:::: MENU ::::
PILYCRIM - BODEGAS NAVARRO

COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas

3 may 2021

  • 3.5.21
Bueno, este sábado me vacunaron. Me fui en taxi a Sevilla, por miedo a sufrir mareos o cualquier otro percance. Me vacunaron nada más llegar al pabellón de Ciencias Económicas y Empresariales, y esperé, como me aconsejaron u ordenaron, sentado en una silla de plástico, por si sufría algún síntoma.


La enfermera, rubia con mechas, guapa, de ojos verdes aceituna, me vio un tanto abatido, perplejo o desorientado, y se ofreció a llevarme a casa. No sé qué vio en mí, porque no sentía ningún mal o incomodidad en lo más hondo de mí.

Vive en Mairena del Aljarafe. Al final, se quedó en casa. No preguntó si se podía quedar, solo se quedó. Es muy profesional. Sus masajes son increíbles: te evaporan de la realidad o de cualquier otra pandemia. Esta mañana hemos desayunado en la terraza. Ahora ha salido. Ha ido por unas mudas, cepillo para los dientes, pan y vino. Que volvería pronto, me ha recordado, con un beso apenas perceptible pero que se pega a la piel como cola de carpintero.

Dice que cocina muy bien. Que ha aprendido viendo la tele. Y que le gusta experimentar en lo que al paladar se refiere. Así creo haber entendido. Dice que está muy a gusto conmigo. Que se quedará unos días o para siempre, según. Ahora no recuerdo con claridad.

Está muy ilusionada. Debe ser verdad, porque le salen estrellitas de los ojos cuando me mira. Yo le digo que soy adicto a las soledades. Me dice que no me preocupe. Me cita a Neruda: estaré como ausente. Hace media que hora que ha salido. No sé si esperarla o vender el apartamento ya. Desde luego, las secuelas de esta vacuna contra la covid son complicadas y diferentes a otras inmunizaciones. A mí esta, desde luego, sí me va a cambiar la vida.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

26 abr 2021

  • 26.4.21
Chris Offutt abandonó en su juventud el lugar que lo vio crecer, en Haldeman, Kentucky, una población minera de doscientos habitantes que ya no existe. Se licenció en la Universidad de Morehead, recorrió Estados Unidos en autostop para ver mundo y ganarse la vida, por horas, en más de cincuenta empleos precarios. ¿Por qué? Entre otras razones por esta razón que esboza en el relato titulado “Todo inundado”:


—¿De dónde eres?

—De Kentucky.

—¿De qué parte?

—De la parte de la que se va la gente.

Núria Escur escribe que Offutt es misterioso, que tiene aspecto de leñador, que su literatura está pensada para beber en taza de aluminio y que los diálogos de sus personajes son de western. Vive con su mujer en un espacio de cinco hectáreas y escribe cada día.

Cultiva tomates, zanahorias, cebollas, ajos, patatas, pimientos, calabazas, quimbombó, nabos, rábanos, judías. Y tiene 15 gallinas. Y le gustan los diálogos perfectos de sus personajes. En el relato titulado “Moscow, Idaho”, sus personajes dicen:

—¿Te he contado alguna vez qué es lo mejor de que te enchironen en St. Paul? –preguntó Baker.

—Las vistas.

—Exacto, colega. Tienes el río ahí mismo. Desde mi celda podías pasarte todo el santo día viendo los barcos. Apuesto a que en Kentucky no gozabas de vistas así, ¿a qué no?

Sus personajes son delincuentes o han nacido para delinquir, portan armas, conocen las cárceles y a los carceleros. No tiene arma propia, pero conserva tres que heredó de la familia. El rifle del abuelo, de la Gran Depresión de 1930. La escopeta del padre, que utilizaba para cazar pájaros. Y el revólver del tío, de pequeño calibre.

Eso sí, las pistolas las tiene siempre limpias, descargadas y encerradas. No como los personajes de sus libros. Algún día, las heredarán sus hijos. Una tradición rural. Las armas pasan de generación a generación. Así, justifica el fuego en su país. Dice que Estados Unidos se creó después de la invención de la pólvora y que el uso de armas es parte de la historia de su país. Y ese, precisamente, es su gran problema. Y así lo reconoce.

Sus diálogos son herméticos y secos, cerrados, perfectos, pero eso no impide que el humor quede afuera. En el relato “Melungeons”, Goins, el ayudante del sheriff, levanta este diálogo absurdo con un hombre que abre la puerta de la estancia, sacudiendo la cabeza como un mirlo en una cerca:

—Tengo entendido que aquí trabaja un Goins.

—Ese soy yo. Ephrain Goins.

—Bueno, estoy listo para que me encierre. ¿Qué tendría que hacer?

—Sobre todo, empinar el codo.

—Yo no bebo.

—Pisarle fuerte.

—Ni siquiera tengo coche.

—Robar también valdría.

—No me veo.

Ahora se publica su libro de relatos Lejos del bosque, un libro que, según José María Guelbenzu, no tiene desperdicio. Aparenta ser un libro sencillo, nada complicado, pero debajo o detrás esconde una ingeniería de orfebre. Sus frases son breves, afiladas, como cuchillas, y el asunto que trata está perfectamente medido. Me ha recordado a Carver, a Salinger, a Hemingway, a Tobias Wolf, a Chéjov, a Richard Ford. Parece no querer tirar de la madeja, pero cada frase está medida, es precisa en su contenido, te lleva a la siguiente página.

En el relato titulado “Prácticas de tiro”, arranca así el texto: “Ray puso un leño sobre el bloque de madera y alzó el pesado mazo. El fresno seco se quebró sin dificultad. Sustituyó el mazo por el hacha y cortó listones finos que se curvaron alrededor de los nudos y cayeron al suelo. El esfuerzo aflojó la tensión que se había vuelto crónica desde el regreso a las montañas. Hacía ya varios años que se había ido de Kentucky y ahora deseaba haberse quedado en Detroit”.

Guelbenzu escribe que en este párrafo se ha contado una nueva vida, un modo de vida y una idea de la vida. Nada más y nada menos. Y dice: “Es capaz de mostrar con precisión el ejercicio de un oficio y el resumen de la existencia del personaje; solo hay que mostrar el trabajo y la historia del personaje de modo físicamente, y todo con llaneza, como pedía maese Pedro, sin adornos ni explicaciones innecesarias”. El secreto, concluye Guelbenzu, está en la síntesis de la experiencia y en el dominio de la sugerencia y de la elipsis.

La sensualidad, obviamente, también está presente en su obra. En su relato “Todo inundado”, escribe: “Ella lo cogió de la mano, tiró de él hasta el centro del patio y lo besó. Olió las lilas y la lluvia. La mujer empezó a desabrocharle el cinturón. Al deslizarle las manos bajo el impermeable le sorprendió descubrir que estaba desnuda. Tenía la piel húmeda. La lluvia los azotaba. El viento le alzó el impermeable, ella lo levantó hacia arriba y la prenda salió volando hasta desaparecer en la oscuridad, como si alguien hubiese tirado de una cuerda. Muy despacio, se dejaron caer al suelo. La tierra estaba blanda. Ella lo hizo rodar para ponerlo boca arriba".

De los más de 50 oficios a los que ha tenido que echar mano, prefiere pintar casas, porque hay demanda. De lavaplatos, te focalizas y no tienes que preocuparte de nada más. O trabajar en un pequeño barco. Y, sobre todo, escribir unas cuantas horas al día. O ser guionista de cine, que también lo es. Pero más allá de estas incidencias de la vida, y más que nada, crear diálogos de western para ponerlos en boca de sus personajes. En el último relato reseñado, ella le pregunta a él antes de complicarse el estrechamiento de sus cuerpos en el barro:

—¿Sabes por qué llevo esta alianza? –dijo.

—No.

—Para recordarme que no me acueste con hombres casados.

—Yo no estoy casado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

19 abr 2021

  • 19.4.21
A veces, una mirada es solo eso: dos ojos que te miran, o que solo miran. Hay también los ojos que observan, como si detrás de sus pupilas apagadas se escondiera un espía que desnuda el alma o un ladrón de bancos que confunde el corazón con una caja acorazada repleta de billetes y de abrazos robados.


Hay otros ojos que ven un atardecer igual que les dan vueltas a los caballitos de feria, sin saber con precisión qué buscan en ese movimiento repetitivo que se desgata en su propio eje. Hay miradas ciegas y otras que aspiran a dibujar un mundo inanimado que no existe. Y están las miradas estáticas, aquellas que no se percatan de que la suerte anda al acecho y apenas se inmutan cuando un rayo les rompe el vértigo.

Hay miradas enigmáticas que anuncian mucho más de cuanto esconden. Está todo en los ojos, el frío y la calidez a la vez, el abismo y el vuelo; parecen impenetrables, pero no lo son; siempre miran adonde el sol se pone cuando el sol no está, y busca la definición en los objetos próximos porque los lejanos no le alcanzan a la vista.

En ocasiones, cuando metes las pestañas en sus pupilas, dejando atrás las pestañas de ella, adentro te sorprende que no haya nada, sino pasillos interminables que se asoman a un abismo sin dirección alguna. Te vuelves afuera y los miras de nuevo y en ellos solo ves los mismos ojos de antes, sin perspectiva, sin horizonte de futuro.

Ahora sabes qué ven: solos alcanzan a distinguir los objetos más próximos, sin clasificación alguna, sin poder adivinar sus funciones o su estética. Siempre andan muy cerca de la felicidad más doméstica, donde el temporal no mueve las sabanas colgadas a secar. En su simplicidad, hay una belleza coqueta y barata, que no se oxida con los años pero que tampoco atrapa para enloquecer o morir por ella.

Hay otras miradas enigmáticas que esconden mucho más de cuanto ofrecen. Miran tan a lo lejos que da miedo el rastro de sus ojos en el horizonte, en un horizonte desbordado de posibilidades y de abstracciones. Más de cerca, cuando te pones cerca de ellos, de frente, sabes que es un duelo perdido, que te llevará a un rincón de la vida con el cuerpo magullado, con adicciones de alcohol y lecturas oscuras y desvariadas.

No se lo dirás a nadie, porque nadie ve una mirada así a menos que le subyugue el vacío, el desconsuelo del alma, los bares con humo y a deshoras, la búsqueda obligada de una felicidad que se enreda en su cuerpo. Incapaz de sobrevivir a la felicidad más contumaz.

Pero cuando te pones delante de esos ojos, ya no es viable el camino atrás. Clavas las pestañas en sus pupilas grises, y ahí te volteas hacia adentro, aunque sabes que no caerás en el centro de su corazón, sino que andarás perdido en un cielo de nubes evanescentes donde el cóndor es feliz en un azul inexistente y la música apenas sutil te lleva convencido a reconocer el paraíso inalcanzable y la sospecha confirmada de que esos ojos en los que te has metido con conciencia y consciencia son ya parte de ti, o tú parte de ellos. Que no es igual. Porque a partir de ahora, no habrá más luz sino esta lava desbordada e incandescente que es su mirada.

Ya no vale descifrar mapas, ni encender lámparas que no alumbran en la luz, ni otear paisajes que tornean los mismos ojos. Hay un precipicio que no sabes dónde ubicar y al que te acercas, no para reconocer ni describir, sino para sucumbir en su caída.

Cuando apartas las pestañas de esas pupilas, ya es tarde para optar por otra vida. Las oportunidades se pintan calvas, claro, porque el paisaje es desértico y los oasis son manjares de tarjetas postales; y donde el sexo desbordado te hacía ver estrellas, ahora te invita a comer arena caliente.

Hay en tanta felicidad consumida la sensación baldía de que, como cantó Borges, el olvido no existe. Y la marcha atrás, tampoco. Así que tendrás que vagar por habitaciones oscuras habitadas por fantasmas cansados y descoloridos, a los que se les desprende la piel como pescados al carbón, quemados por todas aquellas sensaciones salvajes que conducen a una felicidad perfecta y que, ya usada, muestra la fecha de caducidad sin reclamación posible.

Hay en esa mirada enigmática, que esconde mucho más de cuanto proyecta en el horizonte, una oportunidad segunda, un requiebro de ensoñaciones necesarias, una condena perpetua a buscar a esa mujer cuando la noche se cierra en sí misma y ella se acerca a la cama como una pantera llena de fatiga y deseo, y se tiende a tu lado, y te pide que eches fuera el miedo, que el daño ya está hecho, y que ahora, aunque el corazón sea un amasijo de briznas insensibles, ella te dice que se puede reconstruir una vida tirada a los escombros, como has hecho, acaso como hemos hecho algunos o casi todos.

Yo meto mis pestañas en sus pupilas grises y ahí me quedo, porque ahora sé que el mundo está ahí, donde no hay luz y tampoco oscuridad, donde solo percibo la presencia de su mirada y el enigma indescifrable de la felicidad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

12 abr 2021

  • 12.4.21
Hace ya casi cinco años, Antonio López Hidalgo concibió un libro diferente a todos los anteriormente publicados. Se trata de un libro de relatos extensos basados en hechos reales pero alterados estos por algún elemento de ficción. Uno de estos relatos se transformó en una novela breve, La noche, aún inédita.


El volumen fue creciendo en número de relatos y en extensión, pero seguía guardado en el cajón de aquellos proyectos que nunca ven la luz. Una obra escrita entre el periodismo y la literatura, entre la ficción y la no ficción. El volumen incluso tenía título: Vidas encriptadas. Hoy publicamos en exclusiva de este volumen inédito la segunda parte del relato titulado La bala. La primera parte puede leerse en este enlace.

(4)

A veces pienso que Germán dudaba de que yo creyera su extraño relato, su historia real. Un tipo que viaja por el mundo con una bala enquistada en los pulmones, con una bala apuntándole al corazón, un enemigo metido en su cuerpo con el que debe dormir, vivir, hablar tal vez. Y que cuenta su historia con una calma controlada, con una paz interior difícil de entender. Aunque por momentos, me decía, soñaba que la bala se movía, que volvía a ponerse en marcha y que miraba con fijeza al corazón. Entonces despertaba de golpe y le costaba conciliar el sueño el resto de la noche. Aprendió a vivir con pesadillas por las noches y con incertidumbre los días. Sabía que en cualquier instante la bala saldría de su escondrijo y él no estaba preparado para asumir la muerte en mitad de la vida.

Recordé entonces el párrafo que Don Benito Pérez Galdós escribió en Trafalgar, cuando don José María Malespina le dice a su hijo: “Aquéllas sí eran heridas. Ya sabes que una bala me entró por el antebrazo, subió hacia el hombro, dio la vuelta por toda la espalda y vino a salir por la cintura. ¡Oh, qué herida tan singular! Pero a los tres días estaba sano, mandando la artillería en el ataque de Bellergarde”. El personaje galdosiano, pensé, que tanto amaba las mentiras como las verdades exageradas, al menos no tuvo que vivir con la bala enquistada en su cuerpo. No corrió la misma suerte uno de los personajes que Roland Schimmelpfenning describió en su novela Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI. El escritor alemán escribe: “Pensó en su padre, que murió a consecuencia de una herida de guerra, por una esquirla de metralla que no le pudieron sacar.”

Recordé también el libro de Carlos Velázquez El karma de vivir al norte, una crónica autobiográfica, pero al mismo tiempo, y tal vez por esa misma naturaleza de la que emana el texto, es también una crónica de inmersión, porque no podía describir los efectos del narcotráfico en México si no era como puro testimonio, contar que cuando regresaba a casa por la noche corría el peligro de verse atrapado en un fuego cruzado o encontrarse con un cuerpo desmembrado en la acera de enfrente. También su padre vivió, hasta su muerte, con varias esquirlas de bala en el cuerpo. Él lo describe así: “A raíz de su primer paro, cuando la libró, se volvió mormón. Y me sentí traicionado. Mi padre había sido beisbolista, luchador, tahúr, fayuquero, sandillero, melonero, pescador, parrandero y gatillero. Tenía balas dentro del cuerpo, que no le pudieron sacar. Un día fui a visitarlo y había desaparecido la fotografía que pendía de una de las paredes de su casa. Coloreada a mano, en ella aparecía en la barra de una cantina portando una texana junto a mi tío Chepe. Y su conversión despertó una sensación inédita en mí: encono. Me sentía defraudado. Siempre había sido mi ídolo. Recuerdo la tarde en que me regaló su máscara. Se había retirado de la lucha libre. Le admiré todo, incluso que fuera miembro de Alcohólicos Anónimos. Era el único doble A que conozco que no había renunciado al alcohol. No faltaba a ninguna sesión, pero se bajaba de la tribuna para largarse derecho a la cantina.”

Recuerdo ahora, sobre todo, a Gino Paoli. En 2015, Amelia Castilla publicó en El País Semanal una entrevista con el artista. La entradilla arrancaba así: “¿Quién puede presumir de tener una esquirla de bala alojada junto al corazón?”. La frase en sí misma era poderosa para atrapar el interés del lector. Pero no tuvo efecto conmigo. Ya había leído el libro de Carlos Velázquez y Germán me había confesado su historia personal. Así que sí, le creí desde el primer momento. Pero él pensaba que todo lo que me contaba eran fabulaciones propias de la imaginación.

El caso de Gino Paoli era distinto al de Germán. La vida del italiano fue de película. Había mantenido relaciones con Stefania Sandreli y con Ornella Vanoni, una de las grandes de la canción italiana. Para ella compuso Sapore di sale en una playa siciliana, en un momento de inspiración total. Esa canción nos persiguió sin piedad a todos los niños y adolescentes de mi generación hasta la saciedad. También él acabó hasta el gorro de la canción y de la Vanoni. Tanto amor no podía tener un final feliz. Meses después de aquella relación intensiva, el músico decidió suicidarse disparándose a tiro fijo en el corazón. Pero se ve que a quemarropa no era buen tirador. Igual le faltaba distancia para acertar en el blanco. Nunca dio explicaciones sobre la motivación de aquel disparo fallido. La canción que atormentó a toda mi generación durante algo más de una década nació en 1963.

Amelia Castilla escribió en aquella entrevista: “Entonces, todo en la vida de Paoli era provisionalidad, se sentía fuera del mundo. Un momento y una relación de tal intensidad que acabó meses después en un intento de suicidio, disparándose al corazón. Todavía conserva una esquirla de la bala que erró su trayectoria.” No le gusta hablar de ese arrebato sentimental que le devolvió la vida sin haber llegado a perderla. Tal vez, desde entonces, solo intenta olvidar el momento.

(5)

Un día Germán me invitó a comer lomo de vaca en nuestro restaurante preferido. De vez en cuando, nos permitíamos algunos lujos. Ese día pedimos una botella de vino español, muy bueno y muy caro. A mitad de la comida: Sé qué dudas de lo que te cuento. Para nada, le dije, sé que no eres el único que anda por el mundo con una bala dentro de ti. Abrió su mochila y me enseñó la nota médica acreditativa de su intervención quirúrgica:

Sanatorio Británico
09/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

El examen realizado muestra un proyectil metálico, que se proyecta en el tercio superior del tórax, paramediastinal izquierdo. Existe una imagen densa en proyección del ápice pulmonar derecho, que en primera instancia se interpreta como de origen cicatrizal. No se visualizan otras particularidades en los campos pulmonares. Silueta cardiomediastral en límites normales.


Después comenzó a rebuscar de nuevo en la mochila y extrajo otro sobre que contenía esta otra nota:

Sanatorio Británico
16/03/2015
Dr. Gustavo Berrocal

Dejo constancia que el Sr. Regner Germán, DNI 32838640, presenta proyectil en Hematoma izquierdo producto de ASALTO. No presenta impedimentos.


Le dije que nunca dudé de su historia. Y le conté algo de la vida de Gino Paoli, incluido su intento fallido de suicidio. Le dije que, para muchos críticos, Sapore di sale y Senza fine estaban consideradas entre las mejores creaciones italianas de los sesenta. Sentí que no me escuchaba. Hasta que dijo casi meditabundo sin ninguna expresión en su rostro: No erró en el disparo. El único método infalible para poder olvidar a una mujer como Ornella Vanoni, me dijo, es meterte una bala en el cuerpo para que te amenace el corazón al menor descuido. Reímos al unísono. Sin que nadie la escuchara, por mi cabeza se paseaban inmunes las notas de aquella canción de la desgracia.

(6)

Después, de los que dispararon, no se supo nada, como siempre. La policía fue a terapia, me tomó todos los datos. Como se hizo un caso mediático... No sé cómo se enteraron, pero estaban Canal 5, Canal 7, Radio FM, muchos. No se supo más nada. Caras ni nombres. Solo dos en moto. La policía no hizo más nada. Fue el 7 de octubre. Después, como que quedé preocupado y como medio perseguido en contacto con la gente que me iba a pagar: se sacaban una billetera o la pistola. Quedé un poco traumado. A fines de octubre yo ya necesitaba hacer algo. Estaba bien con el brazo, con la fisura del omóplato para que se haga bien. El pulmón estaba bien. La cicatriz del músculo.

Dos meses con el brazo. Me empecé a perseguir con la gente que iba a comprar. Creía que me iban a pegar un tiro o que me iban a robar. No podía trabajar. Dije: Termina el año. A todo esto, me habían abierto el segundo local en el centro. En junio lo abrí. Termino el año trabajando normal y, depende como empiece el año, si dejo o sigo. Dicho y hecho. Empezó el año. Perseguido. No podía trabajar. Hablé con Elvis, que también quería hacer un viaje así. También él estaba enclenque. No sabía para dónde ir. No tenía rumbo laboral. Y como que esta vez se lo quería tomar para reflexionar bien sus ideas. Dijo: Vamos. ¿Y dónde nos vamos? Vamos al Sur. Yo, de Argentina me quiero ir. Vamos al Norte, cruzamos por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica. En junio es temporada alta para los europeos, por los yanquis. Y tomamos este año así. No hacemos diferencia en plata, para conocer. Yo estaba bien en Argentina. Cobraba bien, tenía mi auto. No me iba mal. Agarramos y nos fuimos.

(7)

Germán no había leído el libro del Che Guevara, pero Elvis sí. Ambos habían visto la película Diarios de motocicleta, que logró un Oscar a la mejor canción original en 2005. El tema, Al otro lado del río, era una creación de Jorge Drexler. Walter Salles, para dirigir la película, se basó en las crónicas escritas por Ernesto Che Guevara, Notas de viaje, y de Alberto Granado, Con el Che por Sudamérica. Germán y Elvis pretendían emular la ruta descrita en esos libros, pero al final optaron por viajar al Norte de Chile. El Che quería recorrer 8.000 kilómetros en cuatro meses a lomos de La Poderosa, la motocicleta Norton 500 del año 1939. No obstante, el comandante se equivocó en sus pronósticos iniciales: el viaje duró seis meses y medio y recorrieron 12.425 kilómetros.

El día 42 de la peripecia, un transbordador atraviesa el lago Frías con ellos a bordo hasta Chile. Suman ya 2.306 kilómetros. Aparece la nieve, con su belleza y su letalidad. En Temuco se quedan sin dinero. El día 53, a La Poderosa le puede más la vejez que las ansias del trayecto. El bioquímico y el médico marchan a pie. En Valparaíso les sonríe el destino: reciben noticias y dinero de sus familiares. Les sorprende aquel país donde los camioneros leen a Pablo Neruda. El día 67 pisan Atacama, con 4.960 kilómetros en sus cuerpos. Conocen la vida miserable de los mineros. El día 89, con 6.932 kilómetros, conviven en Cuzco con una población quechua que no habla castellano. Después de 156 días y 10.223 kilómetros conviven en un lazareto en plena Amazonía peruana. El 26 de julio de 1952 se separan en el aeropuerto de Caracas. El Che regresa a Buenos Aires para terminar sus estudios. Alberto encontrará trabajo en Venezuela. Ocho años después se reencontraron en Cuba.

Elvis, leyendo el libro del Che, pensaba ya que aquel itinerario se les hacía inabarcable. Germán escuchaba a Elvis cuando le narraba los episodios que leía en el libro, y ambos recordaban escenas de la película de Walter Salles. Los sueños, a veces, se evaporan antes de echar a andar. Pero, por momentos, la vida misma empuja a salir de la zona de confort, a abrirte a otros caminos que no fueron los programados. Porque la vida, en sí misma, sin moverse del lugar –quién lo diría–, es una aventura inmensa e impredecible.

(8)

Íbamos para Bolivia, pero hicimos el norte de Chile. Ahí fuimos planeando el viaje. Vos tenés que organizar para un guion, dije, pero después terminás haciendo otra cosa. Hicimos Rosario, Salta. De Salta nos cruzamos a Chile. Hicimos Calama, Iquique, Arica, que es el norte, nos cruzamos a Tacna, nos fuimos a Perú, nos fuimos a Chungungo. De ahí cruzamos a la Isla del Sol, Bolivia, Copacabana, tres días, Cuzco, Arequipa, Ica, Máncora, Montañita, Guayaquil, Quito.

Viajábamos a dedo, en autobús. En moto, no, porque no tenemos. Hubiese estado muy bueno. Pero no, caminando. Parábamos en Carpa. Comíamos arroz con atún, que no es mala comida, pero comer siempre es eso. Hotel nunca. En Quito la idea era trabajar un poco. Elvis se volvió porque le salió un laboro en la Argentina. Pero yo quiero seguir.

Nosotros no somos revolucionarios como el Che Guevara, pero nos inspiró lo que hizo él. Elvis echó el libro del Che. Yo lo empecé a leer. Pero como él se fue, se llevó el libro. Nos inspiró bastante, más a él que a mí. Él lo leyó completo.

(9)

El caso de Germán fue muy mediático en la Argentina. Vio al médico que lo intervino en la tele, lo escuchó en la radio, leyó sus declaraciones en la prensa escrita. También leyó, vio y escuchó la versión de la policía. Él dice: “Me quisieron hacer un reportaje también. Pero la policía no me dejó, porque estaba en terapia. Le hicieron el reportaje a mi socio”. Sí, también el socio fue protagonista del asalto a su local. Menos Germán. La única versión que se conserva es la que acaba de leer el lector. La grabación es de mayo o junio de 2016. Antes de perderle la pista para siempre, quedamos un día a comer lomo de vaca en el restaurante Parrilladas Uruguayas. Lo esperé bebiendo una botella de vino español, sentado a la misma mesa donde solíamos encontrarnos. Pero no llegó. Ese día no comí. Solo bebí. Y seguí bebiendo toda la tarde en casa.

Se fue sin despedirse, sin decir nada a nadie. Nadie sabe adónde. Le escribí mails muchas veces, con la convicción inexcusable de que no obtendría respuesta. Aquel día amaneció soleado, pero como cada día, se fue tornando gris y acabó en una lluvia delgada y amable. Alguna vez enciendo la grabadora y escucho su castellano con acento argentino. Y no sé por qué -o lo sé- imagino a miles de vacas felices cruzando inmensas y verdes llanuras uruguayas. Escucho, de nuevo, la historia de un amigo que vive conociendo o adivinando, quizás, cómo será su muerte, sabiendo que un día u otro la bala emprenderá viaje rumbo a su corazón. Al contrario que Gino Paoli, no presume de esa suerte. Tampoco de haber escuchado demasiadas veces aquella canción que te mete, vulnerable, como una crisálida, en las trampas de la incertidumbre.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

5 abr 2021

  • 5.4.21
Hace ya casi cinco años, Antonio López Hidalgo concibió un libro diferente a todos los anteriormente publicados. Se trata de un libro de relatos extensos basados en hechos reales pero alterados estos por algún elemento de ficción. Uno de estos relatos se transformó en una novela breve, La noche, aún inédita.


El volumen fue creciendo en número de relatos y en extensión, pero seguía guardado en el cajón de aquellos proyectos que nunca ven la luz. Una obra escrita entre el periodismo y la literatura, entre la ficción y la no ficción. El volumen incluso tenía título: Vidas encriptadas. Hoy publicamos en exclusiva el relato titulado La bala. Este es el texto:

(1)

Me llamo Germán Regner. 28 años. Segundo apellido no tengo. Bueno, Ibarra. Pero no está documentado. Nací en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. A Rosario fui en 2004, cuando tenía 16 años. Allí terminé la secundaria. Empecé Periodismo en la Universidad. Terminé. Empecé Administración. No terminé. Quedé en cuarto año. Al mismo tiempo que empecé Administración en 2009, me puse un negocio, un quiosco. Bien chiquitito. Tenía 22 años. Vendía cigarrillos, golosinas, gaseosa y nada más. No vendía fiambres, carnicería, verdulería. Un negocio de paso. Lo tuve cinco años. Puse otro el año pasado antes que me pasara el accidente.

El 7 de octubre del año pasado, era un martes, me acuerdo. A las siete de la tarde, yo estaba afuera en el patiecito donde tenía todas las mesas. Yo estaba sentado solo. Al lado del quiosco, tenía una verdulería y, en la esquina, una carnicería. Después, todo casas. Yo estaba mandando un mensaje por el celular. En frente del negocio hay un árbol grande. Un palo borracho se llama.

Viene de la calle al lado del árbol. Y ahí se frena una moto. Bajan dos personas. Pendejos. Tendrán 16 o 17 años, no más que, eso, porque eran pequeños, medirían 1.60 cada uno. Flaquitos. Cara normal. Cara descubierta toda. Con pantalón corto, porque octubre era lindo ese día. Estaba musculoso, me acuerdo. Y el que estaba en la moto, manejando, tenía una gorra para atrás. Frenan en la puerta. Se baja el de atrás, que era uno de rulitos, entra, y yo me quedo ahí. Entra mostrando la billetera, como que va a sacar plata para comprar. Y me dice: Flaco, cigarrillos, ¿vende? Yo digo sí. Entra. Entro yo atrás. Cuando él entra primero, yo entro atrás, lo paso después. Para yo dar la vuelta y meterme atrás del mostrador. Cuando yo le sobrepaso a él, me va siguiendo atrás. Le digo: Loco, ¿qué haces? Me sigue y, cuando lo quiero tener enfrente, no estaba. Estaba al lado mío con una pistola así, agachado, la pistola para abajo. Como yo ya sabía que me iba a robar, le abro la caja registradora, le hago un montoncito de billetes de diez pesos. Los billetes estaban separados: los de diez, los de cinco, los de dos, las monedas. La típica caja registradora. Le saco los de diez y le digo: Toma. No, no. Dame más, dice. Siempre agitando la pistola. Agarro los de cinco y se los doy. No, no. Dame más. Dame el celular. Yo le digo: No. Esto ya no te lo doy. Ni en pedo te doy el celular, le digo yo. ¿Por qué no se lo quise dar? Porque yo en el 2014 perdí cuatro celulares. Le dije: No. Ya. Perdí muchos celulares. No me vengas a perder este. Me dice: Dame el celular, que te pego un tiro. No te voy a dar el celular. Será hijo de puta. Me putea. Dame el celular. No te voy a dar el celular.

Lo piso. Cuando lo piso, él se quiere ir para atrás. Pero como lo piso, se va cayendo. Cuando se cae, hace así. Yo me acuerdo perfecto. Cuando lo piso, yo lo quiero agarrar. Pero no lo puedo agarrar, se va cayendo. Peleamos. Yo no sentí nada. Nos caemos. Con el filo del mostrador me corto. Me tajé. No pasó nada. Él se cae hacia atrás, que cae contra la exhibidora de los fiambres y se va corriendo por la puerta. Yo me paro. Cuando voy a dar la vuelta al mostrador, él más o menos me saca cuatro metros. Él estaba por la puerta y yo me estaba recién parando en la caída. Cruza el patiecito, cruza el árbol, se tira en la moto que estaba el amigo esperándolo y se van. Cuando se estaba subiendo en la moto, yo recién estaba saliendo de la puerta. Hijo de puta, encima disparaste. Porque yo escuché el boom, pero no sentí nada. No sentí ardor, como dicen. No sentí dolor. No sentí nada. Yo pensé que no me pegó.

Bueno, a todo esto, cuando el tipo se va… Viste que esta es una situación de cinco segundos. Cuando pasa esto, está guiñándose el verdulero de al lado. Enfrente tienes una tintorería, mercería, dos locales de ropa, un estudio de ingenieros. Un local de ropa en la otra esquina. Una veterinaria acá. Una calle muy transitada. Viene el verdulero. Me disparó el hijo de puta. Lo quiere ir a agarrar, porque estaba a dos metros. Y cuando lo quiere agarrar, el de atrás le hace así, le apunta al verdulero y ahí el verdulero dice banderita blanca. Y se fueron por la calle de atrás. A todo esto, todos los comerciantes salieron a la calle. Me preguntan y yo digo no me pegó, pero yo tenía la remera de manga corta y veo que me cae un chorrito de sangre.

Hago así. No se dejaba ni ver. Es un puntito así la bala que entra. Como si fuera una vacuna. Me disparó, pero tengo la bala en el hombro, digo yo. Me quedó en el hombro. Es un calibre 22. Una bala con un plomo chico que generalmente no tiene orificio de salida porque al ser plomo chico da vueltas. En cambio, un calibre 38 o 45 son balas mucho más grandes. Estas te entran y te salen. Es una pistola más grande que tira con más potencia. El 22 es un arma chica. Entonces, como que lastima más, porque un 45 o 38 te da en el hombro, entra por acá y sale por acá. Esta entra, como me pasó a mí, me fisuró el omóplato, aquí atrás, y la bala fue para abajo. Empieza a dar vueltas con la velocidad que entra y no puede salir. Justo le da en un hueso, que fue mi caso. Si hubiese sido músculo, pie o tejido, capaz que sí tiene orificio de salida. Pero, bueno, como es así, el médico dedujo que la bala entró por acá, me fisuró el omóplato y me fisuró el pulmón. Se fue para abajo. Yo no sentía nada. Entonces, los vecinos se empezaron a acomodar.

Son las siete de la tarde. Me voy para adentro, llamo a mi viejo, le digo no te preocupes, me entraron a robar al negocio, me dispararon, estoy bien, ven a buscarme. Me llevó al hospital. Vivo a dos cuadras del local. Buey, ahí voy, dice. Llamo a mi socio. Le digo: Pedo, no te preocupes. Entraron a robar, recién me resistí, me pegaron un tiro, estoy bien. La bala me entró por el hombro. Vení a cerrar.

A todo esto, salto al patio y me pongo a juntar las mesas. No lo tendría que haber hecho, porque esa fuerza, me dijo el médico, hacía que la bala se corra más. Yo me tenía que quedar quieto, pero son cosas que yo no sabía por el momento de calentura que uno está excitado. Yo juntaba las sillas, las mesas. Llegó mi viejo, subí al auto. La policía, como siempre, tardó cuarenta minutos. Viene mi socio y cierra el local.

(2)

Germán era alto y desgarbado. Se pasaba los días inventándose la vida, dándole sentido al destino no elegido, domeñando al azar, bebiendo cerveza, intentando entender el mundo que se abría a su alrededor. Había ahorrado con la venta de sus pequeños negocios, pero no le gustaba derrochar. Así que, de lunes a viernes, almorzábamos menús baratos en restaurantes modestos. Refresco natural y unos cuantos trozos de fruta para el postre. De primer plato, siempre sopa. De segundo, dependía. Pero andábamos ya cansados de tanta sopa. Siempre diferentes, eso sí. Él decía que en Ecuador había más de doscientas o trescientas sopas diferentes y que por eso los ecuatorianos tenían el hábito diario de comenzar a comer con un buen plato de sopa. Era cierto. En Ecuador la variedad de sopas era muy variada y deliciosa. Desde sopa de mariscos en la costa hasta las tradicionales sopas y locros de la sierra andina. Sopas con plátanos y guineos verdes, sopas con quinua, sopas con habas, con patas de res, aguado de gallina, biche de pescado, caldo de bolas de verde o caldos con guanchaco. A Germán le gustaba sobre todo la fanesca, pero esta solo se preparaba en Semana Santa. Se sabía la receta de memoria: bacalao, zapallo, zambo, habas, chochos, choclo, arvejas, porotos o frejoles, arroz, cebolla, ajo, comino, achiote, maní, leche, crema y queso. Pero no te confundas, me decía, ahí no queda todo, porque esta receta tradicional cada ama de casa la hace a su manera y su preparación puede cambiar mucho de una casa a otra.

A mí la fanesca me parecía una comida muy pesada y poco digestiva. Y después de comerla, mi estómago me pedía con premura un par de gintónics. Pero en Quito nadie bebe gintónic. Ningún país es perfecto, pensaba yo. Pero también se lo decía a Germán: ¿Cómo se puede vivir sin conocer el gintónic? Germán reía sin decir nada. Él bebía sobre todo cerveza. Y como se puede comprobar, le gustaba sobre todo comer. Algún fin de semana nos subíamos a un taxi y nos metíamos en un restaurante cuyo nombre nos hacía salivar: Parrilladas Uruguayas. El sabor de los buenos momentos. A Germán le gustaba el eslogan del lugar: Las carnes y el fútbol se juntan al puro estilo charrúa. Decía que, en Uruguay, hasta que se las metía en el fuego, las vacas eran felices, que corrían alegres, desinhibidas y a sus anchas por aquellos campos inmensos. En ocasiones se ponía profundo: Uruguay es un país lleno de vacas, las mejores vacas del mundo. Yo le decía que la ternera de Kobe en Japón también era feliz, que escuchaba música clásica y que vivía sin estrés hasta el día de su muerte, pobres. Pero esas son vacas pijas, muy pijas, objetaba Germán, que acortaba las frases en todo lo posible para no dejar de masticar.

A Germán le gustaba sobre todo comer, pero no sé dónde echaba tanto manjar ingerido porque era muy flaco. Como buen argentino, también le gustaba hablar. Y viajar. Había llegado a Quito por terapia, huyendo del atraco a su quiosco, huyendo de una bala de la que no podía huir y que tenía enquistada en los pulmones, venía con Elvis imitando la travesía que el bioquímico Alberto Granado y Ernesto Che Guevara de la Serna, estudiante de medicina -le quedaba por aprobar tres asignaturas-, especializado en el tratamiento de la lepra, hicieron por América Latina en 1952 a lomos de La Poderosa, una motocicleta modelo Norton 500 M18 y que hoy se conserva en la casa-museo de Che Guevara.

(3)

Estoy yendo para el hospital, que está más o menos a media hora. Y yo ya me empecé a agitar. Me sentía bien. Mi viejo me miraba. Está mal. Cuando llegamos al hospital, mi viejo me deja en la esquina. Eran las 7.35 horas. El auto no lo podía dejar allí. Enfrente había un estacionamiento. Me dejó ahí. Fue mientras a dejar el auto. Entro, subo la escalera y ya ahí yo no podía. Tenía un pulmón perforado. Pero me sentía bien. Era como si hubiera terminado de correr, qué sé yo, cinco horas, todas seguidas. Estaba muy agitado, pero bien. Pasé por la guardia, llego a la chica que está con el café, y yo le digo: Me dieron un tiro. Llega mi viejo. Los de la guardia me hacen entrar a mí primero. Viene el pasante, no el médico. Como que vio groso porque, al toque, llama al cirujano. El cirujano, que se llamaba Gustavo Berrocal, me mira y dice: Llama al instrumentista, al anestesiólogo. La enfermera me pone en la camilla, me lleva. En dos minutos yo estaba en la camilla, en plena cirugía. No te preocupes, dice el médico.

Yo, todo consciente. Me baja el ascensor, tercera o cuarta planta, me pasan a otra camilla entre dos enfermeras. Me llevan al quirófano, me pasan a la mesa de operaciones, me ponen de este lado. Viene el médico, me dice: No te preocupes. Te vamos a hacer un drenaje, porque tenés el pulmón perforado. Entonces, qué pasa. La bala entró, te perforó el pulmón. El pulmón son tejidos, que no son músculos que cicatrizan, es un tejido que es como una burbuja, que después se vuelve a ser revuelta. Empieza a derramar toda la sangre del pulmón y se mezcla con todos los gases, los jugos gástricos que tiene el cuerpo que van fuera del pulmón. Entonces, me tenían que drenar eso, todo el limado que se había hecho y ahí el pulmón se comenzaba a recomponer de nuevo, con los días.

El médico me pone de lado, me tapa la cara, empiezo a sentir una luz caliente. El anestesiólogo me puso un par de anestesias. Sentí el dolor, pero bastante bien igual. Estaba el médico trabajando. En un momento, cuando me empieza a meter el tubo… el tubo tiene que ser más grande que la bala… cuando tienen que meter el tubo al pulmón es como que tienen que romper más. Y ahí sentí un dolor, pero lloraba. Y lloraba y lloraba. Del dolor. Me terminan de meter el tubo, me cosen. Cableado por todos lados. Ahí eran, no sé, las 7.45 horas. En nueve o diez minutos yo estaba operado, con los drenajes, saliendo de la cirugía para terapia. Fui a terapia. Estuve dos noches en terapia.

Y bien. Hay dos cuestiones con esto. Si se saca o se queda la bala adentro. Si se saca, es porque el cuerpo rechaza la bala y se produce una infección que es mortal. Te tienen que cortar y sacar el pedazo de plomo. Que eso es muy groso porque es muy costoso. Hay muchos profesionales que no se hacen cargo de esas cosas y son operaciones que, en pesos, son, ponle, 30 o 40.000 pesos, o más. Que serán 3.000 o 4.000 dólares. O la bala la acepta el cuerpo. Se empieza a encapsular la bala. El pulmón la empieza a encapsular, se hace un capullito y queda ahí. Ahora pasa a ser parte del cuerpo. Esas son las dos cosas.

La clave eran las 72 horas para ver cómo reaccionaba el pulmón. Gracias a dios, quedó bien, no presentó preocupaciones y ahí quedó. Cada ocho meses me tengo que hacer análisis por si pasa algo. En algún momento el cuerpo tiene que rechazar a la bala. En algún momento. Tiene que ocurrir.

Fue una consternación grande. Estuve dos días en terapia, cuatro días en sala. Nunca hubo ninguna complicación. Yo, siempre consciente. En ningún momento me dormí. Sentí en un comienzo como que me dormía. Y el médico decía: No te duermas, no te duermas, no te duermas. Cabeceaba, pero trataba de no dormir.

Continuará...

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

29 mar 2021

  • 29.3.21
Hoy abrí la puerta de la terraza, y el sol iluminaba toda la habitación. Afuera, el ruido del mundo, a veces también el silencio del mundo, rompían el clímax que necesitaba para la lectura. De fondo, el piano de Glenn Gould me ayudó a aislarme en mi sillón relax de la vida que fluía detrás de los cristales.


Hay días, como hoy, que me echo en el sillón y abro un libro, y pasan las horas sin la conciencia de que también pasa la vida. Pero no me preocupa. Para mí, la lectura es parte inalienable de la vida. No sé qué hubiera sido de mí sin los libros.

Ahora releo. Sé que hay muchos volúmenes en los que nunca lograré decodificar mi alma. Sin embargo, la relectura se me hace un ejercicio imprescindible en un mundo en el que el olvido nos muestra sus aristas cada vez más estrechas, cuyos bordes se tropiezan unos con otros como si quisieran cubrir la misma superficie.

Releo algunos libros de mi vida, y su segunda lectura, en ocasiones, me parece la primera o bien otra distinta. Como si alguien, en esta realidad fantasmagórica que atraviesa nuestras biografías, hubiera vuelto a reescribir esas mismas páginas que las creíamos parte de nosotros y que ahora, años después, viven su propia existencia ajenas a nuestra primera mirada.

Otros libros, en cambio, perduran en la memoria sin apenas rasguños ni dobleces, como si cada uno de nosotros hubiéramos escrito una a una cada una de sus páginas y su recuerdo se mantuviera imperturbable pese al paso de los años.

Pero los más enigmáticos son aquellos que, siendo lo que son o lo que fueron, mantienen una capa de enigmática magia que los hace los mismos y otros al mismo tiempo, como si sus páginas pudieran abarcar tantas vidas como lectores, y tantas interpretaciones como el lector fuera capaz de abarcar o de imponerles.

He leído –releído– hoy, durante todo el día, con la sensación baldía de que tal vez haya perdido la jornada entre volúmenes que ya me son propios. Pero no ha sido así.

Releyendo mis libros de cuando era un estudiante de periodismo en Madrid, he recreado no solo el contenido de estos volúmenes, sino los días de una juventud que administrábamos como buenamente podíamos, porque nadie nos había dado instrucciones al respecto. En aquel mundo que nacía sin que nadie nos hubiera advertido de que iba a ser así, dibujamos un horizonte, nunca equivocado, pero sí más ancho que el ya diseñado por otros sin nuestra previa consulta.

Tan jóvenes, jugábamos a cambiar el mundo, pero ya el mundo lo modelaban acorde a las demandas de unos y de otros, nunca de nosotros. En el mundo cabemos muchos, decía un amigo. Claro, somos demasiados.

Y ahora cuesta identificar a aquellos si no es por los libros que leíamos, y las calles que transitábamos de noche con algunas copas de más, y las películas que nos aburrían, pero nos hacían pensar, y los profesores, algunos tan estirados y tan bien hablados, que nos descifraban este mundo como otro mundo posible.

Era ayer, pero ahora que miro la puerta entreabierta de la terraza y veo otro paisaje que nunca soñé y que tampoco rechazo, no sé por qué apagamos los sueños incandescentes de los años jóvenes.

Releo aquellos libros y veo esos días idos para siempre y nuestras dudas intachables, y nuestros sueños justificados a ninguna manera, y aquellos proyectos ilusionantes y marchitos que siguen viviendo en la memoria. Releo para vivir, me digo. O para no morir, pienso a veces.

Releo porque no me basta una mirada a la calle, porque el lenguaje oral de las tabernas se acartona como el menú de ayer y porque el presente, si no lo alimentamos, no alcanzaremos a compararlo con otros momentos vividos.

Hoy me he metido a solas con mis libros, como si el mundo fuese un dúplex al que nunca subo, o solo lo hago a veces, y en esa planta baja de la comodidad encuentro sin buscar trozos de una existencia olvidada, desmaquillada, que amo y que, en ocasiones, sin ambages, ella misma me busca, porque la existencia es un todo inabarcable, una historia escrita a cachos, a trozos, a empujones, a veces con la tristeza de frente y otras con la algarabía en exceso, pero siempre empujando a favor o en contra de nuestra voluntad.

Y ahí andamos nosotros, metiéndonos las manos en los intestinos para ver qué nos encontramos o para descifrar un destino maltrecho o libre, o sencillamente respirando para no morir de inanición.

Hoy estuve encerrado entre libros, entre los libros de una juventud que nunca se va del todo si la retienes con la seducción de quien la alimenta con pasión y no con la incredulidad de quien no cree en los actos eternos, en los momentos que solo se parecen a los sueños, en las circunstancias intangibles que nos mueven de allá para acá, con la sorpresa irreductible de quien no cree en nada, tan solo en los amores inexplicables que siempre vuelven y te pillan releyendo un libro de entonces.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

24 mar 2021

  • 24.3.21
Hace ya bastantes años que leí Ensayo sobre el cansancio de Peter Handke, de quien amaba todos sus libros, breves y perfectos, pero sobre todo sus ensayos, más breves y más perfectos. El libro que cito “toma este estado como excusa o punto de partida para hilvanar en primera persona ideas que van más allá del mismo, en un discurso en el que lo que se busca no es tanto lo exacto ni lo riguroso como la relación personal con lo que se explica”. Es lo que dice la editora del libro. Y es cierto.


Muchas veces sentí cansancio en mi vida, no de mi vida. Y no era físico. Se trataba de ese otro cansancio que está en el cerebro pero que se deja sentir en los huesos. Como si fuéramos rehenes de un sobreesfuerzo físico, pero que en realidad se trata de las secuelas que nos deja la tristeza de este mundo metidas tan adentro.

Mi generación se ha vuelto muy comprensiva, sin saber por qué misterio de la naturaleza humana, con los cambios y motores tecnológicos que harán añicos nuestra vida de ayer para ponernos de frente en un mundo ignoto y enigmático.

Un día le dije a un amigo de la juventud que no le correspondía a nuestra generación defenestrar el papel de nuestras vidas, porque siempre lo vi muy comprometido con los productos digitales, un entusiasmo que nunca compartí y que acepté porque los tiempos, obviamente, cambian, para bien y para mal.

Ahora sé que quienes no vivieron en el papel pueden leer versos incluso en una caja de galletas o en el cristal empañado de un autobús. Curiosamente, son los mismos que ahora, agonizando, defienden el trabajo telemático. Sin la conciencia, desgraciadamente, de que en la pantalla del ordenador se nos escapa el ángulo de la mirada.

El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han, que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín, escribe con acierto: “También el teletrabajo cansa, incluso más que el trabajo en la oficina. Causa tanta fatiga, sobre todo, porque carece de rituales y de estructuras temporales fijas. Es agotador el teletrabajo en solitario, pasarse el día sentado en pijama delante de la pantalla del ordenador. También nos agota la falta de contactos sociales, la falta de abrazos y de contacto corporal con los demás”.

Efectivamente, porque, como diría él, la distancia social destruye lo social. Pero me da miedo cómo abrazamos el teletrabajo y, sobre todo, cómo los profesores justifican estos escenarios laborales y cómo esconden en el reflejo de la pantalla la mirada desvaída de un mundo que les atemoriza.

Hay un cansancio que siempre viene de dentro, de allí donde duermen nuestras frustraciones, los sueños rotos, las esperanzas chamuscadas, sobre todo el miedo a los otros, a los alumnos, a quienes necesitan de nuestra empatía para crecer y estar en el mundo que aprendemos a deshabitar incomprensiblemente cada día.

Y ya no son solo los profesores. Los alumnos también se están acostumbrando a parodiar a sus profesores en sus actos de ausencia y justifican su actitud con el convencimiento de que la vida después, no sabemos cuándo, volverá a ser como lo era ayer. Y no lo será. Porque el sistema cada día más se empeña en segregarnos y en dejarnos en casa a tiempo completo, lejos los unos de los otros, con deberes laborales en demasía y un horizonte de sueños a temperatura ambiente.

Hay un cansancio en nosotros que no es nuevo, que crece y se renueva en nuestras vísceras como si fuera nuevo y no lo es, pero que en realidad venimos acumulando desde el día siniestro que tuvimos conocimiento de la infelicidad. Y ahora la pandemia ha venido a traernos trozos intangibles de aquellos días usurpados y de una morriña sin agujeros que acumula en nuestras venas el tiempo perdido para siempre. La pantalla del ordenador nos encierra en casa y nos aísla del mundo, porque, además, el mundo comienza a ser ya un planeta inexplorado y ausente.

Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano, escribe que también nos agotan las videoconferencias que nos convierten en videozombis, que nos cansa contemplar nuestro propio rostro en la pantalla, porque estamos demasiado tiempo frente a nuestro propio rostro. Pero él ironiza: “No deja de ser una ironía que el virus haya aparecido justamente en la época de los selfis, que se explican sobre todo por ese narcisismo que se va propagando por nuestra sociedad. El virus potencia el narcisismo. Durante la pandemia todo el mundo se confronta sobre todo con su propio rostro. Ante la pantalla nos hacemos una especie de selfi permanente”.

Lo grave de todo, en cualquier caso, es nuestra capacidad de asimilación y de reemplazo de un modo de vida por otro, de hallar en la pantalla del ordenador el espejo de nuestros secretos hasta ahora silenciados, nuestra apuesta interesada y desinteresada al mismo tiempo por un escenario que el teletrabajo reducirá a la cocina de casa. Hay en este convencimiento inconfesable y perverso una rendición íntima de nosotros mismos que no me gusta.

Hay en mí, al menos, un cansancio que intento vencer cada día contra el mundo impostado, telemático, on line o virtual que pretenden imponernos y que, desde luego, en poco se parece a la vida. Al menos a mí, los alumnos me encontrarán siempre en el aula, a esa hora intempestiva que se precipita antes del amanecer y que nos encuentra a todos devorando los últimos ardores del sueño y la sensación siempre luminosa del conocimiento.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 mar 2021

  • 15.3.21
Ahora que sabemos que los años miden el transcurrir de nuestro paso por la tierra, hemos aprendido que la vida no se mantiene solamente respirando y apurando un día tras otro, como si fuera un plato puesto a la mesa presto a consumirlo.


Ahora sabemos que la vida también no es solo la vida, sino también los sueños que alimentamos y nos alimentan, los días que fulminamos con la conciencia despierta de que el transcurrir del tiempo es inevitable y que los momentos que nunca llegaron a suceder también forman parte alienable de nuestras biografías. Acaso sin la memora de todos aquellos proyectos que nunca llegamos a realizar, la vida se nos muestre más precaria y soez.

Hace unos días volví a reencontrarme con Julio Cortázar, el escritor argentino de quien tanto aprendí y con quien tanto reí y lloré. Esperaba sus últimos títulos como el enfermo adicto que busca en la farmacia un fármaco que le aplaque el dolor por resolver. Alguien que anda por ahí, Un tal Lucas, Queremos tanto a Glenda, Deshoras. Y las recopilaciones de artículos sobre Nicaragua y Argentina que publicó póstumamente. Porque la muerte, como acostumbra, le sorprendió en 1984, cuando éramos tan jóvenes para perder a nuestros maestros del alma.

Lo he leído y releído tantas veces que pensé, hace unos días, que ya estaba curado contra tanta ternura e imaginación y maestría. Tanta tensión en un cuento, tanta hondura, solo poniendo los sentimientos de par en par, abiertos en canal y expuestos en páginas enfrentadas, en un mundo en el que tantos escritores cultivan su oficio como si sus vidas fuesen signos encriptados, como si sus vidas pudieran alimentarse ajenas al dolor que nos amenaza cada día.

Leo Deshoras, el relato titulado igual que el libro que lo contiene, publicado en 1984, el último o uno de los últimos libros que nos regaló el escritor argentino y, al leerlo o releerlo –la memoria miente como cualquier escritor profesional–, encuentro mi vida hecha añicos y la de quienes conozco, el recuerdo de una mujer que nunca supimos por qué no compartimos más días juntos, mientras otra, que habitaba aquellos días con la sombra de quienes ya no somos, nos saca de un sueño entrecruzado con un sopapo que es una llamada de alerta, la conciencia de que tal vez nos equivocamos, la certeza brusca de que se ama con el cerebro y no con el corazón y la sensación ineludible, como ya contó Gabriel García Márquez, de que el corazón tiene más cuartos que un hotel de putas.

De manera que nos encogemos en nosotros mismos, agazapados en un lado oscuro de una de estas habitaciones con la pretensión inconcebible de que es entre estas paredes donde siempre quisimos estar. Pero no es así. Y si hay alguna duda, solo podemos, antes de mirarnos más adentro para contrastar estas sensaciones, volver a leer a Deshoras de Julio Cortázar, para saber y certificar que nunca nos equivocamos, sino que, más bien, no supimos corregir el error, ni poner luz a nuestras sombras, ni tuvimos fuerzas ni valor para cambiar la rutina que abriga nuestras noches.

Cualquiera lee a Cortázar pensando que el argentino habla de él mismo, y ahí erramos. Porque los buenos escritores localizan su mal y universalizan sus secuelas, que, por supuesto, también son nuestras. Sospechamos en esas páginas que la existencia esconde un ángulo gris que nos es propio, pero que negamos cuando el sol alumbra el mediodía y la vida brilla por sí sola, aunque ningún fuego pronostique su eterna incandescencia.

Así que leyendo estas páginas he visto no solo mi vida, sino nuestras vidas, arañadas por el paso del tiempo, huyendo del cataclismo, intentando recomponer la porcelana rota. Pero ahí también hay una belleza tímida en el recuerdo agazapado, en esa posibilidad efímera que ofrece la noche cuando el frío habita las calles y toda existencia.

Conservo un libro de Pablo Neruda firmado por Gabriel Celaya y otro de Julio Cortázar firmado por Gabriel García Márquez. Sé ahora por qué. Neruda ya había muerto, y también Cortázar. Así que suplí sus ausencias con la de Celaya y la de Gabo. Supe, en definitiva, que eso es la vida. Que la pesadilla que nos devora, la suplimos con quimeras que no están a nuestro alcance. Donde las tinieblas tienden sus velos inexorables es contra aquellas decisiones que no guardan coherencia con nuestras sensaciones más primitivas.

Leyendo a Cortázar, cualquiera sabe que, mientras ella te habla de proyectos inútiles, otra mujer habita tus recuerdos. Pero yo he aprendido que da igual, siempre y cuando una mujer pueda suplir a otra por muy diferentes que sean. Como quien conserva libros de un escritor que ama, dedicados por otro escritor que también ama. Pero si quien firma este libro no alcanza la altura de tu alma, tal vez sea mejor salir a la calle y gritar a todo pulmón que la vida sigue valiendo la pena. Y no volver nunca adonde estabas.

Es más. Si nos acogemos al puro significado de las palabras, deshoras o a deshoras, es el tiempo o momento inoportuno. Fuera de razón o de tiempo. En Bolivia, curiosamente, es nombre femenino: mujer que es amante o querida de un hombre. De ahí la expresión: “Anoche durmió con su deshora”.

Andar soñando a deshoras es lo ordinario. Vivir a deshoras nunca es el diagnóstico idóneo para un horario desbarajustado, tampoco para una vida que, sin pretenderlo o sin saberlo, se nos escapa por los descosidos inconexos de cada amanecer.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

8 mar 2021

  • 8.3.21
Hay títulos enigmáticos que nunca he logrado decodificar en toda su integridad, como este de Joan Margarit: Amar es dónde. ¿Donde estés? ¿Dónde es un lugar? El poeta escribe: “Recupero/ el viejo impulso, el rayo luminoso/ en esta oscuridad en la que amar es dónde”. 


Dicen los doctores en la materia y los letristas de boleros que la distancia es el olvido. Bueno, habrá algo de poesía en poner unos cuantos kilómetros de por medio entre los amantes, pero sin distancia el amor tampoco crece ni se mantiene. 

Hay una inseguridad torpe en estas afirmaciones en las que el amor más efectivo se representa como un pájaro enjaulado. Margarit escribe: “La vida nos acostumbra, más allá del mezzo del cammin, a la presencia de lejanías, tanto al mirarnos hacia atrás como si lo hacemos hacia adelante”.

La obra de Margarit es plenamente bilingüe en catalán y castellano. Carles Geli ha escrito que el poeta llevaba un poema en curso siempre en los bolsillos, pero “dentro de una semana, a lo sumo, llevaré dos, que será el poema en castellano, pero no es una traducción: ambos hacen su camino”, decía.

Tal vez llevara muchos más, porque la poesía en sí misma es una traducción imposible de la vida, que solo cobra sentido después de muchas deconstrucciones encriptadas en las vísceras. Margarit lo escribió así: “La lengua en la que hablo y la lengua en la que escribo los poemas es la misma”. 

Él sabía, porque lo escribió, que algunos poetas así lo entendían, como Gabriel Ferrater o Philip Larkin. Pero otros, como Josep Carner, acentuaban las diferencias entre la lengua hablada y la del poema. El poeta catalán, finalmente, se reconciliaba con ambos: “Pero todos ellos me han enseñado que la inspiración, por lejano o extraño que parezca a veces el poema, no puede venir más que de la propia vida”.

Claro, solamente hay un dónde que es la vida, que es el dónde donde habitamos y sufrimos y amamos. Ningún gran poeta lo ha sido si no ha escrito en su propia lengua, acostumbraba a decir. Aquí también los caminos se bifurcan y tal vez no hable solo de la lengua como tal, sino de su propia esencia, de la soledad que lo ata a las palabras, de su dificultad de transmitir el afecto. 

Después de todo, la poesía está ahí para complementar la vida, aunque su simiente sea la misma existencia. La tristeza que no logra asimilar la vida, el poeta la tritura en la licuadora del verso. Obviamente, el resultado es una tristeza fácil de asimilar y digerir. 

La tristeza, ya se sabe, nos vale para la literatura y la música, pero mejor si es prescindible en la vida. Sin tristeza no hay poemas, pero con tristeza tampoco hay vida. Así que lo mejor será amasar los excesos de este combustible para doblegar a las palabras y después bajar a la noche libres de prejuicios, perjuicios y somnolencias.

Margarit lo sabía y escribió: “Debo convivir/ con la tristeza y la felicidad,/ vecinas implacables”. A la batidora de la vida, quién lo diría, le caben muchos más ingredientes, muchos de ellos, en ocasiones, incompatibles, como la tristeza y la felicidad. Y cuando crecen los años en número y en cansancio, la sospecha de que la vida es efímera se agarra a la garganta como una gripe nueva y adhesiva sin solución. 

El poeta catalán lo iba sospechando, que el final solo es una mala experiencia que nos aguarda al final de nuestra existencia: “Se acerca la última verdad, durísima y sencilla./ Como los trenes que en la infancia,/ jugando en el andén, me pasaban rozando”.

Sí. El fin nos pasa rozando, pero nos lleva de lleno, sin voluntad y sin aviso previo. El coronavirus le impidió recibir el Premio Cervantes con todo el protocolo de la fiesta y sin el discurso propio del reconocimiento. Él se contentaba afirmando que hacer un poema es mucho más difícil que morirse. Lo decía con mucha humildad confundida: “No lo puede hacer todo el mundo, un poema. Morirse está al alcance de todos”. 

Pero los poetas no son tan sinceros cuando se trata de cruzar la última mampara que los aleja imponderablemente de los versos aún no escritos. Porque dejar la vida, así como así, siempre es el poema de más difícil materialización.

Escribió que hay muy pocos libros que le deslumbraran y muy poca música que pudiera consolarlo. Se esforzaba para mantener el brillo del oro humilde “que conservo aún”. Por eso hablaba con “los que no están”. Eso sí, lo hacía sonriendo, pero no iba nunca “a ese lugar donde la muerte/ lo es de oficio y las flores son más feas”. Pero no se confundía con una de las pocas convicciones que inspiraron sus poemarios: “En saber estar triste hay energía./ La última en perderse”.

Leo a Joan Margarit ahora que ya no está con nosotros. Leo sus poemas herméticos como esponjas que todo lo mimetizan, sobre todo el exceso de tristeza que mata tanto como el colesterol o el azúcar o la arritmia. 

Hay en esa tristeza alegre de sus versos una apuesta firme firmada ante notario, como quien declara que cuanto ha escrito lo suscribirá para siempre, como si cada libro fuese una célula inseparable de su cuerpo. Leo estos versos que, aunque también enigmáticos, los asumo como propios: “Ahí lo descubrí: para ser libre,/ que aquellos que te quieren/ no sepan dónde estás”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

1 mar 2021

  • 1.3.21
El Gobierno anunció hace unas semanas la reforma del Código Penal para modificar varios delitos relacionados con la libertad de expresión. El debate ya estaba abierto. El dilema estaba claro, sobre todo en un país donde la doble moral reina a sus anchas. La cuestión a plantear era obvia. J. J. Gálvez la resumió con claridad en este párrafo: “¿existe un excesivo celo punitivo en un país que encarcela a titiriteros porque sus marionetas muestran un cartel de ‘Gora ETA’, sienta en el banquillo a un actor por cagarse ‘en Dios’ o, incluso, condena a un sindicalista por decir ‘hay que prender fuego a la puta bandera’? ¿Se han fijado demasiados límites a un derecho fundamental? ¿O algunos jueces lo están interpretando de forma muy restrictiva? ¿Qué posición ocupa España respecto a otros países de Europa?”.


Cuando se trata de ejemplos como los anteriores, efectivamente, algunos jueces agarran la escopeta de plomillos dispuestos a poner orden en un país en el que la religión es el principio que debería regir todos nuestros actos, sobre todo si alguien se atreve a ultrajar la bandera, la corona y a dios.

Pero no pasa nada si por ser cura o político te saltas las colas para la vacunación contra la covid-19 por tu cargo o rango en la Iglesia, o bien si dices públicamente que te pasarías por las armas a todos los rojos que se manifestasen como tales. La envergadura de los dislates en este país debe engrosar la enciclopedia de los disparates excesivos superando a la de cualquier otra nación del mundo.

Como bien diría Álex Grijelmo: “Algunos cargos de la Iglesia católica que se han saltado la cola han metido a las vacunaciones en un obispero”. O bien esta segunda perla: “Defender la libertad de expresión y agredir a un cámara es defender la libertad de agredir a un cámara”.

De todos los disparates escuchados y leídos en los últimos meses, hay uno que, por su temeridad, no deberíamos tomarlo a boleo. El pasado mes de diciembre, la ministra de Defensa, Margarita Robles, remitió a la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Madrid el contenido del chat de la XIX promoción de la Academia General del Aire, “por si los hechos en ella reflejados fueran constitutivos de delito, cometido por personas que además pudieran atribuirse la condición de militares en activo, sin serlo”.

La ministra acompañaba el escrito con la información publicada por el digital Infolibre, que incluía frases como: “No queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta” o “qué pena no estar en activo para desviar un vuelo caliente [con armamento real] de [el campo de tiro de] las Bardenas a la casa sede de esos hijos de puta”, en alusión a la Asamblea Nacional de Cataluña, atribuidas al general de división Francisco Beca Casanova y al coronel Andrés González Espinar, respectivamente.

Pero los jueces no leen estos periódicos, claro. Y yo también puedo entender que para algunos jueces el hecho de que un militar pretenda fusilar a 26 millones de ciudadanos por ser demócratas y rojos o independentistas no exceda el mínimo celo punitivo para meterlos en la cárcel.

Tampoco tiene importancia que juraran lealtad al país y a la Constitución, que hayan vivido toda su vida del erario público, y lo sigan haciendo una vez jubilados, y que no les dé ningún reparo traicionar esos principios que todo buen militar debería respetar y guardar entre pecho y espalda.

Hay otra anécdota –llamémosla así–, entre otras muchas, que por su intención malvada no puedo olvidar en estos momentos. La diputada del PP y exportavoz del partido en el Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo, consideró en su día que su mayor logro político fue llamar al vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, "hijo de un terrorista", durante el pleno de la Cámara Baja del pasado 27 de mayo de 2020.

La acusación, justificada según la polémica dirigente popular en que el padre de Iglesias militó en su juventud en el FRAP, le costó una denuncia de Francisco Javier Iglesias, ante la cual Álvarez de Toledo intentó que el PP le costeara la defensa. Casado, sin embargo, no accedió a asumir ese coste, y precipitó la destitución de la portavoz de su cargo, en agosto.

"¿Cuál diría que es su mayor logro político?", le preguntaron a la diputada por Barcelona en una entrevista en la edición de diciembre de la revista Vanity Fair. "Llamar a Pablo Iglesias por su título", respondió ella. Aquí los jueces –algunos– tampoco ven ningún mal, pues se trata de un joven que viste coleta y se autoinculpa marxista.

Mi amiga María Jesús Casals, que fue una profesora de excelencia, me ha recordado hoy la vigencia de estos resquemores contra titiriteros y cantantes. Como ella dice, todo (o casi todo) está escrito. Aquí un pasaje del Quijote:

—Este, señor, va por canario, digo, por músico y cantor.

—Pues ¿cómo? —replicó don Quijote—. ¿Por músicos y cantores van también a galeras?

—Sí, señor —respondió el galeote—, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.

—Antes he yo oído decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males espanta.

—Acá es al revés —dijo el galeote—, que quien canta una vez llora toda la vida.

—No lo entiendo —dijo don Quijote.


(Cervantes, Don Quijote de La Mancha, primera parte, capítulo XXII)

Entre tanto dislate sin pena ni gloria, sin cárcel y sin rencillas, hay disparates que vencen toda mala voluntad por la bondad de sus actos y su capacidad de fabulación. Cuentan las crónicas que una monja del Convento de las Rosalinas en Valladolid de 29 años levantó un gran revuelo al descubrirse ella misma que estaba embarazada de tres meses.

La consternación fue aún mayor cuando, lejos de admitir que un escarceo sexual con algún cura o visitante del convento fue la causa del dicho embarazo, la monja aseguró que ese niño crecía de forma mágica en su vientre y sin relación sexual previa. Esta fue su confesión: “Yo no quiero pecar de inmodestia, ni ofender al santo padre, pero esto ha tenido que ser el espíritu santo, no hay otra explicación puesto que yo no conozco ni he conocido hombre en los años de mi vida. Ha debido visitarme en sueños y fecundarme. No estoy diciendo que yo sea una nueva virgen María, eso tendrán que confirmarlo desde el Vaticano”.

Entre tanto dislate desconcertante y fabuloso, España sigue siendo un país de frases hechas. Qué sería de nosotros sin estas prescripciones milagrosas que nos libran sin solución, y también sin pena ni gloria, del psiquiatra más reputado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

22 feb 2021

  • 22.2.21
Casi todos mis viajes a América Latina han estado motivados por razones académicas. El último me llevó a Perú y a Ecuador. Estuve una semana en Lima. Di algunas conferencias en las universidades de San Marcos y César Vallejo, bebí con los amigos, recorrí todo el centro colonial, el barrio de Miraflores y toda la costa hacia el sur en dirección al desierto de Chile, pero no alcanzamos a llegar. Ese mismo día, un terremoto de 7,8 en la escala de Richter, que duró casi 75 segundos, sacudió el norte de la costa ecuatoriana.


El epicentro del seísmo, ocurrido a las 18.58, hora local (01.58, hora peninsular española), de ese sábado 16 de abril de 2016, fue en el noroeste, entre las zonas de Cojimíes y Pedernales (Manabí) y se sintió en buena parte del país. En Quito, Guayaquil, Santo Domingo, Ibarra, Esmeraldas, entre otras ciudades. Los daños fueron graves en Portoviejo, Crucita, Pedernales, Tosagua, Manta, Muisne, y afectó en menor medida a Babahoyo, Quito y Guayaquil. El terremoto se saldó con 671 personas muertas y más 2.000 heridos.

Las réplicas no dieron tregua en los días siguientes: 3.229, de las que nueve superaron los seis grados. Al mes, una réplica de más de 40 segundos en Quito me hizo conocer en mi propia piel cómo se resquebrajaba la tierra en sus propias vísceras. Al día siguiente viajaba a Latacunga. A media mañana, una nueva réplica sacudió la ciudad. Me pilló en una panadería que se balanceaba como si fuera un velero. El dueño, señalándome con la mano, me pedía que sujetara a una anciana, pero ella parecía más diestra en estos menesteres que yo. Se ve que la experiencia enseña más de lo que pensamos. El domingo 17 de abril, al amanecer y encender el móvil, múltiples correos electrónicos de mis amigos preguntaban por mi salud. Me imaginaban en Ecuador y no en Perú. Les tranquilicé y bajé a degustar un pisco sour.

En Quito, desde la ventana del apartamento donde me hospedaba, observaba cada mañana la presencia imponente del Pichincha, el volcán más próximo a la ciudad. Me inquietaba su paz exterior y su corazón convulso. Tiene dos cimas principales. La más próxima, inactiva, el Rucu Pichincha (4.680 metros), es la menos elevada. La otra, el Guagua Pichincha (4.794 metros), la vigilan los vulcanólogos con una dedicación extrema. Quito, la segunda capital más elevada del mundo, está ubicada a una altura de 2.850 metros. El mal de altura provoca dolores de cabeza y mareos. Para minimizar estos malestares, conviene olvidar el tabaco y el alcohol. Un mate de coca alivia en estos trances.

En ese viaje a Latacunga, al día siguiente de la réplica que relato, subí para explorar más de cerca el Cotopaxi. Es uno de los volcanes más bellos de este planeta. Sus laderas heladas están pobladas de caballos salvajes, zorros, ciervos y osos de anteojos. Y alzando la vista se puede observar cómo cruzan el cielo el cóndor y el colibrí del Chimborazo.

A finales de mayo del año anterior, 2015, con motivo de otra estancia académica, visité por primera vez Latacunga para dar un taller de periodismo narrativo en la Universidad Técnica de Cotopaxi. Ese verano el coloso comenzó a dar muestras de que estaba vivo. 320.000 personas se vieron afectadas por la actividad fumarólica del Cotopaxi. Los campesinos observaron estupefactos los campos cubiertos de un manto gris de cenizas. Cenizas y flujos piroclásticos dañan las cosechas y asfixian a los animales.

A unos 14 kilómetros al norte de Zumbahua, y a 3.000 metros de altura, visité también el cráter de otro volcán: El Quilotoa, en cuyo seno una laguna de un azul traslúcido muestra un paisaje de ensueño. Los lugareños han creado su propia leyenda: dicen que no tiene fondo. Los geólogos, por el contrario, han hecho añicos la imaginación y han demostrado que su profundidad es de 250 metros.

Las primaveras de 2015 y 2016 las viví en Quito con salidas aéreas a Lima. En el Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL), realicé dos estancias académicas. Dicté algunas conferencias, organicé un congreso sobre periodismo narrativo y transmedia, ofrecí varios talleres sobre nuevas narrativas y tecnologías emergentes y coordiné el libro titulado Periodismo narrativo en América Latina, que vio la luz en 2017 y que la editorial Comunicación Social volvió a publicar en 2018.

No todo fue trabajo, naturalmente. Cuando viajo, me gusta recorrer las calles de las ciudades, entrar en restaurantes y bares, otear paisajes, confundirme con sus habitantes. En aquellos meses recopilé material sobre el Cotopaxi, entrevisté a vulcanólogos, a políticos, a indígenas que viven en sus laderas. El mundo de los volcanes comenzó a obsesionarme. Pensé escribir un libro sobre el tema. Ahí sigue. Cualquier día le doy forma.

Brasil, adonde viajé en tres ocasiones, también me inspiró para escribir una breve novela: Escrito en Brasil, publicada en 2009. En el primero y tercer viajes me acompañó Francisco Sierra. En el primero, recalamos en Brasilia y Natal. Brasilia me abrazó y me abrasó. Era una ciudad de avenidas amplísimas. Declarada capital de Brasil en 1960, es una ciudad planificada que cuenta con emblemáticos edificios blancos de arquitectura moderna, concebidos principalmente por Oscar Niemeyer.

Está diseñada como un avión y podría decirse que su fuselaje lo conforma el Eje Monumental, que consta de dos avenidas que flanquean un enorme parque. La cabina la compondría la Plaza de los Tres Poderes, denominada así por las tres ramas del gobierno que la rodean. Delante de la cabina estaba ubicado nuestro hotel, donde la camarera, Roberta, la última noche, nos advirtió que habíamos acabado con toda la cachaça de aquel establecimiento. Sorprendente y un honor para nosotros ser los primeros en algo.

Un congreso nos llevó a otro. Esta vez a Natal. Allí conocimos el auténtico Brasil, el Brasil del mestizaje, del encuentro entre culturas y razas, la tierra donde la danza y la música viven en la epidermis de sus ciudadanos. Donde la alegría es tan fácil de identificar como la desigualdad social.

Ponta Negra es la playa de Natal, capital de Rio Grande do Norte. No solo es una playa, sino una zona turística que atraviesa de punta a punta toda la zona. Las guías turísticas cuentan que Natal es la ciudad del sol, porque al año tiene alrededor de 300 días de sol con una temperatura media de 28 grados.

Ponta Negra es además el segundo lugar del mundo con el aire más puro del planeta después de la Antártida. La zona es segura y por las noches puedes caminar por sus calles y beber caipirinha en locales abiertos al exterior con música ensordecedora donde las mujeres gritan y bailan las danzas locales con una destreza que no es de academia.

Dicen que Ponta Negra es la mejor playa de la zona, pero yo amo por razones personales Pipa, un lugar tranquilo donde los delfines son un reclamo turístico, o aquellas otras playas vírgenes como Genipabú o Maracajú a las que uno se acerca en buggy sorteando dunas, tierras también vírgenes y cruzando el río Potengi.

A Francisco Sierra le impactó aquel viaje insólito. Y eso que a él no le entusiasma el deporte de riesgo. Nos sentamos a una mesa en el lago Pitangui. Las mesas curiosamente estaban dentro del lago, en la orilla, y el agua nos cubría hasta las rodillas mientras multitud de peces pequeños revoloteaban en torno a nosotros desparasitándonos de la cultura occidental. Igual eran espías encubiertos. Es broma.

El tercer viaje a Brasil nos llevó a Bauru, ciudad universitaria, para impartir unos cursos de postgrado. El municipio tiene una gran actividad universitaria. Allí se encuentran: Campus de la Universidad de São Paulo, donde funcionan las Facultades de Odontología de Bauru (una de las mejores facultades de Odontología de Brasil y la tercera mejor del mundo); Facultades Integradas de Bauru (FIB); Instituição Toledo de Ensino (ITE); Universidad do Sagrado Coração – USC; Universidad Estatal Paulista – UNESP y Universidade Paulista (UNIP). Antes, nos purificamos en São Paulo durante unos días, antes de que el coche oficial nos recogiera para ejercer como docentes, que es a lo que íbamos.

São Paulo tiene la mayor flota de helicópteros del mundo, 30.000 taxis, 7.000 líneas de ómnibus urbanos, 38.000 bares y restaurantes, el plato oficial es la pizza y donde viven alrededor de 30.000 millonarios. Paseando por Avenida Paulista, me detengo en un mercadillo de cerámicas y maderas talladas, de joyas artesanas y libros raros. En uno de estos puestos ambulantes encuentro la primera edición de Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. Solo cuesta 800 reales. Pero no tengo el dinero suficiente. Después me he arrepentido hasta la saciedad de no haberlo adquirido. Ya se sabe que uno solo es feliz con aquello que ama. Y la vida no siempre da una segunda oportunidad.

Varias veces fui a México. Al menos dos, acompañado por mi amigo Samuel González, último cónsul de aquel país en Andalucía. Con él y los amigos recorrí la ciudad de México, la ruta de los volcanes, la península de Yucatán. Tomé burritos y enchiladas, quesadillas, degusté, no sin reparos, los gusanos de maguey y los huevos de hormiga. "Si salta, corre o vuela, a la cazuela", dice un viejo proverbio gastronómico que se aplica a los escamoles, esos huevos de hormiga que se equiparan al caviar por su precio y exquisito sabor.

Pero la ciudad que más me impresionó de México fue Juárez, ciudad fronteriza con Estados Unidos, tierra de indios apaches, atravesada por el río Bravo, adonde fui para impartir un curso de Doctorado sobre Periodismo y Literatura. Cruzo la frontera hasta El Paso, ciudad legendaria de conquistas a grupa de caballo por el desértico Oeste americano.

Juárez es ciudad apacible y emprendedora, aunque buena parte de su economía está condicionada a las maquiladoras. Es, con toda seguridad también, la ciudad más fea del mundo. A sus vecinos les preocupaba su imagen de cadena incontenible de crímenes atroces. En los vertederos ubicados a las afueras de la ciudad no dejaban de aparecer cadáveres de mujeres. Veo cinco o seis cruces de color rosado donde aparecieron algunos cuerpos.

Mientras estoy en la ciudad leo la novela póstuma de Roberto Bolaño 2666 en la que narra los crímenes de estas mujeres salvajemente asesinadas. En realidad, el libro es un homenaje al periodista Sergio González, quien murió hace unos años y fue pionero en la investigación de estas muertes. Dejó testimonio de sus investigaciones en el libro Huesos en el desierto. González Rodríguez fue, sin duda, un periodista comprometido y excepcional. Excepcional en sus indagaciones y en su prosa perfectamente pulida.

En Ciudad Juárez bebo tequila, pero también sotol reposado. Sotol Mesteño, que es del lugar. El sotol es un tipo de mezcal extraído de una agavácea que solo crece en el desierto chihuahuense, al igual que el mesteño, caballo salvaje que nace y muere libre en las grandes llanuras del norte. Pero en Juárez se bebe también whisky elaborado en la ciudad desde 1909 por D. M. Distillery Co., S. A. En los años de la ley seca, esta destilería vendió miles de cajas de botellas de Juárez American Whiskey al país vecino. Dicen que por allí apareció alguna vez Al Capone. Se supone que para comprobar la calidad de la mercancía. La calidad, en cualquier caso, es superior. Sin duda es de los mejores whiskies que he degustado.

Si rememoro América, no puedo olvidar Chile, un país que inevitablemente une su nombre al de Pablo Neruda. Impartí allí un seminario sobre periodismo en Concepción. Después volví a Santiago, una ciudad tantas veces traicionada por militares gozosos del poder arrebatado al pueblo. La Casa de la Moneda, el estadio de fútbol me retrotraen a los años de la represión del general Pinochet. Visité la tumba de Salvador Allende, recordé el perfil comprometido y bueno de Víctor Jara. Me acerqué, con Claudia Mellado, inevitablemente a Isla Negra. Conocía sus rincones de haberlos leído, el océano bravo rompiendo sus olas contra las rocas, las tumbas de Pablo y de Matilde, su colección de conchas, su colección de botellas, sus mascarones, el cuerno de narval, su mundo propio representado en objetos recogidos por medio mundo. Una casa que nunca dejaba de crecer frente al océano Pacífico que le vio morir del dolor propio y ajeno.

Antes o después, estuvimos una semana en Isla de Pascua, donde la única carretera era el aeropuerto. Denominémoslo así. Toros y caballos salvajes y libres habitaban la isla. El océano manso del color de un carbón metálico. Isla de Pascua es el rincón habitado más alejado de cualquier parte del planeta. Allí ves el cielo y tocas la soledad.

Pero fue Cuba el país que primero visité de América Latina. La Habana es, sin duda, una de las ciudades más bellas del mundo. Andar La Habana Vieja, entrar en la bodeguita del Medio, tasca tradicional, con las paredes escritas y fotografías enmarcadas de famosos, donde se sirven mojitos. ¿Y del medio por qué? Porque todas las tabernas están ubicadas en las esquinas, al final de la calle. Menos esta.

Entrar en Floridita, más conocido como El Floridita, bar y restaurante desde 1817. Se hizo mundialmente famoso gracias al escritor y periodista Ernest Hemingway, quien acostumbraba visitarlo con regularidad. De hecho, ahí sigue en forma de estatura de bronce apoyado en la barra. Cuna del daiquiri, he pasado tardes enteras con el profesor Francisco Esteve y Claudia Mellado bebiendo al lado del inmortal Premio Nobel. En su nombre, siempre pedía un daiquiri Papá Hemingway. ¿Por qué se denominaba así? Porque contenía doble ración de ron. Visité su casa a las afueras de la ciudad. Escribía de pie. No lo entiendo. ¿Cuántas veces leí El viejo y el mar? Ya no recuerdo. Dejé a unos cuantos amigos allá.

¿Cuándo cruzaré de nuevo el océano Atlántico para ir a América Latina? En realidad, no sé si he regresado de aquel continente desde entonces. Si no fuera así, la próxima vez haré escala en las islas Azores. Tengo pendiente tomar allá el mejor gintónic del mundo a la salud de Antonio Tabucchi, uno de mis escritores de cabecera. Mientras espero, tomo otro gintónic y releo, una vez más, Dama de Porto Pim. Hay esperar que, aunque se prolonguen, valen la pena.

Publicado en enero en el número 10 de Trasatlantics Studies Network. Revista de Estudios Internacionales.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

15 feb 2021

  • 15.2.21
Febrerillo el loco, desde luego, está para encerrarlo en el manicomio más selecto. Estos días traen a cualquiera fuera de sí. Afortunadamente, los días amanecen ya más temprano y los atardeceres se prolongan más allá del horario de los bares. Así que, en lontananza, veo cómo el sol se oculta tras las colinas sin un mal gintónic que echarme a la garganta.


Tienen estos días que anteceden a la primavera la sensación baldía de los amores enconados. Tal vez por esta razón, el 14 de febrero es día para celebrar con amor y con consumo, con regalos de obligado cumplimiento si no quieres que ella, o él, te miren sin otra intención que la demanda del mismo.

Estos días tienen una luz que no se agota y maridan a la perfección con una terraza, una o varias cervezas y esa mujer que advierte de vez en cuando que no andas –o no debes andar– solo por el mundo. Uno, con los años, mira la vida con perspectiva y no siempre con nostalgia. A la nostalgia le ocurre lo mismo que al colesterol: que la hay buena y la hay mala.

La primera te lleva a poder vivir una vez más los días de felicidad caducada que aún saboreas a grandes tragos. La segunda te atrapa en los bastiones oxidados del tiempo y te araña con dolor aquellas sensaciones perdidas que siempre quisiste conservar o revivir. Por descontado que ningún fármaco ayuda a disolver esa nostalgia espesa que alimenta los huesos muertos y las pesadillas que apagan otros sueños.

Hasta aquí llega el sol. Algo así decía George Harrison en una de las mejores canciones que cantó con The Beatles. A veces, cansado de días grises y de lluvias pertinaces, me gusta pasear por la ciudad sin mirar a ninguna parte, sin observar con detalle la urbe amazacotada, otras veces vacía, o hacerlo en la playa cuando el mar es una alfombra verde y azul.

Hay un calor modesto y acogedor que hincha las venas y una necesidad nuestra de buscar a la otra persona ahora que los días se abren como tomates de temporada. Hace años, cuando teníamos capacidad de decirle a los sentimientos que abrieran sus compuertas y nos dejaran noches de lujuria y alcohol, ella venía con un libro abierto, recitando los mismos versos de Pablo Neruda, abría una botella de vino y decía más tarde, convencida, que el mundo le sobraba todo entero entre aquellas paredes maestras y alquiladas de una juventud incandescente.

Ahora que el sol alumbra los últimos rescoldos de una pasión disuelta, nos gusta abstraernos en las mismas lecturas, andar los mismos caminos, vivir, aunque solo en el recuerdo, la belleza de un cuerpo perfecto, la noche con sus luces y sus sombras, los errores que siempre estuvimos condenados a acometer y a reincidir en ellos.

Hay en el azar una vocación inconsciente y pretenciosa por repetir la duda, el día único, el verso imborrable, una puesta de sol que nunca es diferente esté donde estés, la sensación última y primera de que cualquier momento feliz no se parece a ninguno otro ni en el caparazón in en sus entretelas.

Ahí llega el sol. Todo está bien. Cantaba Harrison. Después de un solitario, largo y frío invierno, las sonrisas están volando a los rostros, cantaba. He escuchado la canción cientos y cientos de veces. Miles. A los trece años, intoxicado de música, veía la foto del beatle incluida en el LP doble blanco y me veía igual. Lo decían mis amigos. Como si la música me hubiese mimetizado. Vivíamos en la música y por la música, como si la vida no tuviera sentido dentro de sus partituras. La vida era perfecta, simple, demasiado bella para ser real. Pero lo era.

Una amiga de entonces me confesó un día, después de muchos años sin vernos, que aquellos fueron los años más felices de su vida. Y en aquella otra vida ya muerta estaban las mismas melodías, el rostro de un hombre, las fiestas en desvanes, los cubalibres de ginebra. Siempre fueron de ginebra. Y ella vivía el presente con la consciencia de que el mundo de remontaba a treinta años antes. Te veo a ti, me decía, y lo veo a él.

Era una mujer hermosa, sencilla, radiante, de esas que se enamoran una sola vez en su vida. Ahora vivía casada, con hijos y con memoria. Quería a su marido, moriría por él. Pero no era igual. Ella ya estuvo enamorada. La vida es tan breve que en su mochila no se pueden almacenar demasiados sentimientos contradictorios, pero el cerebro es tan sabio que te permite existir de día y soñar de noche. Tal vez por esta razón los sueños, sueños son, citando al clásico. Una manera de soportar la existencia tal vez.

La verdad es que no vivimos una sola vida, sino retazos de varias o de muchas que soldamos al fuego como un hierro que nos sirve para marcar huellas de un tiempo y de otro, y después cada cual escribe el guion a su modo, intentando ensombrecer los días oscuros e iluminar los momentos mágicos.

Atrás queda siempre esa sensación que crece en los meses de lluvia, con los cielos nublados y un frío agotador que no es del sur. También hay que decirlo: estos tiempos se cotizan con un IVA añadido: el ronroneo del coronavirus.

No he vivido mayor ficción que esta pandemia. Nunca pensé, ni por asomo, que un simple virus pudiera arremeter contra una felicidad tan compacta como la que fabriqué durante años a prueba de terremotos y de otras sensaciones extraordinarias. Me veo ahora aquí con toda la logística imprescindible para convocar a los amigos y a ella a una celebración diferente y necesaria, excepcional.

Ella me escribe para decirme que no puede venir, que le gustaría, que la vida ha cambiado, que está cansada de soñar. Y yo le digo que no, que sueñe, que ahí los virus no tienen nada que hacer. Y le digo también que una amiga de mi juventud ha sobrevivido, enamorada de otro hombre, a un matrimonio, a dos hijos, sabiendo que la vida no repite otros momentos. Y le dije también, sin mucha convicción: también en esto hay mucha belleza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


CULTURA - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL


FENACO

DIPUTACIÓN DE SEVILLA


DEPORTES - DOS HERMANAS DIARIO DIGITAL

LA ABUELA CARMEN - LÍDER EN EL SECTOR DEL AJO, AJO NEGRO Y CEBOLLA NEGRA

FIRMAS
Dos Hermanas Diario Digital te escucha Escríbenos