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Rafael Soto | Ruido y herejía

Albert Camus escribió en Combat el 8 de septiembre de 1944 que la meta de Occidente era alcanzar la libertad para cada uno y la justicia para todos. Una meta que he compartido siempre. Unas palabras que quedaron ahogadas por el ruido de las bombas y que ahora lo son por el de las redes sociales y los mítines políticos.


Por lo general, el lector se acerca a una columna por su afinidad con el autor o con el tema. En ocasiones, simple curiosidad o puras ganas de polemizar. Es responsabilidad del columnista ofrecer una postura honesta ante la actualidad, dentro de ciertos límites legales y éticos, y aportar argumentos y dirección a sus lectores.

En mis inicios en las cabeceras de Andalucía Digital cultivé el que, para mi gusto, es el género periodístico más difícil en la prensa escrita —con permiso del editorial—: el análisis. Eran los últimos años del gobierno de Mariano Rajoy; España había sido vendida a los “hombres de negro”, y tenía la convicción de que la ciudadanía necesitaba profundizar en ciertos temas. En especial, me interesé por la política internacional. Una dirección que me dio grandes alegrías y en la que coseché también algún fracaso, como suele ocurrir en todas las grandes empresas.

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Tras el ascenso de Pedro Sánchez a la Moncloa llegaron sus campañas de agitación. Comprendí que a nadie le preocupaba ya el análisis razonado. Había una trinchera cultural, y la manera de ganarla era a través de la argumentación. Desde una postura socialdemócrata pero herética, critiqué el populismo autoritario del Kennedy español.

Este posicionamiento me granjeó enemistades, así como disgustos personales y académicos. Me cerró puertas e implicó algún que otro desplante. No me importó o, mejor dicho, entendí que no hacía más que confirmar la deriva autoritaria del sanchismo y del movimiento woke. El signo de los tiempos. La política es una trinchera que debe tener límites éticos, y el periodismo, un acercamiento honesto a la verdad, aunque cada columnista solo pueda ofrecer su propia mirada sobre ella.

Solo dudé una vez con seriedad. En diciembre de 2024 publiqué Confesiones para cuando la verdad agota. Frustra comprobar el absoluto desdén por la verdad que nos rodea en todo el espectro político, la deriva autoritaria de un gobierno y de sus fanáticos y la escasez de alternativas. No puede haber diálogo ni entendimiento en un contexto así.

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Hoy me siento en mi escritorio y siento que lo único que puedo aportar es ruido. No sabéis lo difícil que resulta mantener una honestidad intelectual, ofrecer un argumento útil para el lector y tratar de ofrecer un servicio de calidad. Se han roto todos los límites éticos, y solo hay caos donde debería haber análisis.

He mirado el folio en blanco y me he encontrado en la disyuntiva de ofrecer una columna de temática cultural —lo que me parece absurdo en un contexto como el actual— o un escrito político más. No sé lo que pensaréis vosotros. Por mi parte, sigo en la brecha, sin saber bien si disparar contra el enemigo o excavar donde la pala y la suerte me lleven.

Haereticus dixit


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