cruel matanza entre hermanos, unos fueron miserables y otros no pegaron puñetazo alguno.

Traidores, que hablan ahora desde un yate con puro habano, siguen poniendo la palabra "obrero" en sus chapas. También traidores que afirman no subir impuestos y que todo en salud de Patria va muy bien. No hay explotación laboral, no hay puñaladas a los trabajadores, robándoles la pensión, para tomar unas vacaciones en Suiza. No hay hospitales con camas en los pasillos debido a que algún genio decidió jugar hacer negocio con la Sanidad.

No hay pobreza infantil y familias muriendo de hambre. No hay jóvenes abandonando sus estudios debido a que el mismo genio de la Sanidad vio que la Educación y Cultura no eran necesarias para que Patria llegase a una buena vejez.

No hay coronas oxidadas que nadie eligió. No escupen contra los bolsillos que los mantienen sin que se ganen el dinero. No tienen en casa de Patria su patio de juegos particular. Si eres socio, tienes barra libre sin que nunca conozcas cuarto de castigo. Si de ellos dependiera, desconectarían el oxígeno de esta mujer mayor. Llaman a la puerta. Patria se dirige abrir despacio, con mucho miedo.

CARLOS SERRANO

11 nov. 2016

  • 11.11.16
Lorca no quiere ser encontrado. Desde donde solo él sabe llegar, sigue escribiendo. Es su manera de hacer un corte de mangas a los rifles y a las cadenas cobardes. Me lo dijo mientras yo pedía perdón. Me dirigí a él como maestro cuando, obviamente, por razones de nacimiento, no pudimos ni siquiera tomar un café o disfrutar de una cerveza bien fría mirando a la Alhambra. Cada vez que yo intentaba un verso, me disculpaba. La poesía, la literatura, en mi país perdió un poco de su magia, perdió oxígeno y sentido, cuando Federico cayó muerto al suelo.



No quiere ser encontrado en un país donde se echan de menos las oscuras manos que silenciaron su garganta. No es rencor. Para qué regresar de donde está, entre versos y vino, para volver a la salida. Mejor enterrado. Desde una torre de marfil, se comunica que quizás desaparezcan los esfuerzos de miles de españoles. Por el mantenimiento de los lujos del reino, la pensión es un lujo. Es dinero sagrado.

Una derecha cada vez más rancia, una izquierda que cree que la solución es insultar de manera más culta y gritar con más fuerza. Ahora mismo se emborrachan, para olvidar las caras con más poca vergüenza que parió madre alguna, toda una generación que no salió en ningún libro de literatura o historia, pero que pusieron sus prosas y sus versos al servicio de dejar en herencia una tierra mejor. De no agachar la cabeza y apretar los dientes.

Mientras Unamuno invita a rondas llorando su "venceréis, pero no convenceréis", se ríen ciertos fantasmas perdidos que, deambulando de bar en bar, gritan a voz en grito rasgado: "¿para esto perdimos una guerra?". Federico insiste en que lo llame por su nombre. Monta con ellos obras de teatro y revistas. Funda periódicos de titulares mudos y fotografías con pies de foto musicales. Hacen lo que les da la gana con los géneros. Hace tiempo que expulsaron a los banqueros y a los empresarios corruptos de las rotativas.

Siguen triunfando los mismos. Otras caras. Otros trajes. Otras melenas engominadas. Pero son ellos. Miguel Hernández prepara una sopa de cebolla bien caliente para tirársela a la cara cuando tenga ocasión. El miedo sigue siendo su cancerbero más eficaz. Todo aquello que inspire un ápice de cambio o presentar otra opción sobre la mesa será abolido de manera eficaz.

Un perfecto engranaje de represión sutil y censura. Es digno de elogio. Seguimos consumiendo el mismo producto de mierda, con envoltorio de flores. Lo llaman democracia. Seguimos tragando. "Para lograr eso hace falta talento: el más puro y puñetero talento", sentencia Buñuel mientras apura un cigarrillo.

Machado, Antonio, pilla una manta, mucho frio en Francia. Todavía recuerda su infancia en un patio con naranjos en Sevilla. Quiere dar clases, pero no encuentra alumnos dispuestos a expresar libremente su opinión por miedo a suspender si no ponen exactamente lo que dicta el malvado plan de estudios.

También fusilaron el perder el miedo a la capacidad de debate. El escuchar al otro. Contradecir siempre desde el máximo respeto a la persona. Suena ya a ciencia ficción. Es un yo gigante imponiéndose a otro yo gigante. No hay un lugar para un ellos o nosotros.

La jodienda reside en que desde que nos falta el último poeta se ha escrito mucho y mal. No se ha respondido nada. A mayor número de letras, no hay mayor información. Es un fallo muy común. Entre los que saben escribir y entre los que no tienen ni idea. No hace falta llenar titulares. Se ha construido un puente hacia el tesoro real al mayor ejército de piratas que se recuerda.

Lo más curioso es que ha sido el ejército defensor. Aunque mueran algunos aldeanos, ellos tendrán su buena bolsa de oro. No es mal negocio. Eso sí, les hubiese sido más fácil ir desde el primer día bajo la bandera negra con calavera. ¡¡Cuánto bello uniforme de soldado real nos hubiésemos ahorrado!!

Lorca apenas habla. Todas las líneas que no le dejaron volcar sobre papel en vida, las deposita delicadamente ahora. Nos pide que no gritemos tanto. Las musas tienen oídos delicados. Que no agotemos el vino. Es el único capricho que le queda. Rompió de pura rabia el piano por el trato persecutorio que sufre la cultura. Parece que fuera un criminal.

Deja la escritura. Federico está cansado. No quiere que la luz de la insensibilidad y de la falta de empatía, del sacar pecho por pisotear al prójimo, toque sus maltrechos huesos. De esconder tras bonitas palabras, la mayor de las puñaladas a la gente que necesitaba más que nunca que alguien diera un paso al frente y hablase por ellos. Ya son suficientes las balas.

CARLOS SERRANO

4 may. 2014

  • 4.5.14
Estaba hasta los cojones de gilipolleces. De aquellas mentes mezquinas que veían la realidad desde un prisma dorado y confortable que les enseñaba lo que ellos querían ver en cada momento. Normalmente, era mejoría en las cifras a la hora de analizar datos que helarían a cualquiera. Pero no a ellos.

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Ellos estaban por encima de cualquier sentimiento de empatía con los que cada día estaban más jodidos. La gota que colmó el vaso fue cuando aquella vocecita insignifante, aunque su dueña creía que era digna de decir cosas importantes, le acusó de no ser buen patriota por no gustarle los toros.

Barral escuchó la noticia y no pudo evitar la carcajada. Él, en su ignorancia, usaría la palabra "antiespañol" para aquellos personajes que joden cada día más a España. País que ya estaba jodido de antes, pero ellos se encargaron de darle el tiro de gracia. Su último día de profesor chafado por aquella clase magistral de poca vergüenza.

Para él, ser antiespañol es asesinar la Sanidad, la Educación, la Cultura, el trabajo de España. Pero Barral era un simple profesor. No era un genio de los números que es lo que se valora ahora. Cifras. Cuadrarlo todo. Todo lo que fabrique pensamiento libre o algo similar, mejor a la cloaca.

Barral salió a la calle. Anduvo durante horas. No llegó a ninguna parte. Su sistema nervioso atrapaba por siempre el sabor de aquel recuerdo de juventud que cada noche le impedia dormir. No era bueno ni malo. Simplemente era.

Verbo corto pero intenso el verbo "ser". Barral era, pero ya no. Verbo algo más largo, pero igual de complejo el verbo "estar". Barral no estuvo, pero ahora sí. Estaba ahí, donde tanto deseó tardar en acudir.

Intentaba de mil maneras no pensar en que sus mejores momentos habían pasado ya. El tiempo se los robó sin pedir permiso, el muy cabrón. Costaba decir adiós a cuarenta años de horario fijo. Entradas y salidas. El arrojar luz a las mentes. Buenos días y hasta mañana. Ahora reinaba el vacio de las horas muertas.

No tuvo un minuto para él desde que, siendo un adolescente, abandonara su pueblo natal. Tenía el mundo servido en buffet libre. Pero pasó de ser devorador a devorado. No le perdonó la vida. Muchos planes se trasladaron de fecha hasta convertirse en niebla y desaparecer. Quizás, era el momento de rescatarlos del limbo.

El anciano que lo miraba desde el espejo del baño parecía gritar que el cansancio ganó la partida. Pero en su cabeza el optimismo y el pesimismo vivían cogidos de la mano. El estar sin trabajo era el miedo al vacío para Barral.

Dedicó demasiado tiempo a analizar el miedo, a escribir sobre él, a dar conferencias por todo el mundo. Los libros, los artículos. Cuarenta años para darse cuenta de que la única esfera sobre la que habría que hacer un estudio a fondo no era el planeta Tierra. Merecían más las pena aquellas pequeñas circunferencias llenas de luz, de vida. Llenas de hoy. El futuro es un producto demasiado inestable como para preocuparse por él en exceso.

A pesar de ser antiespañol, era afortunado de tener aquellos ojos verdes a su lado. La verdad curvilínea de su cintura, afrutada de su boca. Era todo lo que quería y nesitaba estudiar a fondo. Sin burocracia pendiente para septiembre. Se dio de cabeza muchas veces por no haberse preparado mejor para este examen de anatomía.

Verdad dulce y carmín. Mientras ella le pregunta que hará ahora, Barral pide otra ronda. Brindaría por su falta de patriotismo. Dormir solo no es una opción.

CARLOS SERRANO

26 ene. 2014

  • 26.1.14
Cuando la vio le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces que iluminaban la estación aquella mañana. Solo alcanzó a ponerle por sorpresa su abrigo y decirle que las Navidades están para pasarlas con la familia y los amigos, no para coger una pulmonía. El gilipollas esperaba una sonrisa por su ocurrencia. Recibió un guantazo. No habían empezado con buen pie.

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"Perdona, pensé que tendrías frío". Esto fue lo único que pudo balbucear mientras se llevaba la mano temblorosa a la mejilla. Ardía.

—¿Qué te hizo pensar eso?

—Llevas muy poca ropa encima.

—¿Eso te incomoda? ¿Querías taparme por eso?

—No me incomoda, me gusta mucho, pero pensé que podías pasar frío, por eso intenté ponerte el jodido abrigo.

—Qué gentil y amable. No sabría qué hacer sin hombre como tú.

"Genial", pensó él. "Preciosa y sarcástica. Me ha tocado el gordo".

—Supongo que te las arreglarías muy bien.

"No lo pongas en duda", afirmó, mientras se colocaba con sumo cuidado el pelo detrás de las orejas. Tenía la extraña sensación de haber comenzado una partida de ajedrez con aquella desconocida. Tenía que ganar tiempo para ver el juego de su adversaria.

Creía que todo diálogo de nuestra vida era una eterna partida de ajedrez. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos.

Hablaron de todo y de nada. Ninguno parecía dispuesto a compartir nada interesante. Llegó a pensar que le hubiese cundido más dejarse puesto el abrigo. Hacía una humedad en el ambiente, aún estando a cubierto en Atocha, que cortaba el cuerpo. En un momento dado, ella dio un giro a la conversación. "El café está bien para el desayuno, pero podrías invitarme a whisky".

No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en una estación de tren, pero le dejó unos segundos en fuera de juego. Eran solo las nueve de la mañana. "Un poco pronto para mí", pudo decir mientras tragaba saliva.

—Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "Esa cita me suena". La carcajada hizo que aquella cafetería cobrase vida durante unos instantes.

—Debe sonarte. La saqué de tu último libro, Guillermo.

Paró de reir y cruzo las piernas. Jugada maestra.

CARLOS SERRANO

5 oct. 2013

  • 5.10.13
No era posible. Eran las mismas gentes, las mismas caras. Ambrosio seguía preocupado. Eran las mismas calles, los mismos olores. El mismo banco en el cual se sentaba y daba de comer a las palomas que por allí pasaban para conseguir algunas migajas. Miró a la catedral y observó con desilusión, con miedo, que aquel edificio no podía ser el mismo en que fue bautizado y en el que hizo la primera comunión.

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Miró a su derecha. No estaba el viejo taller de su padre. Había sido sustituido por un hipermercado o algo así. Miró a su izquierda. No estaba el cine de barrio donde probó por primera vez los carnosos labios de Susana. Lo habían derribado hace un mes.

Dejó a las palomas y se fue a su casa arrastrando los pies. Tenía la impresión de que se había mudado a una cuidad lejana que nada tenía que ver con aquella donde pasó toda su vida.

Tras atravesar aquellas calles, en otros tiempos abarrotadas de gente, llegó a su casa. Tenía tres habitaciones, una de ellas cerrada siempre con llave. Cualquier día de estos Ambrosio la abriría.

Decidió sentarse tranquilamente a ver las noticias. Con desilusión observaba que siempre pasaba lo mismo. Otra mujer era asesinada por el bestia de su marido, otra guerra en un país lejano, aunque Ambrosio tenía la impresión de que se desarrollaba a unos pasos de su casa.

Un partido político que dice esto y luego hace lo otro. Esas cosas que pasan en la vida diaria y que mucha gente se niegan a ver. Pero Ambrosio tenía puestas la gafas, no podía huir de la realidad. Apagó la televisión y comprobó que un silencio oscuro y molesto se había apoderado de la vivienda.

No podía seguir viviendo así. ¿Dónde estaban metidos sus ideales de juventud?. ¿Tal vez habían sido fusilados sus sueños de viajes, sus huidas amorosas, sus escritos sobre la vida que siempre quiso vivir y no pudo? Esta era la oportunidad, iba hacerlo.

Tembloroso cogió la llave que colgaba de su cuello, se dirigió a la puerta cerrada... Otra vez lo mismo. No podía. ¿De qué tenía miedo? La solución a sus problemas estaba delante de sus narices, solo tenía que empujar esa puerta y sería libre.

Libre de un lugar que desprecia, de unas gentes hipócritas que lo saludaban por lo que había sido. De unos hijos que abandonaron a su padre, a los sueños y esperanzas que éste tenía en ellos.

Respiró profundamente. Miró aquella puerta que, a pesar de estar hecha de madera, parecía ser de hierro. Con una fuerza que jamás creyó poseer, la rompió de una patada. Allí estaba su preciada maleta. Encima de un escritorio que nunca debió abandonar. Bajó los escalones de dos en dos, como si volviera a tener veinte años. Cogió el primer tren que salió de la estación para no volver.

CARLOS SERRANO
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17 ago. 2013

  • 17.8.13
Tras el intercambio de provocaciones y declaraciones, ha ocurrido lo inevitable. Recién nacida la madrugada, los valientes soldados de nuestra Armada lograban interceptar a la fragata británica HMS Westminster. "No permitiremos más provocaciones", ha declarado un miembro del Alto Mando a este cronista.

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"Tenemos pruebas más que suficientes para sospechar que el Gobierno británico está preparándose para llevar a cabo acciones para mantener Gibraltar a la fuerza. Sin ir más lejos, hemos conseguido averiguar mediante informes de los Servicios de Inteligencia, que el Gobierno británico ha cambiado los nombres de su puertos por nombres clave".

El agente de los Servicios de Inteligencia, Secretos Susurro, nos amplía esta preocupante declaración: "La fragata británica HMS Westminster salió del puerto de Portsmouth. Han cambiado los nombres de sus ciudades por nombres de equipos de fútbol. Muy sospechoso".

El HMS Westminster partió de la base naval de Portsmouth, Inglaterra, a las nueve de la mañana para unas maniobras en el Mediterráneo que incluyen una visita a Gibraltar, ha informado el Ministerio de Defensa del Reino Unido. "Nos pillaba de paso", han afirmado.

Según los primeros informes de la operación S.T.W.B. (acrónimo que alude a "Se nos acabó el chollo del Tabaco y el Whisky Baratos"), el navío de combate de 133 metros de eslora y 4.900 toneladas es el último miembro de la operación Cougar 13 que ha zarpado de la isla, después de que el portahelicópteros de la Armada británica HMS Illustrious abandonase el mismo puerto el lunes a las 10.30, despedido por efusivas muestras de entusiasmo.

"Traednos paella y sangría", gritaban emocionadas las madres británicas a sus hijos sin saber si volverían a verlos. "Tened mucho cuidado", gritaban llorando. Una escena sobrecogedora. Ninguna madre británica desconoce el poder de las armas más poderosas del Ejército español: las playas y la cerveza. Muchos británicos han caído en combate tras probar la peligrosa combinación de tomar mucho sol sin protección, arena y mucho zumo de cebada.

El Cuerpo de Mando del HMS Westminster ha reconocido que "nada hemos podido hacer contra las superiores fragatas españolas". Obviamente, lo dijeron en inglés. Este periodista se lo ha traducido. De nada. La operación para interceptar el navío fue preparada por el mismísimo jefe del Estado Mayor de la Armada, Pedro Olivares.

El mismo hombre que haciendo oídos sordos a sus colegas de profesión, logró tomar Perejil con solo un helicóptero de combate y una mísera lancha de reconocimiento, teniéndose que enfrentar a las poderosas tropas que defendían el islote: un experto tirador de ochenta años con escopeta oxidada y sus mortales cabras.

"No es el momento de vivir de glorias pasadas, lo importante es que la operación S.T.W.B. ha sido un éxito. No hemos perdido ningún efectivo y hemos logrado enviar un claro mensaje". Cuando iba a explicar cuál era, a Olivares le sonó el móvil. "Un WhatsApp del presidente de Gobierno felicitándonos por la hazaña".

Llevar a cabo el plan de Olivares no fue nada fácil. El HMS Westminster salió a las nueve de la mañana, hora vital para nuestro héroe. Cuando supo de la noticia, estaba leyendo el Marca y tomando su café, como siempre. "Era imprescindible saber cuándo fichaban a Gareth Bale".

Cuando se produjo el contacto entre las tropas españolas y británicas, fue clave el factor sorpresa. "No contaban con que los recortes en Defensa jugaban a nuestro favor. Contábamos con expertos tiradores con tirachinas capaces de dejar tuerto a un mirlo a veinte metros. Al primer ojo perdido, corrió el pánico entre el enemigo", afirma orgulloso el capitán de la Fragata Fritanga, Arsénico Pezón.

Ante los rumores de que el ataque español prosiguió incluso habiéndose rendido de manera oficial el navío enemigo responde: "Vamos a ver, vienen a tocarnos las narices a las diez de la mañana, la hora del desayuno. Nos levantan de la cama a bocinazo limpio, violando el Tratado de Ginebra sobre no tocar los cojones hasta después del primer café y cigarro. No me arrepiento de nada".

Varios soldados británicos supervivientes afirman que no entienden las hostilidades de la Armada Española. "Nosotros sólo somos erasmus. Se lo explicamos por los altavoces, que nuestro destino inicial era Rota, para pasar el puente del 15 de agosto, que parasen de disparar".

Arsénico Pezón recuerda vagamente este hecho: "Es cierto: un extraño dialecto salió de sus altavoces. Al no ser español, nuestras últimas dudas sobre el plan de Olivares quedaron disipadas: había que actuar". Estas actividades se producen en plena tensión diplomática entre Londres y Madrid en torno a Gibraltar por un conflicto que comenzó cuando las autoridades del Peñón colocaron bloques de hormigón en la Bahía de Algeciras para poner fin a las actividades de los pescadores españoles.

"Si encima nos dejan sin material para el pescaíto frito... El hormigón va fatal para las piedras del riñón", solloza Pedro Crespo, pescador de Algeciras. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunció que tomará "todas las medidas necesarias" para defender los intereses de España. Reino Unido se frota las manos.

CARLOS SERRANO
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29 jun. 2013

  • 29.6.13
El único ruido en la minúscula habitación era el de los múltiples dedos aporreando las teclas. Era música para sus oídos. Todo estaba bajo control en aquel edificio. Por eso se sentía seguro entre sus paredes. Nicolás no podía evitar sonreír mientras el resto de compañeros suspiraban por un aumento de la velocidad en aquel reloj tan feo que, sobre sus cabezas, controlaba cada movimiento con sus minuteros y segunderos. Tic Tac.

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Afiló cada lápiz minuciosamente. Colocó el folio en su Olivetti. Llenó de aire sus pulmones con fuerza, empezó a rellenar el impreso veintisiete barra dos. Una ligera brisa soplaba en su nuca, le causaba escalofríos. Alguien se había dejado una ventana abierta.

Cuando terminase el informe que lo mantenía ocupado, rellenaría otro formulario para presentar la queja pertinente por aquel descuido. Era muy fácil para él pillar un catarro. No podía permitirse caer enfermo. Eso supondría rellenar el papeleo para obtener la baja, lo que le mantendría unos días alejado de su amada mesa. Estornudó con fuerza, empezó a sentir miedo.

Una vez hallada, cerró violentamente la ventana. Cuando volvió a su silla, creía que iba a darle un infarto. Todos los compañeros se atrincheraron bajo sus escritorios. Gritaban histéricos. Un enorme león estaba en su mesa. Destrozaba con sus zarpas su preciosa máquina de escribir y se daba un festín devorando la montaña de informes ya redactados.

Se agazapó y se refugió debajo del mueble más cercano, descolgó el teléfono. No había línea. Empezó a reírse sin poder evitarlo. En el periódico, en la parte del horóscopo, advertía que sería “una jornada llena de sorpresas”. Joder, pensaba, incluso por estadística, algunas veces aciertan.

Si lo siguiente que veía era un oso atacando la fotocopiadora, llamaría al autor de aquellas escasas líneas y le pediría, con la mayor cortesía, que le permitiese el pánico, que esas cosas se avisaban más explícitamente “Piscis, quédate en casa mañana o un león te arrancará la cabeza de un puto zarpazo”. Lo de “jornada de sorpresas” era un aviso muy vago, una mierda de aviso, en comparación con lo que estaba ocurriendo.

El león estaba furioso. “Seguro que no le han gustado los impresos: el papel es de escasa calidad”, pensaba Nicolás. Se compadecía de aquel enorme felino. Se acordó de aquella vez en el baño de la tercera planta, cuando agotándose el papel higiénico, tuvo que recurrir a uno de aquellos papeles. Si a esta fiera le han dejado el mismo escozor al comer que al limpiarme el culo, estamos jodidos. Así era Nicolás. Siempre pensando en el prójimo.

El visitante se había hecho fuerte en la sala de descanso reservada a los empleados. Constaba de una mesa alargada, sillas incómodas, cafetera, y una nevera donde cada miembro del personal tenía que etiquetar su comida. Como se coma mi tupper de lasaña, me lo cargo. Según Nicolás, eso es abusar de la hospitalidad.

Tras destrozar cincuenta máquinas de escribir, tres televisores, y la nevera, según fuentes policiales la lasaña salió ilesa, el minino quedó dormido en medio del pasillo. Nicolás respiró aliviado. Dudaba sobre si aquello contaba como horas extras. Hacia dos horas que su jornada había terminado. Con mucho cuidado encendió el ordenador portátil que tenía a su lado y empezó a enviar emails a todo el mundo avisando de la situación.

Reconocía que llegar tarde a un par de sitios y en la disculpa decir “estoy atrapado en la oficina con un león. Avisad a la policía, a los bomberos o a quien proceda”, sonaba un poco ridículo, pero ante todo estaba orgulloso de su sinceridad.

Con asombro vio en Facebook que todos habían colgado entradas sobre lo que estaba sucediendo. Twitter echaba humo. Incluso habían subido fotos a la red con el título “Etiquetad a la peña. León en la oficina”. Tenía, en media hora, doscientos comentarios. Algunos de ellos del personal de Seguridad. Era oficial. Estaba rodeado de gilipollas.

Antes de que pudiera darse cuenta, se quedó dormido. Despertó sobresaltado y bañado en un sudor frio. Soñó que el león hacía mejor su trabajo. Incluso lo nombraban empleado del mes. Si había algo que no aguantaba era a los trepas. Estaba solo.

Dudaba si todos habían sido presas del visitante. De ser así, era el único superviviente. Era horroroso. Si estaba en lo cierto, tenía que hacer él todo el trabajo. El final del primer cuatrimestre económico estaba a punto de cerrarse y había mucho papeleo atrasado.

Con mucho cuidado elevó la cabeza. Nada. El feroz visitante había desaparecido. No sabía cómo sentirse. Por una parte, por motivos desconocidos, se había encariñado con aquel animal. ¿Quién no ha soñado con arrasar con todo en su oficina? Por otra, odiaba a sus compañeros. Ninguno de esos cabrones se había tomado la molestia de despertarle. Avisarle de que ya pasó el peligro. Salió afuera.

Le molestaba la luz solar. Ignoraba la hora. Antes de que pudiera ponerse las gafas de sol, un ejército de médicos, periodistas y policías se abalanzó sobre él para curarle y hacerle todo tipo de preguntas. En su cabeza solo había espacio para una pregunta: ¿Se enfadarían muchos los directivos de la planta quince por no haber terminado el impreso veintisiete barra dos? Respiró aliviado. Por fin, tras años fallidos en el colegio, funcionaría la excusa de “lo siento, el gato se comió los deberes”.

CARLOS SERRANO
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25 may. 2013

  • 25.5.13
En su cabeza, a fuego, estaba el consejo que su madre le regaló de pequeño: "tú sólo júntate con los niños buenos". Su madre pasó por alto un hecho que, aunque parezca insignificante, nos marca de por vida. Los mayores cabrones fueron alguna vez, en mayor o menor medida, niños buenos. Sin preocupaciones, sólo la de con quién jugarían en el recreo o en la calle. Por cuántos cromos cambiaría su cromo de edición limitada. Si arriesgaría su canica favorita; qué pondría su madre para merendar.

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La vida es una peligrosa mezcla de coincidencias y suerte. Sobre todo, suerte. Quizás aquel amigo de la infancia sea hoy en día dueño de un banco. Miembro de un Gobierno que se empeña en tener una venda en los ojos, negar la realidad del país que día a día asesinan, cortándole libertades y derechos. Cortándole educación y sanidad.

Declarando ante los medios sin vergüenza alguna que luchar por la dignidad es comparable a las actividades de los psicópatas que asesinaron a más de seis millones de personas en una no muy lejana Europa.

O quizás aquel amigo formaba parte de la oposición. La formada por quienes tienen soluciones para todo, pero que se callaron misteriosamente cuando tenían el poder y la oportunidad de llevarlas a cabo. Quizás, aquel amigo “sólo” sea empresario. Empeñado en salir del barco que se hunde con la mayor cantidad de riquezas en los bolsillos, mientras la tripulación se ahoga sin remedio.

Tal vez, nada de eso, todo lo contrario. Podía haber llegado a ser una pequeña parte de las escalofriantes cifras que dan los telediarios de paro, pérdida de calidad de vida, salir al extranjero a perseguir lo que se negaba en su propia casa...

Todo ello invadía su cabeza mientras cogía el autobús para ir a trabajar. Mientras aceptaba todo tipo de abusos en aquel habitáculo llamado oficina. Debía pagar las facturas. Había que dar las gracias a que convirtieran un derecho en un favor. Era un afortunado comemierda.

No podía levantar la voz, había muchos en peor situación que él. En dos segundos, su silla estaría ocupada por otra persona que aceptaría un sueldo aún más bajo. Después de los años de vida del carajo, llegaron los días de la vida en la jungla. Cuando la jornada laboral daba un suspiro, miraba en su cartera. Lo hacía por ellos. Por aquellas sonrisas que atrapadas en una fotografía, le daban las fuerzas para aparentar los dientes y seguir adelante. Él ya estaba jodido, pero ellos nos tenían que heredar toda esta mierda.

Tenían en común todos aquellos elementos, el político, el banquero, el empresario, el indignado, que alguna vez tuvieron infancia. La época donde la bondad, las ganas de conocer lo que nos rodea, la inocencia, toman protagonismo. Todo problema era vencido por un beso en la rodilla raspada, un consejo, una canción.

Comía y recordaba. "Tú sólo júntate con los niños buenos". No podía evitar la risa. Como si hubiese uniforme especial que separase aquellos niños que se convertirán en buenas personas de aquellos que, por desgracia, serán los hijos de puta del mañana.

Podía dejarse la piel como padre o madre, pero hay algo que por mucho que se sacrificara no podía controlar. En qué personas se convertirán sus hijos. De los mejores padres nacen las mayores decepciones en seres humanos. Y viceversa. Es de esas bromas macabras de las que está llena la vida. Sólo podía asegurar dejar los mejores cimientos posibles. Lo que se apoyará en ellos, sólo lo sabrá el tiempo.

Por fin llega a casa. Ellos salen a su encuentro. Llenan su cara cansada de besos. Sus oídos de las anécdotas del colegio, de cómo han hecho los deberes. De a qué han jugado por la tarde. Llega la noche, se han acostado. Mientras los ve dormir, siente que llegará el momento en que todo mejorará, ellos son su mejor pastilla de optimismo.

Durante demasiado tiempo todo ha estado en manos de antiguos niños convertidos en todo lo contrario que representaba su olvidada infancia. No mañana, ni el año que viene, llegará una generación que conserve esa risa de disfrutar de las pequeñas cosas, de la sana curiosidad de abrir cualquier puerta, sin perder la capacidad de asombrarse por todo descubrimiento. De a pesar de los inevitables encontronazos, pueda más el deseo de estar bien con el prójimo que el orgullo estúpido.

Piensa en ello mientras se mete en la cama. Pone orgulloso su despertador a las seis de la mañana, que les den a esos niños frustrados. Al presidente de Gobierno, a la monarquía, a la prima de riesgo, al Euribor, al IVA, a los impuestos, a las cifras de desempleo, a los bancos, a la hipoteca...

Mañana será otro día. Por muchos tijeretazos y empeños en hacerle creer que todo está perdido, que sólo queda esperar que pase la tormenta a fuerza de sacrifico de unos pocos para que todo vuelva a ser como antes para los responsables del caos actual, sabe que no pueden con las ganas de luchar que le dan esas dos pequeñas personas que duermen tranquilamente en la habitación de al lado.

CARLOS SERRANO
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20 abr. 2013

  • 20.4.13
El bullicio, la ciudad. Los coches y las bicicletas, las mujeres que sonríen tímidamente cuando se cruzaban con él en cualquier lugar. Podría estar enumerando cosas toda la vida. Sin embargo, seguía sobre aquella cama de hostal barato. No era por falta de dinero, sencillamente, no quería algo mejor.

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Puso la radio. La apagó de inmediato. Sabía que su país se fue al carajo en el mismo momento en el que necesitaba estudios superiores para saber sobre qué hablan en los medios. Términos de economía que jamás había oído y noticias sobre corrupción que pasaron a ser parte del día a día. Ya no es un ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?... Ahora es un ¿quién fue esta vez?

Colocó cuidadosamente sobre la mesa el papel, el bolígrafo negro al lado del azul. Se sentó y miró por la ventana. Empezó a escribir. ¿Un día poco agraciado?. Podía definirse así. Esa era una mañana que no merecía adjetivos bien sonantes. Directamente, era un día de mierda.

Llevaba buen ritmo de escritura, tres folios en media hora, cuando sintió la urgente necesidad de tomar café. Sin cafeína para él, los días se hacían eternos. Bajó al bar más cercano a desayunar. Era de los mejores ejercicios de documentación. Sentarse y mantenerse alerta con el bloc de notas y el bolígrafo. Saber mantenerse a la espera. Siempre en los bares hay algo esperando a ser contando. Si es en una estación de autobuses o un aeropuerto, te tocó El Gordo.

Es la élite de los bares. De los procesos de búsqueda de inspiración. Gente constantemente de un lado para otro, con su aquí y ahora determinado. Problemas, logros, fracasos, familias, viajes, facturas y amigos. Siempre decía que si no era capaz de escribir ni una línea en un ambiente así, debería plantearse el dejar de escribir.

Tenía preparadas las herramientas en aquella minúscula mesa de madera. Estaba alerta. Era la parte más aburrida, observar. La amaba y odiaba a partes iguales. Al igual que un francotirador, la paciencia para lograr el disparo certero es clave. Nada te prepara para la espera de la primera palabra sobre el folio. Los primeros párrafos determinan si mereció la pena salir de casa. Tenía que tener listo aquel relato para la noche como fuera.

Cuando quiso darse cuenta, llegó la hora. Todo le importaba poco. No prestaba atención a las múltiples palmaditas en la espalda y los abrazos, sonrisas. Se convertirían en dedos acusadores y carcajadas hirientes cuando le tocase caer. Llevaba unas horas en aquella fiesta y ya estaba solo en la barra. Mirando al viejo que le miraba desde el espejo de aquel restaurante. Vigilaba cada uno de sus movimientos.

Mucho tiempo en aquel mundillo, quizás demasiado. Tenía la impresión de que había escrito todo lo que tenía que dejar dicho. Quería estar en un error. Despedirse con una última línea que resumiría toda su vida. Pidió otra ronda. Esta vez dejaron la botella. Necesitaba ahogarse. Fotos, aplausos. Me alegro de verle, no sabía quiénes eran. Allí estaban, hablándole como si fuese un recuerdo de sí mismo.

Aquel premio no sabía qué haría en su estantería. Tenía la duda de si era bueno, realmente sabía que lo era, o ese reconocimiento era para callarle la boca. Darle la razón como a los locos. Recordaba cuando todo era una aventura.

Relatos, poemas, ensayos. Le daba igual. Podía decir cualquier cosa en cualquier formato. Su mente ahora estaba en completo silencio. No podía irse sin agotar la última gota de talento. Jamás se perdonaría semejante autopuñalada. Continuó garabateando en una servilleta las líneas que empezó por la mañana. Cuando quiso darse cuenta, había volcado todo lo que sabía de literatura en aquel minúsculo pedazo de papel.

De repente, la única mano a la que no podía negar nada, tocó su hombro. ¿Estás bien? –le susurró al oído-. Mejor que nunca –contestó-. Llegó a casa. Aquella servilleta eran veinte folios cuando acabó la noche. Orgasmo de tinta y ginebra. Volvió por un momento a ser aquel puño que se hundía en los estómagos de muchos teóricos. El escritor debe escribir todos los días. Una mierda: las musas no entienden de horarios.

Dejó de escribir cuando se calmó el duende que invadió su sistema nervioso, atacó su mano y violó su mente en blanco. El lector dictará sentencia. Su conciencia estaba tranquila.

CARLOS SERRANO
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23 feb. 2013

  • 23.2.13
La vida es silencio. Existe el silencio del suicida antes de arrojarse al vacío. La muerte es silenciosa. También previo a una caricia, o un beso, hay silencio. El amor está invadido por silencios. Los segundos que callamos mientras abrimos una carta que llevábamos tiempo esperando. Demasiado tiempo. Aquellas noches de carmín, whisky y humo. Cuando caes a la cama abatido por las flechas del ejército de la ciudad y sus almenas: nadie en la calle, silencio. Las pausas previas a las malas noticias, la pausa que viene tras recibirlas.

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El mayor silencio contradictorio se encuentra en las oficinas, edificios de viviendas, grandes almacenes. Silencios de ascensor. Al entrar en aquel cubículo cortamos con todo lo que estábamos haciendo al abrirse las puertas. Callamos, dejamos la llamada telefónica en espera, da miedo la sincronización entre tantos desconocidos al realizar esta acción. Acciones de silencio. Incómodo silencio. Silencio que precede a la carcajada al salir, inclasificable silencio.

Sin monumentos, sin odas, sin recuerdo. Un fantasma que siempre nos acompaña pero con el que nunca podremos ponernos en contacto. Silencio a pesar de su inmenso trabajo, nunca cotiza. No tiene jubilación, DNI, derecho a huelga, recortes sanitarios o de educación, voto. Silencio es el ciudadano que sueñan todos los políticos. No puede defender sus derechos.

Nadie puede escribirle debido a que nadie sabe con seguridad su dirección. Nunca le hace asco a un buen vino. Es discreto en las sombras y protagonista al mismo tiempo. Silencio viaja continuamente, eterno polizón de los cinco continentes. Silencio no duerme. Ni él mismo sabe su función. Por eso no es triste ni alegre. Sólo existe. No toma nota de nada. No saca fotografías. Tiene memoria infinita. Si pudiera hablar sobre todo lo que ha visto, nadie le creería. Esa es su maldición.

No tiene en su currículo ninguna medalla al valor mostrado en el campo de batalla a pesar de que es el protagonista absoluto tras toda guerra. Conoce a todos y a nadie. Cada día es totalmente diferente al anterior. No sabe cuándo será requerido, cuánto tiempo permanecerá en un mismo sitio. No hace nunca equipaje alguno.

Le encantan los hospitales, bibliotecas y cementerios. Son algo así como su casa. Si pudiera permitirse tener una. Silencio no habla mucho, es reservado. Escucha como nadie. Es querido y odiado al mismo tiempo. Silencio se enamora de mujeres y de hombres. Los mira cuando duermen. Los protege dejándose violar por cualquiera de los muchos ruidos que apuñalan sus costillas por no ser bien recibido.

Silencio no dice nada, no suelta lágrima alguna. Cae al suelo y vaga por las calles hasta su próxima escena como el más grande de los actores sin texto. Eterno silencio.

CARLOS SERRANO
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19 ene. 2013

  • 19.1.13
Algún día conoceré tu secreto. Estoy aquí, justo delante, e ignoro cómo lo haces. No puedo apartar los ojos de tu cara. Empiezas abrir la boca para decirme algo. Sabes que me hará daño, yo también soy consciente de ello. Aun así, no me pierdo ni una sílaba.

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Me tienes atrapado. No puedo ignorar la posibilidad de que sea estúpido. Cualquiera se habría levantado de la silla. Yo sigo pegado a ella. Recuerdo demasiadas cosas. Al mismo tiempo, guardo en algún cajón tu huída de verbo y saliva. El modo en que has seleccionado cada palabra para decirme algo muy simple: no me necesitas, sigues tu camino.

Jamás te puse cadenas ni nada parecido. Es lógico que no me necesites, nunca lo hiciste. Tuviste siempre claro quien eras y que querías. Ahora, esas cualidades me estallan en el pecho como una bala. Jamás me pidieron con tanta educación y estilo apártate de mi camino.

Intento concentrarme en tus defectos. Tu horrible voz cantando en la ducha; no eres tan linda; hay muchos ojos como los tuyos; con cualquiera puedo hablar hasta altas horas de la noche sobre cualquier tema. Todas tenéis la misma risa.

No me convence nada de esto. Sacas la artillería pesada. El encierro en mí mismo. El muro que levanté hace tiempo a mi alrededor para protegerlo con humor a prueba de todos y de nadie en concreto. Rozas mi mano lentamente.

Esperas que diga algo que haga este silencio menos amargo. No tienes suerte, me quedo callado. Te memorizo. Te guardo en un marco de algún lugar de mi cabeza. Que mi silencio no te haga enfadar. Prefiero que entre estas paredes sólo se oiga el eco de tu voz. La mía no es interesante. Mi mano sigue unida a la tuya.

Tu boca se ha cerrado. Hablan los ojos. Bella mezcla de "habla por favor" y "siento mucho todo esto". Mi boca se abre para decir adiós. Te vas. Tu perfume permanece en el aire segundos después de tu marcha.

Miro mi copa vacía como si fuese a estar llena de nuevo por arte de magia. Pido otra ronda y saco mi cuaderno. Escribo unas líneas. Tsunami de letras, coma, punto y seguido donde está todo ese yo que creías desconocer.

CARLOS SERRANO

5 ene. 2013

  • 5.1.13
Jamás reconocería lo nervioso que estaba. Fue de un lado a otro de la oficina, sin rumbo. Con su inseparable cuaderno y mordisqueando un bolígrafo azul. Bebió más café del que era capaz de soportar. Era importante, no podía echarlo todo por la borda. Había trabajado muy duro, nadie le había regalado nada.

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El gran día. Siete de la tarde. Veinticinco de febrero. El año no es lo importante. Estaba enfrente suya, el gran tipo perfectamente preparado para la ocasión. Todo lo que hubiese leído sobre él no importaba ahora. Las preguntas fueron enviadas con dos semanas de antelación.

Confiaba en poder sacar de la chistera algunas cuestiones que le hiciera tener alguna posibilidad en el combate dialéctico que tendría lugar en unos minutos. Se estaba atragantando con su propia saliva, se deslizaba por su garganta haciendo un ruido imperceptible para los demás pero que, para él, era un espectáculo acústico.

Repaso de las notas con las manos temblorosas. Se le cayeron al suelo. La voz anunció lo inevitable. "Estamos en el aire en tres, dos, uno…". Sonaba al verdugo anunciando la ejecución. Alea iacta est.

Al principio todo fue como esperaba. El invitado era un experto: decir mucho sin decir nada. Más de un espectador se estaba conformando con aquellas respuestas que no conducían a ninguna parte, pero había demasiado en juego.

No soportaba su falsedad, era como un pacto de no agresión. Su tono de voz era el de un ser superior que tenía todas las respuestas correctas sintiendo piedad por los insignificantes de su alrededor. Inadmisible, no iba a dejarse pisotear.

Pero no iba a ser sencillo. Había que reconocer que el adversario era de categoría, y cada vez quedaba menos tiempo. El enemigo número uno en su negocio. Como se descuidara, no podía asegurar que tuviese una nueva oportunidad.

No sabría explicar cómo ocurrió exactamente, pero sucedió. Respiró profundamente y realizó la pregunta. La mayor satisfacción fue cuando aquel individuo congeló su risa. Creía que saldría impune del encuentro.

Por desgracia, dio con alguien que no iba a conformase con un “todo va bien”. Las versiones oficiales son las menos oficiales de las versiones. Publicidad. Hizo caso omiso a los gritos del realizador y director. Se reía del productor.

La victima no sabía dónde meterse. Se encaró alegando falta de ética y de rigor profesional. El profesional sonrió tímidamente y aguantó el chaparrón. Se largó diciendo que hizo su trabajo. Se largo de allí, mandando todo a la mierda.

CARLOS SERRANO

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