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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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14 may. 2020

  • 14.5.20
La crisis del Covid-19 ha roto las costuras del orden económico y político mundial. Si hacemos caso a Slavoj Žižek, esto supone el principio del fin del sistema imperante. En cambio, si escuchamos las advertencias de Byung-Chul Han, ante el peligro, el sistema tenderá a reivindicarse y a ser más autoritario. Creo más a este último, como buen optimista bien informado.



No es una nueva crisis. El que quiera vender este engaño, tened claro que lo hace para tapar sus vergüenzas del pasado. Es la misma crisis que llevamos atravesando desde hace más de una década. Una crisis que nunca superamos, pero que ya llevábamos mejor.

Tampoco nos engañemos a nosotros mismos. Sería exagerado afirmar que lo que viene será el Apocalipsis, en especial tras los meses de septiembre y octubre, pero tampoco será bonito. Pedro Sánchez hará pasar a Mariano Rajoy por hermanita de la caridad. Y, al igual que él, lo hará en nombre del mismo pueblo al que desvalija. Hablamos de recortes presupuestarios, por supuesto, pero también de la vulneración de derechos que ya estamos sufriendo y de un aumento, otra vez, de la polarización política.

Ante tanta acción, la reacción será inevitable. Ahora bien, ¿qué reacción? La rebeldía es un sentimiento, no una acción. Es un decir no, a la vez que se dice sí, tal y como señala Albert Camus. Las acciones emanan de las ideas y de las emociones. Y aquí es donde yo encuentro el error de Žižek.

Pongo un ejemplo claro. El movimiento independentista catalán actual, consecuencia indudable del movimiento 15M como continuación de la misma en la región catalana, se caracteriza por su carácter rebelde. Dice “no” a España, símbolo de todos los males, y “sí” a una República Catalana que es vista como la nueva Arcadia.

Ahora bien, si tomamos la masa social del independentismo catalán y la segmentamos, podemos comprobar que buena parte de la misma no tiene un carácter comprometido. Se trata de una rebeldía pueril, que se retroalimenta por el sentimiento de pertenencia a un colectivo. Además, el independentismo fomenta un objetivo claro, tangible, que la sociedad europea actual no puede proporcionar. Es la opción fácil.

Si a estos mismos los ponemos ante un análisis racional, no pueden aceptar el carácter supremacista y contraproducente de su movimiento. Y, en cualquier caso, son incapaces de sacrificios reales por su causa. Como mucho, pueden aspirar a la rebeldía estética de los dandies. “Vivir o morir delante del espejo”, como diría Charles Baudelaire. Hoy diríamos “vivir o morir en las redes”.

En cambio, existe una minoría abultada de rebeldes comprometidos, dispuestos a sacrificar, incluso, la vida por obtener la tierra prometida: una Cataluña libre y perfecta. Sin embargo, son fanáticos que no solo no aguantan el análisis racional, sino que están dispuestos a reventarla sin mala conciencia.

Si pretendiéramos encerrarlos en una habitación, como de hecho ha pasado con sus representantes políticos, solo habría división. El independentismo no es una ideología. La independencia es un fin cuestionable. No hay unidad para un proyecto común más elaborado. Y eso solo consigue cortocircuitar el movimiento. Los posconvergentes son los herederos de la burguesía catalana más reaccionaria. ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo con los antisistema?

Volviendo a Žižek, este cuenta con una rebeldía comprometida y un sistema insostenible. Sin embargo, la ausencia de un proyecto realista y esperanzador hace, y seguirá haciendo, que esa rebeldía comprometida se materialice en fanatismo, como ha ocurrido en España con un buen sector de Unidas Podemos, Bildu, Candidatura d'Unitat Popular (CUP) o Vox –movimiento reaccionario, pero no por ello menos rebelde–. Y el fanatismo justifica la represión.

Ante tanta opresión y caos como se nos viene, la reacción mayoritaria será una rebeldía pueril, cuando no estética, y una rebeldía comprometida minoritaria y fanática, repulsiva para los moderados, que será incapaz de hacer cumplir las expectativas de Žižek. De hecho, en España es un hecho que ya hemos vivido.

Queda cierto resquicio de esperanza en cierta minoría crítica y moderada que, con toda probabilidad, será aplastada por los fanáticos, tal y como ocurrió en España con el partido Podemos. El movimiento 15M y el partido Podemos esperanzaron a muchos y todos sabemos cómo han acabado: siendo un conjunto de movimientos de fanáticos de extrema izquierda, muy lejos del espíritu integrador del 15M.

Vienen malos tiempos para las personas. También para el pensamiento crítico.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

30 abr. 2020

  • 30.4.20
En tiempos del Covid-19, no paro de darle vueltas a una publicación que leí hace unos meses, en el contexto de una investigación. El texto en cuestión salió a la calle en 1607, de la mano de Antonia Ramírez. Fue la viuda de un impresor, que se hizo cargo del taller de su marido en Salamanca y que, según el Diccionario de impresores españoles (siglos XV-XVII) de Juan Delgado Casado, estuvo al cargo de su imprenta entre 1603 y 1646.



Este hecho no era extraño, pues conocemos varias esposas de impresores que se ponían al mando de imprentas cuando enviudaban. Si bien, llama la atención su longevidad como regente del negocio. En la misma ciudad, compitió con diversos impresores, entre los que hubo otras mujeres, como Susana Muñoz (1610-1621) o “La viuda de Diego de Cosío” (1931).

En concreto, la publicación a la que hago referencia se denomina de la siguiente manera: Coplas del año mil y quinientos y nouenta y nueue las quales contienen las notables cosas que acontecieron en estos dos años esteriles, compuestas por Sebastian de Granadilla pintor y vezino de Salamanca en este Año presente de 99.

Uno de los tipos de publicación informativa más habituales fue el verso, que conectaba con los gustos del momento y que ayudaba a los ciegos a memorizar los textos con más facilidad. En este caso, como indica el título, el texto es una copla, una variedad habitual.

Sin embargo, como ya indico, lo extraordinario del texto no es ni el género de la persona que lo editó, ni tampoco el género textual. Lo que lo hace especial, o al menos para mí, es su tono.

Estamos haciendo referencia a una obra de finales del siglo XVI que, como todas, tenía que pasar por una censura previa. Si bien, la censura no fue tan exhaustiva en los reinos hispánicos como en otros países europeos –pese a lo que ha transmitido la Leyenda Negra–, lo cierto es que la autocensura y la censura previa fueron dos elementos decisivos para comprender hoy el tono y contenido de los textos.

Por ello, la mayoría de los textos informativos u opinativos del período eran bastante dóciles con respecto a los poderes fácticos del momento. Un hecho que hace que esta pieza sea tan extraordinaria. Y es evidente que no soy el único que lo ha pensado, puesto que los estudiosos Víctor Infantes y Jacobo Sanz Hermida ya le dedicaron un buen estudio.

De cara a la censura, llama la atención que el texto fue compuesto en el año 1599 y que narra hechos acaecidos en ese año en Salamanca. Felipe II muere en septiembre de 1598, dejando los reinos hispánicos en una situación económica mejorable. Sebastián de Granadilla ofrece un testimonio de los estragos que vivió su ciudad, Salamanca, en este momento.

Empieza con el año 1598. Tras mencionar la muerte del rey, afirma lastimeramente: “Año fragoso y esquivo / triste miserable y fuerte / no se para que te escrivo / puesto ya el pie en el estrivo / con las ansias de la muerte” (grafía modernizada, así como los siguientes).

Tras esto, hace referencia al hambre y a la mortandad que se vivió aquel año, así como a las guerras y a las malas cosechas: “Tampoco nos faltan guerras / porque esta el mundo perdido, / y al tiempo venido / que se cansan ya las tierras / de dar el fructo devido”. Inmediatamente después, ofreciendo una imagen aún más oscura si cabía, señala el hecho de que debieron ponerse de luto por la muerte del rey.

A partir de aquí, Granadilla ofrece unos hechos aislados, que denomina “niñerías”, que reflejan la miseria y oscuridad de aquellos días. En especial, hace énfasis en la crueldad de los panaderos por la subida del precio del pan: “que nos roban los dineros. // Y tienen con este fuero / a Salamanca assolada, / despoblada, y sin dinero”.

En especial, resulta interesante el relato, que no sé si calificar de costumbrista, de un soldado que roba a una panadera. Cuando la mujer pide auxilio, los presentes, en vez de perseguir al ladrón, hacen la vista gorda, “y comiençan de decir / ojos que le vieron ya / no le veran mas en Francia”. El desempleo es otra lacra, consecuencia de la falta de consumo y, a su vez, causa de la misma.

Sigue con el año 1599, donde se muestran los mismos males: “Mira que gran desconsuelo / los muertos llevan sin luz, / sin ataud, y sin duelo, los arrrojan por el suelo / sin clerigos y sin cruz”. Más adelante, indica que incluso los más nobles se encuentran con dificultades porque alguien, asumimos que la autoridad municipal, no daba licencia para enterrar.

Ante tanta necesidad, señala la única salida posible para mucha gente: enrolarse en el ejército o dejar su “patria”, “desesperados”, asumimos que a las Indias u otros lugares por el estilo. Sin embargo, es curioso que denuncia la emigración a Salamanca de otros pobres de zonas aún más pobres, de Portugal y Galicia, “que el año de la langosta / no nos hizo tanto mal”. Concluye el año criticando a los mercaderes de cereales.

Finalmente, incluye una glosa y un villancico. En este último, cambia el tono, haciendo un elogio al nuevo rey y al fin de los conflictos. No descartamos que fuera un añadido posterior para hacer el texto más digerible a la censura, aunque no deja de ser una hipótesis.

El texto fue publicado en 1607, si bien la licencia señala que fue aprobado en abril de 1599. Por tanto, aunque se hiciera referencia a dos años, lo más probable es que se ocupe de menos de un año natural. Asimismo, con casi toda seguridad fue una reedición, y que haya por ahí perdido un original de 1599 o 1600.

Como ya he indicado, su tono es excepcional. No es extraño que un texto de la época hiciera alusiones a las malas condiciones de vida de la gente. Sin embargo, en su género, este es uno de los textos más oscuros y críticos que he leído.

Si recopilamos la información, este testigo de los hechos hace referencia al hambre, a la enfermedad, a las guerras, a la inflación, a la emigración y la inmigración –culpándola de empeorar su situación–, al desempleo, a malas cosechas y otras realidades.

Insisto, en los últimos tiempos pienso mucho en este texto y me fascino del hecho de que los tiempos no hayan cambiado tanto. La realidad humana sigue siendo la misma. Sí, hay más bienestar, por ahora y por suerte. O al menos en nuestro país.

Sin embargo, los males que asolan al mundo siguen siendo los mismos. Sebastián de Granadilla fue pintor y es probable que sufriera en gran medida los avatares de aquella época. A falta de redes sociales, quizá necesitara de la imprenta para expresar su relato de ese momento tan oscuro que vivió.

Su texto no tiene calidad informativa en términos modernos, y tampoco puede considerarse un texto historiográfico. Sin embargo, expresa lo mejor que puede una realidad que padeció y de la que, por tanto, fue testigo.

Por suerte, insisto, en España vivimos con cierto bienestar, o al menos por ahora. Sin embargo, salvando las distancias, ¿cuántos Sebastianes de Granadilla saldrán en los próximos años? Dos meses de encierro, familias enteras viviendo los horrores de la amenaza invisible, el recuerdo de la locura e insensatez de ciertas personas, el miedo al paro o la desazón del desempleo, sin tener la posibilidad de despejarse…

Granadilla no guardó nada bueno de aquello. O, al menos, no nos lo transmitió. Quizá nosotros sí podamos. Ahora comienza la desescalada. Esperemos que todo quede en un mal sueño. Vivimos los relatos del ahora a través de la prensa. Observemos lo que el Periodismo, la Literatura y el Arte nos ofrecerán en los próximos años. Algo diferente habrá.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

16 abr. 2020

  • 16.4.20
Una creencia común es que las palabras no son inocentes. No me atrevo a añadir que “nunca” lo son. Sin embargo, considero que no es necesario explicar que la palabra puede matar, del mismo modo que puede dar vida. Esa fuerza maravillosa de la palabra nace de su anatomía. Toda palabra tiene un contenido, que es universal, y un continente, que es único en cada idioma. La idea del canalla, con sus variantes, es un concepto universal. La forma de denominar al canalla varía de un idioma a otro. Y es con los conceptos con los que construimos nuestra realidad.



De hecho, las palabras pueden crear mundos, incluso los del más allá, lo que explica que los sacerdotes de cualquier religión y los escritores de ficción sean sus especialistas. Hasta el destructor de valores, Friedrich Nietzsche, reivindicó a los poetas por su faceta creadora, a pesar de que “mentían demasiado” para su gusto, e incluso identificó a su Zarathustra con uno.

Y es ese peligro potencial de las palabras el que impone el imperativo moral de la claridad, so pena de parecer deshonesto. “¡Cuán viciosa será la oración, cuya principal virtud es la claridad, si necesita de intérprete!”, afirmaba Quintiliano en su De institutione oratoria, para criticar a los torticeros del lenguaje.

Hay quien confunde el pícaro arte de la retórica con la manipulación de la lengua. La retórica es un donjuán que puede llegar a jugar con las palabras y llevarlas al límite para persuadir, convencer y conmover. Busca salirse con la suya, y eso no gusta a los débiles de espíritu.

Sin embargo, la retórica respeta el concepto si bien, en ocasiones, juegue con él para crear belleza o convencer. La manipulación de la lengua es la profanación del concepto. Cuando la retórica hace uso de ella, ese simpático canalla que es el donjuán pasa a ser un violador sin escrúpulos. El respeto al concepto es un deber ético que no podemos saltarnos a la ligera.

George Orwell lo sabía bien. Por eso, en su distopía 1984, tenía tanta importancia la manipulación de las palabras. En su obra, el concepto de ‘guerra’ se asociaba con la palabra ‘paz’; la esclavitud con la libertad; y la fuerza con la ignorancia. Así se difuminaban los conceptos. ¿Quién no querría la paz? Había que ir a la guerra.

En España vivimos esa distopía. La guerra se identificaba con cruzada; la libertad, con aislamiento; y la ignorancia, con fe ciega. El buen español defendía la santa cruzada, su libertad en el aislamiento de los enemigos de la Patria, y la fe ciega en un señor bajito que iba bajo palio y sus representantes en provincias. Y funcionó, que es lo peor de todo.

Por desgracia, empezamos a revivir la distopía. Ya no es una retórica fastidiosa. A la violación de derechos la llamamos seguridad; a la imposición, libertad; a saltarse el Estado de Derecho, adaptarse a los tiempos; al culto a la personalidad, progresismo, y un largo etcétera.

Ahora se empieza a hablar de “pacto”. Muchos aplauden. Otros, como yo, nos sobrecogemos. De acuerdo con la Real Academia Española de la Lengua, árbitra en la unión de contenidos y continentes en la lengua castellana, un pacto es un “concierto o tratado entre dos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado”.

Es cierto, la palabra ‘pacto’ evoca a una señora necesaria y esencial en democracia. Una bendición que da pan, trabajo y estabilidad. A fin de cuentas, la verdadera política consiste en poner a la gente de acuerdo, aunque sea alrededor de una mentira.

Sin embargo, me temo que tan virtuosa dama será próximo objeto de violación por los vividores del país, que no entienden de colores. Difuminado el concepto, quizá ‘pacto’ pase a confundirse con ‘arma arrojadiza’ o, quizá, ‘carta blanca para el saqueo’. ¿Quién sabe?

El Kennedy español no exagera: es necesario un pacto para la reconstrucción nacional. Ahora bien, que de verdad esté dispuesto a pactar con sinceridad con alguien que no sea su propio reflejo sonriente en el espejo, es como pedirle moderación a Santiago Abascal. Impensable. Iván Redondo es el auténtico Ejecutivo en un Gobierno más preocupado por aparentar que gobierna que en hacerlo.

Y seamos sinceros: tampoco los apoyos potenciales del Gobierno son más responsables. Al trifachito le importa un ardite el Estado, que solo defiende cada vez que hay que sacar la bandera; a la pseudoizquierda otro tanto, más preocupada por demostrar su supuesto progresismo que ejerciéndolo; y a los partidos supremacistas de Euskadi y Cataluña… mejor los dejamos para otro día.

Observemos el uso que se hace de las palabras estos días. Democracia, progresismo, pacto, responsabilidad y otros conceptos importantes serán manipulados. De hecho, lo están siendo ya. Hasta cierto punto, siempre lo han sido. Pero habría que volver a la Dictadura para recordar algo así. No caigamos en la profanación del concepto, so pena de permitir la profanación de nuestro pensamiento.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

2 abr. 2020

  • 2.4.20
Es imposible no recordar una de las mejores sátiras sobre la Guerra Fría, ¿Teléfono rojo: volamos hacia Moscú? (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb). Ante la inevitable catástrofe nuclear, al Gobierno de Estados Unidos no se le ocurre otra cosa que preparar la vida después de la catástrofe en los mismos términos que lo habían llevado al desastre. Mientras, el embajador soviético aprovecha para espiar a los americanos, con el mismo fin de retomar las hostilidades en mejor situación.



La lección de la película es que el ser humano, aparte de ser estúpido, no aprende de sus errores. Lo que estamos viviendo no es, ni de lejos, una catástrofe nuclear. Pero sí es una catástrofe económica y sanitaria de la que tardaremos tiempo en salir. Y estoy convencido de que, por desgracia, no aprenderemos tampoco la lección.

En lo que respecta al caso español, los mismos que hasta hace poco bramaban contra el “Estado totalitario” ahora reclaman que este les salve. Y, en efecto, esa es la obligación del Estado. Esté en el gobierno quien esté y con independencia de lo que dijera el imbécil de turno. Y precisamente por eso, muchos lo hemos defendido siempre frente a los feudos autonómicos, que están demostrando ser una traba en la gestión de esta crisis.

A decir verdad, echo de menos los imprescindibles debates sobre la violación de las gallinas por parte de los gallos, el derecho de autodeterminación de los cruzados amarillos, del buen dormir del Kennedy español y, añadimos, las tan necesarias ayudas a la tauromaquia, el gravísimo problema de la inmigración ilegal y la imperiosa necesidad de poner banderas en los balcones. La estupidez no entiende de colores políticos.

La vida ha puesto a muchos en su sitio. Ahora, los mismos que han destrozado el Estado, ya fuera concediendo lo esencial a los feudos autonómicos, o metiendo mano a la caja, por no hablar de sus defensores, reclaman al Estado recursos y decisiones. ¿Qué recursos, si entre unos y otros han dejado la caja vacía?

Ahora no es momento de criticar, sino de arrimar el hombro. O eso dicen los que han apoyado al tumor sanchista. Y obvian que en mitad de una declaración unilateral de independencia, no pocos fueron los que criticaron a Mariano Rajoy por aplicar un artículo constitucional que, por lo demás, solo fue criticable por su suavidad. Y ahora ha quedado patente.

Un país serio ya hubiera quitado de en medio a Quim Torra desde hace mucho. Es más, los posconvergentes deberían haber sido ilegalizados hace mucho por su apoyo a los Comitès de Defensa de la República (CDR). Cuando hablábamos del problema catalán, era a situaciones como la que estamos viviendo a las que nos referíamos.

Siempre he defendido que la Educación, la Sanidad, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, por supuesto, todas las decisiones de carácter económico, deben estar en manos del Estado para su gestión centralizada. Y ello no atenta contra la identidad de nadie. Que el Estado tenga que estar consultando si puede llevar a personas ubicadas en las Unidades de Cuidados Intensivos de una comunidad a las de otra es una vergüenza.

El cachondeo autonómico ha dado lugar a una organización ineficiente en un momento de crisis como la que vivimos. Y como empecemos a hablar de la incompetencia del propio Gobierno desde que se desató esta crisis, les dejo material de lectura para todo el confinamiento.

En cualquier caso, no hagamos más sangre. Ya habrá tiempo para ello. Me conformo con que algunos sectarios empiecen a entender que un trabajador no tiene más patria que, como mucho, la sentimental. Y lo dice un defensor de la Patria Andaluza.

Sería estupendo que algunos tomaran conciencia de que el Estado es una herramienta para el bien público que depende del que lo use, y lo estamos desmantelando para que unos pocos puedan rascar más de la tarta. Que el debate debe centrarse siempre en cómo organizar mejor los servicios públicos, y no en quién tiene el derecho medieval de hacerlo.

Cuando esto acabe, sea como sea, habrá que reconstruir la economía del país. Y aunque a todos nos tocará participar en ello, no seremos nosotros los que decidamos qué hacer. Serán los miembros del Gobierno pseudoprogresista, el trifachito y los nacionalistas pirómanos. Desalentador, cuando menos.

Lo único que nos queda es, con los años, defender y revisar nuestra concepción del Estado. Defenderlo en las urnas y en las calles, del mismo modo que hemos defendido la igualdad, la protección del medio ambiente, y otros derechos y deberes que hace quince años no estaban en la agenda política.

Sin Estado solo existen dos opciones coherentes: la utopía anarquista o el caos. No se puede ser de izquierdas y atacar el Estado. Es la Derecha la que, de siempre, ha fomentado los feudos y los nacionalismos. No termino de entender cómo en España hemos podido retorcer tanto la ecuación.

Sea de la naturaleza que sea, ninguna crisis tiene sentido si no se sale fortalecido de la misma. Y si queremos fortalecer España, hay que defender al Estado, con independencia del color político del inquilino de La Moncloa. Porque llegan momentos como el que vivimos, y encontramos al Estado famélico y debilitado. No es patriotismo de bandera: es la necesidad de la gente.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

19 mar. 2020

  • 19.3.20
Albert Camus empezó El extranjero con unas palabras contundentes que, además, reflejan el estado mental de Meursault, protagonista del relato: “Mamá ha muerto hoy. O tal vez fue ayer, no lo sé”. Por suerte, yo puedo empezar esta columna con menos urgencia y más precisión. Mi padre falleció hace tres semanas. Un infarto sin antecedentes cardiovasculares. Fue el mismo día en que me dieron otra noticia impactante, que tendré el buen gusto de no desvelar. Porque los males suelen venir juntos, y deben saborearse en soledad.



Desde ese veinticinco de febrero, vivo en una cuarentena intelectual de la que tardaré tiempo en salir. El teletrabajo se ha vuelto una realidad y la realidad, un trabajo. La familia en el Sur, y tanto mi pareja como yo exiliados laborales en la Meseta. Pero tranquilos, nos queda papel higiénico.

No es el dolor, ni el agobio, ni las ansias de libertad los que me han llevado a esa cuarentena intelectual a la que hacía referencia. Son preguntas personales que, quizá, me habría hecho en vida de mi padre o bien, libre de encierros forzados. Preguntas que se suman a inquietudes políticas y sociales, que me resultan inaplazables. Quizá como a todos, pero de diferente manera.

Desde que observé por primera vez el cadáver de mi padre en el tanatorio hasta el día de hoy, en que observo la fauna de los supermercados tratarse como rivales en potencia, hay una palabra que no deja de rondar en mi cabeza: humanidad.

Si echamos un vistazo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, ‘humanidad’ es un término polisémico. Cuenta con nueve acepciones. De la que yo hablo es de la cuarta, que hace referencia a la fragilidad o flaqueza propia del ser humano.

Filólogos, escritores y demás especialistas gustan de hablar de los fenómenos humanos universales: el amor, el odio, la envidia, el desprecio, la decepción, la ira, el miedo… Yo los he vivido todos en estas últimas tres semanas. Y puedo decir, con perdón de los especialistas, que todo se puede resumir en la palabra ‘humanidad’, pues todas las pasiones nacen de la fragilidad y la flaqueza.

Desde los relatos homéricos hasta el último premio Planeta, casi todas las obras de ficción, por no decir todas, han tratado sobre la fragilidad del ser humano. Desde la Ilíada hasta la última novela que medio valga la pena que haya salido de una imprenta, ha versado sobre las reacciones de los seres humanos o equivalentes ante un conflicto. Por ello, quizá, los grandes autores y pensadores tienen también algo de psicólogos, en la acepción menos profesional del término.

Albert Camus fue un gran pensador y, por ello, un psicólogo respetable. Así lo reflejó en esa obra que ahora parece haberse puesto de moda, La peste. Una novela que pretendía ser un reflejo de la sociedad francesa durante la ocupación nazi. Sin embargo, nos da lo mismo.

Camus nos ofrece personajes que se encuentran en una situación extrema y retrata las reacciones sin juicios de valor. La humanidad es humanidad. Del primero al último, todos son frágiles. Desde el que se siente feliz en mitad de la epidemia hasta los que sufren el mal físico.

En tiempos como los que hoy vivimos, Camus nos ofrece el ejemplo del sufriente doctor Rieux. Se queda encerrado e incomunicado en la ciudad, lejos de su esposa enferma. El estrés y la presión a los que se ve sometido llegan a su punto álgido cuando, casi al final del camino, ve morir por la enfermedad a su única amistad.

La actitud de Rieux tiene una profunda dimensión ética. En momentos de excepción, Albert Camus no muestra a un personaje que cumple con su deber como médico sin patetismos, ni quejas. No critica a nadie, y tiene claro cuál es el bien superior. La templanza es el deber ético del ciudadano en tiempos de crisis. Una actitud de la que él mismo dio ejemplo durante su participación en la Resistencia Francesa.

En su Mito de Sísifo, Camus reconocía la absurdez de la existencia, que conlleva a tres conclusiones que suponen el sustento de sus personajes literarios: la rebeldía, la pasión y la libertad. Pero como bien señaló en El hombre rebelde, no hace referencia a la pueril rebeldía del adolescente, sino a un estado de levantamiento comprometido con un bien superior. Y en ese sentido, el doctor Rieux fue un rebelde. Aceptó la situación y, desde la aceptación, escogió con libertad y pasión rebelarse contra la epidemia.

Quizá, lo que me es más difícil de aceptar del pensamiento camusiano es la renuncia a la esperanza. A día de hoy, la aceptación sin esperanza me resulta una actitud inhumana, que conduce al nihilismo más pasivo imaginable. La acción, que es elección, solo puede nacer de la esperanza.

Por eso, quizá sin pretenderlo su autor, Rieux no es un personaje irreal. Son su dolor silencioso y su esperanza de vencer a la epidemia lo que lo hace humano, cercano a nosotros. Es un personaje frágil, del que esperamos actos de flaqueza a lo largo del libro. Por eso, pese al propio Camus, y quizá por lo que él no pretendiera, el doctor Rieux es un ejemplo en tiempos de excepción.

Decía Friedrich Nietzsche en Más allá del bien y del mal que hay que despedirse de la vida como Odiseo se despidió de Nausícaa: dándole las gracias, pero sin amarla. No sé si mi padre le dio las gracias a la vida. Dudo que tuviera tiempo.

Mi abuelo fue mi segundo padre o el primero, según se mire, y sí pudo. Y dio gracias. No sé si, a la hora de despedirme de mi vida, tendré ocasión de darle las gracias. Sobre estas cosas se pueden tener muchos posicionamientos y, sin embargo, retractarse frente al verdugo de todos.

Lo único que podemos gestionar en el momento presente es la actitud que adoptamos ante la vida. Y comparto con Camus la idea de la rebeldía comprometida sin sobreactuaciones ni heroicidades trágicas. Lo hago, sin renunciar a la esperanza, sin criticar a los que se aferran a la religión, o al carpe diem. Porque también yo podría haberlos escogido. Porque soy frágil. Porque todos somos frágiles. Somos humanos.

El único límite en tiempos de excepción es el civismo. Y quizá debiéramos actuar siempre como si estuviéramos de excepción. Cierro este capítulo de mi cuarentena intelectual recordando un poema de Roger Wolfe, La condición humana, que hoy interpreto de otra manera. Que cada cual lo haga a la suya:

La vida nos tiene 
tan ocupados
con sus absurdas menudencias 
(como comer mañana, por ejemplo)
que nunca recordamos
lo que verdaderamente es importante. 
Y ahora que lo pienso 
no consigo recordar
lo que me ha impulsado a sentarme a escribir este poema. 
Aunque seguramente carecía 
por completo 
de importancia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 mar. 2020

  • 5.3.20
La pasada semana celebramos el Día de Andalucía y, para ser sinceros, me entristece que haya sido con un mediocre Gobierno de derechas en la Junta y un tumor en La Moncloa. ¿Cuándo saldrá el andalucismo de su camarilla ilustrada?



Ninguna de las vertientes del andalucismo actual tiene futuro porque se han alejado de los andaluces. Sus líderes y equipos creen que basta con un proyecto, casi siempre ambiguo, y con preocuparse por cuestiones sociales. Y sí, es cierto, hace falta un proyecto y una preocupación real por los problemas de la gente. Sin embargo, hacerlo desde posiciones que repugnan al andaluz medio no hace sino alejarlos del realismo político.

La mayoría de los andaluces no es nacionalista, o no al menos al estilo de vascos y catalanes. Al revés, al andaluz medio le resulta repugnante el egoísmo norteño y aspira a que, algún día, Andalucía sea cabeza de España, no un Estado separado. Y si fuera Estado, sería dentro de la Patria Común, como tantas veces manifestara Blas Infante.

Es aquí donde encontramos el gran fallo ideológico de Andalucía Por Sí (AxSí) que, a pesar de todo, sigue siendo la opción andalucista más seria. No basta con reunirse con la gente en la calle, ni con tener razón en cuestiones sociales. La política no va de tener razón, sino de poner a la gente de acuerdo. Y la aspiración común de los andaluces es ocupar el sitio que le corresponde.

Andalucía supera los ocho millones de habitantes, siendo la comunidad más poblada. Y aunque siempre somos olvidados, los andaluces que hemos emigrado a la Comunidad de Madrid, Cataluña, Euskadi y a otros territorios nos contamos por millones. Somos la nación más numerosa del país. Y, sin embargo, somos la basura blanca de España.

Tan culpables de esta situación son los andaluces colaboracionistas como los gobiernos títeres de Madrid, siempre dependientes de vascos y catalanes desde los tiempos de Isabel II. Una dependencia que se materializa en votos, medios de comunicación, apoyo empresarial...

No olvidemos el ejemplo de Francesc Cambò, gran empresario y nacionalista catalán. Paladín del independentismo y sanguijuela del Estado, durante la Guerra Civil financió a los sublevados, pues prefería una dictadura en España antes que una Cataluña comunista. A este señor homenajean los que hoy nos acusan a los andaluces de fachas.

Me hacen gracia los progres baratos que afirman ser andalucistas y, a la vez, defienden la independencia catalana. Olvidan que esos mismos que piden la independencia de Cataluña son los que nos llaman "basura blanca", los hijos de los que contrataron a los nuestros en régimen de semiesclavitud, a mayor gloria de la industria catalana, y los que perpetúan los estereotipos que tanto denunciamos.

No entiendo qué lectura de clase hace ahí el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). Nos hemos quedado con la crítica al señorito, y nos olvidamos de quién lo ha puesto ahí. Hoy los señoritos ya no tienen tierras, ahora tienen empresas al norte de Despeñaperros y/o se dedican a la política.

Todo independentista catalán o vasco es supremacista, lo tenga asumido o no. Y sus inferiores somos nosotros. ¿Cómo se puede ser andalucista y, al mismo tiempo, defender lo que ha ocurrido en Cataluña y Euskadi?

Esta es una de las muchas razones por las que hoy Andalucía no tiene representación andalucista. Es la principal razón ideológica por la que a AxSí no convence y por la que Teresa Rodríguez, ahora que se quiere limpiar el olor a gato madrileño, va a seguir sin convencer a la mayoría de los andaluces.

Lo he escrito en este espacio hasta la saciedad. Y lo repetiré cuantas veces sea necesario. Si queremos una Andalucía fuerte debemos unirla bajo un mismo proyecto, que no solo necesita de España, sino que necesita estar incluida en el programa.

Andalucía debe ser la medicina del país, garante de la igualdad real entre españoles y martillo de nacionalistas. El andalucismo debe defender el federalismo simétrico, un empresariado andaluz fuerte que cree empleo sostenible, la gestión de sus propios recursos, sus tradiciones y su dialecto, y una política estatal que impida los despropósitos que estamos viviendo.

Esto sí que lo apoyaría con ganas la mayor parte de la población, sea onubense o almeriense, y el empresariado andaluz le prestaría su altavoz. Esto sí lo temería el tumor sanchista, la carroña de Waterloo y mercader de Ajuria Enea. Pero eso sería un andalucismo serio. Y de eso no tenemos. Seguimos soñando.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

20 feb. 2020

  • 20.2.20
El pasado 9 de febrero se celebró una efeméride en la Filmoteca Española: el centenario del estreno de Das Cabinet des Dr. Caligari (El gabinete del doctor Caligari, 1620), de Robert Wiene. El guion de esta película de terror fue elaborado por Hans Janowitz y Carl Mayer, basado en un hecho real vivido por el propio Janowitz.



Como suele decirse en estos casos, ¡ojo! ¡Spoiler! El joven Franzis cuenta la llegada a su ciudad natal del doctor Caligari con un sonámbulo, Cesare. Se suceden varios crímenes, ordenados por Caligari a un Cesare inconsciente. En el quinto acto, el criminal es detenido y metido en un hospital psiquiátrico. Sin embargo, en un último acto añadido al guion original, tras la narración del joven, el espectador se encuentra con la sorpresa de que Caligari es en realidad el director del psiquiátrico, y que Franzis es un internado más. Al final de la película, tras sufrir un ataque del protagonista, el director afirma con una mirada inquietante: “¡Por fin comprendo su locura! ¡Me tiene por el místico Caligari! ¡Y ahora también sé cómo curarlo!”.



Esa es la clave de la película: ¿Quién es el enfermo? ¿El joven o el doctor? ¿La autoridad enloquecedora es la encargada de la curación? Los guionistas manifestaron su deseo de mostrar la superación de la autoridad totalitaria, y se sintieron molestos por el añadido que invirtió los papeles. Si Franzis es el enfermo, el doctor es una autoridad benéfica. Si no, el joven queda a su merced. Una duda imposible de resolver con la información aportada por la película y que ha dado lugar a numerosas publicaciones.

Todavía el lenguaje cinematográfico estaba en construcción y, de hecho, la película tiene mucha herencia del teatro. Los decorados reflejan la mente del desquiciado, con escritorios y sillas de casi dos metros de altura, imágenes retorcidas, paredes de proporciones irregulares... Y a todo ello hay que sumarle las particularidades de las películas mudas del período.



Das Cabinet des Dr. Caligari es considerada la primera película del movimiento conocido como Expresionismo alemán, y fue la primera película notable de la industria cinematográfica de la República de Weimar. Hay quien considera que la primera del movimiento fue la pionera Der student von Prag (El estudiante de Praga, 1913), si bien siempre lo he considerado más como un antecedente que como un hito fundacional.

No todo el cine de Entreguerras en Alemania fue expresionista, pero sí que tuvo un carácter único. Entre el expresionismo y el realismo, nos encontramos con películas emblemáticas como Genuine (1920), Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu: Una sinfonía del horror, 1922), Dr. Mabuse (1922, en dos partes, que daría lugar a una saga), Die Straße (La Calle, 1923) Metrópolis (1927), Der blaue Engel (El Ángel Azul, 1930, que lanzó al estrellato a Marlene Dietrich), M, Eine Stadt sucht einen Mörder (M, el Vampiro de Düsseldorf, 1931) y otras joyas desconocidas por el gran público.

Si aceptamos las tesis de Sigfried Kracauer, todas ellas reflejan un estado psicológico favorable al totalitarismo, que facilitó el ascenso del nazismo. En especial, Kracauer hace hincapié en los principios del cine de Entreguerras, netamente expresionista, y el último período, ya influido por la industria estadounidense y más cercana al realismo.

Si bien es fruto de una casualidad, no son pocos a los que se les escapa que la primera película notable de la República de Weimar concluye de la misma manera que la última película importante de este período, Das Testament des Dr. Mabuse (El testamento del Dr. Mabuse, 1933): en un psiquiátrico. Buena metáfora de lo que fue el país.

En 2014 se estrenó el documental Von Caligari zu Hitler: Das deutsche Kino im Zeitalter der Massen, expuesto en el Festival de Cine de Sevilla, que trata de explicar el cine de la República de Weimar desde las tesis de Kracauer: “¿Qué sabe el cine de nosotros, que nosotros no?”. Una pregunta inquietante.



Me he hecho muchas veces esa pregunta en nuestro contexto. ¿Qué sabe el cine de nosotros que nosotros mismos no sepamos? No sé si hay una respuesta. Sería reconocer que es posible extraer las tendencias psicológicas de una población a través del análisis del contenido o, incluso, del discurso, de un corpus conformado por películas.

Sea como sea, vale la pena reflexionar sobre la cuestión en un momento en el que el país no se sostiene: los populismos arrecian, la crisis económica promete agudizarse y no hay valores estables. ¿Qué dicen de nosotros películas como Dolor y Gloria, Quien a hierro mata, Mientras dure la Guerra o Lo que arde? Admito que no me siento capacitado para encontrarle una solución. No soy tertuliano.

En cualquier caso, para los que tengan curiosidad, les diré que el evento de la Filmoteca Española fue un éxito. La sala 1 del Cine Doré de Madrid estuvo casi lleno, y disfrutamos de música en directo de manos de un DJ alemán especializado en la musicalización de obras del período, Raphäel Marionneau. Una gozada que no creo que se repita en mucho tiempo. En cualquier caso, recomiendo visualizar la película a quien no lo haya hecho ya. No deja indiferente a nadie.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

6 feb. 2020

  • 6.2.20
El coronavirus o neumonía de Wuhan ha sacado a la palestra al grupo racial más discreto del país: los asiáticos. ¿Chinos, japoneses, camboyanos, tailandeses? “¡Todos los chinos son iguales!”, dice el castizo. Muchos acaban de darse cuenta de que la población asiática, en especial la china, existe más allá de los restaurantes y de las tiendas de alimentación. Se suben a los medios de transporte, esperan en las salas de espera e, incluso, asisten a nuestras escuelas, que también son suyas.



El Instituto Nacional de Estadística cuantificó la población china en España en 190.600 personas en enero de 2019. Una cifra con muchos matices. China no reconoce la doble nacionalidad a sus ciudadanos, lo que hace que muchos inmigrantes abracen la ciudadanía española en cuanto tienen oportunidad, y sus hijos nacidos en España ya son considerados nacionales.

Por otro lado, no podemos menospreciar el numeroso colectivo de chinas adoptadas como consecuencia del documental Las habitaciones de la muerte. De acuerdo con datos de 2017 del entonces Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, el 24 por ciento de las adopciones internacionales en España procedieron del país asiático. Por tanto, estamos hablando de un colectivo amplio y subestimado.

El caso es que siempre ha estado ahí. En mayor o menor número, pero siempre. En especial, en las grandes ciudades. Va siendo hora de concienciarse de la presencia de los asiáticos, de sus derechos y deberes, y dejar de sorprenderse por el hecho de que algunos hablan mejor español que muchos españoles. Véase ejemplos como los de Quan Zhou, hija de emigrantes y dibujante de cómics con perfecto dialecto andaluz o Chenta Tsai, más conocido como “Putochinomaricón”, cantante taiwanés criado en Madrid.

El coronavirus ha alarmado a parte de la población. No es para menos, puesto que la Organización Mundial de la Salud ha llamado a tomar precauciones. Si dejamos aparte el lamentable tratamiento informativo que se le ha dado a la cuestión, confundiendo alerta con alarma, es cierto que la llegada del virus a Europa ha preocupado a muchas personas. Personas que, en ocasiones, por falta de formación, información o por racismo, no dudan en señalar o marginar a los asiáticos desconocidos que se encuentran en los lugares públicos.

La posibilidad de que un chino que comparte espacio con nosotros haya estado recientemente en China y que haya contraído la enfermedad es ínfima. Y, sin embargo, he visto en un tren de Cercanías de Madrid cómo una asiática se sonaba la nariz con un pañuelo y la gente se alejaba de ella con discreción. No quiero pensar en los menores asiáticos que tengan que vérselas en la escuela con otros chavales inconscientes.

La xenofobia y el racismo no necesitan de justificación, pero la agradecen. La posibilidad remota, casi inexistente, de contraer una rara enfermedad no puede servir de excusa para la discriminación.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

23 ene. 2020

  • 23.1.20
Hay épocas mejores o peores para vivir. Al cómico Aristófanes (444 a.C.-385 a.C.) le tocó una regular, tirando a malísima: la Guerra del Peloponeso. Atenas había alcanzado su máximo apogeo político, económico y cultural, y a Aristófanes le tocó vivir las zozobras de la crisis económica, política y social que se vivió durante la guerra, así como sus consecuencias.



El conflicto era habitual entre las polis griegas. Sin embargo, esta guerra tuvo un cariz distinto. Atenas y sus aliados –y sus colonias, habría que añadir– se enfrentaron a la disciplina de los espartanos y sus asociados, así como la amenaza de su sistema de gobierno autoritario. En aquel momento, se trataba de una crisis sistémica de la Hélade, que no se resolvió hasta la ocupación macedonia, pasando por la hegemonía espartana y, después, por la fugaz estrella tebana, Epaminondas.

Suele calificarse a Aristófanes de conservador, aunque lo cierto es que en sus comedias se metió tanto con lo humano como con lo divino. Igual ridiculizaba al populista Cleón en Las avispas o Los caballeros, que a los dioses en Las ranas. Ni siquiera se libraron los ejércitos de Atenas y Esparta en Lisístrata, donde los dejaba sin sexo hasta que resolvieran el conflicto.

Como suele ocurrir en los tiempos de crisis, la sociedad se polarizó y empezaron los etiquetamientos indiscriminados. Aristófanes pone en boca de Bdelicleón, “el que odia a Cleón”, una afirmación que nos es cotidiana:
Es fuerte cosa que, sea grande o pequeño el motivo, a todo lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola vez oí ese dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del pescado salado, y en el mercado no se oye otra cosa. Si uno compra orfos y no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato grita al momento: «Ese hombre quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las anchoas, la verdulera, mirándote de soslayo, le dice: «Puerros, ¿eh? ¿Quieres restablecer la tiranía? ¿O piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?».
Es curioso comprobar cómo la historia se repite una y otra vez. Hace treinta años estaba pasado de moda hablar de fachas y rojos, los “tiranos” de la actualidad. En cambio, hoy los demagogos engatusan en todas las esquinas, hay personas tan sumisas como para prestarles oídos y, lo peor, se está fomentando una polarización social que augura lo peor.

Cada vez hay personas más convencidas de que la política va de llevar razón, y no de llegar a acuerdos con los demás. La ‘razón’ que lo justifica todo. Y no basta con ser ‘progresista’ o ‘patriota’, sino que hay que demostrar el compromiso con el ‘sentido común’.

¿Qué supremo juez de la moral decide qué se puede calificar como “feminista”, “progresista”, “facha”, “patriota” o “rojo”? ¿Cómo hemos llegado a aceptar este discurso como algo cotidiano? Es la tiranía de las etiquetas. Material para la comedia.

No podemos olvidar un hecho: los discursos no se imponen, se aceptan. Hace años que Vox existe, y no es tan lejano el recuerdo de Falange. Izquierda Unida también es una vieja conocida. Salvo el Partido Socialista, nadie ha cambiado de discurso de manera significativa, ni han cambiado sus filias, sus fobias, ni sus etiquetas. ¿Por qué ahora la población está más dispuesta a aceptarlas? ¿Han cambiado los discursos o han cambiado las personas?

Estas preguntas no tienen respuesta fácil. En cualquier caso, vivimos tiempos de populismos. Sálvese quien que pueda, y consumamos buena comedia.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

9 ene. 2020

  • 9.1.20
El acceso al alquiler es más complicado cada día. Las exigencias de los arrendadores se han vuelto exorbitantes, no valiendo ya con la fianza y un contrato fijo, sino que hay quien pide ya dos avalistas. Cualquier día de estos nos encontraremos un anuncio donde exijan, también, lágrimas de político honrado y orina de populista moderado.



En un momento de inestabilidad político-social y de bajos salarios –cuando lo hay–, la posibilidad de muchas personas e, incluso, familias enteras de abordar el imparable aumento del precio del alquiler y las garantías exigidas por los dueños de las viviendas resulta imposible. Un hecho que se ve agravado por la creciente presencia de viviendas destinadas al turismo.

En especial, resulta una grave complicación para que los jóvenes accedan a la vivienda. Incluso con empleo, la falta de una cotización mínima que les asegure un subsidio en caso de desempleo y los bajos sueldos les impide ofrecer la seguridad que los arrendadores ansían. Tampoco el resto de la población lo tiene fácil.

Por otro lado, la falta de solvencia de muchos inquilinos y la ausencia de agilidad en los trámites para expulsar a los morosos, por no hablar del estado en que, en ocasiones, dejan las viviendas, son argumentos sólidos de los arrendadores para mantener estas limitaciones.

La imagen que muchas personas tienen de los arrendatarios que no pagan el alquiler es la de familias bienintencionadas, con sus miembros en situación de desempleo y con graves problemas económicos. Y es cierto que es una realidad. Por desgracia, otro perfil que también existe es el del sinvergüenza que aprovecha su ocupación de la vivienda para vivir gratis, en lo que tarda la Justicia en dar la razón al arrendador y expulsar al inquilino.

Ahora bien, el aumento desorbitado del precio de la vivienda reduce las opciones de solvencia de los inquilinos. Y al reducirse estas opciones de solvencia, aumentan las inquietudes del arrendador, que aumenta las exigencias. Y así entramos en un círculo vicioso que solo puede resolver una equilibrada acción gubernamental.

Una de las promesas del tumor sanchista y su Gobierno pseudoprogresista es regular el alquiler en España. Habrá que ver si esta medida se lleva a buen fin y, sobre todo, si se hace bien.

La persona que pone en alquiler su vivienda lo hace para obtener un beneficio. Si se le perjudica en exceso, preferirá mantener su vivienda vacía antes que correr el riesgo de que se la dejen en mal estado a cambio de una miseria. O lo que sería peor, que a pesar de la medida, el moroso no pueda ser expulsado con agilidad de la vivienda y el arrendador prefiera no correr riesgos.

Por tanto, el nuevo Ejecutivo deberá alcanzar un equilibrio entre las necesidades de los arrendatarios y las debidas seguridades de los arrendadores. Sin embargo, la presencia de tantos populistas en el Gobierno me hace dudar de la capacidad del mismo de adoptar medidas equilibradas. Tiempo al tiempo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

26 dic. 2019

  • 26.12.19
Negar la realidad o llamar "fachas" o "rojos" a quienes no comparten nuestras ideas no soluciona la situación política actual. El hecho de que cada vez más personas apoyen la idea de un golpe de Estado es muy sintomático de la degeneración que está alcanzando la democracia española. Obra y gracia de todos los partidos políticos y, en especial, de un tumor llamado Pedro Sánchez, que ha vendido Andalucía y a España por un plato de lentejas.



Ya no queda ni un solo partido con representación parlamentaria en posición de defender la democracia española. Ni siquiera Ciudadanos está aprovechando su cambio de liderazgo para proporcionar una alternativa. No es una cuestión coyuntural, sino sistémico.

La ofensa a Andalucía, que es la comunidad autónoma que más diputados proporciona al Congreso, es demasiado grande. Su viraje a la derecha es irreversible. La intervención de unas cuentas por otras propuestas y aprobadas por el propio PSOE suponen la última traición a una tierra que, no lo olvidemos, tiene familias enteras con tres generaciones de votantes socialistas. Familias que ahora sienten como un agravio comparativo las prebendas prometidas al supremacismo catalán.

España no se sostiene. Así de sencillo. El tumor sanchista empezó siendo un bulto en el susanismo, se ha expandido alimentándose de las ansias progresistas de un sector importante de la sociedad española y ahora está llevando a cabo su metástasis, llevándose por delante al Estado.

Fue Sánchez, y no otro, el que elevó a Vox al debate parlamentario para dividir a la Derecha y compensar la división de la Izquierda. Fue él el que ha hecho populismo con las víctimas del franquismo, sacando a Franco del Valle mientras mantiene a los muertos en sus cunetas. Recuerdo para los ‘progres’ baratos que la Ley de Memoria Histórica fue aprobada en 2007. Se ha cambiado el nombre a calles de todas las ciudades de España, y no siempre con justicia. Y, en cambio, lo más importante, lo que lo justificaba todo, sigue bajo tierra.

Es Sánchez el que ha prometido el cielo a los nacionalistas. ¿Cómo va a tomarnos en serio Europa si el propio presidente del Gobierno en funciones negocia con aquellos a los que pretendemos enchironar? También ha sido él el que ha intervenido las cuentas andaluzas mientras mantiene los privilegios de Cataluña en el Fondo de Liquidez Autonómico, con el silencio de un susanismo herido de muerte.

Mientras que Carmen Calvo justifica lo injustificable, el diálogo con unos supremacistas que nunca han querido, ni quieren, ni querrán nunca dialogar, los que quieren vernos hundidos siguen aprovechando para enfrentar a trabajadores con trabajadores. Mientras que se usan con un populismo descarado las pensiones, el salario mínimo y el ecologismo, no existe en ningún partido –y menos en el PSOE– la más mínima intención de entrar en un debate sobre el sistema.

La sociedad española requiere un plan progresista que ofrezca seguridad jurídica y económica. Un camino que recorrer con independencia de la ideología de cada uno, capaz de unir y no de dividir. Que nos dirija a una sociedad más justa, igualitaria y sostenible. Y no este concurso por ver quién tiene menos ‘complejos’.

Solo hay que entrar en redes sociales para comprender el pozo de porquería en que se ha convertido la política española, en el que cada cual compite por ser más radical que los demás, donde el insulto es el pan de cada día y la poscensura una realidad justificada.

Jamás ha estado tan polarizada la sociedad española desde los tiempos de la Guerra Civil y, desde los tiempos de Tejero, nunca ha habido tanta gente convencida de que una intentona golpista es posible, aunque improbable.

Estamos tan acostumbrados a vivir al borde del abismo que ya no somos conscientes de la gravedad de nuestra situación. Estamos degenerando hacia algo que no sabría bien definir. Solo la pertenencia a la Unión Europea me hace mantener cierta esperanza, aunque a veces meta la pata y justifique lo injustificable.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

12 dic. 2019

  • 12.12.19
Como historiador del Periodismo comparto la idea de que este oficio siempre ha estado en crisis. Siempre. Los cambios y amenazas han sido el día a día de la prensa desde los tiempos de la carta informativa manuscrita hasta la era del tuit. Incluso en los tiempos dorados en los que se vendían dos ediciones diarias, o más, han existido amenazas y cambios a los que enfrentarse. Si bien, en toda la Historia del Periodismo hay una constante que, cada vez que es amenazada, hace saltar por los aires el sistema informativo del momento: el contrato de veridicción.



Imaginemos que un periodista informa en una noticia de un suceso. Una parte del contrato, el periodista y, por extensión, el medio que lo avala, garantizan que lo narrado se basa en la verdad o, al menos, tiene intención de hacerlo. Por el otro lado, el lector acepta el pacto y cree, con mayor o menor ojo crítico, que lo que le están contando es cierto o pretende serlo. Si el periodista o el medio mantienen su credibilidad, el lector aceptará lo narrado, aunque sea falso. Este es el contrato de veridicción.

Pido disculpas por una explicación tan chapucera para un concepto tan complejo, pero entenderlo es fundamental para comprender parte de la crisis que vive en la actualidad el Periodismo, así como la que ha vivido en otros momentos.

La crisis de credibilidad del Periodismo en todos los momentos históricos ha dado lugar a la ruptura de ese contrato no escrito entre los profesionales y la ciudadanía. Ya a finales del siglo XVIII, cansados de las mentiras vertidas por las gacetas oficiales, los lectores decidieron no seguir renovando el contrato de veridicción.

Al no ser creíble la información, el lector apoyó un tipo de publicaciones que, aunque no siempre desterraba la información, sí daba preeminencia a una opinión que consideraban más o menos honesta. Empezaron los tiempos del Periodismo Opinativo. Fue un momento dorado que coincidió con las revoluciones liberales y en el que cristalizaron los principales géneros de opinión, desde el editorial a la columna, pasando por el artículo y la crítica literaria.

En los tiempos de las fake news y la poscensura, el contrato de veridicción vuelve a estar en entredicho de manera sistémica. Ya no es cuestión de un periodista o un medio. Todo el sistema informativo está en entredicho.

Ahora bien, no creo que el único culpable de la crisis del contrato sea el periodista o el medio, aunque sí sea el principal responsable. El ciudadano consume lo que demanda.

En el momento en que se vende opinión como si fuera información, no hay un contraste suficiente de fuentes y se prioriza la inmediatez frente a la seguridad, es innegable que el medio no está cumpliendo con su parte.

Sin embargo, el periodismo se sustenta en el principio capitalista de la oferta y la demanda. No solo narra la realidad, sino que narra lo que es de interés y, dentro de las posibilidades tecnológicas, lo hace de la manera que le da más beneficios. De hecho, hasta las formas de narrar la realidad ya están cambiando como evolución natural de la tecnología y los intereses de los lectores.

Es un caso similar a la televisión. Un colectivo inmenso se queja de programas como Gran Hermano, que ha sido acusado, incluso, de ocultar una violación por negocio. Sin embargo, lo cierto es que sigue existiendo porque tiene un amplio público que lo sigue.

La ciudadanía no consume buena información. No porque no la haya, que la hay, sino porque no la requiere o no sabe identificarla. En la era del tuit y la infoxicación, la información es consumida de manera compulsiva, sin contrastar y, muchas veces, sin más lectura que el titular.

Un contrato requiere de dos partes. El ciudadano medio se siente defraudado por la falta de ética de numerosos medios pero este, a su vez, rara vez sabe o se preocupa de leer críticamente lo que se le cuenta. Es más, el lector ni siquiera sabe jerarquizar o valorar la información. ¿Cómo es posible mantener el contrato de veridicción en estas condiciones?

Si a estas circunstancias le sumamos la crisis económica, la precaria situación de numerosos profesionales y el creciente deseo del público de escuchar solo lo que quiere oír, nos encontramos con una información cada vez más sesgada y de peor calidad.

El sistema informativo global tiene dos retos por delante para salvar la presente crisis. La primera implica a los propios medios. La lucha contra los fake news y la voluntad de aportar productos informativos de calidad es importante. Sin embargo, saber inculcar el espíritu crítico en los consumidores de información —que no es sinónimo de criticar todo lo que se mueva—, y dotarlos de herramientas para jerarquizar y valorar tanto la información como la opinión es un desafío que no se está sabiendo abordar. Y no es por la ausencia de iniciativas.

El contrato de veridicción entre medios y ciudadanos se está rompiendo y nadie puede saber cuál será la evolución exacta del Periodismo para salvarlo. Sin embargo, lo que tengo claro es que no es tarea exclusiva de los medios, que también, sino que debe involucrar a una ciudadanía que consume con el mismo tenedor un análisis de política internacional que una noticia falsa y sin fuentes.

RAFAEL SOTO

29 nov. 2019

  • 29.11.19
No sé si Santiago Abascal, líder del partido ultraderechista Vox, sonríe con los vídeos de gatitos. Asumo que sí. Es un ser humano, al fin y al cabo. Lo que sí sé con seguridad es qué le hace sonreír en política. Y os aseguro que las muestras de estupidez de ciertos ‘progres’ inconscientes las celebra como goles.



El pasado viernes 22 de noviembre se inauguraba el Congreso Internacional “Bioderecho, Administración y Dignidad Humana” en la Universidad de Sevilla. La primera ponencia iba a llevarse a cabo a las 10.00 de la mañana, de la mano de Jaime Mayor Oreja. La siguiente quedaba en manos de Francisco José Contreras Peláez, diputado de Vox, sí, pero también catedrático de Filosofía del Derecho, que iba a tratar sobre la gestación subrogada.

No vamos a descubrir ahora quién es Mayor Oreja, que lo fue casi todo en el Partido Popular, ni quién le acompañaba en la mesa. Sí era más desconocida la fundación que presidía, Valores y Sociedad, vinculada con movimientos europeístas, sí, pero también ultraconservadores. Y, desde luego, lo que no conocía nadie era el Congreso, de interés solo para los entendidos del ámbito.

De hecho, el salón estaba lejos de alcanzar el lleno, como correspondería a la presencia de un personaje, guste más o menos, de la trayectoria política de Mayor Oreja. Y casi vacío hubiera estado, si no hubiera sido por una pandilla de radicales sin seso que intentaron boicotear el acto.

Es más, en las imágenes del acto se puede comprobar que muchos de los asistentes eran los propios radicales gritando “¡fuera fascistas de la Universidad!” y "¡fuera rosarios de nuestros ovarios!". Dicho de otra manera: gracias a estos radicales descerebrados, un acto desconocido y minoritario ha salido en la prensa y, lo que es peor, ha beneficiado a Vox.

La estrategia comunicativa de Vox prioriza la defensa, por mucho que dedique al ataque. Como buen partido extremista, se escuda en un discurso victimista. En este caso, la cruzada contra la ‘dictadura progre’. Una dictadura que identifica con las políticas de género, la supuesta flexibilidad de las políticas migratorias o el cachondeo territorial.

Cada acto de represión impuesta por la corrección política es usado como argumento por la extrema derecha. Máxime cuando se produce en ‘suelo sagrado’, como es un acto de carácter académico en la Universidad. Sin embargo, quizá lo peor de todo es que este acto, que no es el primero que se da en las universidades españolas, se realiza desde la más profunda inconsciencia.

Como señala Juan Soto Ivars en su interesante reflexión sobre la poscensura Arden las redes, su mayor éxito es la inconsciencia de su ejercicio. Estoy convencido de que los radicales que quisieron reventar el acto no entendían que estaban censurando un acto académico.

Si les preguntamos en qué estaban pensando, estoy seguro de que nos dirán que estaban luchando por sus derechos y por los de todos, impidiendo un acto político de extrema derecha en la Universidad. La censura la ejerce el Estado, represor por naturaleza, no unos ciudadanos comprometidos con la ‘lucha pacífica’. Porque la cruzada contra el fascismo justifica todos los medios. Y si eso implica boicotear cuentas en redes sociales, actos políticos o actos académicos, se hace.

Tampoco nos equivoquemos. La derecha ‘sin complejos’ tiene la misma actitud, pero con una diferencia notable. Que un ultracatólico antiabortista de extrema derecha pueda ser autoritario es terrible, pero entra dentro de la lógica. En cambio, que un defensor de las libertades públicas, del librepensamiento y de la democracia nos trate como a niños y decida por su cuenta qué cabe y qué no en el espacio público, es una incoherencia difícil de justificar.

No sé a vosotros, pero no me gusta que elijan por mí. Hay a quien le gusta ejercer el masoquismo político, pero no es mi caso y es tema para otro día. La cuestión es que si me apetece leerme el Mein kampf o un discurso de José Antonio Primo de Rivera de los que están en abierto en la Biblioteca Nacional de España, pues me los leo. Porque tenemos el derecho de crearnos nuestro propio criterio. Y nadie tiene derecho a escoger por nosotros a qué discursos podemos tener acceso.

Cada vez que un ‘progre’ decide por nosotros, Abascal sonríe. Cada vez que un inconsciente hace un escrache o boicotea en redes sociales o actos públicos, Abascal sonríe. Cada vez que hay un ataque desproporcionado e irreflexivo contra lo que alguien decide que es fascista, Abascal sonríe. Y eso no me hace ninguna gracia.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

14 nov. 2019

  • 14.11.19
Si tuviera que escoger un lote de 10 libros para que sobrevivieran a un cataclismo, tengo muy claro que uno de ellos sería la Historia de Roma, de Indro Montanelli. He perdido la cuenta de las veces que he releído muchos de sus capítulos, que me han acompañado en los mejores y peores momentos.



Montanelli fue un periodista que vivió la etapa de Benito Mussolini y que pasó de admirar el fascismo a apoyar al bando republicano durante la Guerra Civil española. Enemigo declarado tanto del fascismo como del comunismo, viajó como corresponsal por varios países europeos y tuvo la oportunidad de conocer a las personas. Y es por eso que, de todos los libros más o menos serios que he leído de Roma, el suyo es el que más disfruto.

Sus retratos psicológicos y sus descripciones de los grandes procesos sociales reflejan una realidad que, muchas veces, olvidamos: la Historia la escriben las personas, no los dioses, ni los héroes.

Julio César no fue un dios, por más que lo divinizaran. Fue un mujeriego que sentía vergüenza de su calvicie. Augusto fue un hombre enfermizo y austero que no supo mantener a su familia a raya. Sila fue un hombre despiadado, que no perdonó una ofensa –como recordaba la inscripción de su lápida–, pero tuvo la inteligencia de abandonar el gobierno absoluto a tiempo y morir entre placeres. Con ánimo moralizante, Montanelli nos explica cómo Roma se convirtió en la gran República que fue, cómo empezó a degradarse, y cómo se autodestruyó.

Uno de los momentos de inflexión de la obra es la aparición de Cayo Mario. Como describe Montanelli, ya había habido populistas antes, como fue el caso de los hermanos Graco. Sin embargo, a su juicio, es con Mario con quien empieza a agonizar la República.

En este sentido, queda aquí la reflexión: “[…] la gente […] estalló con violencia cuando supo que Metelo, pese a ser de los mejores, se oponía a la elección al consulado de Cayo Mario, lugarteniente suyo, solo porque no era aristócrata. Y, sin siquiera saber exactamente quien era, la Asamblea votó unánimemente por él y le confió el mando de las legiones. Pues en Roma se decía a la sazón lo que dondequiera y en todos los tiempos se dice cuando la democracia entra en la agonía: «Hace falta un hombre…»”.

Roma no era una democracia, o no tal y como la concebimos nosotros, pero tuvo la mejor clase gobernante de la Historia. Cuando empezó a corromperse y la población perdió la fe en sus dirigentes, empezó la búsqueda del hombre. Mario fue un gran militar y un mal político, que lideró una de las facciones de la primera guerra civil de la República. Más famoso fue su sobrino y, en muchos sentidos, heredero político, Julio César, que dejaría herida de muerte la República. A su vez, el sobrino de este, Octavio, firmaría la partida de defunción.

Levanto la cabeza, paseo por las calles y leo las redes sociales. Admito que me estremece leer o escuchar a personas que tengo por capaces que Pablo Iglesias, Pedro Sánchez o Santiago Abascal son “el hombre que hace falta” para salvar al país –o la persona, por eso del lenguaje inclusivo–.

¿Acaso nuestra democracia era una ilusión? ¿O es que está agonizando? Que cada uno saque sus propias conclusiones. Indro Montanelli lo tendría claro. Yo también.

RAFAEL SOTO

31 oct. 2019

  • 31.10.19
Me he decidido a haceros el favor de no hablar de las Elecciones de 10-N. Ya cansa. Prefiero hablar de un fenómeno que, aunque no me sorprende, me alarma como ciudadano y demócrata: la demonización de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. En especial, por parte de los que militan o simpatizan con la extrema izquierda.



Pongamos el siguiente caso: Unidas Podemos o cualquier otro partido ‘progresista’ alcanza la Presidencia del Gobierno. Perplejos ante el milagro, en vez de hacer peregrinación a Lourdes, los militantes y simpatizantes de la extrema derecha más rancia se dedican a cortar vías de tren y queman contenedores en las calles.

¿Cómo pensáis que actuaría este Gobierno? Antes de pensarlo, recordemos que estamos hablando de unos señores que se manifestaron contra los resultados de unas elecciones autonómicas legítimas solo porque no les gustó que Vox entrara en las instituciones.

A la vez que reprimo la carcajada, fantaseo con la imagen de unos mediadores enviados a las carreteras cortadas, portando ramos de flores con lazos morados. ¡Mejor! Con lazos verdes o rojigualdos, por eso de la empatía.

En cualquier caso, ser un agente del orden es como ser periodista o político: supone ejercer un oficio con mala fama. Del mismo modo que en una biblioteca no se tendrá aprecio al bibliotecario que mande a callar o que sancione por devolver un libro con retraso, por más que sea su trabajo, un agente del orden no levanta simpatías cuando ejerce su trabajo. Sin embargo, es un miembro vital para garantizar el buen funcionamiento de la sociedad.

En su pueril rebeldía, un amplio sector de militantes y simpatizantes de Unidas Podemos, así como de otros partidos de extrema izquierda, no dudan en criticar a lo que consideran un órgano represor. Se ha visto con claridad en los actos violentos de Cataluña, donde contamos con más de un centenar de mossos heridos, así como otros muchos policías nacionales. Quizá, el señor Iglesias comparta la idea de Sánchez Gordillo de que una mayor presencia de policías repercute en mayor inseguridad...

De hecho, no son pocos los descerebrados de extrema izquierda que han aplaudido en redes sociales la agresión e intimidación a agentes, e incluso los han hecho objeto de sus mofas. No voy a volver a entrar en lo que pienso sobre su incoherente posicionamiento con respecto al cachondeo catalán.

Sin embargo, me resulta escandaloso que estos radicales e intelectuales de medio pelo olviden algo esencial: los agentes que se están partiendo la cara en Cataluña también son trabajadores. Sí, trabajadores. Tanto como lo son los bomberos, los profesores o los bibliotecarios. Son personas que han pasado por un durísimo proceso selectivo y que invierten trabajo y horas de su vida en una serie de labores para obtener un salario.

Bajo el uniforme puede haber un neonazi o un votante de Unidas Podemos. También una persona a la que le dé igual todo mientras cobre a final de mes. Incluso de las Fuerzas Armadas, la institución más conservadora de este país, han salido miembros de Unidas Podemos –nada menos que José Julio Rodríguez, ex Jefe del Estado Mayor. Tanto o más podemos esperar de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

No estamos hablando de Villarejo, ni tampoco de personas que acostumbren a almorzar con políticos o empresarios. Esos agentes que sostienen una porra o disparan pelotas de goma siguen órdenes, sin posibilidad de indisciplina alguna, mientras sus superiores les transmiten las órdenes por radio.

Hemos podido comprobarlo en los mossos, enviados a dar palos por el presidente Joaquim Torra, a la vez que han sido criticados por el mismo. Durante los incidentes del 1 de octubre, se les dio orden de pasar del referéndum, y pasaron. Incluso salieron inconscientes como Albert Donaire, mosso independentista, apoyando aquel sinsentido.

Ahora, los mossos se están partiendo la cara en las calles de Cataluña por la misma razón que no lo hicieron el 1 de octubre: porque es lo que se les ha ordenado. Son víctimas del sinsentido catalán, igual que otros muchos. Desde luego, son pocos los agentes que están por gusto en la Vía Laietana.

¿Hay agentes neonazis? Sí. ¿Hay agentes de extrema izquierda? También. Y maravíllense: los hay latinos, homosexuales, bisexuales, del Madrid y del Barça. ¿Que a veces se excede alguno? Sí. Y que algún palo no ha sido merecido, seguro que sí. Pero ningún vídeo, ninguna conversación de WhatsApp, ni ninguna declaración puede justificar la generalización y demonización de un cuerpo tan amplio y esencial para nuestra sociedad.

Son trabajadores que, en contadas ocasiones, no están a la altura de sus responsabilidades. Igual que muchos profesores y maestros, bomberos, funcionarios de prisiones… Porque es un colectivo humano. Y, sobre todo, trabajadores que ejercen su oficio para ganar un sueldo. Y en lo que respecta a las personas, en esta vida hay de todo.

El ataque descerebrado de la extrema izquierda en redes y en medios de comunicación a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad demuestra la inmadurez democrática de este país, así como favorece que la extrema derecha siga apropiándose, aunque sea simbólicamente, de las instituciones y símbolos que son de todos.

Que se sancione al que no haga bien su trabajo, sea en el ámbito que sea, y valoremos a los diligentes. Sobre todo, seamos maduros, analicemos bien las cosas y, si hay que pedir responsabilidades, que se haga a los auténticos responsables. Y ahora, llamadme facha.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

18 oct. 2019

  • 18.10.19
“Que la ponzoña que acecha en el fango salga a la superficie”, dictamina el emperador Claudio, beodo y enigmático, en Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, de Robert Graves. Avisado por una profecía, había decidido propiciar que lo peor de Roma saliera a la luz para dar paso a su ansiada República. Consiguió lo primero, pero no lo segundo. Porque como le diría su hijo, ya nadie creía en la República. “Nadie, excepto tú”.



En España, hemos llegado a ese momento. Es el momento de llevar el Procés a su límite. Que todos los actores políticos se muestren tal y como son, tanto de un lado como del otro. Si es que podemos hablar de dos bandos, claro…

Los fanáticos más violentos han salido a la superficie. Siempre han estado ahí, pero ya los podemos distinguir de los pacifistas, supremacistas, sí, pero pacifistas. Ya podemos encontrar al auténtico enemigo que hay que combatir sin contemplaciones.

También podremos ver a víctimas, mutados en verdugos. Junto a los Comitès de Defensa de la República (CDR) hay muchos manifestantes que son jóvenes, estudiantes en su mayoría, producto del adoctrinamiento en las aulas. Personas a las que se les ha dicho que acosar a un españolista es cosa de buen patriota. También ellos son víctimas.

No vemos trabajadores reivindicando una sociedad más igualitaria, ni vemos a personas ordinarias golpeando a policías. Vemos supremacistas y rebeldes de medio pelo. Los que se han cargado la convivencia en Cataluña. No porque muchos no piensen lo mismo, sino porque ya no dan más de sí.

Pero no solo es el momento de identificar y combatir a los radicales que están boicoteando la convivencia en las calles. También es el momento de meter mano a los que han provocado esta situación. No solo los sediciosos, que no son más que una pequeña muestra. Personajes como Elsa Artadi deben ser identificados y anulados de la vida política –democráticamente hablando– antes de que terminen de romper la convivencia en Cataluña. Y también habrá que buscar responsabilidades entre los empresarios que han financiado el Procés. ¿Lo veremos algún día?

No tengo muchas esperanzas puestas en el Kennedy español. Es en un momento como este donde hay que demostrar capacidad, determinación e inteligencia. Y Pedro Sánchez no tiene ninguna de las tres cosas. Tampoco sus rivales políticos han demostrado mucha inteligencia. No dan para más. Esa ponzoña también saldrá a la superficie.

También vemos la mediocridad de un sector de la Izquierda, que condena la violencia, pero se queja de la “represión del Estado”. Esta pandilla también es peligrosa, y es momento de denunciarlo. No se puede estar con la víctima y el verdugo. Y si hay una víctima aquí, es el catalán no independentista, que no ha hecho ningún mal a nadie, que tiene miedo a hablar e, incluso, a salir a la calle.

¿Cómo puede un progresista rechazar la sentencia del Tribunal Supremo? Es lo que tiene el postureo, que no entiende de coherencias. Si la mitad de las energías invertidas por los supremacistas y los progres ‘equidistantes’ en atacar al Estado las hubieran invertido en reivindicar el Estado del Bienestar, España estaría a la altura de Suecia en servicios sociales.

Es un hecho que el Procés en sí “ya no da para más”, como ha señalado el filósofo independentista Bernat Dedéu. No es que todo vaya a acabarse en cuestión de horas, hay para largo. Pero los últimos cartuchos importantes del independentismo se están quemando ahora. La decepción es demasiado grande entre las propias filas.

El propio Joaquim Torra se ha visto obligado a condenar los actos vandálicos de los CDR, a los que tanto ha apoyado. Con más de un centenar de mossos heridos, por no hablar de agentes de otros cuerpos. No ha podido hacer otra cosa. La presión interna es demasiado grande.

Me quedo con que, en este momento, si observamos bien, todos los males del país van a salir a flote. Hay que aguantar el tirón, sin sobreactuaciones y templanza. No es momento para el artículo 155. Hay que dejar que la llama se extinga sola, que se agoten impactando contra el muro de la Ley y el orden.

Y después, hacer lo necesario, que va a ser mucho y doloroso. Y si tiene que ser la aplicación del artículo de marras, bien estará. Pero ahora hay que aguantar y demostrarles que todo lo que están haciendo por esta vía no les servirá de nada.

Mientras que Cataluña siga disponiendo libremente de la competencia en Educación, la ponzoña no hará más que aumentar hasta envenenar toda Cataluña y, con ella, al resto del país.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

3 oct. 2019

  • 3.10.19
Las verdades a medias son peligrosas. Un arma de propaganda y desinformación masiva. Su lógica se ha aplicado con atino desde los tiempos antiguos y todavía hoy es el instrumento de manipulación más afectivo para los populistas.



Este hecho se debe a que tienen una parte de verdad –o, al menos, desde un punto de vista intencional–, y otra que es inexacta, silenciada o, incluso, mentira. ¿Por qué funcionan tan bien? Porque permite a cada uno quedarse con lo que prefiera. Y siempre será la parte que quieran escuchar. Cataluña es buen ejemplo.

Ya avisé de que la violencia en Cataluña (y en España en general) era una cuestión de tiempo y, por ello, no me sorprendió en absoluto saber que una pandilla de fanáticos estaba preparando explosivos caseros. Tampoco comprobar que aumentan las agresiones a periodistas. Sin embargo, hay cuestiones que no me cuadran.

El independentismo catalán tiene un marcado carácter supremacista que se sustenta, entre otras virtudes y excelencias, en la superioridad moral del buen patriota. Por ello, una mayoría de catalanes se oponen a todo tipo de violencia. Es más, resulta su único argumento contra su supuesto Estado opresor. Dicho de otra manera, el independentismo catalán es supremacista, pero no violento. Es más partidario de la imposición, de la marginación del contrario y del acoso. Pero no es violento desde un punto de vista físico.

Pero los fanáticos, los que no necesitan excusas para hacer barbaridades, están en todos los bandos, y son ellos los que condicionan al resto. Tan cierto es que unos impresentables agredieron a Laila Jiménez, periodista de Telecinco, como que otros independentistas hicieron de barrera para ayudarla a salir de donde estaba.

En lo que respecta a los miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) detenidos, la información que se está filtrando tiene una dimensión política seria. Conexiones activas entre las CDR, la Generalitat y los fugados, la posible existencia de una célula terrorista, objetivos para atentar supuestamente confirmados por los propios detenidos…

Como suele ocurrir en estos casos, ante el secreto de sumario, la información filtrada viene avalada por atribuciones on background, o sea, fuentes señaladas, pero indeterminadas: “personas cercanas a la investigación”, “fuentes judiciales”… Por supuesto, nadie se responsabiliza de la información ofrecida.

Es posible que todas estas informaciones se confirmen cuando se levante el secreto de sumario. Mientras, lo único que de verdad sabemos, por las imágenes ofrecidas, es de la existencia de cuatro parias influidos por la kale borroka que pretendían hacer ruido con explosivos caseros. Nada más.

Lo más extraño del asunto es que, a la luz de estas informaciones, el presidente del Gobierno en funciones ha dado un giro, –otro más–, a su discurso, y ahora promete aplicar la Ley de Seguridad Nacional y, llegado el caso, el artículo 155 de la Constitución en Cataluña si fuera necesario para garantizar el orden. Con ello, no solo calienta el ambiente en todos los frentes ante las próximas elecciones, sino que le quita a Ciudadanos su único argumento ante el electorado más moderado.

Muy raro todo. Pedro Sánchez y su equipo son populistas baratos, cínicos y manipuladores que se creen inmersos en una especie de House of cards. Juegan con la ciudadanía como si fueran cartas de mus y, encima, se creen grandes estadistas por ello. ¿Quién nos asegura que no han aprendido de los supremacistas vascos y catalanes que la mejor manera de manipular a la población es con verdades a medias? Mucho suponer es eso.

Sin embargo, hay una serie de realidades evidentes. Carles Puigdemont y Joaquim Torra son unos conspiradores, pero no necesitan de las CDR para estar conectados. Y las CDR, por mucho fanático que tenga entre sus filas, no es ETA, ni tiene el apoyo en su territorio que sí tuvo la banda terrorista en Euskadi.

No descartemos que, tras el levantamiento del secreto de sumario, se desinflen muchas de las acusaciones vertidas contra los fanáticos presos. Pero, para entonces, las elecciones habrán pasado. Hoy, más que nunca, cuidémonos de las verdades a medias, que las cargan los populistas, y pueden provocar heridas irreversibles.

RAFAEL SOTO

19 sept. 2019

  • 19.9.19
Estimados lectores, tengo conciencia plena de lo mediocre que resulta empezar una columna apelando a vosotros. Lo sé. Pero hoy es uno de esos días en los que no sé de qué escribir o cómo escribirlo. O lo que es peor, tengo muy claro lo que quiero decir y cómo decirlo, pero pondría a este medio de comunicación en un apuro. Siento auténtica frustración por la repetición electoral. Y hartura, mucha hartura. Pero antes de seguir, os voy a hacer una petición: por favor, en las próximas elecciones, no os abstengáis.



Como sabéis, siempre he advertido contra el “Kennedy español”, siempre encantado de conocerse, así como de los peligros de los extremos, sean por la izquierda o la derecha. Hemos hablado de la mediocridad del Partido Popular y de la crisis adolescente de los naranjitos. Y en días como hoy, duele comprobar que llevábamos razón: no están a la altura.

Asumo que, igual que yo, no sentís especial lástima por los individuos que tendrán que volver a gastarse el dinero de todos en papeletas, correo electoral, eventos, etcétera. Tampoco por la banca y el gran empresariado, que sabemos que siempre acaba sacando beneficio.

Si os soy sincero, no me molesta levantarme un domingo e ir a votar. Otra vez. Voto y me voy a desayunar con mi pareja a una cafetería estupenda que tenemos debajo de casa. Y tan a gusto.

Mi frustración proviene del desasosiego. Las amenazas que nos acechan son muchas e inminentes: el Procés, la desaceleración económica, el Brexit, y un largo etcétera porque, en los últimos años, nos hemos acostumbrado a vivir en el precipicio. Y esas amenazas, que parecen lejanas y extrañas, son las que acaban acusando nuestros bolsillos, cuando no nuestras vidas.

No solo no hay un gobierno estable, sino que el Kennedy español no tuvo ni la decencia de cumplir su deber constitucional de presentar unos presupuestos, se aprueben o no, en los últimos meses de 2018. No tenemos a qué agarrarnos si estalla la tormenta, salvo el gastado recurso de los decretos-leyes y papá Europa –lejos nos queda ya eso de papá Estado–.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Voy a ser franco: me importa un pepino. Me dan igual las teorías judeo-masónicas, las diatribas podemitas, el Falcon y el ingeniero que lo diseñó, las veletas y los diccionarios de latín. Es que me da exactamente lo mismo. Porque, al final, el auténtico efecto de toda esta constelación de irresponsabilidades, planeadas o no, es alejar a la ciudadanía de los asuntos públicos.

Una población hastiada y con miedo al futuro es susceptible de abandonarse a los brazos del primer encamisado populista que se presente. O, peor, de abandonar la res publica con la convicción, difícil de objetar, de que su opinión no importa.

No exagero si afirmo que esta repetición electoral, por lo que implica, es uno de los grandes golpes que ha recibido nuestra democracia desde el Golpe de Estado del 23-F y la cacicada del Procés. Hay mucho ruido, mucha infoxicación y mucho hastío. Jamás ha habido tanto pesimismo en la política española contemporánea.

Jamás ha habido tanto miedo y tanto desaliento. Porque ya hemos perdido la esperanza de que alguien nos salve. No será un desastre inmediato, ni tampoco ofrecerá un cuadro dramático. Será un proceso de putrefacción, peor que la que vivimos con la crisis que no terminamos de cerrar. Un proceso que viviremos como cotidiano. La única esperanza es que se disipen las nubes y podamos sobrevivir hasta que el que sea decida que hemos votado correctamente.

Por todas estas razones, os invito a votar cuando corresponda. A votar por el que queráis. Me da igual si a socialistas, peperos o antitaurinos. Pero votad, aunque sea a un partido minoritario.

Porque si nos abstenemos, ellos ganan. Y no podemos permitirnos bajar los brazos cuando nuestra democracia está en peligro. Es aquí y ahora cuando nos toca demostrar lo que somos. No al día siguiente, para manifestarse como descerebrados contra lo que han votado los pocos que han tenido el valor de hacerlo. Tampoco en redes sociales, donde lloramos con amargura lo que no hay valor de defender en la calle y en las urnas.

Y si no somos capaces de dar esta lección de democracia… ¿Qué puedo decir? Quizá es que no la merezcamos. Que nos invada Alemania, que al menos tiene buena cerveza, y que le den a todo. O Andorra. El que sea. Porque habremos perdido el derecho a ser libres.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

5 sept. 2019

  • 5.9.19
¿Qué nos ha pasado para que, 230 años después de la Revolución Francesa, hayamos sustituido a los curas por ideólogos y tertulianos de medio pelo? Seguimos siendo rebaño. Durante la Revolución, una turba de súbditos, hartos de serlo, se movilizó contra el que era su monarca "por derecho divino". Con Luis XVI iba también un Antiguo Régimen apuntalado por la Iglesia Católica. “Todo lo sagrado fue profanado”, llegaría a decir Karl Marx.



Desde entonces, mucha sangre ha corrido para que hubiera una separación entre la Iglesia y el Estado, y para que fuera la diosa Razón, y no la moral, la que guiaran los actos de los ciudadanos. Por desgracia, a veces pienso que todo ha sido en balde.

Pongamos un caso ficticio, que apuntalaremos después con hechos. Imaginemos que los cordobeses se encuentran mañana por la mañana con una escultura en mitad de la Avenida del Gran Capitán. Los indigentes que rondan por la zona no saben nada, nadie sabe de dónde proviene tal invento. Sin embargo, sus cualidades artísticas son innegables.

Pongamos que el Ayuntamiento mantiene la escultura en su sitio y empieza a ser valorada por la población. Con los años, se convierte en uno de los símbolos de la ciudad. Los turistas llegan a Córdoba con la intención de ver la Mezquita-Catedral, tomar salmorejo y hacerse una foto con la escultura. Imaginémonos, incluso, que en las tiendas de recuerdos de cualquier parte de España se puede conseguir un llavero con la imagen de marras.

Pasan los años y los investigadores de la Universidad de Córdoba descubren que el autor fue una persona de moral dudosa. Pongamos, un violador, un ladrón de guante blanco, un asesino en serie, un maltratador... Se le atribuyen los peores delitos. ¿Cuál será la nueva relación de los ciudadanos con la obra de arte?

Como suele ocurrir en estos tiempos, habría reacciones para todos los gustos. Sin embargo, estoy convencido de que no faltaría tertuliano o ideólogo ilustrado que, desde el púlpito que le tocara, bramaría contra la escultura. La obra no puede ser separada del artista. El artista debe estar limpio de pecado para que su estigma social no alcance su arte.

No hay espacio para el ciudadano racional, ese ideal republicano por el que tanto se ha luchado. Una ciudadanía que valorara al artista y pidiera a la vez las responsabilidades penales que correspondiesen al autor. Tiene que haber una víctima por consenso social, y un villano al que, con independencia de lo que digan los jueces.

Como bien explicó Zigmunt Bauman,“esa cultura de victimización y compensación evoca la antigua tradición de la vendetta que la modernidad tanto se esforzó por ilegalizar y desterrar, pero que en estos tiempos modernos líquidos parece estar resurgiendo reencarnada de su mal sellada tumba”. Sobra decir, que la vendetta contra el artista no sólo le afectará a él, sino que también a su obra inocente.

Por todo ello, admito que me escandalizó la declaración de Lucrecia Martel, afirmando que no vería la proyección de la última película de Roman Polański. Era la presidenta del jurado del Festival de Venecia, uno de los más importantes del mundo, y su actitud fue más propia de un Torquemada que de una artista del siglo XXI: “Yo no separo al hombre de la obra”.

El seguimiento de la moral del rebaño y la interpretación de la Historia con los ojos del presente no son males exclusivos de España. Los hechos que se exponen ahora son del año pasado. Se le negó un homenaje a la escritora Enid Blyton, nacida en 1897 en el Imperio Británico, por considerarla “racista, sexista, homófoba y una escritora poco reconocida”.

Podría entender que esta acusación fuera un inconveniente para homenajear a un contemporáneo. Sin embargo, seamos serios. ¿Vamos a acusar de racismo y sexismo a una escritora nacida en el siglo XIX? No podremos homenajear sino a contemporáneos que compartan nuestros valores. Contemporáneos que, por supuesto, no tengan mácula. Cualquier día de estos, encontraremos en las plazas de las principales ciudades una hoguera para la quema de libros. ¿Qué va primero? ¿Un Don Juan Tenorio? ¿Unas Novelas ejemplares?

Quizá debamos depurar El Quijote, para eliminar las críticas a los “moros”, las escenas sexistas y las disertaciones morales. Dejemos solo el episodio de la pastora Marcela, y otros relatos sin contenido inapropiado. ¿Y Shakespeare? ¡A la hoguera con Hamlet!

En vez de reflexionar sobre una ética ciudadana, estamos imbuidos en una reivindicación continua de la moral del rebaño. Y el que no siga esa moral, o al menos lo aparente, tendrá que sufrir la estigmatización social: facha, machista… En algunos casos, podemos estar hablando de acoso en redes sociales o situaciones peores en la vida real. Es la represión de la turba.

A diferencia de los curas, los nuevos popes no tienen ninguna biblia a la que aferrarse. Quizá eso sea lo peor. Sus ideas cambian conforme cambian las modas y las ideologías predominantes. Hoy, los jueces de la moral dicen que algo es correcto y, mañana, pueden cambiar su juicio. Y siempre se te juzgará por los cánones más actualizados.

Hoy estás con la jauría, pidiendo la cabeza del hereje. Mañana puedes estar en la picota. Y así están las cosas. Polański es un genio, y eso no quita que deba responder por lo que hizo –confesó ante un juez, no ante un tertuliano, ni ante un provocador en redes sociales–.

Por su parte, Blyton promovió más la cultura con sus relatos que muchos escritores contemporáneos y ministros progres. Y, sin embargo, fue hija de su tiempo, que no se caracterizaba por la defensa de la igualdad social. ¿Quemamos sus obras? La plaza va a parecer el Amazonas…

Yo sí separo la obra del autor, y trato de juzgar desde el contexto. Los hijos no deberían pagar las deudas de sus padres. Y las obras de arte de cualquier tipo no deberían sufrir lo que pensemos de sus creadores.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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